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EL HOMBRE ORQUESTA

Por Hernn Panessi | Fotos por Nicols Quintela

Muecas, chistes, trucos de magia, música y vergenza ajena, esa kermesse tatuada y caminante que se llama Radagast no para de acumular likes y entradas vendidas. Su vertiginosa trayectoria en la tele tiene un salto cualitativo: un especial para Netflix.

 

En el verano de 1991, en medio del optimismo menemista y la inminente Ley de Convertibilidad, el pequeño Agustín Aristarán le pidió a los Reyes Magos un Scalextric, uno de esos coches en miniatura con pistas a tracción eléctrica. La sorpresa llegó cuando recibió de regalo una cajita de magia de Plastirama, un regalo considerablemente más austero. La serendipia es un descubrimiento o hallazgo afortunado e inesperado que se produce cuando se está buscando otra cosa distinta. Los Reyes andarán con problemas económicos, no sé, le dijo Roberto, su padre. Esa fue su serendipia. A la sazón, Agustín ya tenía una banda, la Baby Jazz Band. Integrada por pibitos de entre 8 y 12 primaveras, era la atracción de los eventos del palo en su Bahía Blanca natal. Y los aleteos de este efecto mariposa, con el tiempo, se empezarían a sentir. Nos enseñaron a tocar jugando, recuerda hoy Radagast, alias de Agustín Aristarán, el mago y comediante que todo lo hace jugando.

Cuando los circos iban a mi ciudad, yo me volvía loco, comenta el tatuado comediante, mientras bebe un café y enseña los escraches colorinches de todas las Tortugas Ninjas Mutantes Adolescentes y de Mrs. Doubtfire, la película dirigida por Chris Columbus en la que Robin Williams se disfraza de niñera. Y aquel error de los Reyes Magos le despertó un nuevo interés: la magia. Hacia allá fue. A los 12 años, mientras cursaba el colegio, su profesora de escritura y su psicopedagoga (Sí, iba a la psicopedagoga porque me costaba mucho prestar atención) lo convencieron de hacer un show de magia. Y, desde ahí, no paró. Me puse de moda por allá no porque fuese bueno: era el único.

Enseguida empezó a escupir fuego por la boca en las esquinas y plazas de Bahía Blanca. Nos mandaban a la policía y siempre tenía que saltar mi papá. Como sugerencia de su madre Inés, Agustín viajaría a Buenos Aires. Tal vez me estaba echando de su casa, no lo sé, bromea. A los 19 ya estaba instalado en un departamento compartido sobre las calles Estados Unidos y Boedo, en el barrio de Boedo, en Capital Federal. Y el camino del héroe siempre tiene sus recuerdos sinuosos: no había un peso ni trabajo ni nada que se le parezca.

Para esa época, Radagast (que ya se hacía llamar así por sugerencia de Manuel, su hermano, en homenaje a uno de los magos de El Señor de los Anillos), saltaba de cibercafé en cibercafé mandando mails para conseguir algo de plata. No la tenía fácil pero de alguna manera se las ingenió. Se había inventado otro personaje: Ricardo Mastrángelo, su representante. Haciéndose pasar por él, Radagast se subía el precio con inteligencia social: si tenía manager no podía ser tan malo. Hasta que una tarde, el teléfono le sonó. Era el mismísimo Jorge Guinzburg.

Quería que participara de la obra Aguante el circo, con dirección del Bicho Gómez. Luego vendría Vacaciones con mala onda, donde conoció a su primer amor, Noelia Cobos. Y a sus 22 años tuvo a Bianca, su única hija. En aquel entonces, el trabajo de Radagast tomaría ribetes internacionales: vendrían shows en Colombia, Perú, Venezuela y Chile. En Ecuador trabajé para un narcotraficante. En el estacionamiento tenía tres Lamborghinis y gente en la puerta con armas. Y dentro de la fiesta, familias y todo normal. Fue muy loco, comenta. Fueron momentos de hasta dos shows por día: Mediodía en Lima y noche en Buenos Aires.

 

 

 

De tanto moverse, Radagast empezó a engrosar sus contactos. Pero ninguno se le acercó a René Lavand, el ilusionista argentino y especialista en cartomagia más importante del país, con quien entabló una especie de amistad. Lavand había trabajado para Pablo Escobar así que ya tenían un par de cosas en común. Y se puso como objetivo ser su discípulo.

¿Qué querés aprender de mí?, le preguntó la leyenda.

Tu filosofía, retrucó el joven.

Me cagaste, cerró Lavand.

Me acuerdo un día en que fuimos a comprar jamón y queso y fue una clase magistral de cómo moverse en el escenario. El piropo que le dijo a la chica de la puerta, cómo le habló al del almacén, cómo pidió los fiambres. Y mientras sumaba millas por el mundo, Radagast no tenía la chance de mostrarse en su país. Era otro plan. Lo invitaron a ser Ronald Mc Donald, la mascota oficial de Mc Donalds, un payaso asalariado. No aceptó. También le ofrecieron ir a un concurso de magia producido por Marcelo Tinelli. Te ganás una heladera y un lavarropas, vení que el concurso es tuyo, le dijeron. Tampoco.

¿Y qué pensabas que iba a pasar con tu carrera?

Nunca lo tuve muy en claro. Nunca tuve objetivos. Por ahí digo una boludez pero, ponele, a mí no me gusta el fútbol. Y no tengo adentro esa cosa de querer ganar. Por eso nunca competí con nada. Un día, un mago amigo me dijo: Vos no tenés que ser el mejor de todos, vos tenés que ser el mejor Radagast. Yo siempre fui con esa. En un momento no me tenía fe y dejé salir al pendejito que llevo adentro.

Aquel pensamiento lo mantuvo en eje. Y sumó a su habitual rutina un final que hacía cuando era chico: un sprint con chistes físicos, trucos de magia con estirpe callejera, zapatos de payaso y cierre con papelitos. Esa misma rutina la sostiene hasta hoy, cuando acaba de grabar un especial para Netflix (Soy Rada, que saldrá este año), ya llenó 40 Teatro Metropolitan (de enero a noviembre de 2017, todos los viernes ininterrumpidamente), hizo 72 funciones de gira nacional, 10 presentaciones en Chile y una participación en charla TEDx sobre su propia historia. El aplauso que recibí la primera vez que lo hice fue sarpado.

Curiosamente, su espíritu libre encontraría foco sobre los caireles del 2.0: Instagram. Fue ahí donde pudo desarrollar su comedia y llegar a conquistar al público local. Sin calendarios ni jefes. Ahí hago lo que quiero con libertad, apunta. Llegué a la televisión desde las redes porque creo que hoy son mucho más potentes, dispara. Ya pasó por ¿En qué mano está?, con conducción del Chino Leunis y Soy Rada Show, ambos para Telefe, y La culpa es de Colón, para Comedy Central. Antes de eso, llegó su primer viral. En un viaje hacia Bahía Blanca, Radagast prende el móvil, le da rec y se pone a gritar y hacer caras mientras suena Greenlight de Pitbull. A su lado, Bianca, su hija, le hace muecas que van de la ternura a la vergenza. Aquel experimento homemade fue levantado por cientos de sitios de humor y, entretanto, comenzó a engordar súbitamente sus redes sociales. Hasta ese momento, solo usaba las redes para promocionarse, pero fue el comediante Federico Cyrulnik quien le dijo: Vos tenés que jugar en Instagram.

 

 

 

Chuny, Cristóbal Joropo, Simba y otras creaciones sumadas a sus temitas juguetones con Dread Mar I (¿Y si hacemos un muñeco?, cover infantil de la película Frozen logró millones de visitas en YouTube) solidificaron lo que soñaba: jugar. Me empecé a enviciar un poco con la cantidad de seguidores, likes y todo eso; después se me pasó, reconoce. No obstante, el video que más logró llamar la atención fue el que su novia, la standupera Fernanda Metili, ante la demanda de vacaciones de Radagast, le devuelve con el sonido de la playa: ¡¡¡Hay agua mineral, Sprite, Coca, bebidas frescas, Coca, a los pastelitos, caseritos, de membrillo y de batata, hay bolas de fraile, rellenas, hay churro, a los pirulines, hay churro, churro!!!. Y ese video se convirtió en su contraseña a la popularidad digital: viajó hasta por WhatsApp y la cosa se le fue de las manos.

A esta altura, la etiqueta de mago ya le queda chica. Mi mamá me mandó a teatro, baile, máscara neutra, pantomima, todas herramientas que hoy me sirven para hacer un show más ecléctico. Todo lo que hace es un acá estoy, mírenme, quiero entretenerlos constante. Radagast es un payaso.

¿Qué creés que pasó con tu carrera?

En las redes me empezaron a recomendar y, bueno, pasó lo que pasó. Igual, lo más loco hasta ahora es que el otro día fui a la rotisería con Bianca y me regalaron una pata y muslo. Mi hija me dijo: Papá, ya sos famoso.