MSICA

ESPRITU INDIE

Texto y fotos por Juan Ignacio Archaga

Desde su viaje al Cosmos, Maxi Prietto es un referente de la movida independiente. Y con Los Espíritus ha ido más allá. Trenes, bajón, psicodelia y ritmo en canciones que pegan.

 

Maxi Prietto no es una estrella de rock. Tan sencillo como el moreno petiso con eléctrica cabellera que se acerca por la calle Cucha Cucha hasta un bar peronista de La Paternal, y se muestra sorprendido por la entrevista con Playboy. Sin falsa modestia. El vocalista y guitarrista de Los Espíritus es un referente de eso que a menudo llamamos indie y que renovó buena parte de la escena rockera nacional del nuevo milenio. Su apego a tener una relación directa con el público, ese mandamiento de la tradición del hacerlo por uno mismo, le impiden ser una estrella. Una renuncia a conciencia.

Prietto acaba de cerrar la gira por toda la Argentina, Colombia, Uruguay y México, adonde llevó las canciones de Gratitud, el aclamado segundo disco de su banda. Los Espíritus estuvieron en los suplementos culturales de todos lados el año pasado, como la banda revelación que revitalizó el modo de hacer blues y rock en Argentina. Su componente secreto se trasluce en ese disco inesperado: un trance psicodélico y selvático logrado en gran parte por sus bases rítmicas, grabado en un estudio improvisado y masterizado por Mario Breuer, el hombre detrás de la mesa de mezclas de varios de los discos más importantes del rock de acá. Gratitud es quizás el punto máximo de consideración de este hacedor de canciones que hace más de 15 años viene armando y compartiendo una escena distinta.

Corrían los tiempos del trueque, las ollas populares y la embestida piquetera, y Maxi vivía una explosión creativa: sacó cinco discos en un año. Las canciones a veces me vienen a buscar, explicará más tarde respecto de cómo su mente toma automáticamente todos los elementos y los transforma en una frase para algo. Oriundo de San Francisco Solano, donde paseando por las ferias de electrodomésticos desvencijados y sopas paraguayas cogió la erre pastosa que canta hasta hoy, hacía la nocturna en Capital y trabajaba en El pibe de las golosinas, el mayorista que su padre tenía en Florencio Varela. Detrás estaban los kiosqueros, los vendedores ambulantes, los nenitos de los trenes; muchos tenían mi edad y me preguntaba por qué ellos no eran yo y yo era yo. Mi vieja se había comprado una compu y empecé a grabar; hice el ejercicio de escribir todas las letras en los trenes. Vivía dos mundos que se encontraban en Constitución y que configuraron su universo creativo:

La diferencia entre Capital y Provincia me parecía enorme: los conceptos, los valores, las necesidades cuenta jugueteando con la barba. Y no me podía sentir identificado con ninguno de los dos. En el subte veía toda la gente más de oficina, con olor a perfume, gente que no se mira; y en el tren, esa gente que se habla de asiento a asiento y que se termina sentando junta y se caga de risa, que no ve una enemistad en el que no conocen; una mujer sola con seis hijos que tiene un quilombo tremendo; el tipo que entra a vender chocolates; los que venden birra medio de canuto; los piquetes, el tren que se frena porque un tipo se suicidó.

Entre el bamboleo de los vagones y el ruido de las locomotoras nació Vía Temperley, uno de los primeros discos del Maxi lo-fi que reúne las historias de esos pasajeros, que, como un Iggy Pop del conurbano sur, te invita a viajar.

 

Ese disco perdido le merecería más tarde un mail lleno de felicitaciones de su amigo de la secundaria y actual pareja compositiva en Los Espíritus, Santiago Moraes. Pero antes, alrededor de 2005, Maxi sufriría tal vez su peor año. Uno que le cambiaría su manera de pensar. Un incendio en su casa, una novia que se fue, la pérdida del padre. Una combustión lenta que terminó por invertir la pregunta: ¿Quién soy yo que no podía pasarme eso a mí?. Pero para llegar hasta ahí debió darle rienda suelta a su angustia y trazar la melancólica psicodelia que se escucha en Prietto viaja al cosmos con Mariano, banda de guitarra y batería, con la que conquistó el under porteño y hasta las radios mexicanas. Prietto le encontró allí el gusto a la agonía y vomitó quizás su canción más transparente: Monstruo, una catarata de pálidas deprimentes que él mismo se preguntó quién querría escuchar.

Hasta que enganchó un video de Youtube en el que un acompañante de pacientes terminales, al que en el período de un año se le habían muerto siete familiares y amigos, contaba el descubrimiento de una obra de Brahms que lo sumía en la depresión. Trataba de salir, de divertirse, de eludirse y no podía. Se quedaba a la noche con una bebida de su gusto, ponía la obra de Brahms y se largaba a llorar como perro. Esa rutina lo llevaba al corazón de sus problemas y, a través de ese método explica Maxi pronto a darle un buen sorbo a la cerveza que se calienta en la mesa, de alguna forma, se curaba: Capaz, `Monstruo tiene algo así, capaz le sirve a alguien escuchar los tres minutos que dura la canción, pasarla mal y conectar con algo sobre lo que no se puede hablar. La música tiene esa magia.

Sin embargo, no fue esa la canción que los llevó a tierra azteca sino la embriagada y melancólica Av. Corrientes, que sonó en la radio Reactor del DF y se convirtió en un discreto hit- luego de que Julieta Venegas recomendara públicamente al dúo. Cuando Prietto llegó a México con Mariano (Castro, el baterista), conoció el día de los muertos, las canciones de despedida, las tumbas brotadas de color, una vieja deshaciéndose en llanto. Una dramaturgia que al principio le pareció cursi y superficial como una flor de plástico pero que se le metió en los huesos al presenciarla en los cuerpos de unos músicos callejeros que tras su jornada seguían cantando esas canciones con el sentimiento desatado. Maxi se embriagó y así nació La última noche, un disco de boleros a su manera, cansina y cautivante. Genuina, siempre.

El público mexicano quedó tan embobado con las canciones de PCVM y los boleros que cuando Maxi volvió por tercera vez, ésta en el marco del cierre de la gira de Gratitud, debieron agregar una fecha en la que cantó solo con su guitarra.

Los shows de Los Espíritus tienen otra intensidad. El ritmo tiene algo que está bueno que es que invita a bailar, pone a la gente en una acción y, en cierta forma, es parte del sonido. Un todo indecible, inspirado en una creencia más en el ritmo que en las palabras. Como la de buena parte del indie nacional, la de Maxi es una poética de lo simple: las cosas básicas, enamorarse, tratar de vivir bien, ser feliz, generoso, copado. Muchas veces parece que en cierta forma los intelectuales no lo pueden entender. Si tenés algo para decir, capaz no está bueno andar con muchas vueltas.

La plana mayor del gobierno se reúne en un retiro espiritual en Chapadmalal, a un año de su histórico triunfo en las urnas. Los Espíritus se aprestan a grabar su próximo disco en los estudios Attic. Maxi se pone serio y pensativo cuando tiene que describirlo: Me di cuenta de que es muy raro, son todas canciones muy políticas. Maxi no es una estrella, pero brilla como una luna llena en una noche de verano.