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DANIEL PIPI PIAZZOLLA: ASUNTOS DE FAMILIA

Por Alejandro Galliano y Eduardo Minutella

Nieto de Astor y líder del grupo Escalandrum, el baterista es uno de los nombres más importantes del jazz argentino contemporáneo.

 

El chico de las baquetas toca el timbre y anuncia que vio el aviso en la revista de clasificados Segundamano. Vengo a probarme, dice. La década del ochenta languidece recesiva e inflacionaria, pero él solo quiere tocar. Saluda apresurado e inmediatamente se sienta en la batería: Me llamo Daniel, pero mis amigos me dicen Pipi. El chico de las baquetas ya pasó otras veces por esa instancia, pero esa tarde se tiene confianza. Incluso pidió salir antes del restorán en el que trabajaba para poder asistir a la prueba. Los otros lo miran con suspicacia, pero cuando la música empieza los gestos son de satisfacción. Los parches y platillos parecen resonar desde el fondo de los tiempos. El chico de las baquetas es endiabladamente bueno. Le dicen Pipi. Se llama Daniel Astor Piazzolla.

Casi tres décadas después, el pibe que buscaba bandas en los avisos clasificados es uno de los principales referentes del jazz local y lidera el grupo Escalandrum, que acaba de editar su décimo disco, Sesiones Ion, en el que versionan en clave jazzística obras de Mozart y Alberto Ginastera, el pope de la música académica nacional. Desde 2012, año en el que ganaron el Gardel de Oro por el álbum Piazzolla plays Piazzolla, Escalandrum ha gozado de esa extraña y limitada popularidad que a veces logran algunos artistas de jazz. En los últimos tiempos, el grupo ha circulado por diversos escenarios, pero su suerte no escapa a la de otros referentes del género: un día pueden tocar en el Colón o llenar el Gran Rex, y a la semana siguiente presentarse en un club para un par de aficionados. En los dieciocho años que llevamos juntos tocamos unos mil shows, de los cuales un 30 por ciento debe haber sido para tres personas, dice Pipi, corroborando aquel lugar común según el cual en un concierto de jazz hay más gente arriba del escenario que abajo.

Los años al frente de una agrupación tan sólida le han permitido lidiar con el peso gigantesco de su apellido. Curtido por años de sesiones y grabaciones, el Pipi parece llevarlo con naturalidad. Mi abuelo era un genio, pero también trabajaba mucho, dice el líder de Escalandrum, que heredó ese hábito y ensaya a diario su instrumento tanto como en sus inicios. Los más talentosos son los que menos practican, pero hay algunos talentosos que encima practican muchísimo, y esos son los que quedan en la Historia. Cuando el diálogo se hace más íntimo, la evocación de Astor convierte al baterista de Escalandrum en un niño entrañable que habla de su superhéroe favorito: Yo lo acompañaba a los teatros, al camarín, veía cómo preparaba los conciertos. Sin embargo, nunca se sentó al piano con él, ni recuerda experiencias musicales compartidas. En los ochenta, Astor se había convertido en un artista de referencia mundial y vivía casi permanentemente de gira: Cuando estaba con la familia era cero música. Lo que más le gustaba era joder. Así, el legado pedagógico del superhéroe se redujo tan solo a dos consejos: Practicá mucho y escuchá jazz. Buscá los discos de Keith Jarrett y fijate en lo que hace Jack DeJohnette.

Pero siempre hay más. Pipi evoca la primera infancia, un viaje en auto y los parlantes que devuelven una música rítmica, eléctrica y poderosa. Suenan Zita y Violentango, del disco Olympia 77, una grabación en vivo de un concierto en París en el que Astor se presentó con un grupo de músicos que provenían del rock, como Tomás Gubitsch, el virtuoso guitarrista que había descollado en El jardín de los presentes, el tercer y último disco de Invisible. Años después, Astor repudiaría ese disco, pero Pipi parece desconocerlo, o acaso la cuestión no le interese. Prefiere el recuerdo de un viaje en familia: la polenta de la banda y el bandoneón del abuelo serpenteando sobre el sonido del sintetizador que tocaba su hijo Daniel, el padre del Pipi, el niño que escucha y aprende. Asuntos de familia.

Para Daniel Astor Piazzolla (h), la batería y el jazz fueron un medio para evadir los peligros de un destino manifiesto. La tentación de facturar conciertos meramente evocativos en Japón, Europa o Nueva York estaba a la vuelta de la esquina, pero Pipi siempre evitó convertirse en el artífice de una banda tributo a la música de su abuelo. Me ayudó el instrumento, dice el baterista, que había estudiado piano clásico hasta que una tarde de 1984 fue por primera vez al Monumental y se fascinó con el redoble de los tambores. Con los carnavales prohibidos por la dictadura, no había murgas que practicaran en las plazas, así que cuando oí aquello en la cancha quedé deslumbrado. Inmediatamente, el abuelo jodón que no hablaba de música registró ese entusiasmo y le regaló su primera batería.

A comienzos de los noventa, Pipi estudió un año en Los Ángeles, donde perfeccionó su técnica y se puso en contacto con músicos de todo el mundo. La decisión de emprender aquél viaje le recuerda un momento desagradable: Una vez el Oso Picardi, mi profesor de batería, que veía que yo andaba muy bien, me mandó a cubrir un ensayo de orquesta al cual él no podía asistir. Cuando llegué, me pusieron una partitura. Pero no una rítmica, de las que solemos leer los bateristas: una partitura orquestal. Yo me quedé mirándola, no podía entender nada, y me preguntaron si no tenía vergenza, con el apellido que llevaba. Me trataron tan mal que cuando me fui me dejé olvidado el bombo de mi instrumento. No se lo conté a nadie, pero esa noche decidí que iba a perfeccionar mis estudios. Ya de vuelta en Buenos Aires, el Pipi se convirtió en un músico profesional. Su versatilidad y falta de prejuicios le permitieron tocar y grabar con artistas de lo más disímiles, desde Raúl Lavié, Elena Roger, Las Sabrosas Zarigeyas y Manuel Wirtz, hasta Ute Lemper y los más innovadores experimentos del jazz local, como Pájaro de Fuego, Fernández4 o el grupo de Guillermo Klein. También grabó dos discos solistas en trío sin bajo: Arca Rusa, cuyo nombre alude a la película de Sokúrov filmada en un solo y larguísimo plano secuencia, y el más reciente Transmutación. Pero su criatura favorita es Escalandrum, el sexteto que comparte con dos importantes solistas del circuito local, el pianista Nicolás Guerschberg y el contrabajista Mariano Sívori, y una impecable sección de vientos conformada por músicos experimentados que tocan juntos desde los quince años: Martín Pantyrer, Gustavo Musso y Damián Fogiel.

En el flamante Sesiones Ion, la agrupación retoma la tradición iniciada con Piazzolla plays Piazzolla, la relectura de autores canónicos desde una perspectiva jazzística. Los arreglos, realizados por Guerschberg, respetan bastante las estructuras armónicas y las melodías de las composiciones originales, pero introducen una sonoridad diferente y espacios liberados para la improvisación de los solistas. La edición del álbum es consecuencia de una casualidad feliz, ya que la música que contiene no fue concebida para ser grabada. La relectura de la obra de Mozart fue un pedido de la Fundación Konex. Lo de Ginastera, en cambio, fue un encargo del Gobierno de la Ciudad para conmemorar el centenario del nacimiento del compositor. Un día me llaman de los estudios Ion para probar una técnica que consistía en grabar a músicos formados en un semicírculo en torno a dos micrófonos. Es ahora o nunca, pensé. Cuando escuchamos el resultado no lo podíamos creer, cuenta Pipi al respecto.

A diferencia de su abuelo, que siempre buscó consagrarse como músico académico, y estudió con Ginastera y con Nadia Boulanger, el Pipi se siente muy cómodo en el ámbito de lo popular: En Escalandrum la pretensión de academicismo no existe. Nuestro enfoque es el de un ensamble de jazz que trabaja muy duro y aporta sus versiones. Para mí, Mozart y Ginastera son compositores populares. Fíjense que la música que hicieron hasta se puede silbar. Lo que importa no pasa por el antagonismo académico-popular, sino, ante todo, por la calidad.

Usualmente generoso con sus colegas, el tono de la charla se agrava cuando se le pregunta por el electrotango que cultivaron en los últimos años grupos como Bajofondo y Tanghetto: No me gustan dice. Los respeto, pero no es lo nuevo. Es solo una música hecha para pasar en los boliches. Después de todo el esfuerzo que hizo mi abuelo por cambiar el género, ponerle al tango un DJ y un bombo en negra es medio decepcionante. Tampoco cree que haya una tradición histórica fuerte de batería en el tango: Hasta mi abuelo, la batería en el tango había funcionado solo como herramienta de acentuación, o de manera colorística. Los primeros que armaron acá un groove de batería para el tango fueron el zurdo Roizner y Adalberto Cevasco, en el grupo de Astor. Pero en ese género no hay tanto lugar para la batería, tenés que sonar más suave que el bandoneón y el violín y olvidarte de que la batería es una máquina de ritmo. Cuando habla del presente del jazz, en cambio, parece encenderse: Hoy vas a un lugar de jazz y podés encontrarte con algo más tradicional o con gente que toca free y está todo bien. Nadie te va a decir nada, porque esta música es sinónimo de libertad. En una tanguería o una peña folklórica repleta de turistas, vos no podés tocar cualquier cosa; en un club de jazz, sí.

La entrevista llega a su fin, pero el Pipi está entusiasmado y la conversación continúa mientras caminamos hacia el ascensor. Como sucede entre melómanos, los comentarios y las anécdotas podrían perpetuarse al infinito. Nos habla de los últimos discos que compró y de su predilección por el trompetista Avishai Cohen, el pianista Vijay Iyer y el saxofonista Miguel Zenón. Ya en la puerta, se despide con una historia más. El hombre de las baquetas parece feliz: ¿Ustedes sabían que Miles Davis le dijo a Bill Evans que para entrar a su grupo tenía que tener sexo oral con cada uno de los músicos que lo integraban? El pobre Bill lo pensó toda una noche. Al otro día, todo tímido y respetuoso, le dijo a Miles que lo perdonara, pero que no era lo suyo. No se había dado cuenta de que era una joda, nos cuenta entre risas.

Miles era muy jodón remata el Pipi, y los ojos le brillan. Igual que mi abuelo.