CINE

CRIATURAS MONSTRUOSAS DE AYER Y DE HOY

Por Stephen Rebello | Ilustracin: Jonas Bergstrand

Guillermo del Toro regresó a su mejor versión con La forma del agua, un drama retorcidamente sensual. Aquí explica qué tiene que ver la ciencia ficción de los 60 con la América de Trump.

 

Afinadamente sintonizadas con las motivaciones tanto de los dioses como de los monstruos, pero con espacio suficiente para los humanos corrientes, las películas de Guillermo del Toro son tan personales como cualquiera de David Lynch o Tim Burton. Vale por caso Cronos, su ópera prima realizada en su México natal antes de cumplir los 30 en 1993. Allí, los minuciosos efectos visuales coinciden con la obsesión del protagonista (el recientemente fallecido Federico Luppi) con un escarabajo de oro que promete la inmortalidad solo a cambio de sangre. O El laberinto del fauno, esa alegoría fantasmagórica que transcurre en la España franquista pero con sutiles referencias a la guerra contemporánea contra el terror-, en la que su joven heroína lleva a cabo tareas sobrenaturales para escapar al horror de la vida real. Luego vino la misteriosa saga de Hellboy, en la que del Toro dibuja un extraño mundo que se identifica claramente con un memorable grupo de freaks que tratan de salvar a la humanidad de sí misma.

Luego de algunas decepciones (Crimson Peak, Pacific Rim), la singular visión de Del Toro regresa con todo su esplendor en The Shape of Water (La forma del agua). Ambientada en los Estados Unidos de principios de los 60, esta oscura fábula gira en torno a una empleada de maestranza muda y su relación con un tritón anfibio torturado, ambos confinados, aunque de distinta manera, a un centro de investigación militar. Producción hollywoodense y elenco de caras conocidas como Sally Hawkins, Michael Shannon y Octavia Spencer, la película se destaca por el diseño expresionista del set y sus oníricas escenas subacuáticas (algunas creadas con actores colgados en cables dentro de una habitación llena de humo y proyecciones para simular el agua). Algo en ese aura la hace tan peculiar como las primeras producciones de Del Toro en México y España.

Días antes de recibir el León de Oro del Festival de Cine de Venecia, el director habló con Playboy acerca de su nueva joyita. Situé la película en 1962 porque es el tipo de año con el que los americanos fantasean cuando hablan de Make America Great Again (Hacer a América grande de nuevo, el slogan de campaña de Donald Trump). Que no es otra cosa que volver a un momento en el que realmente nada ocurrió, excepto la celebración de la prosperidad del hombre blanco. Un mundo donde todos hablaban del futuro, de la carrera espacial y el jetpack. Al año siguiente, lo mataron a Kennedy, esa pequeña guerra ganable terminó siendo Vietnam y el sueño de la era Kennedy -Camelot- se esfumó para siempre. Eso es básicamente lo que dice la película: había tanta discriminación, arrogancia, violencia e intolerancia hacia las minorías sexuales y raciales como hoy, en la era de la posverdad. Para mí, todo eso rima muy bien con la captura de una criatura misteriosa de Sudamérica.

La película costó 19,5 millones de dólares y está enamorada de la iconografía del cine del pasado. Los amigos inadaptados, Hawkins (la muda) y Richard Jenkins (su cómplice), viven sobre un resistente teatro de películas clásicas y las imágenes intermitentes de los musicales de las décadas de 1930 y 40 invaden sus almas y la película. De ahí, la sentimental historia de amor, aunque en este caso equipada con una de las intimidades más insólitas que se hayan filmado. No me atraen ni la versión lavada del modelo La bella y la bestia, donde nunca se tocan, nunca tienen sexo, ni tampoco la cosa perversa, bestial, explica el director. Y no entro en el acto de amor como algo perverso, siquiera excitante, sino como una realidad. La criatura y la chica se aman, tienen sexo y a la mañana siguiente ella le cuenta los detalles a su amiga. La criatura y el personaje de Sally Hawkins tienen un hermoso encuentro. Mientras tanto, el insensible agente federal (Shannon), que manda en el lugar, está atrapado en un matrimonio en el que debe lavarse las manos antes de poder tocar a su esposa, que a su vez debe permanecer completamente en silencio mientras hacen el amor. Eso es lo que me parece horroroso, dice Del Toro. La simple noción de que las criaturas más monstruosas puedan merodear en los trasfondos de la normalidad es algo muy presente en el trabajo del director. El deseo es un acto increíblemente indulgente, dice. Negarlo, increíblemente perverso.