CIENCIA

A DARLE TOMOS

Por David Levitn

Argentina es una de las potencias mundiales en investigación y desarrollo de energía nuclear. ¿Cómo es que llegamos hasta ahí? A 30 años de Chernobyl y con la planta japonesa de Fukushima amenazando a la humanidad luego de cada tsunami, ¿qué tan atómico es el futuro?

 

Las bombas de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, no solo pusieron al mundo frente a las puertas de la autodestrucción sino que largaron una carrera alocada por el desarrollo del poder nuclear: el desafío de la fascinada era atómica fue cómo contener toda esa potencia para generar energía eléctrica.

Un par de años después, en Argentina, el gobierno de Perón provocó un sismo político en la región y en EEUU cuando anunció que en la Isla Huemul se habían llevado a cabo reacciones termonucleares bajo condiciones de control en escala técnica en un proyecto a cargo de un tal Ronald Richter (nada que ver con el de los terremotos). Y vale aclarar que termonuclear no es una palabra inocente. En el medio del Lago Nahuel Huapi, no se produciría una reacción nuclear convencional. Estamos hablando de algo mucho más potente: energía de fusión nuclear, la forma en la que el Sol genera su energía a través del choque de átomos. La imaginación peronista estaba demasiado adelantada: todavía hoy nadie ha podido siquiera acercarse a esa forma de energía.

El proyecto resultó un costoso fracaso y una pequeña humillación por haber comprado un buzón atómico, pero dio pie al surgimiento de la ciencia nuclear en la Argentina a través de la Comisión Nacional de Energía Atómica. Poco después y muy cerca de la isla Huemul, fue fundado el Instituto de Física de Bariloche, aprovechando el equipamiento que ya había sido comprado para el experimento de Richter, y puesto a cargo del físico José Antonio Balseiro. Hoy, el Instituto Balseiro es un lugar de referencia internacional en ciencia y tecnología nuclear, habiendo formado camada tras camada de investigadores desde 1957.

Santos neutrones

Un material radiactivo, por ejemplo, el uranio, se caracteriza por tener átomos cuyos núcleos cada tanto liberan espontáneamente algunas partículas. Entre ellas hay neutrones que pueden chocar con otro átomo y volver a producir la misma reacción, liberando calor y nuevos neutrones. En la naturaleza, el uranio se encuentra muy disperso y en pequeñas cantidades, pero cuando se forma una masa crítica (hablamos de solo unos kilos en estado puro) esa reacción ocurre muchas veces en poco tiempo. Allí es cuando estamos en presencia de una explosión nuclear. La bomba que dejó caer el bombardero Enola Gay sobre Hiroshima en 1945 consistía en un mecanismo relativamente simple, con un detonador que juntaba dos porciones de uranio distintas en el momento indicado.

Para poder aprovechar toda esa energía a priori incontrolable y transformarla en electricidad, necesitamos que se libere en forma ordenada y continua. Se la domestica usando otro material, al que llamamos moderador, que reduce la energía de los neutrones de manera tal que la situación no se vaya de mambo. Se han usado distintos elementos moderadores a lo largo de la historia. El grafito, por ejemplo, era el que se usaba en la planta nuclear Vladimir Ilich Lenin, mejor conocida como Chernobyl, que al incendiarse en 1986 luego de una explosión accidental durante una prueba (en la que los sistemas de seguridad estaban apagados a propósito) generó uno de los dos peores desastres nucleares de la historia (el otro, claro, es el de Fukushima, luego del tsunami de 2011 en las costas noroccidentales del Japón).

Sin embargo, el más común de los moderadores nucleares es el agua, que no solo reduce la energía de los neutrones sino que también los absorbe. Por eso es necesario que el material radiactivo -el uranio- emita neutrones en mayor cantidad. Ése es el motivo por el cual el uranio se enriquece en sus componentes más activos. Ese proceso es muy complicado y está extremadamente regulado por las potencias: uranio enriquecido, en ciertos contextos geopolíticos y para oídos paranoicos o no tanto-, puede significar bomba atómica.

Fútbol, asado y agua pesada

A estos procesos, en lo que concierne a la producción de energía, les falta un actor principal, una tecnología específica: el famoso reactor nuclear. Los que operan en Argentina tienen la particularidad de usar agua pesada, que en lugar de hidrógeno (la H de H2O) tiene deuterio (un isótopo, como el equipo de béisbol de Los Simpson), que no absorbe tantos neutrones como el agua convencional. Esto les permite trabajar con uranio no enriquecido, más amigable con el medio ambiente y con las regulaciones internacionales para la producción de armas nucleares.

La Argentina es el mayor productor y el principal exportador de agua pesada del mundo y en ese punto se explica buena parte de su protagonismo en el universo nuclear.

El principal problema al que se enfrenta la energía nuclear es el pánico, justificado, a un accidente. Luego de Fukushima, países como Alemania decidieron abandonar para siempre la electricidad de origen nuclear, profundizando la paralización de la construcción de reactores que había provocado Chernobyl. Paralelamente, el modelo productivo también cambió: si antes se buscaba que los reactores fueran cada vez más grandes y potentes, la tendencia ha mutado hacia reactores más pequeños, más seguros y eficientes, con la idea de poder alimentar de electricidad a ciudades medianas en lugares remotos en vez de grandes metrópolis, como fue pensada al momento de su construcción la central de Atucha (foto) en la localidad bonaerense de Lima, sobre el río Paraná. La llamada cuarta generación de reactores todavía está en la etapa de diseño y construcción de prototipos -los reactores comerciales van a estar listos en unos 20 o 30 años- y uno de los más avanzados es el CAREM (Central Argentina de Elementos Modulares), que se está desarrollando en nuestro país. La Argentina, además, cuenta con todos los componentes necesarios para la puesta en funcionamiento de una central y ha sabido diversificar las direcciones del desarrollo de la tecnología nuclear: equipos médicos de diagnóstico, tratamientos para varias enfermedades, formas de eliminar bacterias para que la comida llegue a nuestros platos en forma segura y hasta detectores de humo.

Actualmente, a partir de la demoradísima puesta en funcionamiento de Atucha II en 2015 (se empezó a construir en 1981), el 7 % de la energía eléctrica producida en Argentina es de origen nuclear, un porcentaje por encima del promedio mundial, ubicado cerca del 3. El futuro nuclear que nos hacían imaginar series como la Hormiga Atómica y Los Supersónicos no se condice con estos números y es probable que no ocurra nunca. Es difícil que tengamos muchas más ciudades tipo Springfield, con sus enormes torres de enfriamiento como principal elemento en el horizonte. La energía nuclear implica una inversión inicial extremadamente alta, pero igual de amortizable por su rendimiento a largo plazo. Su mala prensa tiene que ver con los peligros reales que entraña pero sigue siendo estimulante pensar que en un mundo donde la electricidad básicamente se produce quemando combustibles fósiles (gas y derivados del petróleo, en la Argentina, 72 % de la producción anual total), donde la humanidad y el medioambiente no están precisamente a salvo, la vía nuclear sigue siendo atractiva.