GIORGIO CHINAGLIA

EL FASCISTA SENTIMENTAL

Por Mariano Schuster

La entrañablemente violenta historia de la Lazio de Giorgio Chinaglia.

 

Eran once, pero podrían haber sido doscientos. Tenían ganas de joder, de pelear y disparar, y estaban en el lugar indicado: la Italia de la violencia y de los tiros. Esa vechia Italia de los setenta que, entre spaghetti y spaghetti, dejaba una cabeza tirada en un discreto mantel blanco pero con un charco rojo que no era exactamente de tuco. Los criminales de las Brigadas Rojas mataban en nombre de la revolución proletaria, y los muchachos duros de Orden Negro y los Núcleos Armados Revolucionarios liquidaban jóvenes y obreros blandiendo la espada del fascismo. Mientras, los viejos gritaban en la calle con sus musculosas blancas, y las mujeres tendían la ropa a la vista de todos. El país ya no cabía en las películas de Rosellini y Antonioni. Había un nuevo tiempo en el que las emociones hervían a flor de piel, y ellos, los futbolistas de la vieja y buena Societá Sportiva Lazio, lo sabían. Habían escogido su lugar en la guerra. Querían disparar y ser amados. Buscaban sus armas. Eran las piernas y las pistolas. Y las tenían.

Pier Paolo Pasolini los definió como una banda de fascistas. Despreciaba sus costumbres y su estética machista y violenta. Pero el escritor del proletariado comunista, homosexual y católico, se equivocaba. Quizás algunos de ellos fuesen emotivamente fachos y hasta políticamente derechistas, pero eran algo más que eso. Eran jóvenes y delirantes, y acababan de salir de sus casas que venían cubiertas del barro de la pobreza y de la historia. Algunos habían llegado de lejos. Otros eran hijos de la guerra. Todos querían lo mismo: divertirse, jugar al fútbol y violentarlo todo. ¿Fascistas? Quizás. Solo quizás.

La gloriosa Lazio del scudetto 1974 acababa de salir de esa ignominia llamada Serie B pero casi nadie reivindicaba su heroísmo. Lo cierto es que poco importaba que, con esfuerzo y dedicación, los chicos del club fundado en 1900 por el suboficial Luigi Bigiarelli, hubiesen conseguido el ansiado ascenso. Lo realmente trascendente era que ese equipo estaba integrado por un grupo de bizarros unidos por la locura y la pasíón. Y, por supuesto, por el odio.

El equipo tenía dos clanes. Uno, liderado por Gigi Martini, el lateral izquierdo que amenazaba gente con botellas rotas y asistía a marchas del fascista Movimiento Social Italiano. El otro lo dirigía Giorgio Chinaglia, a quien todos llamaban Long John. Al igual que Long John Silver, el personaje de La isla del tesoro, era un pirata en busca de la gloria. Su gracia era evidente: además de ser el goleador del equipo y el jugador amado por la hinchada, iba a los entrenamientos con una Magnum 44, disparaba a los postes de luz y mataba inocentes pajaritos. Cuando llegaba el momento de celebrar un gol, el ariete extendía su mano hacia la tribuna de la Curva Nord identificada con el fascismo y movía el dedo índice marcando que él era el número uno. El saludo tenía una evidente reminiscencia mussoliniana.

La prensa actuó con sensacionalismo, pero se ajustó a la verdad cuando apodó al equipo como el grupo salvaje. Su afición a los revólveres ya era suficientemente célebre cuando la dirección del club colocó un detector de metales en la entrada del campo de entrenamiento. La chicharra sonó al paso de más de la mitad de los futbolistas. Pero ninguno quiso dejarlos.

Luciano Re Cecconi, mediocampista estrella, era uno de los más tranquilos del club. Lo cual no era garantía de nada. Siendo todavía jugador, encontró una muerte a su altura. Intentó hacer una broma en una joyería y con las manos en los bolsillos le gritó al dueño: ¡Deme todo el dinero, esto es un asalto!. El joyero contestó con un tiro certero con su Walther calibre 7.65. La broma le había costado cara.

Los dos vestuarios del campo de Tor Di Quinto, dependencia del Ejército Italiano, resolvieron sencillamente la división del grupo: a uno entraban -solo- los muchachos de Martini, y al otro, -solo- los de Chinaglia. Al pobre arquero Felipe Pullici le fue mal cuando se metió en las duchas de sus oponentes internos. Creyendo que no había nadie, dio tres pasos y se encontró a Gigi Martini, que rompió una botella contra el suelo y se la puso en el cuello.

Los entrenamientos no escapaban a la lógica demencial de los salvajes. Se jugaban los viernes, solo dos días antes de los partidos. Quienes entraban a la cancha el domingo eran los que no habían quedado heridos de muerte en el entrenamiento. Pero ese día, el equipo era compacto. Se acababan las divisiones y aparecía la animalidad común. Ningún rival se animaba a tocar a un jugador de la Lazio. Bastaba con que uno solo cayese al piso para que los diez futbolistas restantes se convirtieran en criminales de guerra dispuestos a acribillar a quien había metido la patada.

En esa Lazio en la que, como dijo alguna vez el mediocampista Vincenzo D'Amico salir de casa sin la pistola era como salir hoy sin el celular, el fútbol había adquirido ribetes rocambolescos. En la Copa UEFA de 1973, cuando todavía el equipo era una verdadera jauría, el vandalismo quedó impregnado dentro de la cancha. En el partido de vuelta contra el Ipswich Town (que había ganado 4-0 en la ida), la Lazio mostró lo que mejor sabía hacer: jugar bien a la pelota. Los laziales estaban 2-0 arriba pero todos notaban algo raro: al árbitro Van der Kroft le salía olor a alcohol de la boca. Casi en la mitad del segundo tiempo, Chinaglia pateó al arco y Hunter, defensor del equipo inglés, la paró con la mano. Pero el árbitro, completamente ebrio, no cobró el penal. Un jugador de la Lazio se acercó de atrás a Van der Kroft y le pegó una patada. En solo un minuto había empezado una verdadera batalla campal. Entre Mario Frustaluppi (socialista convencido) y Chinaglia nació una hermandad insólita: juntos le destrozaron la cara al árbitro. Bobby Robson, el técnico del club que luego dirigiría a selección británica, los definió como nadie: Eran unos animales.

Los animales, claro, no distnguían ideologías. La mayor parte como Chinaglia, Martini, DAmico y Petrelli eran fascistas a los que les gustaba disparar en los hoteles durante las concentraciones. Pero en aquel equipo de desquiciados también había otros. Además de Frustaluppi, Giancarlo Oddi, llegado del humilde barrio de Tufello, había crecido con una familia devota de la hoz y del martillo comunista.

Solo un hombre podía calmar los ánimos de las bandas enemigas. Era Tommaso Maestrelli Don Tommasino-, que llegaba a los entrenamientos y a los partidos con un blazer a cuadros, una sonrisa y un único lema: hacer de esos violentos unos verdaderos ganadores. Que dejaran el fascismo para más tarde. Que en lugar de patear culos de comunistas o de pateárselos entre ellos, patearan la pelota.

 

El scudetto de 1974 llevó su sello y su carácter. Fue el primer título de la Lazio y el que la definió para siempre. El que unió en una misma sintonía fútbol, fascismo y demencia. Esa Lazio de las pistolas que alguna vez fue definida como la Naranja Mecánica antes de la Naranja Mecánica se impuso por la fuerza del destino. La Juventus de Dino Zoff y Fabio Capello, y el Inter de Roberto Boninsegna, no podían hacer nada. Los de Maestrelli estaban allí para desbaratarlo todo.

Maestrelli quería ser ecuánime, pero no podía. Porque amaba e idolatraba a uno de sus chicos. Creo que hoy Re Cecconi y Martini no están para jugar, le decía Chinaglia, eligiendo siempre jugadores de su clan. Entonces Tommasino le tocaba la cabeza en señal de cariño y, finalmente le hacía caso: sacaba del equipo al jugador que Long John no quería ver. Se trataba de un amor paternofilial, poético, incomprensible. Aunque a veces Maestrelli calmaba las aguas defendiendo al grupo de Gigi Martini nadie tenía dudas: su hijo adoptivo en la Lazio era Chinaglia. ¿Que disparaba con una Magnum o una Winchester? Maestrelli lo aceptaba. ¿Que iba demasiado a clubes nocturnos? Maestrelli le aconsejaba. ¿Que le gustaba el casino? Maestrelli le hablaba para que no lo hiciese. Pero al final, le consentía todo. Porque era el goleador. Porque era el chico que quería la gloria.

Más allá de la corteza dura y fascistoide, el corazón de Chinaglia era frágil. Y se destrozó cuando Maestrelli enfermó solo unos meses después de ganar el campeonato. Una tarde de 1975, lo vio descomponerse en un entrenamiento y supo que algo andaba mal. Cuando a las pocas semanas el técnico llegó al entrenamiento y anunció que tenía cáncer, sintió el golpe como ningún otro. Maestrelli se quedó en la Lazio todo lo que pudo pero parte de la dirección debió hacerla su colaborador, Roberto Lovati. Con el equipo casi destruido y al borde del descenso, volvió para ayudar. A punto de morir, dejó todo para lograr la proeza de la salvación. Falleció ese mismo año 1976 y, con él, algo de Chinaglia también moría.

Long John no había soportado y ya se había ido al Cosmos de Estados Unidos. Allí, donde entrenaba con Beckenbauer y le ponía los puntos a un Pelé que no entendía a aquel violento sentimental, no era feliz. Escribía cartas desesperadas a Pino Wilson, Giancarlo Oddi y al sensible Felipe Pulici. Decía que los extrañaba y que ya nada era igual sin ellos. Se sentía culpa. Los he abandonado decía con remordimiento.

Quizás fue entonces cuando, aún sin saberlo, su historia empezó a desbarrancarse. Aunque ganaba todo en el Cosmos, añoraba la Lazio. En 1983 volvió y consiguió la presidencia del club de sus amores. La vida parecía sonreírle nuevamente. Pero el equipo descendió en 1985. Saltó la corrupción y Chinaglia, el ídolo de la Curva Nord, perdió su prestigio.

El resto de su vida fue un cúmulo de derrotas. Intentó recuperar su rol de dirigente. Pero todo fue en vano. A cada paso que daba, llegaba una denuncia. Se lo acusaba de estar unido a los Irreductibles, un sector fascista de la barra brava con conexiones mafiosas. y luego al Clan Casalesi, los miembros más temidos y temibles de la Camorra napolitana a quienes Long John quiso venderles el equipo. El fascista sentimental y pistolero acabó con una orden de captura y perseguido por la justicia. La decisión no fue fácil pero no había otra. Se fugó a Estados Unidos. Allí, lo sabía, no podía quedarse a vivir. Solo podía quedarse a morir. Despreciado e insultado, intentó reconvertir su imagen. Optó por ser comentarista deportivo. Pero ya nada era posible.

Su luz se apagó en 2012. Tenía solo 65 años. El corazón no aguantó más y reventó de golpe. Entonces, emprendió su último viaje. Mirando a Dios desde un Alitalia, lo trasladaron a Roma tal como había pedido. Iba a descansar donde siempre había soñado: al lado de su padre de la vida, el maestro al que le había jurado lealtad eterna. Sus familiares y amigos lo pusieron allí, junto a Míster Maestrelli, el hombre que se lo había enseñado todo.

Hoy, algunos chicos se acercan a visitarlo. Ponen flores en su tumba y unos piensan, incluso, en dejar una pistola. Fue el héroe de sus padres y también será el de ellos. Fue el ídolo de una ciudad y de un pueblo. Da igual que algunos le digan fascista. Son los que nunca entendieron nada. Son los que no sienten ni viven. Son los que no comprendieron que a los sentimentales nunca se les puede decir adiós.