CRNICA

CHICOS DE ORO

Por Paula Puebla | Fotos Magal Flaks

Pasan los años, pasan los jugadores, los modelos de valorización sexual, los parámetros de lo políticamente correcto y el buen gusto, los estereotipos de género, las normativas municipales, y el Golden continúa emplazado en la frontera sur de Puerto Madero. Cientos de mujeres se sientan en sus mesas semana a semana, para hacer uso impúdico de un deseo: de un cuerpo inalcanzable, de un macho argento sin panza, de una sexualidad sin resquemores, de tener el control; un deseo de desear. Al menos por un rato.

Si acatamos la creencia paradigmática de estos tiempos de que todas las mujeres somos iguales, estamos en condiciones de afirmar que a ninguna de nosotras nos calientan los strippers. Basta con preguntarlo a las compañeras en la oficina, en las redes sociales o en una cena con amigas. Sin embargo, el Golden se mantiene en pie y abre sus puertas en Argentina desde el año 1989 con una única oferta: shows exclusivos para el público femenino. Bajo esta premisa, para explorar el territorio del espectáculo emblema de strippers de Buenos Aires, es preciso dejar de lado los prejuicios e intentar hacer lo propio con la vergenza y el pudor. De cuerpo presente y con la curiosidad de la inexperiencia de la primera vez, fui testigo de lo que ocurre en ese espacio solo para mujeres y de las contradicciones que orbitan al mercado de la excitación femenina. Y fue revelador: los clichés del yugo patriarcal se estrellan contra el piso, el actual discurso de la corrección política se diluye en un griterío obsceno y la retórica de los feminismos parece ni siquiera ser un recuerdo. En el espacio del Golden, más que la justicia, lo que prima es una mueca de venganza: somos las mujeres las que ocupamos la banca sexista y cosificadora históricamente masculina. Somos las consumidoras, los sujetos activos de la transacción, las que pagamos para ver tipos en bolas y dejarnos atrapar por la más cavernaria erótica de la seducción. O al menos, eso parece.

 

Como un espacio de excepción, la experiencia del show de los Golden Boys en Puerto Madero puede considerarse un evento turístico: es un vuelo sin escalas a los 90s. La primera impresión es inmediata y se ajusta por completo al campo de lo sensorial. El resplandor de luces, las columnas jónicas que salpican el espacio, la disposición de las botellas detrás de la barra espejada, las sillas vestidas con telas de raso, la carta de tragos que incluye brebajes como Destornillador o Cuba libre, la música que acompaña por lo bajo el cuchicheo cómplice de las chicas que van llegando y que buscan, con la ayuda del fornido acomodador, su ubicación. Cada ingrediente y su combinación con el resto es tan solo un recuerdo grotesco de algo que fue magnánimo y opulento y que, luego de más de veinte años de turbulencias, derrumbes y renacimientos políticos, hoy se nos presenta como un resto arqueológico de la festiva década menemista. Las políticas liberales habían cautivado a una población postinflacionaria bajo el liviano encanto de la convertibilidad, que permitió construir una ética de consumo y una cultura de la abundancia, por momentos hasta paródica de tan ficcional. Los viajes al Caribe all inclusive, el Disney World para todos, las inolvidables placas de durlock recortando los viejos techos altos, el desparpajo de la pizza con champagne, los electrodomésticos norteamericanos de pura obsolescencia, la generación Mtv, la fiebre del paddle, el show de la NBA, los liftings y las siliconas. El comportamiento new rich estaba avalado por un peso hormonado y signado por las relaciones carnales con los varones del mercado internacional. Sin registro de casualidad, el Golden y la épica stripper de la noche porteña creció en este contexto artificioso y artificial, teatral y teatralizable. Y es por eso que cada detalle de su atmósfera se paralizó en coherencia con un estado de ánimo que hoy, desde las morales progresistas, percibimos con culpa, pero también con un dejo de nostalgia. La mítica del Golden nos retrotrae a esos años dorados donde la única verdad era la que se podía comprar, ostentar y tirar a la basura.

Salvo tímidas excepciones, las chicas llegan en grupos numerosos, cautivas de una euforia adolescente y etílica. Los pretextos son siempre los mismos: despedida de soltera, festejo de divorcio, cumpleaños de 40 (¿o de 30?). Las mesas reservadas se completan lentamente y el comienzo del espectáculo se palpita comiendo la pizza libre que promete el valor de la entrada. Se piden los tragos, las botellas de vino espumante, las latas de energizantes que como indica el viejo truco se deben pagar aparte. Detrás de los cuernos de diablita y los velos de novia de las que pronto darán el siempre codiciado sí en el altar, el público es absolutamente heterogéneo: mientras un malón de chicas hace una tirante vaquita para comprar dos botellas de vino blanco con energizante, otro grupo recarga su mesa ostentosamente con cuatro hieleras de costoso champagne. Todas están ansiosas y aprovechan el rato para sacarse las fotos de rigor que, luego, por la seguridad de los bailarines, estarán prohibidas. Ellas no lo sospechan, pero el descontrol que van a experimentar está estudiado y previsto de principio a fin. Sus gritos, su llanto, sus espontáneos arrebatos de locura e histeria serán también otra parte de ese show al que creen asistir como espectadoras impredecibles. Pero como en cualquier negocio, todos los roles están fríamente calculados.

 

Las camareras despejan las mesas. La luz se atenúa y la máquina de humo matiza el ambiente. Un cuerpo a escala humana de muñeca Barbie sale al escenario. Es una bella travesti, la encargada de animar el show, presentar a los chicos y hacernos reír. Sabe lo que hace. Es histriónica y chabacana, sofisticada y provocadora. Se pasea con solvencia subida a unos tacos que dan vértigo. Pide gritos (y más gritos) para abrir el espectáculo, y con los primeros compases del hit de Mark Ronson, Uptown Funk, dos dignos ejemplares de los Golden boys ejecutan una coreo y nos tientan con la punta de su iceberg. El mood está seteado: es hora de que comiencen a desfilar los machos argentos.

El mismo hombre que ofició de acomodador, ahora elige de entre el público a la partenaire del stripper. En uno o dos movimientos se ambienta el escenario y a través de esos pocos signos precisos se sugiere cuál será el tema alrededor del cual comenzará a construirse la primera fantasía. En el escenario, un reclinatorio y una Biblia. La música de un órgano eclesiástico perfuma el ambiente. La elegida, una futura novia, espera de rodillas. Cómplice con la escena que se representa, junta las palmas en señal de rezo. La silueta solemne de un hombre cubierto de pies a cabeza por una casulla negra irrumpe en el cuadro. Las chicas del público gritan ansiosas por verlo. La que está sobre el escenario ríe nerviosa: sabe que va a tocarlo, que va a palpar con sus manos de esposa un físico construido a semejanza de un dios griego. La sombra negra se mueve cada vez más rápido, se acerca a la homenajeada para dar comienzo al verdadero striptease. Porque no es cuestión de simplemente ponerse en bolas. Es saber manejar los tiempos, subir el fuego de a poco, explotar la tentación hasta transformar al deseo en un hito en sí mismo. Primero, cae la capucha, desde donde emerge una sonrisa blanca. Gritos. Después, vuela la sotana: el torso cincelado en un gym atiborrado de aparatos, posiblemente ayudado por suplementos vitamínicos de legalidad variable, brilla lampiño y aceitado bajo los haces de luz. Más gritos. La música de campanario ya cambió a algún éxito no necesariamente actual. Puede ser Arjona, puede ser Ráfaga, puede ser Lady Gaga. Él la agarra y ella se deja. Ella le apoya las manos en el lomo y él la mira fijo a los ojos dando el permiso para tocar. Ella le recorre los pectorales, los hombros y los brazos; y la risa nerviosa se transforma en una mueca incómoda. Él la invita a más: le mete una de las manos adentro del pantalón y lo que ella hace bajo esa tela no lo sabemos, pero el público enloquece. Él la agarra de la cintura, la da vuelta y la inclina hacia adelante. La empuja contra su pelvis, le frota la pija contra las nalgas, le toca las tetas, le mete la mano debajo de la pollera. Ella, lejos del mundo real, parece disfrutar lo que solo pareciera posible y permitido en ese único contexto. El público se descose en un alarido: todas quieren estar ahí, todas parecen estar calientes. Todas, de un instante al otro, nos hemos convertido en voyeurs. A la dama en cuestión se le terminó el rato en el Edén y, ya único dueño del escenario, nuestro monje busca el final. Se saca los pantalones y vemos a través de la lycra fluo de su ínfimo boxer la silueta de una tremenda erección. Se pasea de un lado al otro hasta que se para en el centro y, de espaldas a nosotras, se saca la última prenda para exhibir su culo amanzanado. Y cuando ya parecía imposible caldear más la atmósfera, se da vuelta y ahí sí ya todo es éxtasis y nada más que éxtasis. Con una mano apunta a sus chicas y con la otra agarra desde la base ese pito bestial. Acá lo tienen, mírenlo bien, piensa mientras observa la reacción eufórica de la horda femenina. Sonríe y muestra orgulloso esos bien provistos centímetros de carne a la que se redujo su humanidad. Pero es un error leer esa escena bajo el filtro de la cosificación. El acting concluye y él se muestra satisfecho porque los gritos acreditan el valor de su buen trabajo. Y pese a haberse sacado toda la ropa, sabe que no está desnudo. No siente pudor porque no hay ahí ningún rastro de intimidad. Lo que hay es un fuelle performático y comercial que fija un pacto entre él y nosotras. No importa lo que creemos sino lo que vemos. No pretendemos una escena con un hombre verdadero o un verdadero desnudo. Queremos la picardía del exceso, la espectacularidad.

 

La temática cambia y la fórmula se repite. Con la intervención de la animadora para ordenar a un público dócil pero enardecido, de la mano de un grupo de mafiosos, un tanguero hot o un romántico empedernido, el show se edifica sobre sí mismo en un rulo que no fracasa. Pese a que se incorporan al espectáculo desde una ambigua espontaneidad, las reacciones de las espectadoras cobran el mismo valor teatral de las perfos de los strippers. Aunque al espectáculo se suman tantas y tan diversas fantasías eróticas como mujeres presentes, todas se subliman en un tipo de descarga eufórica, unánime e igualitaria. Pero eso tampoco es importante. Lo que subyace en la meca libertina del Golden es que las barreras de lo opresivo se levantan en pos de lo celebratorio y que todas dejamos nuestros gritos como testimonio del deseo o del deseo de desear que esos modelos estandarizados de excitación nos provocan. No pagamos por la transgresión de ver tipos en bolas; sino por la experiencia de desnudar nuestras propias represiones. Ése es el verdadero secreto.