BEBER

EL ASESOR

Por Claudio Weissfeld

Michel Rolland es el hombre más influyente de la industria internacional del vino. Nacido en Libourne y formado en Burdeos, llevó su audacia, su sabiduría y su marca a las bodegas de los cinco continentes para desarrollar tanto negocio como identidad. Hace 30 años, llegó a Mendoza y detectó que el vino argentino solo podía crecer si evolucionaba su Malbec. Se convirtió en su defensor más acérrimo y ¿el más conservador? En Valle de Uco comanda su proyecto más personal, Clos de los Siete, que el último año vendió un millón de botellas en el país y se consolida como un modelo de exportación. Aquí, las ideas y las carcajadas de Michel Rolland, uno que la tiene clarísima.

 

Michel Rolland sale a la terraza de la bodega, eleva su iPhone y saca una, dos, varias fotos del paisaje. Suspira y se da vuelta mientras observa esa imagen que ahora lo conmueve desde la pantalla: los verdes viñedos de abril en Valle de Uco y allá, al fondo, la cordillera mendocina y sus picos nevados contorneando el cielo azul. ¿Las va a subir a Instagram? No tengo responde-. Son para mandar por WhatsApp.

Como un turista que ve una bodega por primera vez en su vida. Como un extranjero desprevenido que se sorprende ante algo que no espera. Así se pone Rolland en este lugar que visita cuatro veces por año. Este lugar que conoce bien desde hace casi 30, cuando llegó a la Argentina, primero a Cafayate (Salta) para asesorar a la bodega Etchart, y después a Mendoza donde colaboró con varias de las bodegas más importantes del país. Este lugar. Este lugar que le pertenece desde fines de los 90, cuando imaginó y concretó Clos de los Siete, un original proyecto vínico de 850 hectáreas en el que reunió a varios bodegueros compatriotas franceses y funcionó como puntapié inicial para una región hasta entonces poco explorada.

El enólogo más influyente de la industria mundial está en plena rutina. Viene de una cata, va a otra. Controla el vino que fermenta en las barricas y las últimas uvas de la cosecha 2017. El viñedo para él es como el Microcentro para un oficinista. Guarda el celular en su saco, deja el maletín y conversa brevemente en un español fluido, aunque el acento francés ponga la tilde en las últimas sílabas.

- ¿En qué consiste exactamente su trabajo de asesor de bodegas? 

En primer lugar, un asesor es un sabio. Alguien con experiencia, conocimiento y cosas para enseñar a la gente que lo contrata, sea en derecho, medicina o cualquier rubro. En el caso de un enólogo, uno debe saber de viña, de uva y después de vinicultura, desde la fruta hasta la fermentación, la guarda en barrica o tanque y el corte de los diferentes lotes para sacar el vino con la etiqueta que va a comprar el consumidor. El enólogo tiene que estar desde el principio hasta el fraccionamiento. Ya no se ocupa del marketing y la venta. Y debe seguir toda esa cadena con el equipo que está en la bodega. El asesor va a la bodega solo 3 o 4 veces al año. Es una relación humana de comunicación. Porque adentro de una bodega se prueban los mismos vinos y la misma uva, y la gente se acostumbra, no cambia la mente y puede seguir un camino que tal vez no sea el mejor.

La cena de anoche

Anoche, durante la cena, Rolland estaba más distendido. Sentado en la cabecera de una gran mesa de 20 personas en el restaurante de la bodega Monteviejo, chequeaba su iPhone constantemente hasta que, sobre el final, pasado el postre, lo dejó a un lado y se dispuso a hablar. Todos los demás se callaron. Periodistas, gerentes de la empresa y enólogos de las bodegas que forman parte del Clos prestaron atención a todo lo que dijo, le preguntaron lo que quisieron y se rieron ante cada chiste, como el amén de un servicio religioso. La risa de Rolland es contagiosa y suele repetirse después de cada frase.

Frontal, generador de constantes controversias en la industria vitivinícola (muchos lo critican por aplicar el mismo método de elaboración en todo el mundo y globalizar el vino), tiene suficiente chapa como para no andar con vueltas a la hora de hablar de sus vinos y de los vinos de los demás.

Anoche, cuando le consultaron si no era hora de que la Argentina empezara a mostrar otra cepa para no cansar con tanto Malbec, fue tajante. ¡El Malbec es nuestra bandera mayor! se enojó-. Y solo Argentina puede hacer un Malbec de alta gama. ¿Para qué vamos a hacer otra cosa? El mundo debe escuchar la música del Malbec. Aunque haya una uva mejor, va a ser difícil convencer a la gente de otra cosa. 46 años de experiencia lo avalan. ¿Y qué pasa con la nueva movida de los vinos verdes, crudos, sin tanta crianza?, le preguntaron. No digo que no va a llegar algo nuevo. Pero las ideas buenas hay que hacerlas y se necesitan al menos 20 años para saber si realmente son el futuro. Yo tengo dos veces 20 años de experiencia y lo que digo es que no quiero tomar ese tipo de vino. Es mi gusto. No es ni bueno, ni malo, pero es mi gusto, dijo. Se rió. Todos se rieron.

Vinos amables, fáciles de beber y fáciles de vender. Esa es la premisa de Rolland. Nosotros estamos detrás del mercado, no al frente. Y hacemos los vinos que el público quiere tomar, subrayó.

También aseguró que la zona del Mar Negro (Rumania, Bulgaria, Turquía, Georgia, Crimea) tiene potencial para crecer como nueva región vínica. Pero, como siempre: hay que buscar, plantar, desarrollar, hacer el producto y lo más complicado: venderlo. Otra vez, risas generales.

También se rió cuando le preguntaron cómo le iba con su asesoría en China. ¿Te respondo por la calidad de los vinos o del negocio?. Contó que el clima frío de China perjudica las cosechas y que el vino de ese país permite incluir en la mezcla hasta un 50 % de vino importado. Y que solo esos tienen una calidad razonable. En algún momento habrá que decir la verdad, comentó.

Después de la cena, de pantalón rojo, saco marrón y pañuelo naranja al cuello, posó para las fotos (sonriente) con una copa de tinto en la mano. ¿Cuántas fotos así tendrá en su vida? Podría empapelar la Gran Muralla.

By Rolland

Hoy no estamos en Monteviejo sino en otra de las cuatro bodegas que conforman el Clos: Cuvelier Los Andes. Rolland tiene menos tiempo que anoche y no se ríe tan seguido. Describe su trabajo con una cadencia tranquila, como si estuviera completando un formulario de aduana.

- Este año va a cumplir 70, ¿piensa en jubilarse y dejar de dedicarse al vino? 

No tengo mucha imaginación, así que la verdad: nunca. Sí pensé en mejorar lo que estaba haciendo. El asesoramiento necesita experiencia. Hoy hay asesores jóvenes de 36 o 37 años, pero un asesor no puede ser joven. Lo digo por experiencia propia: yo fui asesor cuando tenía esa edad.

- ¿Qué quería ser de chico? 

Mis padres me pidieron que estudiara viticultura y enología, así que nunca he pensado en hacer otra cosa. Además, ya de chico me encantaba la viña y el vino. De vacaciones estaba siempre en el viñedo de mi padre. El vino era la vida de la familia.

- ¿Cuántas bodegas asesora actualmente? 

Yo, personalmente, no tengo muchas. Tal vez solo 50 o 55, pero tengo siete colaboradores y juntos tenemos 250 emprendimientos en el mundo.

Sí: 250 bodegas en 22 países (que van desde Francia y Australia hasta España y Bulgaria) llevan el sello de by Rolland, en las que aplica una fórmula donde prioriza la simpleza para asegurar que la producción de vinos genere un rédito económico para la bodega que lo contrata. Algo no menor cuando se trata de grandes inversiones.

El valle inexplorado

Situado a casi dos horas de la capital mendocina, Valle de Uco es hoy una de las regiones más cotizadas del vino argentino gracias a su altitud (1100 metros sobre el nivel del mar) y su amplitud térmica. Visionario, Rolland (junto con su colega Jean-Michel Arcaute, que falleció en 2001) apostó por esta zona cuando el vino argentino recién comenzaba a posicionarse como referente del Nuevo Mundo a nivel global. Además de Cuvelier Los Andes, están Diamandes, Monteviejo y Bodega Rolland, uno de los pocos vinos que llevan no solo la asesoría sino también la autoría de Michel.

Esto era un terreno de rocas y vegetación salvaje, cuenta Jean Baptiste Cuvelier. Michel asesoraba a la bodega de mi familia desde 1982 y vino a ofrecerle este proyecto, relata. Así, a partir de 1999, un grupo de bodegueros franceses invirtieron fuerte para que esa maleza se convirtiera en plantas de Malbec y Merlot, alimentadas por un sistema de riego por goteo (novedoso en aquel entonces). Cada uno armó su propia bodega donde, además de elaborar sus propios vinos, aportan un 50 % de la producción para que el emprendimiento produzca su blend conjunto: Clos de los Siete, que acaba de lanzar su añada 2014 y el año pasado alcanzó la cifra de un millón de botellas vendidas. Rolland se muestra feliz, pero no conforme: su meta es llegar a 1.200.000.

Hace 30 años llegué a Valle de Uco para cazar liebres, contó anoche, durante la cena. Pero no había nada. Ni siquiera liebres. Y se rió. Todos se rieron. Ahora se levanta y se va a la próxima cata, a la próxima viña, la próxima barrica. Mientras mira el paisaje.