MSICA

CHARLY NO SE MURI

Por Martn Rodrguez

Apuntes sobre el último álbum de García, Random, y bueyes rockeros perdidos.

No tenemos (y mejor no tener) pistas para saciar el morbo de saber si García está mejor, peor, igual, si volvió al departamento de Coronel Díaz, por qué volvió. A modo de primera síntesis: García está distinto. Hay algo en él de vuelta a las fuentes, de introspección pero no ultraterrena, de fascinación tecnológica (lo que lo hace un obsesivo) pero sin entusiasmo por el presente de los millennials: es un Charly reflexivo. Pero su tradición (y mandato) de hacer discos y canciones de época, ese dar cuenta del crujido de las placas tectónicas, hace años quedó atrapado en un juego casi final: a partir de La hija de la lágrima (1994), un disco musicalmente colosal y caprichosamente conceptual como una película que no se entiende, inaugura un momento de Charly que pareció definitivo: bajo la palabra vanguardia y la sobreexposición de sus rutinas tóxicas, llegó el período y su década Say No More, con brazalete y un disco en el medio, con ese nombre, Say No More, de 1996. Un período especial que el periodista, editor y músico Nicolás Miguelez llama con precisión: el pedal de distorsión de su obra. García explotó de sentido y se dedicó a actuar de sí mismo. El personaje de los 90.

Si hay vejez, que se note me dijo el gran músico Hernán Espejo, alias Compañero Asma, como un modo afectuoso de nombrar la sensación de algo que falta, que comparto, tras la escucha de Random, bajo el paraguas protector de Sony. Las capas y capas de sonido y producción del disco, la voz de Rosario Ortega, la megaproducción volcada sobre el esqueleto luminoso de estas nuevas canciones permiten, tal vez, extrañar un derecho que quizás el propio Charly se niegue a ejercer: arrugarse, envejecer, madurar, incorporar el silencio con un piano de cola. ¿Se permitirá Charly ser un viejo sabio? ¿Es necesario que lo sea? Su voz no nos permite mentir: suena cascado, lento; lúcido, pero en el medio de un perfeccionamiento técnico que hace contrastar quizás demasiado las condiciones de la voz con el preciosismo del sonido. Seamos quisquillosos: tal vez un disco más despojado acoplaba mejor una cosa con otra.

En Cabrera al 6000, oficinas de Sony, una mañana de alerta naranja de febrero se hizo la presentación oficial del disco. Había ahí lo que se podía prever: sanguchitos de miga y periodistas del rock y el espectáculo, empresarios hipsters y seres humanos geniales como Alfredo Rosso. De la escucha, una percepción sobresale: Charly recobró poética, la ironía filosa en pinceladas de observación. Nos habla de lo que ve afuera: los evangelistas de la televisión, la lluvia, el cementerio de ídolos, Kubrick, Tinelli, la música Charly no deja de hablar de sí mismo (¿se puede?), pero deja de ser el único objeto de observación, amplía el lente. La pregunta usual (¿es un disco de época?) deberá, tal vez, ser respondida en el tiempo. Tiene con Rivalidad una canción como apología de las guerras del ego en Argentina, y una sutil mención a la dictadura (la noche del silencio cayó negra sobre la ciudad/algunos tenían miedo o rajaban para otro lugar), nos recuerdan a Fito hablando de las batallas culturales. Claro que Charly produjo discos que se contienen perfecto debajo de ese paradigma casi insoportable: Instituciones, La grasa de las capitales Por ahora minimicemos: es un Charly recobrando el control, con canciones que empiezan y terminan. Lo rodean la mencionada Rosario, Fernando Samalea y un puñado de buenos músicos chilenos y fans. Remasterizado por Joe Blaney, nuevamente, aquel norteamericano que produjo a The Clash, a Ramones, a Prince y luego se encontró con García para grabar, desde Clics Modernos (1983), todo lo que vendría hasta La hija de la lágrima.

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Cuando en diciembre de 1983 García presentó en el Luna Park su Clics modernos, tuvo un momento pinge: le habló al público con una sinceridad cívica que abrió un tajo en el aire. Se puede ver en Youtube. Para un tipo que a su modo le cantó las 40 a un régimen criminal, había en el clima de fiesta democrática una oportunidad de diversión reflexiva, de sacarse el pasado de encima (y esa era la democracia para Charly, a fin de cuentas). En el minuto 22 tira Charly al público: el fútbol es como el rock, pero peor. Y sigue. La gente se mata, cuchillos estamos en democracia, ¿qué es lo que más quieren? ¿Qué más quieren? No sé, ¿qué quieren? (se lleva la mano a la oreja en gesto de oír) ¿Ustedes saben qué quieren? Díganme si saben qué quieren. La pregunta rebota en el público y explota en él: ¿qué se hace con la libertad? Una cosa era segura: el García de los 80 entendía que el valor de haber ayudado a hacer cenizas el viejo régimen lo ponía de cara al futuro, no de cara a los muertos del pasado reciente (sobre los que había cantado como nadie). Charly define en ese gesto algo que lo dimensiona, incluso en su ética: no es un perdonavidas, no tiene la visión idílica de una Argentina de luz, no es León Gieco. Establece siempre una distancia irónica con los sentimientos colectivos, que no lo exime de la fiesta. Goza con la representación de un artista burgués y huidizo (¡no bombardeen Barrio Norte!), aunque después sea el invitado ineludible de todas las celebraciones democráticas (las de los radicales, también las de los peronistas). No es la palabra memoria su talismán. Su palabra es inconsciente, en la más incierta versión del inconsciente colectivo. Charly baila y toca ese sustrato común, ese fluir de libido y represiones del subsuelo sublevado. En el sentido menos tradicionalista y más profundo, diríamos que no hay rock más nacional que el de Charly, quien odió ese término hasta devolverlo: repetía el rock nació mal. Fue acusado de bestia pop y, tal vez por su rencor de nacer en la periferia, no hizo nada por tomarse en serio ese lugar de artista, más que en la seriedad noble de producir su tipo de belleza. Al final, ¿no se tomó más en serio a sí mismo, en su etapa solista, el Indio Solari que García? Poeta brillante y seriamente politizado, la autoconciencia restó en el Indio el humor, la ironía e incluso la guitarra épica de Skay. ¿Podía en la Argentina existir un status tan prístino, tan Roger Waters, de sufrido artista de la boutique del rock? ¿Se puede ser una estrella de rock en Argentina?

Random da la versión de un Charly públicamente lento, con amistades sanas (como Palito Ortega), que escucha a los Byrds, a David Crosby, que reta a los funcionarios del PRO, que se identifica vagamente, intuitivamente, con la estela kirchnerista y generacional, que compra vinilos en Rock and Freud, que mira mucha televisión (es notable la burla sobre los pastores televisivos en Los amigos de Dios), en un mundo ya sin Mercedes Sosa, Spinetta, Cerati, Bowie, Leonard Cohen, Lou Reed, Prince Rock nacional para el desierto argentino.

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García carga la cruz de haber hecho cosas demasiado importantes. En los 70 formó tres bandas indispensables: primero Sui Generis, nuestros Simon Garfunkel, con la que Charly decidió madurar en público: desde la primera rebelión naif cantada con piano, guitarra y flauta, hasta 1974, cuando dejan de ser un dúo y graban un disco indestructible y rockero, Pequeñas anécdotas sobre las Instituciones. Charly dibuja un mosaico de imágenes de la Argentina de Isabel y López Rega.

Luego, en el arranque de la dictadura, armó La Máquina de Hacer Pájaros. Justo cuando en Londres nacía el punk, Charly hizo una banda que aupaba el rock sinfónico que los Sex Pistols despellejaban. Pero escuchen Hipercandombe y sientan la taquicardia sensual de una apología de la paranoia, el pelo largo, el río, la noche en la ciudad ocupada.

Después, tras la estadía liberadora en Buzios y espaldarazo de Billy Bond, nace Serú Girán. ¿Qué fue Serú? La gran banda de sonido de la dictadura. Como el cine de Aristarain, la literatura de Piglia o Asís, la revista Humor, Punto de vista o Expreso Imaginario, se puede pensar que al Proceso se le fue abriendo un espacio de distancia y disidencia que no tenía que ver con una resistencia en un sentido político radical, sino con un modo de reconstruir la conversación de una parte de la sociedad civil apartada de ese Estado, de esa política. La dictadura se movía entre el integrismo de la cruzada occidentalista y la modernidad de Martínez de Hoz.

Pero lo que Charly congela con Serú tal vez es algo que se proyecta hasta hoy: un diálogo cultural inquietante. No fue nunca un artista del compromiso (aún cuando compuso denuncias inigualables), más bien sus objetos de burla o juego se precisan sobre ese exacto terreno. Hay algo también borgeano en él, algo de antiargentinidad excéntrica, de nacionalidad con lastre, ¡entiérrenme en Ginebra!, de lo que Borges programa en su ensayo El escritor argentino y la tradición: Charly no quiere hacer de argentino (aunque lleve la música popular en la sangre). Primero el mundo, después la aldea, parece su programa, sin embargo, y cómo negarlo, es pura aldea. Hasta versionó el Himno Nacional Argentino, con el que Néstor Kirchner musicalizó en 2004 la recuperación de la ESMA. En esa actualidad deseada subsiste la clave de su amistad con Menem: un presidente que permitió una modernidad definitiva, el entendimiento final. A Charly lo deslumbra la cultura rock, Nueva York, la beatlemanía, Prince. Sus amistades y filiaciones son el mapa del futuro clásico argentino (Graciela Borges, Mercedes Sosa, Fito Páez, Hebe de Bonafini o Menem). Carga la cruz del sur, pero para apoyar sobre ella su drama de destierro: me tocó la Argentina. Radiografía pop de la pampa. Charly hace rock contra su destino argentino: y eso lo hizo el más argentino de todos los rockeros. Es nuestro quinto beatle.

En el final de Random, García se despide con una canción, Mundo B. Oscura y religiosa, dice: El pasado no me condena / El presente no me da pena / El futuro está asegurado. Compremos ese boleto.