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ESAS RARAS SUPER 8 NUEVAS

Por Corinne iozzio

J. J. Abrams no usa cámaras digitales. Tampoco Quentin Tarantino ni Christopher Nolan. El film, el celuloide, dicen, se siente más cálido; y su apariencia granulada, más artística. Pero filmar en celuloide es un bardo: no perdona errores y consume tiempo. Son ventajas y lecciones que muchos directores aprendieron cuando eran adolescentes, tenían acné y filmaban versiones de bajo presupuesto de Cuenta conmigo en el fondo de sus casas, haciendo uso de las cámaras Super 8 de sus padres. Hoy, Kodak vuelve a apostar a su clásico artefacto lo-fi, lanzado originalmente en la primavera de 1965, pero con mejoras hi-fi: dividida entre la herencia y la modernidad, la nueva Super 8 (que estará disponible pronto, prometieron, por una suma cercana a los 750 dólares) va a grabar en un cartucho de film como hizo siempre, con la diferencia de que luego Kodak lo podrá transformar, a pedido del usuario, en un archivo digital. El costo de este proceso, se supone, va a estar incluido en el del cartucho, que rondará los 75 dólares. La cámara en sí va a incorporar un visor expandible y controles para ajustar la exposición y la velocidad de la película. En un mundo obsesionado con Instagram, la reinvención de la Super 8 es un movimiento audaz de parte del gigante de la fotografía, que lo ubica con un pie de cada lado de la curva de la adopción tecnológica (¿por qué elegir entre la NASA y SpaceX si se puede tener a ambos?). La aparente perfección conceptual se completa con la estética: el diseño de Yves Béhar es una pieza de arte retro pop que parece craneada por una mente ochentosa. No nos extrañaremos si termina protagonizando más videos virales y spots publicitarios que los que puede filmar.