ESTILO

CON LAS BARBAS EN REMOJO

Por Luis Lahitte | Fotos por Martn Bonetto

Los barbudos ya forman parte del paisaje de la ciudad, al que también se han incorporado las barberías: cada vez más hombres asisten a esos templos de la prolijidad para despuntar el vicio de verse bien.

 

Cada vez son más los hombres que tratan de ponerle un límite al celular y apuntan a sustituir la acelerada cultura del café por la del té. En definitiva, se trata de reeemplazar, en la medida de lo posible, los relojes por el tiempo, un artículo de lujo en el siglo XXI.

Entre otras pequeñas grandes cosas, esta cultura busca que su afeitado matinal, más que un trámite, se transforme en una experiencia placentera, sino hedonista. Claro, porque existía el prejuicio de que la mujer iba a la peluquería a disfrutar, y el hombre a desembarazarse del exceso capilar de la forma más veloz. Nada más lejos de la verdad.

En consonancia con la revalorización del tiempo personal, los varones también han puesto empeño y dedicación a su aspecto externo. El fenómeno de las barbas criadas y crecidas con celo responde, también, a esta circunstancia. Y encabezado por los barbados geeks, tiene su epítome en el renacimiento de las tradicionales barberías, con sus fomentos, sillones de estilo, brochas y relucientes navajas, pero sin olor a naftalina, aggiornadas al siglo XXI.

UN POCO DE HISTORIA

Sí, cual pavo real moderno, parte de esta movida pasa por la ostentación de una buena barba. Pero como todo el mundo sabe, las barbas requieren de cuidados especiales. En el Antiguo Egipto acostumbraban a ir bien rasurados, mérito de los chaku, barberos de la época, que usaban sendas navajas de bronce. Sin embargo, siglos después, el barbado emperador romano Adriano la puso de moda, según se dice, para ocultar verrugas y cicatrices. Guillermo el Conquistador y los normandos impusieron vistosos bigotes en la corte de Inglaterra, mientras que Enrique VIII recuperó las barbas, cosa que hasta ese entonces estuvo penada con una multa según las ordenanzas de Canterbury.

Al contrario, un monarca del otro extremo del mundo, Pedro el Grande, libró un ukase (proclamación del zar) penando con un impuesto a todo súbdito de su Rusia que usara barba o durmiera con las botas puestas. Otros acérrimos enemigos de la barba fueron George Brummel, el padre del dandismo, que no soportaba ver una vellosidad en su rostro, y Benito Mussolini, que consideraba a la barba un símbolo de decadencia.

TAXONOMÍA DE UN RASURADO

La experiencia de ir a una barbería clásica para afeitarse es reconfortante. Solo hay que disponer de una hora y ponerse en manos del barbero; sí, hay que hacer un salto de fe y entregarse a un sujeto que tiene un acero afilado sobre el cuello del cliente, acero que usa con pericia para dejar la piel tersa y suave como la cola de un bebé.

Con mayor o menor diferencia, el proceso es el siguiente: el barbero en cuestión, mediante un masaje, aplica un ungento para ablandar la barba, seguido de un fomento caliente cuyo objeto es abrir los poros. Luego pasa la crema con la mano (es la forma tradicional), o la brocha (las mejores suelen ser de pelo de tejón), seguida del rasurado con la navaja. Finalmente, aplica dos fomentos, uno caliente y otro frío, para que la piel no se irrite y, como coda final, un after shave para borrar cualquier mácula de irritación que pudiera haber. El cúmulo de sensaciones frescas, mentoladas, húmedas, frías y calientes sobre el rostro es sumamente placentero. Un afeitado de esta naturaleza es algo que cualquier gentleman que se precie de tal debe experimentar.

Por supuesto, están los que recurren a los servicios de un profesional para cuidar la barba, preciado ornamento masculino; no todas son iguales ni requieren los mismos cuidados. El barbero las recorta y/o afeita según la necesidad y gusto de cada uno. Lógicamente, hay diferentes estilos, que dependen del corte de cara del cliente, su personalidad, el tipo de pelo y su crecimiento.

BARBERÍAS

Poco queda de esas barberías de Los años locos porteños, como las de los hermanos Basile, con los peluqueros con guardapolvo blanco y los números de la revista El Gráfico sobre un taburete. Las más grandes incluso tenían una legión de manicuras y orquesta para amenizar a los clientes. Las barberías modernas son descontracturadas, pasan jazz o rock, cuentan con barras para tragos, y los barberos en cuestión son jóvenes con remeras de Metálica. Estos negocios buscan recrear el espír..itu de los antiguos clubs de caballeros de Pall Mall o St. James Street, pero con una estética contemporánea.

Algunos de estos reductos son las dos sucursales del Salón Berlín (Alem y Libertador, San Isidro; Humboldt 1411, Palermo), con su glamour de los años 30 y barras bien provistas de cervezas y espirituosas, donde los parroquianos pasan a cortarse el pelo y a conversar Negroni de por medio.

The Barber Job es otra de las opciones, con tres sucursales, una en Las Cañitas (Arévalo 2843), otra en Lomas de Zamora (Colombres 335) y la última en Recoleta (Callao 1861). Además de barra tiene fichines, un jardín apto para fumadores y una tienda de productos cosméticos masculinos.

La única sobreviviente del pasado es La Época (Guayaquil 877, Caballito), de Miguel Ángel Barnes. Un museo viviente tapizado de vitrinas con cremas, lociones y afeites, además de las antiguas fomenteras aún en uso, un auténtico viaje al pasado capilar. El New York Times la rankea dentro de las diez mejores barberías del mundo.