ESTILO

CUANDO VESTIRSE BIEN REQUIERE DE UN SASTRE

Por Luis Lahitte

En la época de la inmediatez, el rito de ir al sastre a encargar una prenda parece un anacronismo. Sin embargo, el bespoke, la sastrería de alta gama, tiene un nicho de clientes que saben apreciar una prenda diseñada y confeccionada exclusivamente para ellos. Breve historia y secretos del arte de la elegancia.

 

Durante muchos siglos, el buen gusto fue materia individual. El sastre y la modista estaban atados a la voluntad del cliente; eran simples ejecutores de la voluntad del comprado. Porque, más allá de la imitación de la naciente burguesía decimonónica de los estilos de las clases superiores, a nadie se le ocurría que un simple artesano podía dictarle el gusto a un señor. Este paradigma de la elegancia duró hasta mediados del siglo XIX, cuando el modisto Charles Worth tuvo el gesto audaz de presentar sus propias creaciones mediante el uso de modelos. Fue el primero en no trabajar bajo decisiones arbitrarias, sino imponer a los clientes el propio criterio, lo cual le valió la bendición de la princesa de Metternich, mujer del embajador de Austria, y terminó siendo modisto de la corte de Napoleón III. Así nació la tercerización del gusto, la imposición de una voluntad externa al sujeto, base de la moda contemporánea.

La industrialización y masificación global del siglo XX terminaron de configurar a la moda como un sinónimo del ready to wear (listo para llevar), dejando un margen de acción muy acotado a la persona. La resistencia quedó en manos de algunos sastres, en el caso de los hombres, que sugerían opciones o simplemente cumplían las órdenes de los señores, convirtiéndose en sujetos de ribetes románticos para la sociedad: eran los únicos capaces de confeccionar una prenda impar e inimitable para una persona determinada.

Este oficio, que hasta mediados del siglo XX conoció mejores tiempos, declinó a medida que la industria textil, a su vez, se diversificó en formas difíciles de predecir. Sin embargo, en la época reciente, los últimos exponentes de la Generación X (nacidos en la década del 70) comenzaron a seguir el ejemplo de los millennials, actuales jóvenes, preocupados por hallar una impronta propia, por distinguirse y por vivir experiencias personalizadas. Así, personas que ahora transitan sus 40 o 50 años revalorizan el gusto por lo individual, lo exclusivo, a contrapelo de la moda, y posibilitan la resurrección del oficio sartorial: la elegancia vuelve a ser un sello personal y no un estilo que se pueda producir en serie.

Made to measure o bespoke

El sastre, que por lo general trabaja en su taller, toma la tela en sus manos y se ocupa de todo el proceso: el diseño, el molde, el corte y la confección. Dentro de esta categoría hay dos especies: el made to measure y el bespoke. El primero ajusta a la medida del cliente un corte estándar, empleando moldes previamente armados, aunque la confección se hace a mano. En cambio, el bespoke es una prenda cortada por un individuo para un individuo, donde además de usar un molde se crea un corte individual siguiendo sus medidas y deseos, ajustado a su personalidad. Todo el procedimiento es artesanal, algo que encarece el producto final. Para hacerse una idea del trabajo, un traje con el primer sistema demanda unas 40 horas de trabajo, mientras que el segundo requiere no menos de 60 horas y puede llegar a tener hasta 10.000 puntadas realizadas a mano por mano de obra calificada.

Savile Row: el epicentro del traje a medida

En Roma, París, Milán y hasta en Hong Kong y Bangkok, la sastrería a medida goza de buena salud pero, sin duda, el epicentro de esta actividad se encuentra en Londres, puntualmente en Savile Row y sus calles adyacentes, zona que supo concentrar cientos de sastres pero que actualmente reúne a unos 50 profesionales de altísima gama. Estos locales tienen figuras maravillosamente anacrónicas como el cutter o cortador, responsable del corte y diseño, y el tailor, responsable del ensamble del traje, además de otros especialistas como el coat maker (hacedor de chaquetas), vest maker (chalecos) o trouser maker (pantalones). Nombres como Anderson Sheppard, Huntsman Son, Gieves Hawkes o Henry Poole son algunos de los más prestigiosos que penden de las marquesinas de Savile Row. Estas sastrerías además tienen a sus flying tailors o sastres voladores, que cada temporada viajan a una ciudad donde toman por encargo las medidas de su selecta clientela, para luego hacerles llegar los trajes a pedido.

Aguja e hilo de tradición porteña

Si bien Ramón Blanco nació en Galicia, es el rey del bespoke en la Argentina. Comenzó como aprendiz de sastre hace 60 años, y desde el año 1952 ocupa un primer piso en Microcentro (consultar dirección). ¿Sabés por qué los sastres estamos en esta zona? Porque a la vuelta estaba el Jockey Club, nuestra clientela natural, afirma el artesano. Por su puerta pasó toda la Sociedad Rural. Antes, para venir al Centro todo el mundo se ponía saco y corbata, tanto la gente pudiente como la humilde, cada uno en la medida de sus posibilidades. Y si bien los tiempos han cambiado, hay un nicho duro, de gente educada y solvente, que sigue apreciando las bondades de un buen traje a medida. En sastrería, la lana y la seda siguen a la cabeza de los materiales nobles, y el hilo en verano. Hablando de verano, una vez tuve un cliente que me pidió que le confeccionara 120 bermudas A fin de cuentas, uno está para complacer los deseos del cliente, concluye Blanco.

Además de Ramón Blanco, están Albano, Carbone y George, miembros de la vieja guardia; quedan alrededor de 7 u 8 auténticos bespoke tailors en el país. Una rara avis es Nicolás Zaffora (Arroyo 961, Retiro), el arquetipo de la nueva generación, un sastre que trabaja prendas aggiornadas de corte moderno, aunque responde a la moda masculina clásica contemporánea. A diferencia del sastre tradicional, que presta especial atención a la caída de la tela, Zaffora hace foco en los volúmenes y las proporciones, con prendas ajustadas al cuerpo pero cómodas. Mi clientela es más joven; el promedio de edad ronda entre los 35 y los 60 años asegura-. Y a pesar de que soy más joven que mis colegas, tengo un especial respeto por la tradición. Entiendo que hacerse un traje a medida es una experiencia que hay que paladear. El cliente disfruta y participa de esta experiencia porque no hay nada más personalizado que el bespoke, así que los recibo lo mejor que puedo, en un living elegante, con una buena malta escocesa, café y chocolate.

Un auténtico traje hecho a medida es una suerte de grito contracultural, para el que pueda pagarlo, claro está (un trabajo de estas características parte de los 1600 dólares). La concepción del mismo, el encargo, las medidas, las pruebas previas, esa comunión que se produce entre sastre y cliente demanda, además, algo muy escaso hoy en día y que es sinónimo de lujo: el tiempo. Sí, porque a ese desembolso de una suma de dinero elevada hay que agregarle un plus que suele ser inusual, aún entre la gente pudiente: el tiempo disponible para someterse al ritual sartorial, que puede resultar en 35 días de espera antes de obtener la prenda final.