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EL FRUTO DE TU VIENTRE

Por Toms Rodrguez Ansorena

La serie The Handmaids Tale tiene todos los méritos que la crítica mundial le ha reconocido. Y algunos más.

 

La serie The Handmaid's Tale, estrenada en agosto y basada en la aclamada novela de la escritora canadiense Margaret Atwood, imagina una distopía en la que la humanidad es acechada por el flagelo de la infertilidad. En ese contexto, luego de una guerra civil, en los Estados Unidos se instala la dictadura teocrática de Gilead, en donde las mujeres no tienen derecho a la propiedad, a trabajar, a leer, a expresarse, a prácticamente nada por fuera de los antediluvianos preceptos de Los Hijos de Jacob, gobernantes de Gilead. Las pocas mujeres fértiles que han quedado, y que no pertenecen a las clases altas y dirigentes, fueron puestas al servicio del gobierno para cumplir con la voluntad de Dios: reproducir la especie. Pero no de cualquier linaje. Las criadas serán asignadas a un matrimonio para que cumplan cada mes, en los días fértiles, con la ceremonia: sobre la falda de la esposa, cada una de ellas es penetrada por el patrón para polinizar el fruto de su vientre. El ritual surge del pasaje bíblico del Génesis en el que, a causa de su infertilidad, Raquel, esposa de Jacob, le ruega a su marido que conciba a sus hijos a través de su criada, Bilhab. Las escenas delménage à troislitúrgico entre Elisabeth Moss (la ex Peggy de la serie Mad Men en el papel protagónico de June Osborne o, su nombre de criada, Of-fred, De-Fred en castellano), Yvonne Strahovsky (la elegantemente desquiciada Mrs. Waterford) y Joseph Fiennes (el comandante Fred Waterford) son eficazmente perturbadoras.

Atwood comenzó a escribir esta novela en 1984 (el año orwelliano) durante su estadía en Berlín occidental, fuertemente influenciada por lo que podía percibirse detrás del muro, por la restauración conservadora que conducían Thatcher en Inglaterra y Ronald Reagan en los Estados Unidos y también por las horrorosas historias que llegaban sobre el robo de bebés por parte de la dictadura militar de un país sudamericano: la Argentina. Además del horror totalitario, el patriarcado en su faz más terrible y el relato en óptica testimonial (a lo Ana Frank, podría decirse), el mundo del cuento de la criada es original en su imaginación reproductiva: cómo se producen humanos y qué lugar ocupan las mujeres en ese proceso. El papel protagónico de Offred comporta una tensión que enriquece la trama en su despliegue. Una criada obligada a ser madre, a quien maltratan y preservan con igual minucia. Es esclava y sagrada al mismo tiempo.

Los 10 capítulos de la serie están cuidadosamente filmados. Las filtraciones de luz sobre los ambientes cerrados, gélidos, juegan un rol importante pero es en las escenas de reunión de las criadas, en los planos abiertos dispuestos sobre su mansedumbre coreografiada, donde mejor se aprecia su calidad técnica y espíritu cinematográfico. Nunca debieron darnos uniformes si no querían que fuéramos un ejército, dice en uno de los últimos capítulos la voz en off omnipresente de la protagonista, que sirve para reforzar con ironía o desprecio las situaciones de control obsesivo, crueldad obsoleta o solidaridad inesperada. La serie está estructurada en torno a flashbacks hacia la anterior normalidad y su progresiva e incomprensible caída en el abismo. Allí es donde aporta su granito de contemporaneidad: en cualquier momento, cuando menos te lo esperes y aunque parezca imposible, todo se puede ir al carajo. El mantra recitado por los Hijos de Jacob resume lo terrible de la cuestión: Lo mejor nunca puede ser lo mejor para todos siempre significa lo peor para algunos.

Las ficciones hollywoodenses de los últimos años han prestado, en los temas raciales y de género, un particular llamado de atención a tono con los diversos temores despertados luego de la elección de Donald Trump en los Estados Unidos que, ya lo han dicho varios artículos similares a este, resume una especie de espíritu de época. The Handmaids Tale participa de este segmento de la producción cultural. La serie dice: Esto puede pasar. Pero sería inútil discutir su real probabilidad, que, huelga decir, es baja. Más productivo es observar los puntos donde la misma actualidad parece ser interpelada.

Las cuestiones de salud reproductiva y control poblacional son puntos recurrentes en cualquier discusión política moderna, acá y en todos lados. En la Argentina, mientras que el primer candidato de Cambiemos a Senador por la Provincia de Buenos Aires y flamante ex Ministro de Educación de la Nación, Esteban Bullrich, opinó que #NiUnaMenos es que si hay una beba adentro (del cuerpo de una mujer), ni una menos porque también la estás matando (sic), la decisión de Luciana Salazar de procrear a través de un vientre subrogado trajo consigo reacciones incendiarias, de liviandad inusitada o -quizás las más sensatas- de reserva por ignorancia o prudencia. La más asombrosa fue quizás la de la periodista Marisa Brel, también madre por vientre prestado, quien antes de endilgarle razones estéticas a la decisión de Salazar afirmó que la primera mujer subrogada de la historia había sido la Virgen María, portadora del Niño Jesús en su vientre.

The Handmaids Tale enrarece todas estas escenas, las mismas o las que se les parezcan, poniendo el terror al servicio de una reflexión profunda: ¿qué injerencia tienen o deberían tener los Estados, la religión y las comunidades en la producción de humanos y en los cuerpos que los portan? ¿Quién tiene la potestad para prohibirle a una mujer interrumpir su embarazo? ¿Quién para impedirle que funcione como incubadora? ¿Y cuáles son las condiciones que operan para que funcione como tal? Lo que en algunas discusiones se perfila como una especie de derecho a la maternidad (o a la paternidad) choca con situaciones que merecen mayor atención: ¿quiénes son las mujeres que gestarán esos embriones y por qué se someten a un embarazo? La vida real suele tener mecanismos bastante más nebulosos y contradictorios que los de un relato como el The Handmaids Tale, que además transcurre en una sociedad de control total y centralizado. Pero algunas de sus hipótesis no dejan de perturbar: lo mejor no es siempre lo mejor para todos.