CINE

EL HIPNOTIZADOR

Por Diego Papic

Los estrenos de Alien: Covenant y Blade Runner 2049 traen a la actualidad la vastísima y ecléctica obra de Ridley Scott. Nuestras ideas sobre el futuro y el espacio no fueron las mismas desde la aparición de las dos películas más emblemáticas del director inglés. Y no volverán a serlo.

 

El domingo 22 de enero de 1984 se enfrentaban los Redskins contra los Raiders en el Super Bowl. Durante un tiempo muerto del tercer cuarto, la cadena CBS, que televisaba el evento, emitió una publicidad que cambió la forma en la que los televidentes se relacionaban con los cortes comerciales. Hoy, el público de todo el mundo espera ver los comerciales tanto como el show del entretiempo y el juego, y esa costumbre empezó aquella noche.

Más de 77 millones de personas vieron las imágenes de un futuro distópico, gris, repleto de monitores vigilantes, con autómatas de sexo indefinido que marchaban por túneles en dirección a una pantalla gigante en la que una especie de Gran Hermano hablaba acerca de los beneficios del pensamiento único. La escena alternaba con la de una atleta con shorts rojos, musculosa blanca y un martillo enorme en sus manos, que corría hacia la pantalla, perseguida por un grupo de soldados. Justo cuando Gran Hermano gritaba: ¡Venceremos!, la atleta arrojaba el martillo a la pantalla, que explotaba y llenaba de polvo el ambiente y a los autómatas, que observaban sorprendidos y sin reacción. Entonces, una voz en off decía: El 24 de enero, Apple Computer presentará la Macintosh. Y verán por qué 1984 no será como 1984.

El comercial había sido dirigido por un inglés de 46 años que ya tenía tres largometrajes en su haber, dos de ellos ambientados también en futuros distópicos en los que las corporaciones tenían demasiado poder y experimentaban con la Humanidad. Su nombre era Ridley Scott y esas películas eran Alien y Blade Runner.

Hoy, Ridley Scott volvió a los cines de todo el mundo con Alien: Covenant, la sexta película de la serie, la tercera dirigida por él. Continúa así con el legado de aquella película de 1979 que cambió para siempre el cine de ciencia ficción, el cine de terror y la vida y la carrera del propio Scott.

Si bien la publicidad de la Macintosh había sido ideada por la agencia ChiatDay, el propio Steve Jobs fue quien se acercó a Scott para pedirle que la dirigiera, y sin dudas pertenece a su universo. El Gran Hermano tiene un aire al Dr. Eldon Tyrell de Blade Runner (1982), y el hecho de que sea una mujer la que le hace frente no hace más que recordarnos a la Teniente Ripley de Alien.

Es notable cómo aún en un comercial hecho por encargo, Scott fue capaz de imprimir sus obsesiones e imaginería visual. Que el director de una película es el autor, es una verdad que a esta altura se discute demasiado poco. El caso de Scott es singularmente claro en ese sentido. Pocos directores son tan prolíficos y tan eclécticos siendo a la vez tan coherentes en sus obsesiones e ideas, siempre trabajando con materiales ajenos. Es que el cine es, antes que nada, imagen. Y hasta que un guión no está plasmado en la pantalla, no existe. Y Scott, que estudió diseño gráfico, lo sabe muy bien.

Scott dirigió hasta ahora 24 películas, sin contar comerciales, cortometrajes ni trabajos para televisión, y no escribió el guión de ninguna. Su ópera prima, Los duelistas (1977), estaba basada en la novela corta homónima de Joseph Conrad. La segunda, Alien, la que lo lanzó a la fama, es un caso feliz de creación colectiva: el guión de Dan O'Bannon, la producción de Walter Hill, David Giler y Gordon Carroll, y los diseños únicos, a la vez horribles y hermosos, de H.R. Giger. Y sin embargo, igual que el comercial de Macintosh y que sus otras 23 películas, es una obra de Ridley Scott de punta a punta.

O'Bannon había traído de Europa a H.R. Giger para que diseñara a la criatura y la nave en la que la encuentran. Al productor Walter Hill se le ocurrió que Ash fuera un androide y Ripley, una mujer. Cuando le mandaron el guión a Scott, todo eso estaba definido. A él le encantó e hizo un storyboard de toda la película. Cuando los ejecutivos de Fox lo vieron, quedaron tan impresionados que duplicaron el presupuesto a 8,5 millones de dólares, prácticamente lo mismo que La guerra de las galaxias un par de años antes.

Scott no convocó a Giger, no pensó en androides ni en mujeres. Pero metabolizó todo eso. Así puede verse el espíritu de Giger en algunos momentos de Hannibal (2001), pero también en la importancia que le da Scott siempre al diseño, sobre todo en sus películas de fantasía y ciencia ficción: basta ver el trabajo de Doug Trumbull en Blade Runner y el de Rob Bottin en Leyenda (1985). La idea de los androides y de cuán humanos pueden llegar a ser o parecer está mucho más desarrollada en Blade Runner y también en las dos precuelas de la Alien original, Alien: Prometeo (2012) y Alien: Covenant, de reciente estreno. Las heroínas mujeres, por su parte, vuelven con mayor brío en Thelma Louise(1991) y Hasta el límite (1997). Y, claro, en el comercial de Macintosh.

Scott hizo películas ambientadas en el pasado, en el presente y en el futuro; hizo películas de terror, de ciencia ficción, de fantasía, road movies, thrillers, noir, policiales, históricas, de aventuras, bélicas, comedias y épicas. Solo le falta hacer un western, aunque ya coqueteó con adaptar Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, y Wraiths of the Broken Land, de S. Craig Zahler. En todas ellas demuestra que su norte es la imagen, muchas veces a costa del desarrollo de los personajes o de la historia. Como dijo alguna vez Pauline Kael, es un hipnotizador visual. Si bien ella lo dijo como elogio, obviamente puede ser leído como un reproche.

Sus influencias son el expresionismo alemán (Metropolis, de Fritz Lang, es una película de Ridley Scott avant la lettre) y el cine de su compatriota Stanley Kubrick. No parece casual que Scott provenga de Europa. No tiene los escrúpulos de los directores americanos, más orientados a la narración. No es que Scott no lo esté, no es que haga películas experimentales, ni mucho menos. Pero si uno ve el enfrentamiento final de Harrison Ford y Rutger Hauer en Blade Runner o el asesinato de Andy Garcia en Lluvia negra o la explosión de la nave en Alien: Covenant, puede darse cuenta de que son secuencias en las que lo visual está planeado al milímetro, con imágenes casi barrocas. Recuerdan un poco a las célebres secuencias de Alfred Hitchcock (otro inglés) que funcionan por sí mismas, que son puro a rtificio.

Después de estrenar Los duelistas, que recibió el premio a la mejor ópera prima en el Festival de Cannes, Scott quería filmar una versión de la leyenda de Tristán e Isolda. El proyecto llegó a tener un guión escrito y la Paramount iba a poner la plata. Scott se imaginaba la estética como la de la revista de cómics Heavy Metal: polvorienta, gastada, con cierto tono de western crepuscular, bastante diferente de la onda inmaculada de las películas históricas tipo Barry Lyndon o incluso su propia Los duelistas. Pero un día de 1977 fue al cine a ver La guerra de las galaxias y se dio cuenta de que el look que estaba buscando era exactamente ese y entonces abandonó el proyecto.

Aunque las películas no tenían nada que ver en cuanto al género, a la época, ni siquiera al planeta en el que transcurrían, ambas tenían el mismo aire sucio y arenoso, y eso para Scott era suficiente, porque eso era lo central.

Parece mentira, pero hasta 2012, cuando estrenó Prometeo, Scott no había vuelto a filmar ciencia ficción desde Blade Runner. Bastaron solo dos películas hechas hace 35 años para que su nombre quede ligado para siempre al espacio y al futuro. Este año, con la feliz aparición de una nueva Alien y el ansiadísimo regreso de Blade Runner el próximo octubre, esta vez dirigida por Dennis Villeneuve pero con Scott como productor, el futuro parece haber llegado. En la génesis de toda película suele haber infinidad de nombres, de manos, de idas y de vueltas. Además de Dan O'Bannon, de H.R. Giger y de Walter Hill, se puede agregar a Philip K. Dick y Hampton Fancher, autor y guionista de Blade Runner. Nada habría sido igual si el conductor no hubiera sido Ridley Scott, el hipnotizador.