SELECCIN ARGENTINA

ACOMODANDO LOS TANTOS

Por Romn Iucht | Fotos AFP

El equipo de Martino cerró la ventana de marzo con una imagen batante más tranquilizadora que la de meses atrás. Los ojos, además de en Rusia, están y apuestos en Estados Unidos, donde se juega la Copa América.

 

La fructífera cosecha matemática de la última doble jornada de eliminatorias, obteniendo la totalidad de los seis puntos en juego frente a Chile y Bolivia, achicó el principio de pánico que agitaban algunos de esos que nunca faltan y hacen del morbo una bandera y un estilo de vida. Más allá de la incomodidad que significaba ver al seleccionado ubicado por fuera de los cinco primeros lugares en la tabla de posiciones, nadie podría pensar seriamente que el conjunto nacional dentro de dos años y medio, será un espectador externo de la próxima Copa del Mundo. Lejos de caer en la soberbia propia y en la subestimación ajena, por cantidad de calidad y aunque la selección no representa en lo más mínimo el caos organizativo y económico que vive el fútbol argentino, es absolutamente necesario separar las aguas y evitar meter todo adentro de la misma bolsa. En todo caso, los últimos triunfos llegaron para reacomodar un poco el orden sub-continental y ubicar al equipo en un sitio algo más lógico.

Salvado el problema de los resultados, se celebra poder trasladar el foco del análisis a un terreno más conceptual. El del juego y sus variaciones. El de Messi y sus compañeros. El de la idea del entrenador y la aplicación por parte de los intérpretes.

Ante dos rivales tan disímiles como el último campeón de América (Chile) y el peor de la competencia (Bolivia), no es sencillo determinar un punto medio que permita unificar criterios a la hora de medir exigencias y oposiciones. Aún con esta salvedad, la Argentina tiene unos cuantos eslabones de la cadena por afianzar para no perder el hilo y el sentido.

Tomar conciencia real, no de palabra, de que se cuenta con el mejor jugador del planeta y, en consecuencia, se debe aprovecharlo como tal, es la primera gran cuestión que debe resolver el equipo. Los años pasan, las competiciones se acumulan y el único orgullo del que podemos jactarnos respecto a Messi es ver cómo cada día juega mejor mientras seguimos dilapidando su obra. No se trata de aprovechar de la mejor manera a un genio único e indescifrable para los rivales. Es mucho más que eso. Si el equipo no gira a su alrededor, si no expresa su potencial creativo en los lugares del campo en donde puede hacer daño, si sus compañeros no lo consideran siempre la primera opción y buscan su lucimiento personal, si se aíslan esperando que siempre haga la jugada en lugar de acercarse para juntar pases y progresar con juego colectivo, entonces siempre dependeremos de su máxima inspiración. Más allá de su carácter o de su lenguaje corporal ante la frustración, Leo es el capitán del barco. Y si bien es cierto que con él nada garantiza llegar a la cumbre, sin su aporte es imposible siquiera acercarse a la montaña.

La deuda del juego es evidente. Después de una descollante actuación ante Colombia a fines del año pasado, el comienzo de 2016 no mostró la mejor versión de Lucas Biglia ni de Éver Banega. Los laderos de Mascherano deben imponer condiciones en el centro del campo, pero además marcar presencia en ataque. En el juego posicional que propone Martino, ese que no admite la complementariedad de Agero e Higuaín, es fundamental que cada pieza cumpla su rol, pero que también agregue un plus. El de los medios se vincula con otra participación a la hora de hacerle daño al rival.

La falta de puntería es otro déficit notorio. Si la relación entre lo producido y lo que se obtiene es tan irregular, todo cuesta un poco más. Contar con delanteros del calibre de los que tiene la Argentina es tan asombroso como el magro aporte de sus rendimientos, comprobado en la estadística. Si el goleador de la ventana de marzo fue Gabriel Mercado, además de ser un hecho fantástico para el defensor, es un dato relevante cuando se mira el vaso medio vacío que deja la ineficacia goleadora de los atacantes. Mucho más aún si encima en el caso de la contienda ante Chile la cantidad de situaciones brilló por su ausencia.

La solidez defensiva sostenida en el crecimiento paulatino de Ramiro Funes Mori cada vez más afirmado en la zaga en su convivencia con Nicolás Otamendi y el mencionado aplomo y flujo goleador de Mercado dejaron margen para algunas sonrisas con forma de confirmación mirando al futuro.

Si la idea original de Martino sigue en pie, deberá sostenerla no solo desde la convicción con la que inocula el mensaje en cada contacto con sus jugadores, sino también con apoyo concreto en cada una de sus decisiones. No se trata de ser más ofensivo acumulando delanteros, sino de imponer condiciones con independencia del oponente o el escenario de turno. Por supuesto que el rival también juega, busca lo suyo y presenta enigmas que deben resolverse, pero la puesta en práctica de la idea, la claridad con la que se explica y el convencimiento con el que se ejecute serán la piedra fundamental del éxito. Siempre es mejor un mal plan del que todos estén convencidos que uno bueno que genere dudas. El desafío de Martino es que el proyecto sea seductor y los protagonistas lo vuelvan efectivo.

En un par de meses asomará nuevamente el sol americano en el campeonato aniversario que se disputará a partir de junio en los Estados Unidos. Las heridas que se agregaron a cuerpos marcados por varias frustraciones, hace ya un año, deberían estar cicatrizadas. Salvar una sequía que ya lleva casi un cuarto de siglo de ausencia en las vitrinas parece necesario. Ningún certamen es intercambiable y aunque nada canjeará la desazón del Brasil mundialista y el Chile continental, la Copa Centenario puede ser el impulso definitivo para llegar a Rusia con una gran sonrisa.

Que así sea.