ENTREVISTA

DANIEL HENDLER

Por Alejandro Lingenti | Fotos por Ignacio Snchez

Se hizo conocido en el papel de un joven de los 80 depositado en los 2000 para una publicidad de Telefónica. El simpático Walter tuvo una suerte de reencarnación en la tira de Telefe Graduados, replicando su popularidad en la piel de otro joven quedado en el tiempo. En el medio, se consolidó como uno de los mejores actores de comedia y no tanto- de la Argentina. Prontoestrenará su segunda película como director, El candidato, una sátira de la idiosincrasia marketinera de la política moderna.

 

Hace rato que la política es, sobre todo, un asunto de marketing. La preparación de un candidato exige una disciplina seriada que se ajuste a los volátiles preceptos del management, ese mandamiento inviolable del ambiguo universo de los recursos humanos que ha evolucionado hasta ingresar con autoridad en los ámbitos menos sospechados. En El candidato, Daniel Hendler trabaja con esa perspectiva en mente. Un grupo de colaboradores intenta ser servicial y efectivo para que un aspirante a un cargo político de envergadura pueda alcanzar el objetivo. Pero los preceptos que circulan entre ellos como fórmulas no son del todo sólidos. Y las relaciones se empiezan a agrietar cuando las dudas arrecian. Hendler narra ese resquebrajamiento con un humor muy sutil, más confiado en los detalles y su acumulación que en el efectismo y la estridencia espasmódica.

Es inevitable asociar la figura de Martín Marchand (interpretado brillantemente por Diego de Paula) a la de Mauricio Macri. Y no sólo por sus iniciales y por el juego de sombras con los nombres de sus partidos. Pero Hendler prefiere desmarcarse muy rápido de la cuestión y proyectar su película hacia un espacio que exceda las referencias puntuales. Es cierto que la trabajosa construcción mediática de un futuro líder no se inventó en Argentina. Él mismo enunciará en esta entrevista los casos equivalentes que se sucedieron en América Latina en los últimos años. Pero también queda en evidencia que Marchand se parece mucho a la imagen del presidente argentino que agitan sus detractores: una personalidad titubeante y acomplejada, agobiada por la constante adulación de su equipo, débil ante los desafíos más pedestres y acechado por una conflictiva relación con su padre. Martín es Marchand. ¿O es Macri?

El disparador es el período de angustia que atravesé con la vida política argentina en los últimos años, está claro, señala Hendler, uruguayo, 41 años, famoso a partir de una eficaz campaña publicitaria de una compañía telefónica creada a principios de la década pasada y hoy consolidado como actor con prestigio y popularidad.

Hendler también es director de cine. Debutó con una comedia atípica e inspirada, Norberto apenas tarde (2010), en la que el protagonista, un personaje naturalmente desangelado, también recibe el consejo de tomar alguna vez un curso de reafirmación personal. En sintonía con ese precedente, el atribulado empresario de El candidato se somete a las leyes del coaching, consciente de que su supremacía -muy apuntalada por los axiomas del new age que también han fortalecido a muchos cultos religiosos- se ha consagrado en casi todos los órdenes de la existencia en el capitalismo. Empecé a notar cómo algunos dispositivos de comunicación siniestros conquistaban cada vez más terreno -continúa Daniel-. Discursos completamente alienados, parecidos a los de la publicidad, que ya no tiene por qué decir nada valioso ni concreto para vender. Eso lo tenemos aceptado. Ni siquiera hay una relación real entre una publicidad y el producto que se intenta vender. Y la angustia que me provocó todo eso se cruzó con las ganas de adaptar al cine una obra teatral mía titulada Los magníficos que hice en Montevideo en 2001. En esa obra ya estaba ese clima de thriller con el que coquetea esta película. Igual, de a poco me fui sacando de encima esa angustia y fui virando hacia la comedia. No tiene mucho sentido hacer una película parapetado en una posición fija, enrolado en un bando. No podés lograr nada muy interesante de ese modo.

En la película, una producción uruguayo-argentina de costo moderado que se filmó en una estancia de la pequeña localidad uruguaya de Florida, muy cerquita de Durazno, hay actores de los dos países y todos están muy bien. Matías Singer (también músico, hermano de Hendler), Ana Katz (cineasta, directora de teatro, pareja del director), José Luis Arias, Alan Sabbagh, César Troncoso, Roberto Suárez y Verónica Llinás -componiendo una ambigua y desopilante aliada que se puede asociar fácilmente con la siempre inestable Elisa Carrió- son los que rodean a un protagonista que se luce porque forma parte de un auténtico team (el mismo sueño que desvela al PRO desde sus orígenes) al servicio de la película.

Pienso igual que en el fútbol: si me pedís que arme el equipo ideal pongo mitad argentinos y mitad uruguayos, bromea Hendler, instalado en Buenos Aires hace ya muchos años. E insiste con su obsesión del momento: Me daría pena que la película quede asociada al nombre de algún político en particular. Incluso yo le tengo afecto al protagonista, más allá del rechazo que me provocan muchas de las cosas que hace. La idea no era demonizarlo. Más allá de que el origen de esta película tiene que ver con la realidad política argentina, fueron apareciendo en la región otros referentes políticos parecidos, tanto en Uruguay como en Chile. En el trabajo con el protagonista hicimos un repaso de todos estos personajes que empezaron a pulular en la región: Macri, Luis Lacalle Pou, Héctor Novick, Sebastián Piñera... Son tipos a primera vista medio inútiles, pero con algunas habilidades particulares, como la capacidad para leer los labios del candidato de nuestra película. Y que son capaces de usar artimañas para llegar al poder. Se dice que Piñera empezó robándole una idea a alguien para enriquecerse como empresario en el negocio de las tarjetas de crédito. Son todos defensores del capital disfrazados de políticos. En ese universo se mete la película.

 

PLAYBOY: Hay mucho de sátira en El candidato. Una especie de tono bufonesco que caracteriza a la película.

DANIEL HENDLER: Sí, hay algo de eso. Pero la película esconde una zona más oscura, detrás de esa apariencia. Lo que está funcionando por debajo al final no es tan gracioso. Al menos eso me parece a mí. El humor es una forma de abordaje que te permite elevarte y no quedar atrapado en la angustia. Y sirve para hacer preguntas y no exhibir únicamente convicciones. Una película que solo quiere convencer al espectador de algo es muy aburrida.

PLAYBOY: El protagonista parece estar más interesado en la idea del éxito que en la política como posibilidad de modificación de la realidad, ¿no?

HENDLER: Es un pobre tipo que, más allá de ser millonario, trata de destacarse, de afianzar una personalidad. Pero elige el camino incorrecto, porque la tarea de los asesores que lo rodean es inventarle una personalidad. Hoy por hoy, la idea del éxito es todo. Uno puede hacer lo que sea en función de conseguir éxito. Aún si eso implica saltear los parámetros de la ética. Pero la película no busca hacerle daño a nadie. En todo caso, pone un espejo que puede distorsionar un poco con el objetivo de que nos riamos. Eso puede despertar una reflexión sobre estos temas. No estaría mal que alguno de estos atorrantes que abundan en la política actual se mirara alguna vez en ese espejo.

PLAYBOY: Vos tuviste éxito, y fama, gracias al Walter de las publicidades de Telefónica y a tu protagónico en la tira televisiva Graduados. ¿Cómo viviste esos momentos?

HENDLER: Me terminé corriendo, fundamentalmente por el miedo al fracaso. No quería caer en picada, sino bajarme yo solito, tranquilo. Y la verdad es que mi estructura psíquica no soporta tanta locura. Prefiero llevar una vida más normal que la que me proponen todo el tiempo cuando aparecen esos éxitos. Es más por todo eso que por una cuestión ética o por querer enseñarle algo a alguien. Después de Graduados estaba la posibilidad de hacer otra tira diaria, con ciertas posibilidades de decidir qué tipo de cosa me interesaba más, incluso. Pero yo elegí otra cosa. También tuve mis pequeños autoboicots en el mundo del cine. Me proponían embarcarme en producciones un poco más grandes que las que suelo hacer y, ya no tan conscientemente, arruiné un par de chances sin reflexionar mucho. Pero no me arrepiento del todo.

PLAYBOY: ¿Te sentís cómodo dirigiendo? Imagino que tratás de evitar hacer lo que no te gusta que los demás hagan cuando te dirigen.

HENDLER: A mí me emociona mucho la posibilidad de darle a un actor la chance de hacer algo que yo considero que está bueno. Lo hago con convicción y con honestidad. Es fundamental proponerle al actor el desafío justo y la motivación justa. Siempre insisto con la idea de no plantearle de entrada un resultado determinado, sino más bien traducir eso en el problema adecuado para que el actor lo resuelva por sí mismo y llegue a una solución lo más parecida posible a aquello que el director imagina. Eso siempre enriquece el proceso, empuja al actor a apropiarse del personaje. Después, cada actor es diferente y hay que saber convivir con eso. Pero creo que no soy tan buen director con los demás como me gusta que sean conmigo cuando actúo (risas).

 

PLAYBOY: ¿Qué no te bancás de un director?

HENDLER: No me gusta cuando tiene autoimpuesta una imagen de la que no puede salir. Eso te impide conectar con lo que está pasando. He trabajado con directores muy obsesivos y con otros que casi no me dieron bola. No tengo tantas preferencias, pero es lindo cuando hay un buen guión y un director conectado con lo que quiere hacer. Las pocas experiencias frustrantes que tuve se dieron cuando el director evidenciaba que sentía su lugar en peligro y estaba más dedicado a mostrar su autoridad que a dirigir. Muchas veces alcanza con enmarcar o contener lo que está sucediendo, nada más. Si estás atrapado en un problema de autoestima, las cosas no fluyen, ni aparece lo que más necesita un actor, que es observación, contención.

PLAYBOY: ¿Cuándo decidiste dedicarte a la actuación?

HENDLER: Me costó bastante, en realidad. Y todavía me parece una profesión desprotegida, mucho más en el mundo de hoy. Dependés totalmente de los demás, salvo si sos autogestivo, una faceta que yo cultivo más como director. Hace unos cuantos años estudiaba arquitectura en Montevideo, pero también tenía una relación ya establecida con la actuación. A mediados de la década del 90 empecé a formarme y pronto me puse a dar clases de teatro, armé mi propio grupo y ya iba cada vez menos a la facultad. Hasta que un día me decidí y dejé la carrera definitivamente. Me costó un poco por la culpa de abandonar una carrera, pero lo hice. A los 25 años fui a renovar el pasaporte y puse actor en el apartado de la profesión. Pero todavía me cuesta asumirlo completamente. ¿Qué es ser actor? ¿Esperar gustarles a los demás y que te llamen para laburar? Eso me parece medio terrible. Igual, hoy ya me acostumbré. Los actores tenemos un lugar en el mundo, yo lo acepto y trato de buscarme un espacio ahí. Pero todavía pienso que sería más feliz si fuera escritor y músico que actor y director, como soy.

PLAYBOY: En tus dos películas hay algunas constantes visibles. ¿Te parece que son parte de un estilo?

HENDLER: Es un poco prematuro para hablar de eso en mi caso. Yo encuentro coincidencias más temáticas que de estilo. Y el estilo es algo en apariencia accidental, pero siempre tiene un sistema detrás, algo que se disfraza de casual. Me gustan mucho los dispositivos que no se ven ni se entienden de movida pero están operando detrás. Quizás sólo me sirvan a mí, pero en todo caso me dan la oportunidad de presentar como natural algo enrarecido o sujeto a alguna lógica extraña. En cuanto a lo temático, en la dos películas se repiten cuestiones sobre qué es la verdad y qué es la mentira en un mundo que siempre luce bastante difícil para los personajes.

PLAYBOY: ¿Podés mencionar a algunos artistas cuyo humor te convoque?

HENDLER: Woody Allen y Leo Maslíah son para mí dos clásicos. Me hacen reír emocionalmente. Me provocan gracia y afecto al mismo tiempo. Tengo cierta idolatría por ellos.

PLAYBOY: Vivir en Montevideo es una ambición recurrente entre los porteños. ¿Vos hiciste el camino inverso? ¿Pensás en un futuro regreso?

HENDLER: Estoy en pareja con una argentina y tengo dos hijos que criamos acá. Ya estamos muy instalados como para cambiar. Y además no es fácil abrirse camino en Montevideo. Hoy todo funciona en términos de mercado y el uruguayo es un mercado muy chico. Por otra parte, la situación en Argentina está complicada, pero Uruguay no es ajeno a lo que está pasando en toda la región. El gobierno uruguayo no está dentro de los parámetros de esta ola de neoliberalismo de mierda, pero los medios replican sin culpa el discurso de que todo lo público es malo y lo privado, bueno y eficiente. Los mismos cuentos que escuchás acá... En Argentina pasa lo que está pasando en todo el mundo. La gente está muy alienada por la saturación de información. Y el capital ya es un animal que se retroalimenta solo. Todos somos secuaces del capital. Algunos más esclavos, quizás. Pero es una maquinaria que hoy se mueve sola. Estos impresentables que aparecen gobernando no son ni malos ni buenos, son como gremlins que se reproducen por la dinámica del mismo capital y aparecen ocupando el lugar que les está reservado en ese esquema. Hay algo del sueño del consumo permanente que se nos escapó de las manos. El consumo provoca algo parecido a lo que producía el agua en los gremlins de la famosa película de Joe Dante: un descontrol difícil de contener. Si querían un hombre lobotomizado, ya lo consiguieron.

 

Del otro lado del charco

Hendler tiene su propia productora de cine, Cordón Films, nombre que alude al barrio de Montevideo donde funciona su oficina. Desde su punto de vista, la situación del cine uruguayo dista de ser la más deseable. Los fondos destinados a la producción de cine están congelados hace rato. Y se recortaron los presupuestos. Nos haría falta una ley como la que está en vigencia en Argentina, con un instituto autárquico que se nutre de impuestos que provienen de la misma industria -explica-. En Uruguay, la plata para el cine depende del presupuesto general que se aprueba anualmente en el Parlamento. Entonces está muy a merced de cada proyecto político y cada situación concreta. Al mismo tiempo que crecen las escuelas de cine, se va recortando el presupuesto. Eso genera un ambiente fratricida: hay dos concursos y cada uno premia a tres proyectos, pero hay cuarenta que merecen ser filmados. Yo creo que al gobierno uruguayo le cuesta ver todo lo que el cine motoriza. El Frente Amplio es en mi opinión lo mejor que puede tener hoy Uruguay, pero sus políticas culturales son erráticas. Para colmo, Martín Papich, el actual director del Instituto del Cine y Audiovisual del Uruguay, cree que lo mejor es llevarse bien con los exhibidores y que ellos decidan el destino del cine uruguayo. En Argentina, con unas condiciones más favorables, el actor y director uruguayo ha podido producir Guía 19172, una miniserie de diez capítulos de quince minutos sobre los efectos de la ley que regula la producción, distribución y venta del cannabis en Uruguay. Se la puede ver gratis en UN3, el canal online de la Universidad Nacional de Tres de Febrero. También está ensayando una obra de Heidi Steinhard titulada El inestimable hermano que se estrenará en septiembre en el Espacio Callejón, un enclave fundamental del teatro off porteño. Y colaborará en Sueño Florianópolis, película que dirigirá su mujer Ana Katz, con Mercedes Morán y Gustavo Garzón como protagonistas. Capaz que me toca algún papel ahí, pero sobre todo voy a hacer de padre mientras Ana labura, aclara.