MUNDO

CATALUA IN THE PENDIENTE

Por Ayeln Oliva

Una represión inexplicable, una declaración a medias, un consenso a la fuerza y un desbande analítico: ¿por qué pasa lo que pasa en el territorio catalán?

 

Lo único claro del proceso catalán es que terminó resultando de lo más confuso. El presidente cesado, Carles Puigdemont, nos entrenó en el asunto unos días antes de la votación en el Congreso, cuando llegó a decir que el mandato del pueblo es que Cataluña se convierta en un Estado independiente en forma de república para al instante pedirle al Parlamento que suspenda los efectos de la declaración de independencia. Entonces, ¿qué quería decir presidente catalán? ¿Qué sentido tenía suspender la declaración inmediatamente después de anunciarla? ¿La había declarado o no? Cada palabra de Puigdemont, en cada uno de sus últimos discursos, fue leída como un paso en falso del proceso que dejaba en evidencia las fisuras de la propuesta y las tensiones internas dentro del bloque separatista.

El último viernes de octubre, en un recinto con más camarógrafos que diputados, la mayoría del parlamento autonómico declaró unilateralmente la independencia. Mientras cantaban el himno catalán, custodiados por las banderas de España que todavía ocupan el espacio vacío que dejaron los diputados del Partido Popular y de Ciudadanos, sus caras transmitían más tensión que alegría. Los dirigentes oficialistas de Convergencia, pata liberal del gobierno, sabían que se venía una tarea difícil y que la estrategia política no estaba del todo cerrada. Oriol Junqueras, vicepresidente de la Generalitat y líder de la Izquierda Republicana (ERC, por su siglas en catalán) invitaba a imaginar largas horas de negociación, entre tironeos y aprietes, como requisito necesario que debieron sortear para llegar a esa instancia. Los únicos claramente eufóricos eran los líderes de la anticapitalista Candidatura de Unidad Popular (CUP).

Todo lo que siguió resultó menos épico. El presidente de la nueva república fugado en Bruselas, el vicepresidente Junqueras y otros siete altos funcionarios detenidos en Madrid, la autoridad máxima del Parlamento esgrimiendo que no había que tomarse a la declaración tan en serio y un vacío de poder de tal dimensión que hizo que el trabajo de Mariano Rajoy por restablecer el orden se volviera más sencillo de lo esperado.

En Buenos Aires, muchos no supieron cómo leer el conflicto. No pudieron evitar la ceguera de medirlo con la vara de la política nacional y así se aferraron a sus propios moldes. El diputado argentino Juan Carlos Giordano, del Frente de Izquierda, desplegó una bandera catalana en su banca y llegó a anunciar que presentaría una moción en el Congreso Nacional para que reconozca la nueva república catalana.

El error más grande a la hora de analizar el conflicto es reducirlo a la horma ideológica que divide izquierda-derecha. Si algo está claro, es que el independentismo catalán no es ni una cosa ni la otra. El reclamo por la independencia es rechazado tanto por los conservadores del Partido Popular y los liberales de Ciudadanos como por los socialdemócratas del PSOE. Lo mismo pasa en el otro frente. Entre los separatistas están los liberales de Convergencia, la izquierdista ERC y los anticapitalistas de la CUP, entre otros espacios menores que no hacen más que sumarle más tonos a este frente. La conformación de una república catalana no determina el corte ideológico de lo que podría llegar a ser su primer gobierno y mucho menos busca quebrar con el modelo de organización política tradicional en Europa. El fervor trotskista por la independencia en ese sentido es, al menos, apresurado.

Fa vint anys que tinc vint anys

Otro error habitual es el de tomar al nacionalismo como única variable del independentismo: en tanto identidad colectiva, es el elemento fundamental del conflicto catalán. Pero no el único. Como dice ese refrán dedicado a los estúpidos, ¡es la economía! (también). En 2016, la región representaba el 19 por ciento del PIB total de España, el más alto del país, incluso mayor al de la comunidad autónoma de Madrid. Según el informe del banco BBVA, Situación Catalunya, la actividad económica creció en 2016 un 3,5 por ciento por encima de la media estatal. Sin embargo, esa cifra no se tradujo en un reparto igualitario al interior de la sociedad. Por estos días, el salario bruto que entra en la casa de una persona que vive en Cataluña está por debajo de la media del resto de España. En el año 2012, el anterior presidente de la Generalitat, Artur Mas, aseguró que la independencia podría garantizar el superávit en el sistema de seguridad social, un incremento en las jubilaciones y una cancelación más rápida de su deuda. La idea de que los catalanes pagan más impuestos que el resto de España y reciben menos no solo prendió fuerte sino que es cierta. Por lo tanto, el despertar del nacionalismo y la ampliación de sus bases de apoyo en los últimos años ha tenido que ver, en gran medida, con los efectos de la crisis financiera internacional de 2008 y la búsqueda de un reajuste del encaje catalán en el aporte al fisco.

Por último, es un error también pensar que la única grieta que abrió este conflicto es el de la organización territorial. No debemos caer en la trampa de la territorialidad cuando lo que se esconde detrás es una profunda crisis política e institucional que contiene a toda España. Durante años, Mariano Rajoy pensó que la mejor manera de resolver el asunto era la inacción, esa misma que le sirvió para renovar su mandato como presidente el año pasado. Sin embargo, esta vez la ecuación no cierra. El asunto le estalló en las manos y terminó forzándolo a dar manotazos de ahogado que terminaron con la Guardia Civil reprimiendo a los votantes que decidían participar del referéndum independentista. Una de las pocas decisiones acertadas que tomó Rajoy este último tiempo fue la de negociar con el bloque separatista la convocatoria a unas elecciones autonómicas para unos días antes de Navidad. No solo aceptaron todos los partidos que representan el reclamo independentista sino que el presidente contó con la suerte de que las tensiones internas dentro del bloque separatista lo llevaron a presentarse en listas distintas.

Paradójicamente, la declaración de independencia ha derivado en una distancia aún mayor del sueño del Estado propio. Las elecciones del 21 de diciembre abrieron una nueva chance para ambos lados, que terminarán por tomar una buena radiografía de la correlación de fuerzas del momento posibilitando que, de una vez por todas, los representantes del separatismo y los del gobierno se sienten en una misma mesa y sean capaces de encontrarle una respuesta política al problema.