LIBROS

HOUELLEBECQ, EL VAGABUNDO ILUSTRE

Por Hernn Vanoli

Tiempo después de su visita a Buenos Aires y a propósito del advenimiento de un nuevo orden mundial que sacude ciertas convenciones progresistas, un repaso por la obra del best seller más controversial de los últimos tiempos.

 

Hace alrededor de diez años fui invitado a un grupo focal, una de esas reuniones amables donde los participantes son observados como hámsters a través de un vidrio espejado mientras se los interroga sobre sus experiencias de consumo. El tema del grupo era un suplemento cultural de salida inminente, hoy muerto. Como era de esperarse, en algún momento preguntaron a los asistentes por sus lecturas, y por el último libro que habían comprado. La recompensa por haber ido era una orden de compra bastante generosa en una bodega; todos se esforzaron por responder. No recuerdo qué dije. Pero sí recuerdo la declaración de uno de mis compañeros en esa perfumada jaula con platos llenos de galletitas. Un chico de mi edad contó que el último libro que había comprado era Las partículas elementales de Michel Houellebecq. No lo había comprado para él, sino para un amigo. Pero no para cualquier amigo. Lo había comprado para un amigo que se había separado y padecía una depresión profunda. La teoría de mi compañero hámster era que su amigo necesitaba leer ese libro y caer todavía más bajo, deprimirse todavía más para tocar fondo y después salir fortalecido.

Ignoro si el método de mi compañero hámster habrá funcionado; tampoco estoy seguro de que las novelas de Michel Houellebecq sean exactamente deprimentes, aunque es cierto que su visión del mundo puede resultar pesimista y en cierto punto limitada. Sin embargo, aquella respuesta me pareció formidable, y brindé por ella con el whisky por el que había cambiado la orden de compra. Una teoría del phármakon, introducir un veneno en pequeñas dosis para generar inmunidad y, finalmente, curar. Las anodinas lecturas mencionadas por todos los que lo rodeábamos aquella tarde no hicieron otra cosa que resaltar la vitalidad de aquella declaración. Un hombre quería salvar la vida del otro a través de la lectura, quizás uno de los más puros actos de amistad. Yo seguía a Houellebecq desde su primer libro traducido al castellano, Ampliación del campo de batalla (1994), y me pregunté por qué no lo había nombrado si corría a comprar sus libros apenas salían. La respuesta era simple: en ciertos ámbitos snobs y derrotados del mundo cultural, hablar de un autor como Houellebecq puede ser contraproducente. Pero, ¿por qué pasa esto? Y, principalmente, ¿sobre qué escribe Michel Houellebecq?

Algunas personas dicen que poco a poco el siglo XXI se está transformando en el siglo XIX, con su enorme brecha entre ricos opulentos y pobres miserables, con los millones de refugiados de guerras invisibles que vagan por el mundo, y, de un modo más fundamental, con el fin de la creencia en el progreso humano a través de la democracia y de las instituciones republicanas. El retorno de las fuerzas oscuras de la historia, que asoman todos los días y con cada vez más intensidad en las redes sociales. En el medio, Houellebecq es un autor muy del siglo XX. Quizás a su pesar, asume el rol que en otros momentos de la historia tuvieron Émile Zola o Jean Paul Sartre, el de escritores faro capaces de reflexionar sobre los grandes problemas del humanismo, con ideas originales para impugnar a la sociedad en la que viven y sus perspectivas. Su primera novela, Ampliación del campo de batalla, es protagonizada por un informático deprimido y sirve para presentar la teoría houellebecquiana de que el sexo es un sistema de jerarquías que se superpone con el económico, pero que no está totalmente determinado por el mismo. Hay linyeras económicos y linyeras sexuales porque las reglas de la economía neoliberal se ampliaron a la vida espiritual y, luego, a la sexual. No hay lugar para los débiles y el débil, un compañero de trabajo del protagonista del libro que es muy feo y se llama Tisserand, termina mal (el protagonista no le ofrece un libro sino un cuchillo para que asesine al árabe que seduce a la chica que le gusta). Las partículas elementales (1998), para muchos su gran obra, trata sobre la eugenesia, el fin de la reproducción sexuada y las miserias de los investigadores académicos hijos de la fracasada generación de mayo del 68 francés. Es la primera incursión de Houellebecq en tópicos cercanos a la ficción científica. Lanzarote (2000) es una novelita breve donde, más allá de las hermosas fotos de la isla de Lanzarote y de las conmovedoras descripciones de la idiotez propia de la naturaleza, apenas se anticipa lo que se desarrollaría un año más tarde en Plataforma (2001). En esta novela Houellebecq pone en juego sus intuiciones sobre el turismo como modo dominante de la relación del decadente hombre occidental con los territorios, y sobre la cultura como una fachada diseñada para encubrir la derrota social producida por la expansión de la creencia neoliberal a todos los órdenes de la vida. Es una triste historia de amor. Y culmina con un atentado terrorista islámico, poco tiempo antes de que Al Qaeda derribase las torres del World Trade Center. La pegada publicitaria para Houellebecq fue fenomenal. Los escritores de nicho más aburridos, sentimentaloides o resentidos -a veces las tres cosas juntas- no podían -ni pueden- perdonarle su éxito ni su fuerza. ¿Quedaba algo por agregar?

Entonces empieza el período más autorreferencial de Houellebecq, donde los temas van a ser su propia fama y el lugar del artista en un mundo desgarrado, donde el discurso filosófico ya no puede dar respuestas y donde la ciencia, en lugar de terminar con el humanismo, potencia sus errores. Esta serie se inaugura con La posibilidad de una isla (2005), y es natural que la pregunta por lo religioso tome importancia, con el arte como una de sus variantes, y con la clonación como una solución fallida cuya implementación en la novela, narrada por clones de clones de un humorista muerto, va acompañada por la muy contemporánea pregunta sobre si existe la posibilidad de perpetuación de algo así como un legado civilizatorio. Es una novela triste y tierna, donde la vejez de Michel, que hoy en día parece una vieja bruja, es expuesta en carne viva, junto con la frustración sexual que la misma trae aparejada. Lo que siguió fue El mapa y el territorio (2010), a mi gusto su mejor obra, y después de la cual a los amargos franceses no les quedó otra que otorgarle el prestigioso premio Goncourt. La novela es sobre un artista conceptual llamado Jed Martin, y plantea -otra vez- una interrogación vertiginosa sobre los límites del arte, las actividades simbólicas y la representación para dar cuenta de un mundo en el cual la humanidad está en pleno proceso de metamorfosis, deviniendo cyborg a velocidades no detectadas, y aún así intentando que el amor sobreviva. Su última novela es Sumisión (2015), a mi juicio la peor de todas, donde Houellebecq indaga su propio lugar al interior de la tradición literaria francesa y se encuentra reflejado en la escritura de Huysmans, un escritor de la derecha católica. Claro que nada es como parece y su alter ego termina abominando ese legado y convirtiéndose al Islam, en un contexto de distopía cercana en la cual los árabes han construido un poder político parlamentario y conquistado el control de Francia como primera estación hacia la concreción del sueño milenario una Eurasia unida y musulmana. Este libro se publicó el mismo día que los ataques terroristas árabes a la tonta revista Charlie Hebdo, y otra vez Michel Houellebecq parecía estar en el lugar justo y en el momento indicado.

A lo largo de casi 25 años, Houellebecq publicó también una serie de libros de ensayos, entre ellos, un trabajo sobre H.P. Lovecraft (subtitulado contra el mundo, contra la vida) y la compilación El mundo como supermercado (1998). Misógina, anti-islámica, graciosa y no apta para comisarios morales ni licenciados en Letras, toda su obra podría a su vez cifrarse en su poesía, y en la construcción de la figura del escritor como un parásito sagrado. Este es el camino que elige Nicolás Mavrakis en su libro Houellebecq. Una experiencia sensible, una formidable exploración sobre los vínculos entre la experiencia, la estética entendida como una ética y la intervención literaria.

Michel Houellebecq es despreciado por amplios sectores de una izquierda y de un progresismo impotentes que no hacen otra cosa que hablar en los lenguajes muertos de la corrección política. Sin embargo, escribe sobre el aniquilamiento del deseo por la sociedad del espectáculo, sobre las desastrosas consecuencias de la instalación del neoliberalismo como doxa económica a escala planetaria, y sobre la modernidad y la posmodernidad como catástrofes para cualquier proyecto civilizatorio basado en el amor. Lo hace con ritmo y con belleza, con inteligencia y con valentía, y con un dolor que trasciende sus momentos de divertido cinismo, generando preguntas que son más importantes que sus a veces patéticas respuestas. Un phármakon que no necesita prescripción médica. Ante cualquier duda, pueden preguntarle a mi compañero hámster.