VIAJES

MSTERDAM, PSICOMAGIA, UN VESTIDO Y UN AMOR

Por Ezequiel Siddig

Luego de una sesión de Tarot marsellés, al cronista le recetarán un acto psicomágico para destrabar un conflicto. Para hacerse hombre, deberá convertirse en mujer.

 

El hombre está rodeado de gente levemente encorvada hacia él, como un oráculo. Parece un sacerdote, una clase de hombre que podría caminar sobre el agua. Cuando sonríe, el rostro pareciera acceder a una expresión de santidad: el labio superior se le contrae y muestra una dentadura perfecta, como si presentase ante el público las teclas de marfil de un acordeón lustroso. Ni por un segundo suelta los ojos del consultante, sentado frente a frente. Usa barba rala, blanca como todo su cabello, y viste de negro, como sus antepasados judíos, rusos de la estepa.

Es el miércoles 14 de octubre de 2009, y es así como percibo, cuatro días después de haber cumplido 35 años, a Alejandro Jodorowsky, que como cada miércoles desde hace años, sentado a la mesa de una boisserie parisina de la calle Daumesnil, lee a 22 personas las cartas del tarot de Marsella. Yo vine a ser uno de los veintidós pero llegué tarde, así que formo parte del grupo que se congrega en torno al rito.

Jodorowsky, que tiene 80, lee el tarot en grupo porque cree que lo oculto se disuelve cuando se confiesa en sociedad. Todavía no sé que un par de semanas después, gracias a lo que me responderá el tarot, habré de caminar las calles de Ámsterdam con los labios pintados de rojo, vestido de mujer.

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Jodorowosky nació en 1929 en Tocopilla, Chile, un pequeño puertocomo él mismo cuenta en su libro La danza de la realidad- situado, quizás no por casualidad, en el paralelo 22, el número que representa a los Arcanos Mayores de estas cartas. Con el tarot no lee el futuro, sino que hace psicomagia, un método terapéutico creado por él que combina chamanismo, psicoanálisis y teatralidad. Es el confín de un largo camino artístico y espiritual que lo llevó, de ser titiritero en Chile, a discípulo en Francia del mimo Marcel Marceau, o a cineasta de culto en México financiado por John Lennon (con el film La Montaña Mágica, de 1973).

En el mundo profano, Jodorowsky es actor, dramaturgo, novelista, director de teatro, historietista, cineasta. Pero, sobre todo, Jodorowsky es un perseguidor infatigable de las tramas mágicas que anidan en el inconsciente: investigó sobre los libros sagrados hinduistas, los Upanishads; sobre cómo intervenir en los sueños practicando las técnicas de Hervey de Saint-Denis; o sobre cómo encontrarse con los arquetipos divinos -siguiendo a Karl Jng- a través de la alquimia, sobre la que versa el Rosariumphilosophorum, un tratado del siglo XIV.

El axioma de la psicomagia afirma que el espíritu acepta la metáfora. Es así: luego de la lectura del tarot en torno a una pregunta específica, el consultante deberá llevar a cabo actos psicomágicos para destrabar relaciones o emociones estancadas en el pasado, un antiguo aguijón del alma que pervive; lo que en psicoanálisis pudiera ser la neurosis. Según Jodorowsky, el inconsciente no distingue entre realidad y representación, y ciertos traumas pueden ser modificados a través de la ejecución de un determinado acto psicomágico.

La psicomagia propone que no solo hablamos, sino que actuamosescribe en su Manual de psicomagia-. El consultante, siguiendo un patrón contrario a la psicoterapia, en vez de enseñar al inconsciente a hablar el lenguaje racional, aprende el lenguaje del inconsciente, que está compuesto no solo de palabras sino también de actos, imágenes, sonidos, olores, gustos y sensaciones táctiles. El inconsciente es capaz de aceptar una realización simbólica o metafórica () Los creadores del psicodrama se dieron cuenta de que alguien que acuerda hacer el papel de un familiar puede provocar reacciones en un consultante, como si el familiar estuviera parado allí en persona.

Ahora es el miércoles siguiente, 21 de octubre de 2009, y llego temprano a Le Téméraire. Me toca el número 7.

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En su interior, Le Téméraire tiene paredes marrones, lámparas de techo que parecen sombreros de fez marroquíes y un gran espejo pegado detrás de donde se sienta el maestro. Hoy Jodorowsky no vino, así que atienden sus discípulos. A mí me toca el que creo es el mejor, Richart. Empezamos. Le cuento sobre mí. Por alguna razón menciono al abuelo que no conocí jamás, un judío de Bagdad que junto a su hermano migró a la Argentina porque su tío, tras la muerte del padre -mi bisabuelo-, les había robado la herencia.

Richart me pide que haga una pregunta al mazo: ¿Cómo pasar a la acción? Muchas veces me quedo en la idea, como si algo me trabara, le digo. Saco cuatro cartas. Las ve. Me habla de mi madre castradora que me ama sin límites, de la ausencia de mi padre. No quieres dinero porque si lo tienes piensas que serás robado, como tu abuelo. El dinero es un elemento fálico. Tienes una parte muy femenina dentro tuyo que debes materializar, verla para sacar de tu interior a tu madre y rencontrarte con tu parte masculina. Hacerte hombre implicaría dejar de ser amado por tu madre. Me da cuatro actos psicomágicos y me hace sacar otras cuatro cartas del mazo para ver el resultado de esas acciones. Saco El Diablo, El Sol, La Papisa y la Carroza. El primer acto psicomágico que me da dice lo siguiente: Debes vestirte todo un día de mujer de pies a cabeza, de 8 a 20 hs. Al final, te sacarás una foto y se la enviarás a tu madre sin escribirle nada. Tienes que vestirte con ropa interior, peluca, pintura labial. Todo de mujer.

Sé de inmediato que si vuelvo a Buenos Aires no lo voy a hacer nunca. Al día siguiente, con la idea en mente, viajo a Ámsterdam.

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El TGV (el Tren a Alta Velocidad) sale a Holanda de la Gare du Nord. Es 22 de octubre. En el tren viajo en un asiento de espaldas a la dirección por la que enfilamos, como si estuviera regresando a recoger algo que olvidé en el camino. En la estación me espera Alexandra, una amiga holandesa que conocí en Buenos Aires, politóloga y cineasta.

Alex me hospeda en su departamento de la calle Eemsstraat número 34, a media cuadra del Parque Martin Luther King y del río Amstel. Me dice que al día siguiente se va a Nueva York, que la contrató el director de un documental. Y que volverá el día 28. Te dejo la bici, me dice, y comienza a anotar en mi cuaderno gente y lugares por conocer. Lo primero que anota es el teléfono de una amiga: Marieke, antropóloga, vivió en Argentina 2 años, periodista, habla muy bien español. Simpática!.

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Cuando me quedo solo en la casa, se me hace un nudo en la garganta. ¿Vestirme de mujer? ¿Salir a la calle? ¿Cómo? Pasarán los días y recorreré la ciudad de los canales con la idea acechándome. ¡¿Cómo?! Anoto rastros del viaje en mi bitácora. Del museo de Van Gogh me gustan De Hut (La Cabaña, de 1885) y Kreupelhout (Maleza, de 1889), que me hace recordar los collages del Grupo Mondongo. Almuerzo al menos dos veces en un barcito que se llama Broodje Bert, que está frente al canal Singel. A la noche, en el Barrio Rojo, veo cómo una prostituta se trenza a las puteadas con una pareja que disimula mal cuando decide sacarle una foto, lo cual está prohibido. De la casa de Anna Frank me impresiona el cuarto que Anna compartía con el dentista alemán Fritz Pfeffer: recortes pegados a la pared de la Princesa Elizabeth de York, el David de Michelangelo, Norma Shearer, Greta Garbo, la actriz noruega Sonja Henie. En la libreta, anoto: Anna Frank escribía para ahogar las penas. Anna Frank tenía las penas ahogadas. Embellecer su vida, para ella, era emparchar la pared. Anna aplicaba a lo que dice Jodorowsky: el espíritu acepta la metáfora.

Esa noche ceno en un restaurante tailandés, el Bird, de la calle Zeedijk. El mozo es gay, así que al final del servicio le cuento mi propósito. Le pregunto si conoce a alguien que pudiera ayudarme a vestirme de mujer, que solo no me animo. Me pide el teléfono, dice que conoce a una persona. Cuando me voy en mi bici, llamo a Marieke, la antropóloga, que habla muy bien castellano. Vamos al bar Divas, tomamos oporto. Esa noche no nos besamos. Cuando vuelvo a la casa de mi amiga Alexandra, saco de la mochila un objeto que compré por la tarde: una peluca brillosa, negra, lacia, ridícula. El cotillón de un casamiento.

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La calle donde vive Alexandra tiene un edificio que ocupa toda la cuadra. Son tres pisos con ladrillos oscuros a la vista y los marcos de las ventanas pintados de blanco. ¿Años 60? En cualquier caso, sofisticación. Por el barrio no pasa una mosca, mucho menos un auto. Por la ventana del departamento de Alexandra entra una luz tan brillante que pica. El living del departamento tiene una Chaise longue de color crema, un reproductor de música de donde salen canciones como Sympathize, de Amos Lee, o Im stronger tan you, de Amy Winehouse. En el sillón, estoy echado yo viendo el DVD de Goodbye, Lenin!. Básicamente, la película es la historia de un joven que hace lo imposible para sostener la apariencia de realidad de un pasado en el cual su madre pretende seguir viviendo.

Cuando termina la película, me pongo a llorar a mares. Inesperadamente, desconsoladamente. Lloro con sonido, con un sonido incontenible, un sonido estomacal. Es un dolor audible, intragable.

Al día siguiente, Alexandra, que acaba de llegar de su viaje a Estados Unidos y es una mujer de acción, me dice que no hay que esperar ni un minuto más. Así que me afeito al ras con una Gillette y ella me pinta con rouge y rimmel traídos de Nueva York. Me da unas medias can-can porque sus bombachas no me entran. Me pongo corpiño; pretendemos rellenarlos con dos esponjitas del lavavajilla, pero dan una teta torpe, muy rectangular. Lo resolvemos con un pañuelo: mi propia mujer tendrá tetas/pelotitas-de-tenis. Alexandra me elige toda la vestimenta: una pollera gipsy oscura con pintitas violetas y rojas; camiseta marrón y, arriba, una casaca violeta con lazo que alcanza para taparme los pelos del pecho. Como hace frío, el atuendo se completa con una camperita ajustada marca Adidas y por encima un saco negro de pana a cuadros. Me cuelgo una cartera hindú y Alex me pone un collar que es un medallón de chapa plateada con dos elefantes.

Antes de salir, me miro al espejo. Tengo puesta la peluca sintética de 15 euros que compré en un negocio de cotillón de Halloween. Estoy loco, pienso, cuando ya en la vereda me monto en el asiento de atrás de la bicicleta de mi amiga. Por suerte, ya es tarde para arrepentirme.

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¿Qué debería hacer para que esta sea realmente una experiencia transformadora? Entrar en contacto con la gente, me respondo. Vamos en la bici detrás de un tranvía, camino a un mercadito de ropa a cielo abierto ¿en el barrio Diamantbuurt?- en el que Alexandra me dejará. Tengo miedo de ser agredido. También pienso que sería demasiado ridículo conservar una voz varonil. En Buenos Aires, hago teatro; leí algunas notas sobre la moda del cross-dressing entre hombres héteros. Todo eso me da ánimo. Será una mis-en-scène, me digo. En realidad, será una puesta en escena de ese poema de Olga Orozco con el que tanto me identifico: yo me tiendo a roer los huesecitos de tantos sueños muertos entre celestes pastizales. ¿La peluca me hace parecer una bestia? Soy una travesti pobre a la que no le alcanzóla guita para comprarse una cabellera postiza de verdad. Soy un sueño trunco intentando salir del pantano.

En un puestito del mercado, el dueño, que es chino, no se decide a atenderme. ¿No hablará inglés? ¿Le daré asco? Al final, accede a venderme guantes de cuero para un amigo. Sigo caminando. Me sorprende un hombre de unos 65 años que me saluda y me habla de mi cabello como con piedad. Se hace el simpático. Puedo adivinar de dónde es usted, me dice, con un mohín de coquetería: Del Medio Oriente. Le digo que no, que mi abuelo paterno sí, pero que yo nací en Argentina. No le hablo de lo que le dije a Richart cuando me tiró las cartas: que ese abuelo al que no conocí solía castigar a sus hijos entre ellos, mi padre- dando cinturonazos mojados en las plantas de sus pies. Hablamos un rato, me parece que intenta seducirme. Me apuro a despedirlo.

Salgo del mercado decidido a caminar lejos del gentío. Paso cerca del Vondelpark y tomo por una calle, creo que la Overtoom. Pienso: cualquier lugar adonde vaya, aunque esté desolado, no importa, el acto sirve igual, se trata de hacer aflorar esa mujer que habita en mí, a Saturno devorando a su hijo. Debería concentrarme en la femineidad más que en la mirada de los otros, me digo. Y sigo caminando. Hasta que me agarran ganas de mear. ¿En dónde?

En el bar uso el baño de mujeres sin importarme el reparo de la camarera. Luego, leo la carta, es un lugar caro. Elijo para almorzar una sopa de tomates. Cuando escucho mi cuchara rascar el plato me detengo: puedo parecer patético, pero un patético haciendo cosas patéticas, no. Me sigue doliendo la mirada de la camarera y me voy.

Al salir, camino por calles más tranquilas. Emulo una mujer: bamboleo las caderas, desato los hombros. Intento adelgazar el tranco caminando sobre una línea imaginaria, como en un curso de mannequin. Cada vez me sale mejor. Cuando empieza a anochecer me animo un poco más, me parece descubrir el truco. Imito el andar de una compañera de trabajo que tiene un modo de moverse a base de pasitos cortos, como de gueisha, aunque tenga un look rolinga.

Así paso la tarde. Inauguro una nueva tipología de flneur: el que camina para ocultarse. Ya tarde, tomando fotos de la caída del sol sobre un puente que cruza un canal, dos hombres me preguntan haciéndome notar su violencia: How much?!. Entonces decido emprender el camino de vuelta. Ya en el barrio Joordans, paso frente a la Casa de Anna Frank, luego por el bar donde hace unos días tomé té de menta y me sentí triste. Cuando estoy pensando en entrar, me llama Alexandra. Estoy en un bar con amigos. Venite. Ya van a ser las 8, hora de convertirme de nuevo en lo que soy -¿de nuevo?- en este cuento de Ceniciento al revés. Camino bordeando los canales de Ámsterdam con una sensación de satisfacción, de victoria. El primer acto psicomágico está cumplido.

A la noche, vuelvo al Divas con Marieke, la antropóloga. En su casa, nos besamos, tomamos aguardiente. A las 6 de la mañana me voy corriendo: estoy a punto de perder el tren de regreso a París.

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Más de siete años después, cuando en Playboy me preguntan qué crónica de viajes quisiera escribir, yo digo Amsterdam, 2009. Un sábado me levanto pensando que aquel cuaderno de bitácora debería estar entre los cuarenta blocs de trabajo que aún guardo en un placard. Busco en cada tapa, pero las fechas no coinciden. Justo cuando pensé que había sacado todos, veo un cuaderno violeta escondido al fondo del cajón,, marca Estrada, cuadriculado y con anillos. Son los rastros de ese viaje. Lo leo entero. Lo devoro. En Google Maps vuelvo a la Eemsstraat número 34. Vuelvo al llanto. Vuelvo al miedo. Vuelvo a la calle. Y al final de la noche, con sus labios.

Un cuaderno de trabajo es también una lista de sueños. De sueños liberadores, de sueños truncos. En la última entrada del viaje a Europa, leo una anotación posterior, ya en Buenos Aires, que dice: Club Eros, 19 de noviembre de 2009. En Ezeiza me esperaba mi vieja.