LIBROS

FUTURISMO DEL PRESENTE

Por Alejandro Galliano

Los cuentos de Pyongyang, el nuevo libro de Hernán Vanoli, transcurren en un futuro que está acá nomás, o que ya está con nosotros.

 

Cuatro cuentos largos que pueden enmarcarse de manera muy general en la ciencia ficción y el realismo, una combinación que el autor (que también es sociólogo y crítico cultural) ya había trabajado en sus obras anteriores: los cuentos de Varadero y Habana maravillosa, la magnífica Pinamar y la ambiciosa Cataratas. Pyongyang (Literatura Random House) es un compendio de temas y estilos del autor y también de cierta literatura contemporánea.

El libro abre con Ursus americanus kermodei, el tenso relato de un trayecto en combi que pone a prueba todas las presiones de la vida urbana, desde el tránsito desquiciado hasta los fantasmas familiares y afectivos de una chica de clase media, todo cruzado por el temor constante a ser víctima de cualquier forma de violencia sobre el mapa de una ciudad en donde la marginalidad es ubicua y las razones no hacen falta. Pyongyang, el cuento que da nombre al libro, explora los dobleces de la ética revolucionaria durante los preparativos de una insurrección mundial de cintas para correr contra los humanos y sus electrodomésticos aliados. El comando central es una novela en miniatura que hilvana la historia de una pequeña empresa de trolls al servicio de un candidato, el intento de copamiento de La Tablada en 1989, los talleres de espiritualidad para adultos mayores y la deriva profesional y afectiva de los millennials. Los sintonizadores nos trae la mejor prosa de Vanoli para reconstruir la rutina doméstica y crecientemente siniestra de un matrimonio de profesionales jóvenes que buscan su primer hijo por los medios que sean y terminan reponiendo la historia de El bebé de Rosemary en la era de la New Age sin Dios ni Diablo.

¿Qué sentido tiene leer ciencia ficción hoy en día, cuando cada mañana nos sorprende con un nuevo adelanto tecnológico que tarde o temprano transformará nuestra vida real? Es justamente el ensordecedor ruido tecnológico de publicistas y expertos anticipando un futuro hermoso o terrible el que no nos permite ver el presente. En lugar de soñar o temer con un siglo XXII irreconocible, Vanoli se limita a adelantar el reloj un par de minutos para que veamos el futuro que ya habita entre nosotros. Nos propone un futurismo de pasado mañana para lograr que, por unos minutos, nuestro propio presente nos resulte extraño y así lo veamos mejor. Los cuentos de Pyongyang nos hablan de los nuevos modelos familiares, la vida de las empresas, la sociabilidad en las redes sociales, la inseguridad y la paranoia de las grandes ciudades, de nuestra vida cotidiana llevada al extremo de sus posibilidades. Sin nostalgias ni costumbrismos, el material de Vanoli es el presente exacerbado en futuro posible, la realidad vista desde enfrente.

Alguien dijo que hoy es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Vanoli, que conoce al dedillo el mundo corporativo y los estudios de mercado, juega con ese apocalipsis interrumptus: como ya lo había hecho en sus novelas anteriores, el colapso social o individual de sus personajes suele detenerse justo un segundo antes del final, para dejar la historia abierta a lo posible pero inimaginable, a la esperanza de seguir vivos, a la pesadilla de durar. A los relatos de Pyongyang no les interesa asustarnos con el fin del mundo sino obligarnos a pensar cómo va a ser nuestra vida cuando este mundo siga existiendo.

¿Qué sentido tiene leer ficción hoy en día, cuando la industria de las series nos provee de todas las fantasías que queramos? Esta es una discusión que excede largamente a este libro de cuentos pero que lo incluye. La retroalimentación entre la literatura y el cine siempre deja a uno de los dos en posición adelantada. Cuando el cine pareció estancarse en el conformismo de la boletería, la literatura lo sacudió con historias nuevas, con personajes diferentes, con otras formas de narrar. Hace unos años que las series cumplen casi todas las promesas de una buena novela: historias narradas con paciencia, personajes y climas bien desarrollados, audacia en los temas, imaginación sin límites de despliegue visual. Mientra tanto, se escribe la literatura que busca desbordar los límites de lo audiovisual.

Vanoli forma parte de una generación que llevó a la literatura toda una educación en televisión, cine, internet, marketing, periodismo, videojuegos y consumos varios. Su prosa, rápida, exhaustiva y cruel, tiene la capacidad de presentar todos los elementos de una escena, desde las miserias silenciosas de sus personajes hasta el pasado y futuro de los objetos que los rodean, de una manera que ningún lente de cámara podría aún captar. Hay cosas que solo pueden contarse por escrito. Las historias de Pyongyang, su futurismo del presente, sus mundos tan parecidos al de los lectores pero tan extraños a la vez, los pliegues internos de sus personajes de clase media aspiracional solo pueden contarse con la escritura de Vanoli.