ENTREVISTA

CLAUDIO MARA DOMNGUEZ

Por Diego Mancusi | Fotos por Ignacio Snchez

Niño prodigio, precoz sostén de familia, periodista business class, guionista de cine picarón, best seller espiritual y gurú popular: vida y obra de un hombre que cree en la reencarnación.

 

Gerardo Romano se coge vigorosamente a Sandra Ballesteros en el cénit del menemismo para luego tatuarle así nomás una rosa y una víbora, y a Mariano Grondona le parece que no da y hace berrinche y Telefe acata y manda todo al freezer hasta que aparece Súper Romay y salva el día y de paso clava dos millones de puntos de rating. El resultado de todo ese barullo es una casa nueva para Claudio María Domínguez, autor de La marca del deseo, novela picante que luego se convertiría en miniserie ídem. Sí, ese Claudio María Domínguez, el mismo que ya se había forrado quince años antes gracias a una película mediopelo que, aunque apenas si asomaba un pecho, igual supo congregar a hordas de onanistas por el título pícaro que nuestro héroe eligió ponerle para su estreno en cines argentinos: Déjala morir adentro. El mismo Claudio que a los nueve años logró el paradójico honor de convertirse en el pibe más famoso del país gracias a la mitología griega, ganando un concurso de preguntas y respuestas en un programa bancado por un dentífrico y aprovechando el premio para sacar a su papi de gayola. Claudio María Domínguez, ese que desde hace unos años es el nombre de la espiritualidad new age en la Argentina y que para algunos vende humo y para muchos otros salva vidas desde sus programas en Radio 10 y Pop, sus charlas y sus libros. CMD, el joven maravilla, el empresario pillo, el escritor hot que con 56 años asegura haber tenido dos parejas estables y algún polvito en un viaje, el gurú que no quiere serlo, dice que no le alcanza con haber vivido cuatro o cinco vidas en una: cuando le llegue la hora va a tener que reencarnar. Yo no me tengo fe de que esté resuelta mi evolución, explica. Todavía me veo como una persona con una cierta ira y un menosprecio por lo que yo llamo 'los que impiden que la mente vuele'. No un pobre que esté robando la basura: los que manejan el poder de los medios para emputecerlos, para que vivan en una estupidez mediática mundana. Creo que ahí hay un karma bravo y si pudiera apretaría un botón y los borraría del planeta.

Así que anotemos la primera revelación: algo de rencor, aunque sea chiquito y más o menos controlado, hay en lo profundo del hombre-luz. La espina que no lo va a dejar subir es esa: la bronca que no puede evitar tenerle a los manipuladores negativos de la conciencia humana. Odios más terrenales, dice, no tiene: con la madre que le cargó la mochila de tener que sacar las papas del fuego cuando estaba en edad de jugar a la mancha está todo relativamente bien. De hecho, acá estamos, en el departamento que su progenitora de 92 años sigue ocupando en Barrio Norte, rodeados de su propia memorabilia (fotos con Mirtha Legrand, con su mentor Cacho Fontana, ¡con Jean-Paul Belmondo!) y del merchandising peronista que le legó su abuela, Celina Rodríguez de Martínez Paiva, elegida como la primera Diputada Nacional de este país en 1952.

A nadie que lo conozca mediáticamente le puede sorprender que Claudio sea así de amable. Ofrece té de manzanilla y llama al cronista por el diminutivo de su nombre. Reconoce haber dudado en un principio sobre las intenciones de Playboy pero finalmente se convenció, un poco por haber hecho las averiguaciones del caso y otro poco porque no es de Dios desaprovechar oportunidades para difundir lo que uno hace. Así que procedamos: lo que hoy nos reúne es Por qué cambié mi vida, las memorias que Planeta le editó hace unos meses, 356 páginas por las que pasan Odol, Sai Baba, su papá veleta, la Madre Teresa, Beto Casella, Frank Sinatra vomitando a Romay, la esposa que le robó el abusador de chicos conocido como Maestro Amor (adorado por sus seguidores y denostado por tantos otros, dice sobre él) y tantos otros avatares que asomaron en las múltiples existencias de este genio divino del alma.

PLAYBOY: La mitología griega no parece ser algo que le surja a un nene de seis años: parece un mandato. ¿Lo disfrutabas o lo sufrías?

CLAUDIO MARÍA DOMÍNGUEZ: Al principio era todo un juego. En mi libro cuento sin pudor cómo surge la necesidad de que yo ganara Odol y así nos cambiara la vida para siempre. Vengo de un hogar de gente muy culta y muy pobre. Literalmente no tenían para comer pero había exceso de libros, de cultura y de títulos. Vaya a saber por qué cayeron en desgracia y mi padre incluso fue preso por no poder pagar deudas. Cheques sin fondo... Ponele que inocentemente haya recibido y pasado pero en concreto: preso. No había ni para sacar un abogado. Ahí más se exasperó ese mandato de este chico que pinta piola... A los 3 años leer y escribir, a los 6 años seis idiomas... Criado con el mandato de este va a salvar a la familia. Pero hasta ese momento era un juego para mí. En Casa Tía, los domingos había concursos de preguntas y respuestas. La gente que ganaba se llevaba comida o ropa. Yo sabía que todos los domingos iba, me iba a ganar todas las preguntas y teníamos comida para toda la semana. Cuando vino lo de Odol Pregunta, el país se paralizaba con este programa que daba el millón de pesos de premio. Yo sabía mucho sobre La Illíada y La Odisea. La vida y obra de Homero. Un día estábamos mirando el programa y yo mismo dije: "Si voy acá y gano el millón de pesos sacamos a mi padre de la cárcel, no nos va a faltar para estudiar, para viajar".

PLAYBOY: ¿Te seguís acordando de todo?

DOMÍNGUEZ: No, si voy ahora perdería en el tercer o cuarto programa. Zafo más que ustedes pero hasta ahí. Ganar Odol nos cambió la vida. Me dieron el millón de pesos que lo gastamos en pagar deudas. De la noche a la mañana era el chico más conocido de la Argentina. Caminar por la calle era una... odisea, justamente.

PLAYBOY: ¿Cómo vive la fama un pibe de nueve años?

DOMÍNGUEZ: Primero como una gran sorpresa. Todo el tiempo me seguían a algún lugar. Me esperaban cuando salía de la escuela. Ahí empezó a tornarse molesto. No tener intimidad. Ver que todos te seguían, todos opinaban. La gente se cohibía ante el chico supuestamente genio, que después habría que ver genio de qué. Siempre fui muy intolerante con lo que yo llamo la mente más chatonga, más corta, más lenta. Eso hubo que trabajarlo con el tiempo, para no ser un infeliz cuyo ego se considera superior intelectualmente a los pobres mortales que no pueden ni hablar.

PLAYBOY: ¿Cómo te trataban en la escuela? Porque a veces los pibes son crueles.

DOMÍNGUEZ: Yo era el número uno absoluto, entonces la mitad se adherían y te miraban como si fueran el Robin de Batman y la otra mitad rechazaba con profunda envidia todo lo que me pasaba. Pero no solo me pasaba con los compañeros, también con los profesores. Estaban los que me ponían 10 de promedio siempre sin preguntarme nada por el miedo al papelón de una respuesta, y estaban los que me llamaban al frente y no me soltaban en toda la hora hasta no encontrar un punto donde pudieras fallar. Me acuerdo de que el de Educación Democrática lo logró, me puso un 9 y estaba en éxtasis por eso. Y yo estaba fascinado, vine contento a casa y acá me dijeron: Qué horror, ya vas a levantar mañana. Ahí tenés una pauta.

PLAYBOY: Vivías bajo mucha exigencia.

DOMÍNGUEZ: Del mundo. Es un espejo de su propia frustración. Pero yo era libre, muy libre. Es más: a los 14 años yo ganaba muy bien, porque Cacho Fontana y Alejandro Romay me mandaban a hacer notas por el mundo. En eso me vino bien el poliglotismo. Me mandaban a los Oscar con 16 años, y yo fascinado. García Márquez, Bioy Casares, Paul McCartney, Sinatra, la Streisand, Bob Fosse, Coppola, Meryl Streep después de Kramer vs Kramer... Y a los 14 años me quise ir a vivir solo para que nadie me exigiera nada. El leonino no tolera la presión: naciste vos para ser el centro de la atención, no para que te dominen. Mi mamá no me quería firmar la autorización para que me emancipara, me presenté ante un juez, le dije que ganaba muy bien y podía comprarme mi departamento y me autorizaron. En vez de estar de lumpen en la calle viendo qué tentación había, yo vivía fascinado en mi departamentito, era libre, cuando estaba en Buenos Aires vivía en los cines, y cuando andaba de viaje me veía con todos esos héroes que yo admiraba y no lo podía creer.

PLAYBOY: ¿Es cierto que te paseaste con Sinatra borracho por Nueva York?

DOMÍNGUEZ: Sí. En realidad no íbamos a entrevistarlo a Sinatra sino a Michelle Pfeiffer. Romay me dijo: Mañana cena Michelle Pfeiffer acá, pero nunca apareció, y apareció Sinatra. Estaba peleándose con la mujer, Barbara Marx, borracho. Romay le mandó un champagne, lo vomitó casi todo en la mesa y se fue gritando. Y me dijo: Young man, please help me, y yo llevando a Sinatra que los puteaba a los guardaespaldas y les decía: Get me a cab... no, no cab, let's sing y empezó a cantar New York, New York, borracho. Yo pensaba: Es surrealista, no puedo estar viviendo esto. Después de tres, cuatro cuadras, me dijo: Thank you so much, sir y me preguntó si quería ir a verlo al Radio City. Donde usted quiera, le limpio el inodoro, vomíteme encima, je. Así fue que fui al Radio City. Esto fue en el 78, 79. Ningún otro estará con Sinatra vomitándole a Romay y paseando por la calle cantando New York, New York.

PLAYBOY: Cuesta creer que teniendo tantas ansias de conocimiento no hayas querido saber cómo se sentía estar borracho o drogado.

DOMÍNGUEZ: No probé ni marihuana. Porque no había en mi vida, mi curiosidad no iba por ese lado. Mi curiosidad iba por el lado de sobrevivir en un mundo hostil generando un vuelo extraordinario y no cayendo en compañías que podían ser densas. No malas: densas. No fumé porque mi papá se murió cuando yo tenía 11 años de una embolia por el cigarrillo. Cuando tomé alcohol, que habré tomado diez veces en la vida... A mí me gustaba uno dulce, el Gamba Di Pernice, y tomaba medio vaso, me generaba mucha alegría y me quedaba dormido en media hora. Entonces nunca supe lo que era una borrachera, porque nunca pasé de medio vaso que me dormía.

PLAYBOY: Hablando de tabúes: hay gente que no puede creer que vos hayas escrito La marca del deseo.

DOMÍNGUEZ: El primer programa prohibido en democracia. El viejo Telefe tuvo presiones de la Iglesia, de Mariano Grondona, etc. Era la época de Menem, que tendría que haber habido una libertad maravillosa, y estaba Romano que era un sex symbol transgresor, peleador, chotito, jodido, y justo el programa debuta con récord de audiencia, bajándole todo al Mariano Grondona de Hora Clave, a la política, a la Iglesia, y la prohibieron. Igual, el escándalo fue maravilloso. Fue mi primera novela con Planeta: rompió todos los récords y me construí mi casa en Necochea gracias a La marca del deseo, y un año después Romay la llevó al 9, la puso en un tándem con El garante y rompió toda la audiencia, y yo ya la veía más inocente que Nuevediario. En realidad, La marca del deseo, los trece capítulos que Romano un día muy amorosamente me compra, eran sobre la soledad del hombre en la gran ciudad: cada capítulo era un quilombo a resolver. Uno era el sexo, la frustración sexual, el abuso emocional que el flaco había vivido. Era un show off para un actor maravilloso. Y él, transgresor, ¿qué hizo? Le metió sexo a los trece capítulos. Me acuerdo de una vez que fuimos a una filmación en un hotel alojamiento en Panamericana, y la veo a la Valentina Bassi en bolas, la María Socas en bolas, y yo pensaba: ¿En qué escena está todo esto?.

PLAYBOY: Hay gente a la que le parece contradictorio eso que escribiste con lo que hacés ahora.

DOMÍNGUEZ: Y está muy bien, pero yo no veo ninguna contradicción.

PLAYBOY: ¿No te arrepentís de nada?

DOMÍNGUEZ: La he pasado bomba, no me arrepiento de este amor, je. Repentir: vuelvo a pensar. Para un tibetano es un verbo que es muy hermoso y necesario. Repienso esto: ¿justifica que lo haga de nuevo? No. ¿Escribiría La marca del deseo? Nunca. ¿Irías a los Oscar? A divertirme, capaz. Pero no, haría esto: el momento es perfecto ahora.

PLAYBOY: Imagino que tampoco te arrepentirás de Déjala morir adentro.

DOMÍNGUEZ: Tuve muchísimas de esas, pero Déjala morir adentro quedó como antológica. A los 20 dejé el periodismo, quise enamorarme, tener una familia, ser feliz y ya vivir alejado de la sociedad. Se me dieron las ocasiones, experimenté todo eso y fueron años sublimes viviendo en el bosque de Necochea al lado del mar. Tengo dos varones grandes, 32 y 29, y las dos nenas de 9 y de 5, Amma y Devi. Y tuve dos relaciones en la vida: Marisa de los 20 a los 45 y mi relación actual con Eliana, que pretendo que sea el amor de mi vida estable, hasta que me vaya del cuerpo. Con Marisa dije: Esta es mi ocasión, acá quiero estar, éste es mi mundo. Fui muy feliz pero tenía que mantenerme con algo. Yo amaba el cine y dije: Voy a traer cine que nunca haya llegado a la Argentina, pero había que luchar contra la censura en esa época. Prohibían Fellini, Coppola, Bergman, Pasolini. Cuando traje Déjala morir adentro... Fue para joder. Ni la hubiera comprado si no. Julie Darling se llamaba, un telefilme canadiense. Se bañaba Sybil Danning con una teta al aire. Me la daban en un paquete con Cadenas calientes, la de la cárcel con Linda Blair. Entonces, mirá la rebeldía, dije: Vamos a joder a un nivel muy grande, a ver si puedo sacudir polvareda. Le puse un título guaso, asqueroso: Déjala morir adentro. Presentamos la película y por supuesto volvió prohibida sin ser vista. Entonces empezó la acción legal. Yo me citaba con [el censor Miguel Paulino] Tato. A vos te metería preso, me dijo. Y yo le dije: Dejá morir la ilusión dentro de tu mente, dejá morir la depresión. Me dijo que le haga juicio, se lo hice y lo ganamos: la película podía llamarse Déjala morir adentro. Me prohibían los afiches, era la forma de boicotearme para que no la pudiera estrenar. Yo dije: No se preocupen, no hay fotos, el afiche era todo negro y en amarillo déjala-morir-adentro. Empapelé la ciudad con eso y me contó un policía que los autos chocaban en Callao y Corrientes mirando eso. La calificaron Prohibida para Menores de 18 años Con Reservas, lo que me favorecía más. El día del estreno yo llegaba siempre a las 11 a ver cómo estaban los cines en la calle Lavalle. Cuando llegué a la 9 de Julio no logré pasar. Dije: Mierda, justo hoy que estreno mi película, con todo lo que me costó. Cruzo, llego hasta Lavalle y a un policía le pregunto qué pasa y me dice: Un loco de mierda estrenó esa de Déjala morir adentro, la gente está haciendo cola, no puede avanzar tratando de sacar entrada.

PLAYBOY: Ya estabas contando la plata.

DOMÍNGUEZ: ¡Mi nueva casa! ¡Cambio la de Necochea y me pongo frente al mar! Cuando llegué, el empresario fumaba habanos y me decía: ¡Nunca vi esto! ¡Tengo vendido un mes, con trasnoche hasta las 5 de la mañana!.

PLAYBOY: ¿Qué te hizo clic en la cabeza para dejar todo esto y dedicarte a la espiritualidad?

DOMÍNGUEZ: Yo le llamo la noche oscura del alma. Cuando todo aparentemente funciona, tenés lo que soñabas tener y no te tenés a vos mismo. Lo esencial es invisible a los ojos, como dice El principito. Tengo mi familia, mi casa frente al mar, el autito, viajo por el mundo, aún ganando el premio de turno, ¿cómo todavía no soy feliz? Entonces, cuando hay un vacío existencial a la noche antes de dormir, algo pasa. Conocí Europa, los nenes están sanos, tengo una relación de pareja afectuosa, pero ¿qué pasa? Hasta que no aparezca profundamente usted en su vida, nada le va a llenar los huecos de su carencia, de su soledad. Eso habrá pasado para mí a los 33... La edad de Cristo, muy interesante. Ahí me acuerdo de que le dije a Romay y a Fontana: Dejo todo, no quiero más nada. Loco de miércoles, me dijeron. Quería entrevistar gente espiritual, maestros que me hicieran entender por qué mi propia vida se había convertido en un vacío. Romay me dijo: ¿A quién querés entrevistar? ¿A Monseñor Laguna?. No, a Sai Baba, a la Madre Teresa, a Amma, al Dalai Lama, a Chopra, a Louise Hay. Ridículo, nadie llega a ellos. Maradona llegará a estar tres minutos con el Papa, me dijo. Yo le contesté que me dejara creer en mí. Yo voy con el micrófono y le digo: Madre Teresa, déjeme respirar el aire que usted larga, yo creo que me van a dar bolilla. Tú lo has creído, tú lo has creado: terminamos hablando con todos ellos. A mí me hacía mucho bien en mi propia vida y nunca más quise volver al viejo periodismo.

PLAYBOY: ¿Te clavaste alguna vez con la fe?

DOMÍNGUEZ: No, porque para mí la fe es creer en uno mismo. No tengo fe ajena, no tengo fe ciega. He entrevistado a todo el mundo y si son genuinos, el único mensaje es creé en vos mismo. Si viene de dame el diezmo, mi temperamento me hace rajar enseguida. La única religión para mí es creer en uno mismo. O amar, no como en una telenovela: amar incondicionalmente la existencia. El amor personalizado o impersonal. Personalizado es amo a mi hijo: ese es fácil, hasta Hitler amaría a su hijo. Pero hay que amar al hijo de otro. Hay que amar el aire que uno respira.

PLAYBOY: ¿Cómo ves a la distancia el tema de los sanadores filipinos y del Maestro Amor, dos de las cosas que difundiste que más problemas te generaron?

DOMÍNGUEZ: De los mil reportajes hechos, dos son los controvertidos. De esos fenómenos espirituales, el más polémico porque es argentino es el Maestro Amor. Veinte años atrás me hablaban de un maestro en Catamarca y fuimos a hacer la nota. Durante el reportaje me pareció muy interesante: era una llevada a la criolla de las enseñanzas de Osho, de Yogananda... Me pareció válido y ahí quedó. Ahí hubo un fenómeno muy especial: mi esposa de ese momento, Marisa, se enamoró de la vida en la comunidad espiritual en Catamarca, y nos dijo muy suelta de cuerpo y muy feliz: Esto es lo que yo busqué toda la vida, siento que acá está mi familia, a ustedes los adoro, ustedes también son mi familia, pueden venir conmigo pero yo no vuelvo al mundo. La escuchamos y dijimos: Tenés todo el derecho del mundo a ser feliz, mirá que se te va a manipular. Para esa altura sentía que éramos más hermanos del alma que una pareja en la misma búsqueda. Con los nenes, los tres varones testosteronos, dijimos: O es un delirio místico y se le va a pasar en tres meses, o démosle su libertad. Entonces le dije: Sé feliz y libre, y no te calientes por nada material: serás mantenida de por vida y no te va a faltar nada. Si vos decís que acá encontraste la visión interna que no viste en 40 años de vida.... Eso generó que los detractores espirituales después dijeran: Su mujer vive en una secta. Eso es discutible: para mí la gran secta es la prisión de la mente, una mente que te impida ser libre. Una secta física sería si estuvieses obligado a un ritual de devoción a un maestro que te privara de una libertad individual.

PLAYBOY: Pero es fina la línea entre la voluntad y la coerción a veces.

DOMÍNGUEZ: Bueno, sí. Nosotros la vemos tres veces por año, pasa todo enero con Eliana y mis nenas. Ahora se viene el casamiento del hijo y nos vamos todos a Italia. Obviamente, ellos ven en la figura de un maestro una necesidad de permanecer en torno a ese aprendizaje. Yo, por mi personalidad, no tolero estar tres minutos con alguien que me enseñe a vivir, salvo que venga un avatar ascendido y yo me adheriría a querer estar. Lo único en este momento es creé en vos mismo, sé libre y feliz. No te calientes más por lo que cree el otro, pero tené opciones: por cada uno que te dice 'la vida es una mierda, esto es un asco', hay otro que te dice 'es un milagro estar despierto en el día de hoy, por cada avión que se cae y por cada chiquito asesinado hay miles de chicos concebidos con un cierto amor, no profundo, pero con apetencia de vivir.

PLAYBOY: ¿No te genera ningún remordimiento haber acercado a alguien a un personaje tan oscuro?

DOMÍNGUEZ: No, porque nadie puede saber con la ignorancia del momento consecuencias ulteriores. Basta con que tu conciencia haya sido sana y buena. Además, yo creo en la libertad: si en los mil reportajes que hice acerqué gente a Sai Baba y la Madre Teresa, y que lean a Paulo Coelho y a Krishnamurti... Si alguien escuchó un reportaje con tal persona y le encantó y fue a verlo, que se haga cargo de su libre albedrío. Obviamente nunca difundí a nadie que trabaje para el mal, la droga, la manipulación. Después, si alguien es manipulado, será su excelente experiencia de trabajo salirse de toda manipulación y recuperar la divinidad.

PLAYBOY: ¿Tu mamá leyó tu biografía?

DOMÍNGUEZ: Leyó cinco capítulos y me dijo: Me mataste. Yo se lo oculté para que no lo viera y lo encontró igual. Me dijo: Qué horror, no tenés vergenza de contar todo esto.

PLAYBOY: ¿Le pudiste perdonar el mandato?

DOMÍNGUEZ: Te perdonás vos por tu ignorancia, por haber tenido malos sentimientos o rencor. Vos creés que perdonás al otro y después entendés que el único perdón es a uno mismo. El perdón es me perdono, te perdono, los perdono. Entonces entendés que uno recibió lo que le tocaba para ver qué hacía con eso, y ahí más que cretino hijo de p... es gracias, maestro. Yo lo cuento muy fácil pero es un proceso. El mérito mío es hacerle bastante simple, a la criolla, esto a la gente. Pero es un trabajo de por vida: volver al eje, recordar el aquí y ahora.