MSICA

DELINCUENCIA JUVENIL

Por Diego Mancusi

Hace 25 años Christian Puga lideraba Los Ladrones Sueltos y tenía dos hitazos sonando en todas partes: "La rubia del avión" y "No le dijo nada". Meses después, su sello lo despidió. Hoy sube a YouTube canciones antiK y advierte: "La industria discográfica es una picadora de carne".

 

En 1994, se reunía en un estudio de Buenos Aires una de las mejores bandas de la historia del rock argentino. En la batería: Jorge Araujo, quien luego tocaría en Divididos. El bajista era Guille Vadalá, colaborador de Fito Páez. Aportando teclados y producción estaba Tweety González, que venía de cumplir el mismo rol nada menos que en Soda Stereo. En la percusión estaba Nico Cota, que también trabajó con Fito, Calamaro, Illya Kuryaki. En la guitarra: alguien que decía llamarse Martín Porto pero que en realidad era el ex Metropoli Ulises Butrón. Un cantante y compositor los aglutinaba. ¿Charly García? ¿Luis Alberto Spinetta? ¿Alguna estrella anglosajona de paso por Buenos Aires? No: el líder era Christian Puga, de Los Ladrones Sueltos.

La razón para que Puga estuviese al frente de ese dream team era la de siempre: daba ganancia. El año anterior -hace exactamente un cuarto de siglo- había editado el debut autotitulado de su proyecto y dos de sus canciones sonaban en la radio, en los casamientos, en el programa de Cris Morena, en los trencitos de la alegría del Conurbano, en el minicomponente Aiwa de cada adolescente de este país. Se trataba de "La rubia del avión" y "No le dijo nada", los dos hits que llevaron al disco a vender unas insólitas 120 mil copias. Por eso su discográfica, Sony, lo premió alquilándole los mejores sesionistas que el dinero podía pagar para grabar la secuela: Segundo asalto. ¿De ese también te acordás? Exacto.

"En menos de un año me obligan a entrar de nuevo al estudio, y mientras estaba en el estudio me vienen a buscar para ir a tocar a Bolivia. Ese era el descontrol. Y yo grabando un disco que no tenía ni pies ni cabeza: lo había compuesto agarrando canciones de cuando tenía quince años", recuerda Puga en un café de su barrio de toda la vida, el Palermo VIP de Salguero y Libertador. Hoy sigue al frente de Los Ladrones Sueltos con shows en "Paraguay, Bolivia, Chile, muy poco Argentina, algo de Perú y Ecuador" a los que va solo con pistas o -si la magnitud del concierto lo amerita- en compañía de su banda. Pero entonces, en pleno auge, la "picadora de carne" de la industria discográfica todavía quería más de él: "Todo el mundo me decía 'haceme un tema como La rubia del avión'. Una locura. 'Vos sos hacedor de hits: haceme un hit'". Sin embargo, ni "La intelectual" ni "No podía moverme" ni ningún otro track en Segundo asalto fue un hit (aunque el arrastre del primero lo hizo vender 30 mil copias) y Sony, sin más, lo despidió.

Christian había llegado a la compañía de casualidad. Un prospecto de cantautor llevó un demo, buscando que lo contrataran. En el lado A ese héroe anónimo incluyó canciones propias, que a los reclutadores no le movieron la aguja. Lo que sí gustó fue un cover de un tema de Puga que ocupaba parte del lado B, uno hecho con su metodología habitual: componer a la carta, informalmente, a modo de regalo. Un amigo suyo se iba a Brasil por un fin de semana largo con un contingente en el que, claro, había una rubia monumental a la que pretendía darle unos besos. Finalmente -spoiler alert- la blonda no quiso saber nada, pero el hit ya estaba cocinado. La gente de Sony buscaba "una banda que compitiera con Vilma Palma, Los Pericos, un nombre tipo 'Los Charros' para ir a México", así que averiguaron quién era el autor y, en vez de al artista que llevó las canciones, lo ficharon a él (a modo de agradecimiento, Puga convocó al cantautor como tecladista). Como nota de color adicional: el cazatalentos que lo acercó al sello y se cargó su proyecto al hombro fue Fabián Ross, que venía de descubrir nada menos que a Los Gatos.

Como suele pasar en estos casos, Puga le tenía cero fe a su criatura. "Yo le dije al productor: 'Sacá esto de la radio porque nos hundimos'. No la quería grabar porque creía que era malísima, estaba hecha como un chiste. Mi viejo, que siempre escuchaba las canciones que yo hacía, me decía: '¿Cómo vas a grabar esa canción?'". Afortunadamente para todos, el productor no hizo caso, el tema sí se grabó y se publicó y terminó sonando más allá de lo saludable ("Hubo gente que lo terminó odiando, sin duda. Imaginate yo cantándolo 25 años"). Hasta Susana Giménez hizo su versión libre titulada "Con un morocho en el avión" y la presentó "en vivo" (nótense las comillas) en Ritmo de la noche ("Si me la pidiera hoy no se la daría", jura Puga).

Inmediatamente después estalló "No le dijo nada", un improbable éxito que involucraba a una chica muy callada y a Tito, un incordio que cortaba una y otra vez el mambo. "Alguien dijo: 'Che, si la mina no dice nada, pónganle que era muda' y recauchutamos ese pedazo. Yo tenía mis dudas porque conocía a una persona con una capacidad diferente y planteé si no era agresivo. Todo el mundo dijo que no y fue tomado con humor. Hoy, quizás, con la susceptibilidad que hay sería distinto", recuerda el autor.

La fama llegó, pero no era precisamente una pugamanía. "No era que yo tuviera popularidad e imagen. En la calle era muy raro que me reconocieran", dice. Sus hits agobiaban en los medios, pero su cara era casi un misterio, a punto tal que una noche en Bolivia salió de un hotel con uno de sus plomos y el que pasó horas firmando autógrafos fue... el plomo. Quizás por eso -dice- no lo devastó lo que vino apenas unos meses después, cuando se terminó lo que se daba: "No fue la caída que termina destrozando psicológicamente una mente, porque se apagaba en Argentina y empezaba a ramificarse fuera del país. A un pibe que lo exponés de esa manera y le sacás todo termina como los de Gran Hermano: de repente se acabó y terminan todos en el psiquiatra. Igual hay que digerirlo, eh".

Él lo digirió girando por todo el continente, fichando para el sello mexicano Fonovisa ("Estuvo acá un solo año: llegaron, abrieron con Enrique Iglesias y cuando yo firmo, cierran"), pegando Disco de Oro en Puerto Rico por un tema llamado "Ruge Uge" ("Uge" era Eugenia, una chica a la que quiso seducir con la canción; las vueltas de la vida lo llevaron a salir tres años, no con ella, sino con su hermana). Hoy sigue tocando en vivo, componiendo a pedido y subiendo a YouTube canciones bienintencionadas como "Hijos del corazón" (para una ONG que nuclea personas que buscan averiguar sus orígenes) o "Sigo en vos" (para concientizar sobre la donación de órganos). Pero también tiene una inesperada veta de cantautor politizado: "Silencio" (sobre la muerte de Alberto Nisman), "Bigote" (dedicada a Aníbal Fernández) y -sobre todo- "Somos argentinos" (un tema furiosamente antiK que menciona a Boudou, Moreno y Kicillof y declara: "Esto no es Cuba con Fidel Castro, esto no es Chávez con Venezuela") lo posicionaron del lado M de la grieta. "Obvio: lo voté a Macri, y me decepcioné. No por ser re macrista sino porque quería un cambio", dice, y advierte: "Ahora estoy acumulando bronca para hacer la versión PRO". Él, que sin querer aportó un himno al imaginario de la década infame ("'La rubia del avión' parece una canción menemista porque te habla del shopping, de compras, del extranjero. Pero no es que yo dijera 'soy menemista': era parte de la sociedad y estaba atravesado por lo que nos pasaba a todos") y dice no extrañar nada de aquellos años agitados "porque estoy muy contento con el presente". Todo, mientras difunde su último disco: Bienvenida a los 90.