COMER

CARNE VEGETAL

Una start-up de Silicon Valley afirma que su hamburguesa vegetariana no tiene nada que envidiarle a una de carne.

 

95 % menos territorio, 74 % menos agua, 87 % menos efecto invernadero. Libre de hormonas, antibióticos e ingredientes artificiales. La misma consistencia y el mismo sabor. Eso es lo que afirma en su página web la gente de Impossible Foods, la compañía de Patrick Brown instalada en Silicon Valley, California. La hamburguesa vegetariana que produjeron según la crítica especializada y el fervor de sus primeros consumidores- es muy similar (incluso ¡sangra!) a una hamburguesa de carne común y corriente. Los ingredientes principales son trigo, papa, aceite de coco y porotos de soja. Pero la clave de esta hamburguesa está en el grupo hemo: una molécula presente en muchas proteínas que es particularmente abundante en la carne. Probablemente les suene de palabras como hemorragia, hemoglobina y un largo etcétera. Pues bien, se trata del componente central de la sangre (o hemo, en griego), encargado de transportar el oxígeno a través de su torrente y además responsable de su color y aroma. Si bien el grupo hemo está presente en la soja, los científicos llegaron a la conclusión de que necesitarían millones de plantas para extraer material suficiente. Así que probaron con estimular la molécula en el laboratorio: tomaron el código genético que produce hemo de la soja y lo inyectaron en levadura. Los resultados fueron asombrosos: sangre vegetal.

El primero de agosto de este año, la compañía anunció inversiones por más de 75 millones de dólares de parte del fondo Tamasek de Singapur y de Bill Gates, entre otros nombres fuertes del mundillo de las start-ups y el venture capital (los famosos capitales de riesgo puestos en pequeñas compañías, especialmente tecnológicas). El fundador, CEO y jefe científico de Impossible Foods se muestra entusiasmado en cada una de las entrevistas que concede a los medios que llegan a visitar su fábrica de carne vegetal.

 

 

 

Comer es vivir

En 2014, otro entrepeneur entusiasta (y muy joven) de Silicon Valley prometía solucionar los problemas alimenticios de la humanidad con un polvo nutritivo. Lo que perdía de vista Rob Rhinehart (quien tuvo que sacar de circulación sus productos por las diarreas que producía la harina de algas) era que la comida, el propio hecho de comer, es una de las actividades preferidas de los seres humanos, que además carga con su identidad y cultura. El polvo se llamaba Soylent, y su nombre provenía del alimento que consumían las clases bajas en una película de ciencia ficción de 1973 protagonizada por Charlton Heston: Soylent era también un concentrado que proveía lo suficiente para sobrevivir. Y allí ya estaba prefigurado el devenir de la compañía: la gente prefiere vivir. Bien.

Patrick Brown entendió que la batalla del vegetarianismo (y cualquiera de sus variantes) era más cultural que otra cosa y así nació su proyecto. Descree del cambio en las costumbres de la sociedad de consumo pero pone el foco ahí donde los planteos contra la carne animal son más sensatos y, en algún punto, atemorizantes: producir carne es insostenible. Por la contaminación que produce, el terreno que precisa y la cantidad de agua y materia energética que consume, la ecuación da a pérdida. Si todos los habitantes de este mundo consumieran carne a los niveles de países como la Argentina o los Estados Unidos, casi que no alcanzaría el planeta tierra entero para criar todos los animales necesarios. El documental Cowspiracy de 2014 (disponible en Netflix) es bastante claro en este sentido.

Lo dicho no cuestiona el consumo de carne en su esencia si no en su desproporción. Los logros de esta hamburguesa imposible quizás colaboren con el dilema al que se enfrentará tarde o temprano la humanidad en su conjunto: ¿podemos seguir comiendo -tanta- carne?