ENSAYO: MARCELO TINELLI

EL HACEDOR. ERA UNA JODA Y QUED

Por Alejandro Seselovsky

De todos los talentos de Marcelo Hugo Tinelli,el de producir estrellas casi de la nada es quizás el más extraordinario. De Lanchita Bissio a Peter Alfonso, una galería insólita y variopinta de los satélites del planeta Marcelo.

Por Alejandro Seselovsky. @Aseselovsky

 

Con un ojo conduce el programa. Con el otro revisa el primer cordón de gente detrás de cámara. Con el tercer ojo chequea cuestiones de vestuario y maquillaje, y con el cuarto se fija que la luz lo tome correctamente. Con el otro ojo -el quinto, el sexto- lo tiene ubicado a Federico Hoppe y con el otro ojo -el séptimo, el octavo- a su fotógrafo oficial. Con el ojo que lleva en la nuca chequea bastidores y cortinados, con el ojo de la sien izquierda mira a su cuerpo de bailarinas. Con el ojo de la frente busca posibilidades artísticas en el segundo cordón de gente. Tiene un onceavo ojo por cualquier cosa y un ojo nonagésimo por si al ojo anterior se le escapa algo. Con un ojo más busca en el fondo de su tribuna. Y con el ojo siguiente, en el fondo que está detrás del fondo. Cuando no está haciendo su programa en vivo, tiene un buen ojo, un ojo en el que confía, para capturar historias posibles, personajes posibles, generalmente salidos de la trama de los medios. Tiene un ojo-país puesto en el termómetro político y la coyuntura y un ojo mediático que le informa acerca de lo que se diga de él, lo que se haga en su nombre, en su contra. Tiene un agudo ojo para los negocios que no es un ojo; es una nariz. Y tiene un ojo puesto en su historia, en la memoria de sus padres y de sus abuelos, y un ojo alto y centelleante que todo el tiempo le devuelve una mirada del pueblo de la provincia de Buenos Aires donde nació, hace ya 56 años. Tiene un ojo argentino, Marcelo, que mira la cultura y la reproduce para que los ojos de todos los demás podamos verla, podamos vernos. Y una cantidad de ojos más que no conoceremos nunca. Marcelo es un torre de seguridad con mil pantallas mostrándolo todo en el panóptico de su cabeza. Ojo, que Marcelo te está mirando.

Tiene un último ojo. Un ojo cerrado que permanece dormido hasta que un vibrato de la intuición lo despierta. Un ojo que no hace nada hasta que de golpe lo descubre todo. Es un ojo productor, un ojo constructor de personajes, no, constructor no, es un ojo aprovechador, un ojo tiempista, un ojo guionista. El aparato sensitivo de Marcelo, el alerta incansable de sus antenas, le avisa que de golpe ahí adelante hay alguien, algo, por lo que vale la pena apostar. Y entonces, Marcelo le clava los ojos, todos los ojos que tiene a sus disposición, y lo crea, le da vida en pantalla, es decir: le da vida. Es un dios de criaturas menores que solo respiran y se mueven sobre la faz de su breve tierra mientras él, su Hacedor, las alimente, las sople, les dé oxígeno. Hace 25 años que Marcelo viene construyendo figuras con el barro de su intuición: es tan argentino ese movimiento suyo, tan íntimamente nuestro. El tipo que improvisa riqueza con lo que tiene al alcance, el tipo que abre la heladera y con apenas lo que encuentra, un limón, unos restos de arroces, se propone un manjar o la aspiración de un manjar y después prepara un plato y, lo haya conseguido o no, lo anuncia como un manjar. El inmediatista, el inmediático, el que trabaja sobre el borde del instante y lo hace a la vista de todos, el tipo que atrapa moscas al vuelo con dos palitos chinos. Veinticinco años lleva Marcelo ejercitándose en una profunda condición argentina: la de zafar con lo que hay. La de trabajar con lo que hay. La de improvisar con lo que hay. La de hacer parecer que lo que había era justo lo que necesitábamos que hubiera, esa práctica nacional de la sobreadaptación.

El jueves 1 de Marzo de 1990, Videomatch salió al aire por primera vez con un slogan inaugural que decía: todo deporte, solo deporte. El ciclo nacía apoyado por dos estructuras corporativas con buena espalda: la revista El Gráfico, de la editorial Atlántida; y Telesport, la productora de Pepe Irusta Cornet encargada de distribuir, en la recién privatizada televisión argentina, la marca ESPN. Tres meses después, el ingrato uno punto ocho de rating parecía determinar el fin de un envío que después de todo no había sido más que un manotazo en la medianoche. Su tiro de gracia se lo dio el propio Irusta Cornet cuando renunció al proyecto y, junto con su productora, se llevó los archivos y el material de video que Videomatch utilizaba como contenido central de su programación. Marcelo Tinelli se dio cuenta de que todo había terminado y le presentó su renuncia a Gustavo Yankelevich, su gerente de programación.

-Aguantá. 

Le respondió Gustavo a Marcelo, y agregó: esperá a que pase el Mundial.

Entonces, Marcelo hizo nacer a la voraz criatura de televisión que luego iría consolidando con los años y reunió a sus colaboradores en una bar cercano a la calle Pavón. Cuando tuvo ahí a sus especialistas (el de boxeo, el de básquet, el de deportes extremos, el de golf), les pidió que sacaran videos de cualquier lado. No importaba de dónde. Una voz se levantó para ponerle un freno: ¿y los derechos? Era Eduardo Husni. Cuando terminó la reunión, Marcelo se acercó a su productor jefe y le dijo: a Husni, echalo. El productor lo templó y Husni siguió trabajando. A todos les quedó claro que no importaban los derechos, ni la calidad, ni la resolución, ni siquiera la veracidad, y mucho menos que fueran videos repetidos. Marcelo, tan argentinamente, ataría todos con el alambre de una supervivencia elemental, seguiría nadando hasta que apareciera una orilla. Marcelo Tato Medina comentaba torneos de skate que siempre ocurrían en las ollas de Anaheim, por más que a veces fueran chicos patinando en Munro. La verdad nunca fue un impedimento para Marcelo. Quince años más tarde, Marcelo va a poner el grito en el cielo contra los programas de televisión abierta que usan videos de otros programas para hacer el propio. Le parecerá desleal, un robo. Son sus vueltas, sus panquequeos: somos vos, Marce. A veces, tan penosamente.

 

 

 

***

 

La primera vez, Marcelo Tato Medina se cagó de risa. La segunda, más o menos. Y un día se hartó.

 

-Soy Tato. 

Le dijo Medina a Tinelli.

-Sos Teto. 

Le dijo Tinelli a Medina.

La diferencia de una vocal cambiaba todo, porque con Tato Marcelo no podía rematar el chiste en cámara como sí podía rematarlo con Teto: agachate que te la meto. La broma, en un hombre que se sentía un seductor como el joven Medina, era destructora de su ego y su sensibilidad. El tipo venía de ser un surfer parecido al modelo de Camel y de golpe su jefe periodístico lo calcinaba al aire con un gastado chiste de salón. Tinelli fue drástico:

-Sos Teto o no trabajás más. 

Teto Medina hizo después un sostenido trayecto frente a cámara a bordo de ese apodo injurioso y se lo debe a Marcelo, a su magnífica intuición de conductor popular y a su olfato para rastrear la sonrisa de su público mediante el recurso nacional del gaste obstinado. Somos vos, Marce. A veces, tan maravillosamente.

Ricardo Bissio es un chico despierto, algo atorrante, eterno amonestado de los secundarios de zona norte, que tiene un programa en la FM de San Fernando donde habla de deportes acuáticos y que viene siguiendo de cerca la carrera de Daniel Scioli, nuestro comentado campeón de motonáutica, a quien ya le hizo unas cuantas entrevistas. La noche en que Marcelo inaugura Videomatch, Bissio está mirando la tele desde su casa.

-A estos tipos les falta un periodista de motonáutica. 

Le dice Bissio a su mujer. Al día siguiente está en la puerta de Telefe, preguntando por alguien de la producción.

Desde su origen, Videomatch fue un piso de código abierto, una especie de televisión al alcance de cualquiera que tenga el carisma suficiente para perforar la última línea de productores y llegar al aire. Con los años, Marcelo irá perfeccionando un extraño talento que consiste en disolver la frontera aire/fuera-de-aire y convertir en producto de televisión a cualquier desprevenido que está parado detrás de cámara, cuyos capitales resultan invisibles para todos, para el mismo desprevenido también, excepto para Marcelo que, como los perros, advierte frecuencias que nadie más advierte. Absorbe, Marcelo: cogotea, se fija y elige con la astucia de los tipos que encuentran incunables en las mesas de saldos.

A Bissio le piden videos, material que poner al aire, se lo piden un poco desesperadamente. Bissio dice que tiene de todo, es decir: miente. Sale de su primera reunión de producción y se va derecho a la casa de Scioli, que lo recibe y le pasa los mismos tapes que Enrique Moltoni relataba en Nuevediario. Al día siguiente, el joven Ricardo Bissio, vestido con saco marinero y escudo, rebautizado por Eduardo Ojeda, productor general, se convierte en Lanchita. Su temperamento de insaciable rompebolas lo va a transformar en la primera estrella inventada, construida, manufacturada por Marcelo: Lanchita Bissio es el personaje inaugural.

En todos estos años, Marcelo aprendió a manejar la cámara como un dispositivo de escritura: el tipo escribe cuando poncha. Le mete un plano a Salomone y Salomone, que es integrante medular de su mesa chica, casado con Celina Robles, hermana de Paula, ex cuñado de Marcelo pero que para la perspectiva artística de televisión no es nada ni nadie, con la cara en pantalla y unos pocos epígrafes en off de parte de Marcelo ya es alguien, ya quedó construido, solo porque quedó dicho: no hace nada, no habla, no canta, no baila ni siquiera hace-de Salomone sino que solo sigue siendo el sujeto que era antes de que un director de cámara ordenara tomarlo porque el director general le ordenó que lo tomara. Y así se construye la literatura de Marcelo, así escribe, con uno que está ahí parado. Después, Salomone sale a comprar cigarrillos y la gente en la calle lo acredita como un artista de la paleta de los medios por más que su bagaje artístico sea del todo inexistente y solo se haya dejado escribir.

El caso más drástico debe haber sido el de César Santomauro, un chofer de Marcelo que un día pasó a dar una mano en producción y otro día salió involuntariamente al aire y otro día alguien lo bautizó El Tortero porque había traído no sé qué tortas al piso y así: toda una televisión construida y determinada por algo que era un chiste y quedó. El arte consiste en saber qué chiste va a funcionar, y cómo hacerle lugar en el espacio del discurso, cómo colocarlo entre las piezas de sonido de un envío masivo, cómo rematarlo, cuándo termina. Angie Arbisu era un productora y asistente a la que Marcelo le descubrió un contrapeso que su programa, cargado de putones patrios y chicas protopornográficas, estaba necesitando: Angie era angelical, una noviecita de barrio. Un conductor tiene a su programa bajo control recién cuando aprende a compensarlo.

El paso evolutivo de una maquinaria narrativa como Videomatch fue, lógicamente, profesionalizarse. Las estrellas de su etapa siguiente son menos producidas por el manotazo espontáneo de Marcelo que por su ojo quieto para verificar comediantes y contratarlos. Toti Ciliberto, Pachu y Pablo y José María Listorti no son una creación al paso sacada de los cortinados. El caso de Listorti lo explica mejor que nadie: llegó por un aviso en el diario, como si se tratara de un trabajo en una oficina del microcentro. Rindió su examen de cásting y quedó contratado. Será, con los años, un ariete de Marcelo en cada área creciente que Ideas del Sur iría desarrollando. Un día, alguien le hará el chiste de que es el segundo hombre de Ideas. Va a terminar conduciendo el programa las dos veces que Marcelo no estuvo en la pantalla.

***

Todavía se llamaba El Show de Videomatch, todavía era un programa en la grilla de Telefe, todavía exhalaba un aire de barra de amigos y todavía Marcelo era un conductor detrás de un escritorio cuando Federico Hoppe, productor de piso, fue ingresado en pantalla. El personaje Hoppe es como una Barbie con accesorios: viene con su vincha de productor, un mic manos libres y dos grandes auriculares que lo revisten de cierto disfraz técnico, estéticamente disruptivo. Como el resto, éste también es un personaje lunar: es decir, recibe la luz refleja de Marcelo y se ilumina solo porque Marcelo ha decidido que se ilumine. Para el año 2000, Hoppe es ingresado en la ronda de chistes con la que Marcelo cierra su programa. Vestido de frac en juego con su handset de siempre, Hoppe cuenta el chiste del marido borracho que entra a la casa y pisa al gato. Risas.

Dos mil cuatro es el último año de Marcelo en Telefe. En 2005 vive su transición en la pantalla de canal 9 y en 2006, ya en el Trece, incorpora un nuevo segmento al caleidoscopio de sus contenidos. Es una idea traída del boom del reality globalizado y acondicionada para la platea local. Se llama Bailando por un sueño y va a poblar el piso de acompañantes casuales, hinchada anónima puesta a levantar carteles, fanaticada amateur donde Marcelo volverá a encontrar la masilla cruda de sus formaciones al paso.

Con la repoblación de su piso en vivo nacerá un nuevo sujeto, el cogoteador, un tipo de sub-celebridad cuya actividad consiste en ganar unos instantes de aire allá en el fondo del cuadro, como un Wally que pide a gritos ser descubierto esforzándose en la tarea del asomo mudo. Lo hacés una vez y no te vio nadie. Lo hacés dos veces, y tampoco. Cuando empiezan a pasar temporadas enteras de cogoteo sostenido, un día te convertís en El Mago Sin dientes, gente que ha mejorado las condiciones de sus contratos sólo por la circunstancia minimal de aparecer, de seguir apareciendo.

Temporada 2010. Marcelo lleva un año separado oficialmente de Paula Robles. Su juego en pantalla consiste en castinear chicas que podrían convertirse en novias eventuales. Marcelo arma su muñeco de novio conceptual para que todos en casa juguemos a votarle la chica perfecta y pone en marcha el clown de su propia circunstancia personal. No es su vida privada lo que se abre en pantalla sino apenas su parodia: soy un chico del interior, los chicos del interior vamos despacio, le dice Marcelo a Fabio Molli, La Mole, que está por bailar en su ya afianzado concurso pero antes le responde: te traje una chica, culeao. Marcelo se acerca hasta la primera línea de personas amuchadas en el borde imaginario del set y vuelve al centro del estudio con una chica de la mano. La chica le canta al oído advertida de su rol. Se llama Patricia Ramírez, la dicen Coki. Comienza otra etapa, la de los personajes que llegan coleando detrás de algún personaje mayor, y que se crean sobre el arrastre, en la estela de movimiento que deja alguien más. Detrás de Ricardo Fort llega Tito Speranza y detrás de Charlotte Caniggia llega DeeJay Piloto y detrás de Xipolitakis llega Peluche. La ficción televisiva norteamericana comprendió hace mucho tiempo que no hay éxito donde no haya buenos roles secundarios, que ningún buen cuento se sostiene sin un buen reparto lateral. Llegó un día en que Marcelo comprendió lo mismo.

Arranca el año lectivo 2016 y la educación privada sale a buscar alumnos al mercado. Las universidades, los terciarios y, en el fondo de la escala pedagógica, los institutos que te hacen terminar el secundario como sea. Ahí está Tito Speranza, el tipo que le cuidaba las espaldas a Ricardo Fort, sonriendo desde el afiche, invitándote a que apruebes quinto con dos o más previas. Marcelo lo peleaba en vivo, aunque en realidad era Marcelo actuando a su viejo goma perdedor alfeñique frente a su platea de veinticinco puntos, treinta. La historia termina con Tito haciendo teatro en Carlos Paz. De todas formas, el experimento más exitoso en 25 años de personajes sacados de la nada sigue siendo Peter Alfonso.

 

 

***

 

Una vez fui al cine a ver Socios por accidente. No es que me haya tocado llevar hijos o sobrinos. De hecho, para que fuera un verdadero experimento cultural, pagué mi entrada. Podría haber ido al estreno de prensa, pero en la butaca de al lado habría tenido a un crítico resentido que no terminó la FUC y que se pasa toda la película saboreando su propio sarcasmo de antemano. En cambio, en una función silvestre de un shopping cualquiera lo que tenés en frente es una película con Listorti y Pedro Alfonso en los roles protagónicos y lo que tenés alrededor es la explicación de por qué algo así es posible: porque Tinelli es un dios de su mundo, es el gran constructor, aunque también hay que decirlo: solo de su mundo, únicamente de su mundo. Cuando salé de él, cuando intenta conquistar otros planetas, ya no es ni tan dios ni tan constructor y ser Tinelli le sirve de poco: le cuentan los votos en la cara y sin embargo Marcelo no ve cuando lo embaucan. Lo embarran en esa extensión de la arena política argentina que es la Asociación del Fútbol Argentino y él no sabe cómo desembarrarse. Finalmente estrena su nueva temporada y en su primer programa mide 36 puntos, en una televisión que descorcha Pommery si de casualidad alcanza los veinte. Unas horas después, renuncia al sueño de ser presidente de AFA, deja de bailar en la pista que no domina. A los 56 años, sigue siendo un hombre poderoso, pero sólo de local. Y en esa cancha se queda. Marcelo dice que se baja del fútbol por motivos personales. Y tiene razón, siempre los sueños, los que se cumplen y los que no, son motivos personales. Si Marcelo ha llegado hasta acá, es porque se corrió de los incendios que supo que no podía apagar. Le vendió a Cristóbal López lo que le quedaba de Ideas del Sur cuando cambió el paradigma político argentino y López dejó de ser un protegido. Suelta la AFA porque aprendió que si no la suelta, la AFA puede devorarlo.

Salís del cine y comprendés que José María sería un comediante formidable si no fuera por el hecho de que no es gracioso. Y Pedro Alfonso, bueno, he ahí el misterio. Ambos son artistas conferidos, es decir, producidos por la exhalación del fenómeno de cultura de masas más importante que ha vivido la Argentina desde la restauración democrática. Marcelo es un brevario de lugares comunes argentinos, una colección de tópicos que nos constituyen o que él nos hizo creer que nos constituyen: el fútbol, los amigos en barra, el poslunfardo. Marcelo ha sabido construirse como un grabado de la autoconciencia nacional y ha hecho de esa construcción, que es esencialmente discursiva, un axioma: así somos, como soy yo. Así soy yo, como somos todos. Si existe un estilo argentino, es decir, una forma argentina de hacer las cosas, entonces todos somos Marcelo. Si existe una forma argentina de enfrentar el éxito y el fracaso, de mirar un culo o de ser padre, entonces todos somos Marcelo. Si existe -que tal vez no pero pongámosle que exista- un prospecto argentino para la vida y las derivas que la constituyen, los amores, los amigos, el trabajo, los hijos, la competencia, el dinero, la forma de gastarlo, entonces todos somos Marcelo. Porque Marcelo nos dice, nos expresa, en sus miserias y sus grandezas, que son las nuestras. Lleva 25 años, Marcelo Tinelli, haciendo una televisión que habla menos de él como sujeto que de nosotros como sociedad y cultura. Listorti metiendo medio millón de personas en las salas es un chiste de Marcelo. Pedro Alfonso encabezando elencos teatrales es un chiste de Marcelo. Marcelo mismo es un chiste de Marcelo. Somos vos, Marce. Somos tu mejor chiste. Tantas veces. Y tan irremediablemente.

 

--fin--