REFLEXIN

EL MOVIMIENTO SEXUAL CONSERVADOR

Por Hugh Hefner

50 años después, el Partido Republicano estadounidense se enfrenta a su propia revolución sexual. Ya era hora.

Cada cuatro años, una nueva variedad de candidatos presidenciales conservadores irrumpen en los dormitorios americanos para vigilar qué hacemos y con quién lo hacemos. Este tipo de políticos, ansiosos por satisfacer a sus votantes religiosos, hacen campaña sobre promesas de abolir el acceso al control de la natalidad, prohibir el aborto, aprobar leyes discriminatorias anti-gay, y regular o directamente prohibir cualquier estilo de vida o preferencia que no se ajuste a su cruzada cristiana por eliminar cualquier actividad sexual que no esté orientada hacia la procreación. Durante estos 50 años desde el triunfo de la revolución sexual, he observado personalmente esta pelea una y otra vez: candidatos conservadores pisoteando nuestra libertad sexual para llegar a la Casa Blanca.

Este año, ningún candidato agitó la bandera de la represión sexual tanto como Ted Cruz. El senador de Texas ha dedicado toda su carrera política a forzar su agenda puritana en nuestra vida sexual. Durante su mandato en el Senado, propuso la prohibición del DIU y otras formas de control de natalidad a las que se refiere como drogas de aborto inducido, con el argumento de que las mujeres no necesitan esos métodos porque no hay escasez de látex en América. Se dedicó a atacar las leyes que protegen a las mujeres de sus empleadores en casos de despidos por usar métodos de control de natalidad, se ha opuesto al aborto incluso en casos de violación o incesto, propuso una enmienda para prohibir matrimonios entre personas del mismo sexo y apoya todo lo que sea anti-LGTB. El año pasado llegó a querer orquestar un paro en el gobierno a menos que se desfinanciara a la Federación de Planificación Familiar y llegó a prometer que si fuera presidente, mandaría a investigar a la ONG como una empresa criminal.

Sin embargo, la fijación fanática de Cruz sobre nuestras vida sexual no le permitió ganar la nominación por el Partido Republicano. Las encuestas muestran que los votantes vieron en Cruz a un candidato demasiado conservador con el que no compartían sus opiniones sobre el sexo, la diversidad sexual y los derechos de las mujeres. En lugar de Cruz, el hijo de un pastor, los votantes se inclinaron por Donald Trump, un empresario neoyorkino que se casó tres veces y que alguna vez organizó el concurso Miss USA. Es un signo de los tremendos cambios en el partido de los valores de la familia y prueba de algo que he visto construirse en los últimos meses: una revolución sexual en el Partido Republicano.

Este movimiento sexual conservador en crecimiento tiene algunas implicaciones. Después de perder dos elecciones consecutivas, el núcleo conservador se ha dado cuenta de que ha llegado la hora de que el partido deje de hablarle a un grupúsculo de fanáticos religiosos como si fueran la mayoría y rendirse en esta guerra perdida por suprimir nuestros derechos sexuales. Las encuestan muestran que la mayoría de los republicanos moderados están a favor de la legalización del aborto (pro-choice), aceptan el matrimonio gay y apoyan a políticos que comprenden que hombres y mujeres son libres de tener sexo sin ningún interés en casarse. El escritor Michael Lind ha instado últimamente a los conservadores a dejar de lado esos proyectos utópicos que incluyen la contra-revolución sexual. Lind señala correctamente que si existieran, son pocos los gurúes conservadores o republicanos electos que realmente creerían que se puede regresar a las normas sexuales de los años 50 en los Estados Unidos. Y en la Convención Nacional Republicana de este año, un grupo organizado y poderoso de algunos de los mayores financistas del partido, que se llaman a sí mismos American Unity Fund, planea empujar al partido para que se incluya el matrimonio entre personas del mismo sexo en la plataforma oficial del partido notablemente lejos de la previa, que describe al matrimonio gay como un atentado a las bases de nuestra sociedad. Jerri Ann Henry, del AUF, ha dicho que ese alejamiento del fanatismo religioso que definió al GOP (Grand old Party, sobrenombre del Partido Republicano) por décadas es imprescindible si el partido quiere persistir en los años que vendrán.

50 años de progreso pasaron frente a las narices del partido mientras sus principales políticos le hablaban a una minoría de fanáticos religiosos. Cuando escribí The Playboy Philosophy en los años 60, advertía que no hay lugar más obvio para observar esta absurda alianza entre el Estado y la iglesia que las cuestiones sexuales. Y aunque esa alianza muestra señales de fractura, debemos estar atentos. No todos los conservadores están dispuestos a reconocer que han perdido esta guerra. El gobernador de Utah, Gary R. Herbert, ha firmado un proyecto de ley para declarar a la pornografía un peligro para la salud pública. Los gobernadores de Mississippi y Carolina del Norte firmaron leyes promoviendo la discriminación hacia la comunidad LGTB. Y continuarán los ataques en todo el país hacia Planificación Familiar mientras los políticos evangelistas intentan burlar la jurisprudencia de Roe v. Wade (sobre los abortos producidos en caso de peligro de muerte de la madre) con legislaciones diseñadas para olvidar el acceso al aborto.

Ya hemos ganado estas batallas, y las volveremos a ganar. Estas son las últimas escaramuzas de un ejército en retirada. Los norteamericanos han rechazado a estos fanáticos y han peleado por proteger los derechos de las mujeres, los derechos reproductivos y nuestro derecho a la privacidad. Más del 60% de la población, según una encuesta reciente, ve moralmente aceptable que una pareja tenga un hijo fuera del matrimonio y que dos personas del mismo sexo formen pareja. Cerca del 90% opina lo mismo del control de la natalidad. No es una sorpresa. Ganamos la revolución sexual; simplemente, les ha tomado 50 años aceptar la derrota a los republicanos. Ya es hora de que abandonen nuestros dormitorios y cierren la puerta tras ellos para siempre.