INFORME

EL REFUGIO

Por Victoria Meli | Fotos por Ramiro Ribas

Lana y Majb escaparon de la guerra en Siria y encontraron la solución a su vida en peligro en la Provincia de San Luis. Historia de una pareja de jóvenes que dejaron de correr de las explosiones y ahora descansan en una tierra que ya aman.

 

En Siria existe una regla: cuando cae una bomba hay que correr, porque cinco minutos después cae otra en el mismo lugar. El inglés que habla Lana no tiene vueltas: ¡Run, run!, hay que correr, es lo que dice, y lo cierto es que no hay otra opción. Lana habla en inglés, pero pronto lo hará en el idioma de su nuevo hogar, la Argentina, y más precisamente la provincia de San Luis. Junto a su marido, Majb, dejaron Siria los primeros días del mes de febrero. La gobernación, bajo el organismo público provincial Corredor Humanitario (creado con el fin de colaborar en la resolución de la problemática de los refugiados), les dio un departamento en las residencias de la Universidad de La Punta, un trabajo (Lana se incorporó al plan Pinta bien, Pinta San Luis) y una profesora de español. Son los primeros refugiados sirios que recibió la provincia de San Luis de un total de 13 personas que ya están instalados allá y más de 1000 refugiados repartidos en diferentes partes del territorio, casi 200 de ellos bajo el Programa Siria, de la dirección nacional de migraciones. En 2016, Argentina se comprometió a recibir 3.000 refugiados en un plan a largo plazo.

Las cifras de los seis años de guerra en Siria son desgarradoras. Sobre una población aproximada de 18,5 millones, cerca de 450.000 personas han muerto y 1,5 millones resultaron heridas. Un tercio de las víctimas mortales son civiles. La guerra ha provocado 5 millones de refugiados y entre 6 y 8 millones de desplazados internos. Turquía es el principal país de acogida con 2,7 millones y la Unión Europea recién ha dado refugio al 3,5 por ciento de los 160.000 refugiados que acordó recibir en 2016.

Suelo nuevo, vida nueva

Durante un año, Lana y Majb habían estado preparando su salida de Damasco. Lo primero que hicieron fue vender el departamento en el que vivían en el barrio Bab Tuma (Santo Tomás, por el apóstol de Jesús: Damasco es una ciudad bíblica) por el valor de los pasajes a Argentina, unos 3 mil dólares. La madre de Lana, que vive en Estados Unidos, se contactó con un hombre, que a su vez contactó a otro hombre en Argentina, quien los ayudó a conseguir una cita en el consulado. Allí fue donde tramitaron su visa por un año.

Tuvimos mucha suerte porque días después de la venta cayó una bomba en la casa, cuenta Majb entre risas y gritos. Hasta que llegó el momento de viajar, vivieron en la casa del padre de él. Mientras, iban vendiendo sus cosas, haciendo plata como podían, tratando de no ser alcanzados por una bomba, una granada, una bala. Cada día que pasaba, sentían que podían morir.

-Era todo tan peligroso, no había ninguna esperanza. Hay mucha gente que no murió y que está sufriendo. No teníamos sueños ahí. Nuestro único sueño allá era tener un trabajo para juntar dinero, poder irnos y estar a salvo-, dice Lana.

Majb es chef, tiene 30 años. Nació en Damasco, la capital de Siria. Es alto, fornido y tiene el cabello casi rapado, lo que deja al descubierto una incipiente calvicie y cuatro piercings que lleva en una de sus orejas. Tiene el típico corte de barba árabe: bigotes tupidos que bordean la comisura del labio superior y descienden, afinándose, hasta reencontrarse nuevamente en la punta de la pera para formar una línea recta ascendente hasta la mitad del labio inferior. Sonríe mucho, todo el tiempo, sonríe hasta cuando la sonrisa no amerita. Si bien habla inglés, su acento está cargado de su lengua madre, el árabe, un idioma dominado por las consonantes, donde el sonido de la p es cambiado por el de la b. Eso dificulta la inmediata comprensión de lo que dice, y varias veces es obligado a repetir. Pero él sonríe, todo el tiempo, sin importar la cantidad de veces que tenga que relatar el mismo fragmento de su vida en Siria.

Mientras cuenta, fuma un cigarrillo detrás de otro. Habla con el cuerpo, gesticula, mueve constantemente las manos. No se queda quieto. La musculosa blanca que lleva puesta deja al descubierto nueve de sus once tatuajes, los otros dos los tiene en las piernas. Todos son símbolos cristianos. Porque Majb es cristiano, una condena con sello maldito para quienes viven en Siria. Los cristianos no pueden ser ni presidentes, ni gobernadores, ni ministros. Según él, en Siria, si sos cristiano no podés ser nada.

Lana también es cristiana. Nació en un pueblo cristiano de los suburbios, a una hora de Damasco, hace 26 años. Durante diez vivió en la capital, donde conoció a Majb y donde, tiempo después, se casaron. Es morocha y menuda, de rasgos delicados, tez clara, nariz pequeña, ojos proporcionados, pestañas abundantes y oscuras, sonrisa tímida. Como su marido, también sonríe todo el tiempo, hasta cuando no amerita. Es artista plástica, pero durante sus últimos cinco años en Siria no pintó nada, porque los materiales eran muy caros. Para sobrevivir y ahorrar plata para la partida hacía artesanías y accesorios de moda. Además, durante seis años trabajó como voluntaria para la Cruz Roja.

Era muy difícil estar ahí con la gente muriéndose todo el tiempo, pero nosotros tratábamos de ayudar. Cuando caía una bomba, la gente generalmente se tiraba al suelo, y nosotros salíamos corriendo de la casa a decirles: ¡Salgan, salgan!, y le hacíamos primeros auxilios a los que podíamos porque ya conocés la regla: a los cinco minutos cae otra, y hay que correr.

La guerra y la paz

En marzo de 2011, inspirados por la Primavera Árabe, un grupo de jóvenes que habían pintando consignas revolucionarias en un muro escolar en la ciudad sureña de Deraa, Siria, fueron arrestados y torturados por las fuerzas de seguridad. Esto provocó manifestaciones populares pidiendo más democracia y derechos para la población. Meses después, las protestas llegaron a todo el país, exigiendo la renuncia de Bashar al-Asad. El conflicto se había convertido en más que una batalla entre aquellos que apoyaban a al-Ásad y los que se oponían a él. La controversia arrastró a las potencias regionales e internacionales, lo que sumó otra dimensión al conflicto: cada parte tenía sus propios intereses.

Desde 2014, Estado Islámico o ISIS -el grupo terrorista islámico que controla parte de Irak y Siria, en lo que ellos llaman un "califato"-, en su afán de expandirse, creó una guerra dentro de la guerra, lo que sumó al conflicto la pérdida absoluta del más mínimo respeto por la dignidad humana.

El desierto arábigo tiene un tercio de las reservas de petróleo de todo el mundo y también de gas natural. Para sacarlo de ahí y llevarlo a Europa hay que rodear toda la península y salir por el canal de Suez, pero ahí cobrarían por eso. Pero hay otra manera más fácil, la línea recta, que atraviesa Siria y tiene salida a la costa oriental mediterránea. El que controle esa salida se convierte en el dueño de casi todo el petróleo de Medio Oriente.

Cuando te dicen que Rusia pelea para salvaguardar a los cristianos es mentira porque no hay ningún cristiano huyendo a Rusia; los rusos pelean para los musulmanes y por el petróleo, explica Majb.

Un gran porcentaje de la población siria no se quiere ir de Siria. Según Majb, la gente ama Siria porque crece con un libro que les enseña a amar Siria, amar a al-Ásad, odiar Estados Unidos, odiar Israel.

Todos se van a pelear a Siria. ¡¿Why Syria?!, gritan juntos.

Antes de la guerra, Damasco olía a jazmines. Ahora huele a bombas químicas.

El olor es permanente, se huele todos los días, porque todos los días caen 20 bombas en todas las provincias, en Alepo, en Damasco, en todo Siria, dice Lana mientras fuma uno de los cigarrillos de Majb y la cámara solo toma la mitad de su cara. Si bien la mala conexión le resta nitidez a su expresión, el relato se encrudece cuando mira, y se contradice con la sonrisa que concluye el final de la oración.

Hoy en Siria solo hay agua y electricidad dos horas al día, por eso intentaban permanecer todo el tiempo posible en su casa. En ese lapso tenían que cargar sus teléfonos, laptops, tomar agua, darse una ducha.

En el Damasco de los jazmines, por las calles de Bad Tuma cada noche de invierno Lana y Majb salían a caminar. Su situación laboral siempre fue precaria, desde mucho antes de la guerra, ya que resultaba muy difícil conseguir un trabajo sin contactos importantes y siendo cristiano. Como no tenían plata para ir a un bar, compraban una botella de vino barato y la tomaban mientras caminaban, escondiéndose de la gente musulmana, porque el alcohol está prohibido en el Islam.

Antes de llegar a Argentina, tuvieron planes de refugiarse en Alemania, donde actualmente vive la hermana de Majb. Para poder entrar a Alemania como refugiada y conseguir un trabajo tuvo que hacerse pasar por musulmana, lo que significó y sigue significando un enorme peligro, ya que ella también es cristiana. Es por eso que Majb tuvo intenciones de ir a rescartarla, pero le resultó imposible a causa de los tatuajes cristianos.

Yo tengo amigos que nunca se irían de allá, dice Majb. En Siria mucha gente se quedó con una foto que ya no existe. Por un lado, la gente de Bashar al-Asad dice: Nunca vamos a irnos de Siria. Y la gente de la milicia, también: Nunca vamos a salir de Siria, Siria es nuestra. Y nosotros con Lana decimos: Jódanse, nosotros nos vamos, arremete, mientras hace fuck you con su dedo medio.

Los primeros días de febrero también tuvieron miedo, pero esta vez el motivo era distinto: era la primera vez que iban a subirse a un avión. Las escalas fueron Beirut y Sao Paulo.

Cuando salieron del aeropuerto de Ezeiza, cobraron dimensión de lo grande que es el territorio argentino. La provincia de Buenos Aires tiene casi el doble de superficie que Siria.

Los primeros diez días se hospedaron en la casa de una familia en el barrio de Belgrano, en Capital Federal. Ellos les compraban la comida y todo lo necesario, porque vinieron solo con 100 dólares. La dueña de casa les propuso ir a la iglesia San Jorge. Cuando llegaron a la misa y el cura habló en árabe, se pusieron a llorar. Muchísimo. Luego de la misa, el cura se les acercó y les preguntó por qué lloraban, y ellos se miraban anonadados, alguien les estaba hablando en árabe.

Unos días después, el cura los visitó junto con Liliana Scheines, la coordinadora del Comité de Refugiados de San Luis. Liliana les contó del programa para refugiados de la provincia, donde enseñan el idioma, dan una pequeña casa y ayudan a conseguir un trabajo.

Liliana sonríe todo el tiempo, ella quería que nosotros fuéramos felices. Ahí aprendimos cómo ser felices y aprendimos a ser más seres humanos, a ayudar a otros sin conocerlos. Alguien hizo algo por nosotros sin nada a cambio. No pueden imaginar lo que amamos Argentina, dice Lana.

Majb se disculpa de antemano. Conoce la situación que están pasando muchos argentinos, sobre la falta de trabajo, sobre la plata que no alcanza. Por eso se disculpa, porque el gobierno les dio una casa, los ayudó a conseguir un trabajo, les puso una profesora de español y se encargan cada día de que ellos se sientan a gusto. Se disculpa y pide comprensión, porque si aquellos que no comprenden todo esto que están haciendo por ellos hubiesen vivido su vida en Siria, lo entenderían. Porque la guerra no es vida, no hay vida, la guerra es el peor fracaso humano.