LIBROS

ES TODO, TODO TAN FUGAZ

Por Paula Puebla

En Black out, la escritora y periodista María Moreno compone una autobiografía barroca y difusa, inundada en sangre y alcohol. Poderosa. Una mujer que bebe como un hombre y escribe como ninguno.

 

¿Por qué se me aceptaba entre aquellos que me llamaban la profesora y de los que siempre recibí un respeto protector? ¿Porque era rubia (relativamente), pertenecía a otra clase social, porque estudiaba? ¿O porque en el bosque de la noche no se hacen preguntas? Pero las damas no suelen beber tanto alcohol de cuarenta grados, al menos en público. Así habla María Moreno.

Consecuencia lógica de una sólida trayectoria como periodista, crítica cultural y narradora, y fiel a su afición de intervenir sobre múltiples estilos, Black out (Literatura Random House, 2016) se conforma como un texto que se bate a duelo contra los imperativos más rapaces de la literatura del yo. Entre el género -siempre prometedor y taquillero- de la autobiografía, la memoria, el diario íntimo, la ficción y el microensayo, Moreno construye un libro donde los matices testimoniales no cruzan el cerco de lo confesional, donde la línea entre lo verdadero y lo verídico, lo vivido, lo imaginado y lo recordado se afina hasta hacerse imperceptible. Black out responde a la tradición de la pulsión barroca de su autora y ofrece un recorrido -por momentos animado y por otros opaco- por un Delta único y personal formado por brazos de sangre y ríos de alcohol. Y es a través de esa alquimia que María Moreno entreteje momentos de su vida hasta dar con el continuado de la experiencia, acompañada por una jauría de hombres muertos que aportan un sentido subcutáneo de duelo a las páginas del libro.

Lejos de la orilla pueril de la literatura del reviente -donde el uso de las sustancias deambula entre la apología y la excusa de una tardoadolescencia en la década ganada- y en oposición al registro complaciente de adicción y de cura de Hasta que puedas quererte solo de Pablo Ramos, en Black out la presencia del alcohol es una constante vital y ordenadora. A veces como profilaxis, a veces como granada y otras como trinchera, María Moreno hace del alcohol un elemento que atraviesa la historia, sin despreciar ninguna de sus variantes narrativas, y construye pieza a pieza no solo una aproximación a su autorretrato sino también un cuadro de época. Criada en el barrio de Once de los años cincuenta, la hija de una madre química en guerra eterna contra los microbios y un padre fotógrafo que bebía con las fauces de la ferocidad, deja la escuela a la edad de quince y comienza a ir al bar de la esquina, a aprender los ritos varoniles que pronto serían liturgia: Yo tomaba a fondo blanco con repugnancia pero ya disfrutando del fuego áspero en la garganta y de una calma embotada, agradable. La ginebra perfumó el paso de la niña a la Lolita, y de la Lolita a la mujer. Comencé a beber para ganarme un lugar entre los hombres, afirma la versión de María Moreno ya adepta al circuito de los bares de la bohemia porteña de los años sesenta y setenta. Ya lectora, ya periodista y consagrada varonera, el folclore de la bebida en Black out no se extiende sobre la retórica común de una épica alcohólica, sino sobre su dimensión ética.

Las entrañas del Alex Bar, La Giralda, La Paz, el BárBaro y las horas de trabajo en la redacción: María Moreno concede estos escenarios al territorio de la masculinidad y en los muchachos, los compañeros, los dueños de mesa y los mozos, esboza sus modelos de hombría, y es su padre -bebedor voraz y cómplice de chanzas- el primer gran varón. Sobre ese antecedente, la participación y la influencia cimarrona de Miguel Briante, Norberto Soares, Charlie Feiling y Claudio Uriarte en la vida de Moreno no pueden considerarse casuales. Ellos conjugaban las afinidades culturales de una generación en sus roles de jóvenes escritores, periodistas y críticos que elegían trabajar sobre los márgenes del canon pero dentro de los confines del bar. Las lecturas compartidas, las discusiones y los textos eran el común denominador siempre que hubiera bebida de por medio, como si el contagio del conocimiento fluyera garganta abajo: Nosotros bebíamos ginebra porque queríamos escribir; ya comprendíamos que en nuestra literatura la ginebra es estructural: beberla nos hacía pertenecer y los personajes de los cuentos que escribíamos bebían ginebra cuando todavía nos pedíamos recios y perdedores y nuestra poca monta social era un orgullo de malos ficticios. En la virilidad, el alcohol; en el alcohol, el logos.

En esos términos, la feminidad aparece como la diferencia que impone la naturaleza, como el eros prepotente e inevitable, a través de la sangre que mana de un cuerpo que comenzó a menstruar tarde, con dolor, sin ritmo y a raudales. Las hemorragias son el segundo elemento en la alquimia de este potlach biográfico y son las que abochornan a la joven Moreno feminista, vestida de pantalón blanco, sentada entre varones: Sentí bajar la sangre con una copiosidad nueva, la vi gotear en el suelo, bajo mi silla. Me callé. Mi ánimo igualitario se derrumbó en una vergenza y una desesperación que impedía toda confesión y sólo quería pensar en levantarme sin que me vieran. Black out se arriesga a desarticular el cliché del yo femenino literario -entre lo inocente y lo sensual- con un yo protagónico sangrante, oloroso y alcohólico. Dama y ogresa, igual y diferente, violenta y pasiva, María Moreno describe en esas alianzas de bar la forma de vincularse con los hombres más allá del sexo y de la castidad, pero más acá de la patria del alcohol y a pesar de la gauchesca de su sangre. No hay un ademán victimizante; por el contrario, lo que se advierte es cierto floreo de privilegio de género: Cuando bebo, de la boca a la mano y de la mano a la boca, yo no hago más que ejercer mi libertad [...].

Black out puede leerse como testimonio periodístico de época, como genealogía, como declaración de principios, como un concatenado de epitafios de esos compañeros que ya no están. Los textos son fragmentos de vida en tanto son recuerdos de los hechos que sobrevivieron entre borrachera y borrachera, y el black out -ese limbo alcohólico que, paradójicamente, ennegrece la memoria hasta dejar espacios en blanco- se consagra título e ineludible primer editor. Pero el libro también puede abordarse como una novela retrospectiva, de introspección y de búsqueda, cuya primera y última pregunta es exactamente la misma: ¿quién es María Moreno? Es la única mujer capaz de sostener el trago como un hombre. Es la que llora un Delta por la muerte de su padre. Es la amante más fiel, la amada vitalicia. Es la que toma para enamorarse y luego para resistir. Es la que nunca pifia en la concordancia de las enumeraciones sin fin de sus textos. ¿Es todas, algunas o ninguna? ¿Es su propia mitología? Moreno dialoga con su pasado para dilucidar cuál de todas las Marías posibles habitan el presente y, hacia el final, en otro intento de retirada de la pasarela del alcohol, se interroga sobre su propio destino: Después de todo tal vez sí quiera ser una dama, y las damas no se matan copa a copa, sino disparándose un tiro con una pequeña pistola con mango de nácar.