MSICA

CON MANOS CURTIDAS DEJAR MI CORAZN

Por Hernn Panessi | Fotos por Ignacio snchez

Ramón Ayala pintó con su guitarra y su voz los paisajes más doloridos y esperanzadores de la Mesopotamia argentina. Estandarte principal de la galopa y el gualambao, de creación propia, aún sigue cantando, pintando y escribiendo. Y piensa seguir en eso.

 

¿Podés creer que tengo 90 años?, apura, y ni él ni nadie se la creen. ¡Qué notable! ¿No?. Ramón Ayala es una de las leyendas de la música popular argentina, referente del folclore misionero y autor de obras trascendentales como El mensú, El jangadero, Posadeña linda o El cosechero. Nació en Garupá, Misiones, en 1927 y su guitarra resultó un pasaje a la aventura constante, a no saber qué le depararía el destino: a una vida de sorpresas.

Es una tarde otoñal de abril y Ramón y María Teresa, su adorable esposa, reciben visitas a puro sanguchitos, medialunas, torta de zanahoria y café con leche. Ah, de donde nosotros venimos esto de recibir así a la gente es algo normal, dice su mujer. Por estos días, Ramón anda preparándose para el show que dará en el Club Atlético Fernández Fierro y sigue enamorado del libro que sacó hace muy poco: Las trincheras ardientes del Paraguay. Es un libro así de grande, tan grande que cuando la gente lo ve, se pone a rezar, bromea. Las trincheras es un libro íntimo, lleno de voces familiares y de voces de la historia, que confluyen en la narración de una de las más sanguinarias e injustas guerras de América. Yo me asombro de la capacidad que tuve alguna vez para escribir este libro.

Ramón Ayala es una persona agradecida. Y tiene esa sensibilidad marciana que solo los grandes exudan. No hay pose, no hay fanfarroneada: estamos ante un hombre bueno. Si tenés la capacidad de dimensionarlo, es increíble lo que el camino te regala. Con su música visitó España, Suecia, Francia, Italia, Rumania, Chipre, Uganda, Kenia, Tanzania, Líbano, Turquía, Kuwait, Irak, Bahréin y hasta Kurdistán, donde pisó la Iglesia de los Adoradores del Diablo.

¿Y conoció al Diablo, Ramón?

Sí, soy yo, ja, ja.

Fue su madre, María Morel, la que encendió la chispa de esta guitarra andariega. María era guitarrera y su mayor placer era subirse a los trenes y viajar tocando aquí y allá. Levantaba polvareda, recuerda su hijo. De ella legó el espíritu viajero. Y el amor por la música.

Mi historia es cinematográfica, dice Ramón Ayala mientras se narra y hasta se sorprende de sí mismo. El otro día estaba viendo un cuaderno de direcciones y me di cuenta de que la mitad estaban muertos. Ahí me pregunté: puta madre, ¿cuántos años tengo yo?.

Una de sus historias más coloridas presume un elenco de notables y un contexto absolutamente mítico. Una tarde de 1962, Ramón se encontraba en Dock Sud junto con un amigo. Pintaban zanahorias y girasoles. Un llamado sucumbió el espacio ocioso del conurbano. Querían que Ramón viajase a Cuba. Tiré el pincel a la mierda y fui. Así fue cómo se calzó la guitarra y comenzó un periplo que arrancó por Brasil y culminó en tierras cubanas. Ahí conoció al Ché Guevara, a Salvador Allende, a Rodolfo Walsh. Llegar a Cuba era llegar a un lugar mágico, apunta. Siempre amé a Cuba y al Ché, que era misionero. Su canción El mensú ya estaba en boca de todos. Todavía me pregunto para qué me invitaron, pero bueno: ese es el poder de una canción virtuosa. A la distancia se advierte: en El mensú (1957), Ayala le cantaba al verde yerbal para que mitigue el surco del látigo cruel. ¡Neike!, vamos en guaraní, es el grito del capanga, del fantasma de la noche, a los mensú, los trabajadores semiesclavos de la selva misionera y paraguaya. La noche mala, sin embargo, camina hacia el día bueno que forjarán los hombres de corazón, canta Ayala. Unos años después, en El cosechero (1962), repetía la operación cantando su esperanza entre copos blancos, con manos curtidas por el algodón. Esa fue su contraseña.

Entre otros logros personales, Ramón Ayala tuvo la grandeza de bendecir y acompañar la carrera de Mercedes Sosa. Mercedes creció al lado mío, o yo al lado de ella, recuerda con ternura. En la contratapa de La voz de la zafra, primer disco de La Negra, una frase de Ramón sentenciaba su destino: Respetable público, préstele atención a la voz del futuro.

Ramón ha compuesto más de 300 canciones, publicado 10 libros, expuesto sus cuadros y pinturas en más de 60 galerías de arte. El multiartista Marcos López lo filmó en el documental Ramón Ayala. La película. A veces siente que su vida es un misterio inexplicable. Lo importante es que uno está vivo, insiste Ramón, para así transitar el tiempo que te han legado. Algunos no se dan cuenta por la vida sideral y perpetua por la que van transitando. Vivió en conventillos frágiles, pisó la tierra colorada, compuso canciones a las clases trabajadoras. Dentro de él conviven, por lo menos, cuatro personalidades: la del poeta, la del escritor, la del músico y la del pintor.

Su primer show fue en un baile del Monumental de Flores, en Rivadavia y Nazca: Qué loco que Nazca venga de nacer, justo cuando di mi primer show. Ya ni recuerda en qué año fue, pero sí recuerda a una morochita, petisa, de la que se enamoró perdidamente. A ese lugar le decían El baile Puloil porque allí concurrían todas las chicas que trabajaban en limpieza. Puloil: un polvo para limpiar.

Su partida de nacimiento reza Ramón Gumercindo Cidade. Me apellido Cidade, que quiere decir ciudad, como cidade maravilhosa. Ciudad, justo él, que las conoció a todas. Sin embargo, desde joven se compenetró con la creación de un personaje: Ayala me parecía más tierra, más popular, afirma. Sentado en su atelier, rodeado de sus cuadros, que ilustran paisajes y mujeres, Ramón se sienta, toma su guitarra de 12 cuerdas y apura unas canciones. Su voz está mejor que nunca. Es como si Dios hubiera dicho: vos, comenta.

En este momento me estoy encontrando con mi voz.

¿Por qué dice eso, Ramón?

Porque empecé a estudiar el manejo del diafragma. Escuchá, mirá: Ohhhhh y la voz ancha de barítono de tierra colorada le sale desde sus mismísimas entrañas, por eso los huecos de ese atelier y esa casa retumban y se hacen eco de su potencia centrífuga.

Tremendo.

Nunca canté tan bien como ahora, ni a los 30 años.

Mi pequeño amor/ Todo vive en ti/ Y la tierra es en tu cuerpo/ Fruta madura/ Me viene de ti/ Con tu aliento, todo el misterio/ Que enciende la vida/ Y vuelve mi sangre:/ Ternura y pasión.