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COMO EL TURCO EN LA NEBLINA

Por Jos Esses

Claudio García, ídolo de Huracán y Racing, y uno de esos jugadores a los que el futbolero argentino promedio le guarda simpatía, acaba de publicar una autobiografía donde relata su ascenso, caída y recuperación. El Turco estuvo en la mala, salió y vivió para contarlo.

 

Si la mítica Universidad de la Calle diplomara a sus egresados, Claudio García habría recibido el título de manos del Coco Basile, maestro y guía durante su formación. Con Alfio en la Selección, pero también antes, con Miguel Brindisi y Carlos Babington, en Huracán, el Turco aprendió los códigos, respetó a sus mayores y, cuando fue necesario, arregló las cosas a las manos (incluso se peleó con el jefe de la barra de Racing, sin que nadie se enterara). El Turco fue pícaro en la cancha y también simpático fuera de ella. Siempre con buena onda, con una sonrisa para la gente, lo recuerda Basile en el prólogo de Después de la neblina (Planeta), la autobiografía de García, de reciente publicación. La alegría se borró cuando se retiró. No supo qué hacer, nunca se había preguntado si quería ser técnico, representante o trabajar en juveniles. No se preparó, no planificó, no organizó un partido homenaje. Se quedó en casa esperando alguna oferta, pensó que algún club lo iba a contratar. El teléfono no sonaba, se empezó a poner ansioso. Un día, un amigo llevó merca al loft en el que vivía. No era la primera vez que tomaba, pero ahora, ya retirado, no tenía horarios, ni obligaciones, ni motivos para rescatarse. Como en tantas otras historias, lo que empezó siendo divertido terminó en soledad, en fisura. El Turco llama neblina a esa época en la que estuvo perdido. Como buen wing, en su libro va hasta el fondo y cuenta su vida sin vergenza ni ánimo de aleccionar. Fue y vino el Turco. Y está contento de haber vuelto.

Te la bancás

Su carrera empezó en blanco y negro, en 1980, y terminó en 2000, en plena era del codificado. De sus primeros años en Huracán hay pocas imágenes, no fueron precisamente los años de gloria del Globo. El Turco se había formado en las inferiores de Parque Patricios, Huracán era como su casa. Cuando nació Pablo, su hermano más chico, más de una vez lo dejó durmiendo en el vestuario, entre los bolsos, mientras él se iba a entrenar. Junto a Claudio Morresi se destacaron en todas las divisiones juveniles y de jovencitos se sumaron al plantel de Primera. Sufrieron el bullying de la época: les rompían algo en la concentración o se comían alguna murra en el entrenamiento. El Turco aprendió a no quejarse y a aprovechar al máximo cada oportunidad. Todo era un sueño para él. Concentrar era un planazo. Había televisión a color, mesas de ping pong y, lo mejor de todo, acceso a la heladera con fiambres, gaseosas, frutas. Saciaba el hambre acumulado en una infancia que se dio entre Fiorito y Lugano, casi siempre acompañado de su hermana mayor, Mabel, porque sus padres salían temprano a trabajar.

Debutó en primera con un gol a Boca y al poco tiempo lo convocaron de la Selección Juvenil. Era rápido, habilidoso, fuerte, tiraba buenos centros y a veces también la metía. La maduración del Turco, en comparación a esta época sojera de inferiores, fue de slow food. Compartió vestuario con campeones del mundo y también con cientos de chicos que no progresaron. De todos aprendió. Fue sparring de la selección que luego iría al mundial de España 82. Con 18 años, en las prácticas encaraba a Tarantini, Passarella, Gallego. Lo raspaban y, a la vez, lo alentaban. Vas a llegar porque te la bancás, le decían. Más temprano que tarde, el Turco se afianzó en Primera. Cuando Huracán descendió por primera vez, en 1986, se fue a Vélez y, tras dos temporadas, lo compraron del Lyon de Francia. Lloraba rumbo a Ezeiza. Allá se haría millonario, conocería el profesionalismo al máximo nivel y entrenaría más duro que nunca, pero él tenía la saudade anticipada. No había embarcado y ya quería volver. Lo hizo en cuanto pudo. En enero de 1991 lo compró Racing y dos meses después ya era parte de la Selección del Coco. Lo mejor estaba por venir.

Antes y después de la neblina

Pasaron rápido esos años que luego serían los de oro, los que añoraría cuando quedara perdido en la neblina. Entre 1991 y 1993, el Turco ganó dos Copas América, peleó torneos con Racing, abrió una concesionaria, un restaurante con pileta, compró autos último modelo. Tenía el pelo más largo y rubio que nunca. Luego tuvo a Diego Maradona como DT en Racing y, finalmente, se tuvo que ir de la Academia en 1995, cuando Juan Destéfano perdió las elecciones, porque la nueva directiva no lo quería. Allí empezó la curva descendeente. Se fue a Colón, luego volvió a Huracán, con la idea de retirarse, pero lo destrataron un poco y se quedó con las ganas de jugar. Una temporada en All Boys, un tiempo en Independiente de Rivadavia de Mendoza, el fin de la carrera era inminente pero no se animaba tomar la decisión. Sabemos todos lo que sí empezó a tomar. Ya no salía, los amigos del campeón lo abandonaron. Se dedicó full time a la droga. Los días se iban mientras él pensaba si tenía algún papel, si le iba a alcanzar, si se notaba que estaba duro. En el libro, el Turco recuerda algunos de los lugares donde fue a comprar: villas, monoblocs, boliches, barrios chetos. Y cuando no tuvo efectivo, empeñó camisetas y hasta una gorra que había pertenecido a Fidel Castro para comprar cocaína.

En paralelo, tuvo sus primeras experiencias como técnico (en Primera C y en el Torneo Argentino). No las recuerda con cariño, estaba tan obsesionado con la droga que no podía asumir responsabilidades. Hasta que en 2008 se fue a dirigir a la segunda división de la liga de Venado Tuerto. El club Juventud Pueyrredón buscaba armar su primer equipo de fútbol y le propuso al Turco que estuviera a cargo. Pusieron un aviso en el diario convocando jugadores y empezaron bien de abajo. En Venado tuvo un asistente, José Mena, un hombre mayor, tranquilo, que con sus modos de samaritano le salvó la vida. Mena le comentó que conocía un médico que hacía tratamientos con láser. No mencionó la palabra droga, ni adicciones, ni nada muy específico. Te puede ayudar, le sugirió. Meses después, el Turco se animó, viajó a Río Cuarto y se sometió al láser: tres sesiones durante tres días. Durante el año siguiente mantuvo un tratamiento con el equipo que lo había atendido. La vida nueva, sin merca, lo tenía sorprendido: días más largos, menos peleas con su mujer, estaba más contento, incluso se volvía a ocupar de su look. Tanto mejoró su vida que logró el ascenso con Juventud. Después lo llamaron de Talleres de Remedio de Escalada, aceptó el desafío y al poco tiempo llegó la oferta de Racing para sumarlo al área de captación. El Turco viaja por todo el país reclutando talentos para la Academia. No pierde ocasión de agradecerle al club la oportunidad laboral. Nunca falta una peña que lo invita a comer un asado ni alguien que le agradezca por el gol con la mano a Independiente. A diferencia de la época de neblina, quiere más responsabilidades. Apunta a que le confíen una división juvenil de Racing y sueña con dirigir en Primera. El Turco quiere que su experiencia le sirva a alguien más y por eso abrió una fundación para el tratamiento y la prevención de adicciones. Junto a un grupo de profesionales, brinda charlas y asesoramiento a jóvenes.

Amante de la velocidad, autoproclamado menemista, fan de René Houseman e ídolo de miles, el Turco asume el riesgo de actualizar su imagen, algo anclada en los 90. Se cortó el pelo, se viste con la ropa canchera que diseña uno de sus hijos y retuitea cada saludo que le llega. De nada se arrepiente, repitió en cada entrevista que le hicieron. No lo dijo con soberbia, como si él no pudiera revisar el pasado y darse cuenta de que algo estuvo mal. Por el contrario, cree haber aprendido de la acumulación de errores. Nunca hizo terapia, a estas conclusiones llegó solito. Ahora tiene 53 y las metas claras. Antes de los 55, quiere llegar a dirigir en Primera. Luego se imagina 15 años más como DT y a los 70 se va a tirar a dormir la siesta debajo de un árbol, una tarde despejada en Venado Tuerto.