CIENCIA

AL INFINITO Y MS AC

Por David Levitn

Al igual que con otras ramas de la tecnología, la historia satelital de la Argentina tiene fuertes altibajos. Subidones que nos ponen en la cúspide del concierto internacional y bajones que nos hunden en el barro de la chatarra espacial. Esta nota es una invitación a recorrer un poco esa montaña rusa y su pedregoso último tramo: ¿qué pasa con ARSAT?

 

Nuestro país fue uno de los que se anotó en la carrera espacial apenas comenzaba. Durante la década del 60, cohetes diseñados localmente llevaron como pasajeros a una serie de ratones más o menos anónimos (recientemente el observatorio de la ciudad de La Plata produjo una película sobre el primero de ellos, Belisario), y luego al primer astronauta argentino, de nombre Juan: un monito caí de 1 kilo y medio oriundo de Misiones, que completó un ascenso hasta los 82 km de altura, retornando sano y salvo. Fuimos el 4 país después de EEUU, la URSS y Francia en poner un simio en gravedad cero.

El objetivo en ese momento era continuar con el desarrollo de cohetes capaces de llevar carga útil al espacio. En 1957, la URSS ya había puesto al pionero Sputnik en órbita y esa carga útil ya tenía nombre: satélite. Pero empecemos por el principio: para poner un objeto en órbita es necesario primero llevarlo hasta una altura de por lo menos 200 km, y luego darle una velocidad tal que pueda mantenerse girando en un circuito estable en el espacio (una órbita). Al principio del ascenso, la dificultad es mayor porque el aire ofrece resistencia; a medida que la atmósfera se hace más delgada, la fricción disminuye. La cantidad total de energía necesaria para esta tarea depende de la masa que se quiera llevar y, he ahí el dilema, el combustible que brinda esa energía también tiene un peso: las dificultades crecen exponencialmente. Por eso, reducir al máximo el peso de todos los componentes se vuelve esencial, tanto del cohete como de la carga útil. Al utilizar motores en varias etapas, con tanques que se desprenden de la nave una vez que se vacían, disminuye el peso de la nave y la cantidad de combustible necesario para seguir ascendiendo. Una vez en el espacio exterior, el satélite cuenta con sus propios cohetes para hacer movimientos y correcciones en órbita. Pero claro, no hay estaciones de servicio, así que su vida útil está limitada por la cantidad de combustible que tenga encima.

Otra cuestión a tener en cuenta a la hora de enviar satélites es la distancia a la que se encuentran las órbitas. Los satélites de observación terrestre y la Estación Espacial Internacional están en lo que se llama órbita baja, entre 200 y 2000 km de altura. Para mantenerse en órbita a esta altura necesitan conservar una velocidad de alrededor de 7 kilómetros por segundo; o sea, más de 20.000 kilómetros por hora, por lo que dan la vuelta al mundo en cuestión de minutos. Bastante más lejos (a 36.000 kilómetros) están las órbitas geosincrónicas: el satélite tarda exactamente un día terrestre en dar una vuelta. Un tipo particular de órbita geosincrónica es la órbita geoestacionaria, ubicada sobre el ecuador. Un satélite ubicado en esa órbita visto desde tierra siempre se encuentra en el mismo punto en el cielo, lo que permite mantener una comunicación en forma permanente. Hay alrededor de 300 satélites, la mayoría de ellos de comunicación, ubicados sobre este anillo privilegiado, y un organismo dependiente de las Naciones Unidas regula quién puede ocupar un lugar ahí. En general, los satélites son liberados por el cohete lanzador en la órbita baja y desde allí se impulsan con sus propios motores. No parece sencillo y no lo es.

Audaz se eleva

El desarrollo de cohetes a través del proyecto Cóndor fue capitaneado por la Fuerza Aérea Argentina, por el evidente motivo de que la misma tecnología capaz de llevar una carga de 100 km verticalmente puede ser usada con propósitos militares en dirección horizontal. Esa fue una de las razones por las que la serie de reformas del Estado en la década del 90 le quitaron a las Fuerzas Armadas su agencia espacial, terminando así con el proyecto Cóndor, y creando la actual Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) en 1991, que se dedicó desde sus inicios al desarrollo de satélites para investigación. Un año antes había sido puesto en órbita el primer satélite argentino, el Lusat-1. De 10 kg de peso, y construido por y para radioaficionados, actualmente cumplió 27 años y sigue transmitiendo su posición al día de hoy (cuando los paneles solares logran cargar sus viejas baterías), aunque la mayoría de sus instrumentos ya dejaron de funcionar.

Otra de las reformas de aquellos años, mientras el presidente riojano prometía cohetes que nos iban a llevar de la estratósfera hasta Japón, consistió en licitar a privados la provisión de satélites de comunicación para usar las posiciones orbitales geoestacionarias asignadas a nuestro país. La licitación la ganó un consorcio europeo hoy conocido como Thales-Alenia, que creó la empresa NahuelSat, y puso en órbita un satélite construido en Europa: el Nahuel-1A. Sin embargo, a ese hito de 1997 le siguieron años de desinversión, dejando vacante durante casi diez años una segunda órbita geoestacionaria que tenía asignado nuestro país (obsequiada por EEUU a cambio de dejar entrar a DirecTV en el mercado de cable local), al punto de que llegado al límite de vida útil del Nahuel no existían planes para reemplazarlo. Estábamos en camino a perder las dos posiciones orbitales. De hecho, hizo falta alquilar de urgencia equipos que estuvieran disponibles en órbita, incluido el bautizado Pueblo Peronista-1, un satélite canadiense que estaba prácticamente fuera de servicio y duró 33 días ocupando nuestra órbita hasta que se apagó definitivamente. Casi inmediatamente después, el Reino Unido inició el reclamo para poder quedarse con la ubicación orbital. Al poco tiempo de esto, una ley creó la empresa estatal ARSAT, que se hizo cargo de todos los bienes de la privada Nahuel por el costo simbólico de $ 1, a cambio de absorber también las deudas que la empresa mantenía.

Posteriormente siguieron algunos buenos años para el desarrollo satelital local: con el conocimiento adquirido en la construcción de varios satélites de investigación se encaró la construcción, por primera vez en Latinoamérica, de los geoestacionarios ARSAT-1 y 2, que fueron lanzados entre 2014 y 2015. Al mismo tiempo, en 2010 Emiliano Kargieman fundó Satellogic, una empresa dedicada a la construcción de micro y nanosatélites de observación. Al ser muchísimo más pequeños y livianos, el costo de ponerlos en órbita decrece notablemente: en todo el mundo se están lanzando cientos de estos satélites por año. Al primer lanzamiento (Capitán Beto, de 2 kg de peso) siguieron los de Manolito y Tita, dos modelos que permitieron demostrar la factibilidad de la tecnología.Más recientemente, la constelación satelital conformada por Fresco, Batata y Milanesat, microsatélites de entre 35 y 50 kg de peso, fueron lanzados para tomar imágenes terrestres en varias longitudes de onda, y proveer servicios para la agricultura, petroleras o empresas de transporte.

En diciembre de 2015, con el cambio de autoridades y la asunción como presidente de ARSAT de Rodrigo de Loredo, un funcionario sin experiencia previa en el sector satelital, el proyecto de ARSAT-3 fue congelado. Luego de meses sin mayores precisiones, en mayo de este año se difundió el reinicio del proyecto, y luego de un mes se filtró a la prensa un principio de acuerdo secreto entre ARSAT y la empresa norteamericana Hughes. El acuerdo crea una nueva empresa conjunta, con control mayoritario de Hughes, dedicada a proveer servicios de internet satelital que hasta hoy no se ofrecen en nuestro país. Si bien se garantiza que la construcción del ARSAT-3 correrá a cargo de la empresa estatal INVAP (Investigación Aplicada), la gestión, las decisiones comerciales y las ganancias obtenidas por la provisión del servicio quedarían en manos de esta nueva empresa.

Estas condiciones levantaron polémica en el sector: según el ex-vicepresidente de ARSAT Guillermo Rus, este acuerdo generaría una injerencia privada norteamericana en el patrimonio de ARSAT. Por otro lado, al ceder el control sobre futuros desarrollos a Hughes, las posibilidades concretas de cooperación con otros países latinoamericanos previstas en el Plan Satelital Geoestacionario Argentino aprobado por ley en 2015 podrían verse comprometidas.

Un trabajo reciente del Instituto Interdisciplinario de Economía Política de la UBA sobre la Economía del Espacio explica que el sector de servicios de comunicación satelital mueve 20.000 millones de dólares por año a nivel mundial, y está cambiando rápidamente. Antes dominado por unas pocas empresas y Estados nacionales, el satelital se ha convertido en un mercado creciente de servicios en el que cada vez más países entran en el negocio, tanto desde el ámbito público como el privado. En las últimas dos décadas, la Argentina estuvo a la cabeza a nivel latinoamericano en este sector, y esta decisión permitió el desarrollo incipiente de un mercado local satelital. Cuesta comprender, en este contexto, las decisiones que lo ponen en riesgo. Es difícil saber si estamos a punto de despegar al infinito y más allá o si nos vamos a volver a dar la cabeza contra el suelo. Lo único seguro es que estamos viviendo tiempos interesantes.