MUNDO

ISRAEL: MODELO PARA ARMAR

Por Patricio Porta | Fotos por Florencia Vial y Csar Sanguinetti

El pasado junio se cumplieron 50 años de la Guerra de los Seis Días, que amplió el territorio del inesperado triunfador, Israel, y redefinió el conflicto con Palestina: todo fue para peor. Desde entonces, las ciudades y kibutz de frontera son los establecimientos más conflictivos de la nación judía, que es todo menos un bloque homogéneo. ¿Cómo viven y cómo piensan los israelíes que están cerca de las balas?

 

 

 

Fidel Castro está muerto. El televisor de la sala comunal de Ein Hashlosha muestra a miles de cubanos haciendo fila para despedir al líder revolucionario. De este lado del mundo, sobre este kibutz israelí emplazado a pocos minutos de la Franja de Gaza, no hay sol del Caribe. Es un mediodía frío y lluvioso de noviembre.

En esta comunidad fundada por inmigrantes sudamericanos, donde solo se ven unas cuantas vacas encerradas en el tambo, vive Merav con su marido, Dani, y sus cuatro hijos. Cuando los islamistas de Hamas deciden lanzar misiles desde Gaza, algo que sucede regularmente, suena una alarma en todo el kibutz. Es la señal para dejar lo que se esté haciendo y correr al refugio blindado, construido para estos casos.

Los únicos que tienen la culpa son los que viven del otro lado, que no hacen lo suficiente para que sus hijos estén seguros y no tengan que protegerse de nuestro ejército. En Israel sabemos diferenciar a los terroristas de la gente que quiere vivir en paz. La mayoría de los palestinos son personas como yo o como vos, dice Merav, hija de argentinos, en un castellano perseverante que arrastra las erres.

En 2005, Israel retiró a sus 8 mil colonos de la Franja. Al año siguiente, Hamas llegó al poder y las autoridades israelíes, a modo de castigo, impusieron un bloqueo que continúa hasta hoy. Desde entonces se sucedieron tres operaciones militares sobre territorio gazatí, donde viven 1,5 millones de palestinos, con miles de muertos cada una y un rápido deterioro de la infraestructura y los servicios públicos. Según Naciones Unidas, de no revertirse la situación, Gaza será inhabitable para 2020.

La tensión omnipresente con los palestinos es particularmente palpable en Ein Hashlosha. Dani, porteño de La Paternal que llegó a Israel hace 30 años, es el encargado de organizar la evacuación y permanecer en el kibutz durante los ataques. Cuenta con calma, como apagándose, cómo es vivir en el ojo de la tormenta. Pero enseguida deja en claro que esta es su tierra. La suya, la de su familia y la de todas las familias de Ein Hashlosha. Nos costó muchísimo tratar de explicarle a la gente que vive en Tel Aviv, en Israel, lo que nosotros vivimos, afirma en relación con el último intercambio de fuego entre el ejército de Israel y Hamas, en 2014, que dejó un saldo de cinco civiles muertos del lado israelí y más de dos mil del lado palestino.

Este año se conmemoraron los 50 de la Guerra de los Seis Días, un enfrentamiento en el que Israel se jugó su existencia y, contra todo pronóstico, logró vencer a las fuerzas de Egipto, Siria, Jordania e Irak. Ese triunfo, consagrado en la épica nacional, marcó el despegue económico del país y permitió el rediseño de las fronteras. No se sabe si estaba en los planes iniciales, pero al terminar la guerra Israel había arrebatado a los egipcios la Franja de Gaza y la península del Sinaí (que devolvió en 1982 a cambio de paz); despojado a los sirios de los Altos del Golán (región que permanece en disputa) y quitado a los jordanos Jerusalén Este (que los israelíes consideran junto con la parte occidental como su capital eterna e indivisible, aunque la reclame Palestina) y Cisjordania (que pasó, parcialmente, a manos palestinas). Para los palestinos, la guerra de 1967 significó el comienzo de la ocupación permanente de sus territorios y la lucha por la autodeterminación. Un capítulo más de la nakba, término que expresa el éxodo de más 700 mil palestinos que tuvieron que huir con lo puesto en 1948, año en que Israel declaró su independencia de acuerdo al plan de partición de Palestina de la ONU, que estipulaba la creación de un estado judío y otro árabe, y que los países vecinos se negaron a aceptar.

 

 

 

En el principio era el kibutz

Una comunidad agrícola-industrial, una experiencia de propiedad colectiva creada a fin de contribuir al desarrollo y la defensa del naciente estado de Israel. Eso es el kibutz. La institución madre del país. Todos los israelíes vivieron o pasaron un tiempo como voluntarios en uno, e incluso muchos judíos (aunque no necesariamente) de otros países, algunos de ellos notables: desde el comediante Jerry Seinfeld hasta Geert Wilders, el político que puede llevar a Holanda hacia la extrema derecha. El único gran competidor del kibutz a nivel de convocatoria y formación es el ejército, que ganó la pulseada. Hoy existen cerca de 270 kibutzim (el plural en hebreo), hogar del 1 por ciento de la población. Con la globalización y la expansión del libre mercado, el kibutz debió reinventarse para seguir siendo rentable y frenar la partida de las familias. Algunos se privatizaron en parte, a través de la tercerización de ciertos servicios y el cobro de otros, como la comida. Muchos diversificaron la producción o comenzaron a desarrollar actividades como el turismo. Tal es el caso de Ortal, en los Altos del Golán, al nordeste, que cuenta con 400 habitantes.

El cielo despejado de la mañana visto desde una de las cabañas del complejo para turistas hace pensar en una vida relajada y silvestre. Pero como la mayoría de los kibutzim, Ortal se erige en una zona de frontera. Por momentos cuesta dimensionar la inminencia del peligro en un país de 22 mil kilómetros cuadrados. Muy próxima está Siria, en guerra desde 2011. Los bombardeos se escuchan desde el monte Bental, a escasos mil quinientos metros de la ciudad siria de Quneitra. Ana, una correntina que vive en Ortal, relata lo frustrante que resulta celebrar un cumpleaños con las explosiones sonando de fondo, un recordatorio de lo cerca que está el conflicto.

Israel es un país virtualmente en guerra y la vida gira en torno a su poderoso ejército. Todos pasan por él, varones y mujeres. Tres años para ellos y dos para ellas. El batallón mixto Karakal, localizado en la base de Nitzana, próxima a la frontera con Egipto, parece una escuela pública con un patio al aire libre, en el que grupitos de chicas y chicos uniformados y con el rifle pegado al cuerpo ríen en voz alta y suben fotos a Instagram. Es un lugar alejado de todo, en pleno desierto del Néguev, bellísimo y despoblado, salvo por la presencia intermitente de los beduinos, misterioso pueblo de árabes nómadas.

Itamar y Liat trabajan en el área de comunicación del ejército. Ambos se muestran muy recelosos a la hora de responder, excusándose en la confidencialidad. Están acostumbrados a usar este comodín para evadir temas incómodos. Cuando les pregunto si alguna vez contemplaron la idea de no hacer el servicio militar, ella empalidece y esquiva la mirada por un instante. Estamos en el ejército para cuidar a nuestros padres, hermanos, amigos, vecinos, así como antes hubieron otros soldados que nos protegieron, contesta dando por terminada la conversación.

Ninguno de los soldados de esta base supera los 20. En Israel son los jóvenes los que van a la guerra. Aunque también van a las calles si es necesario. En 2011 apostaron sus carpas en los parques de las principales ciudades en protesta por la crisis habitacional. Aquí todo es caro, pero acceder a una vivienda es imposible. Con seguridad le encontrarán la vuelta al asunto. El ingenio es un rasgo nacional inequívoco. De hecho, el área metropolitana de Gush Dan, bautizada como Silicon Wadi, es la zona con más empresas de alta tecnología fuera de Estados Unidos, asegura la organización Start-Up Nation Central, creada por el fundador del fondo buitre Elliott Management Paul Singer. La diputada Stav Shaffir, de 32 años, lideró el movimiento de los indignados a principios de esta década. Siempre se habla de Israel, de la cuestión palestina, pero ¿cómo vamos a solucionar eso si no arreglamos los problemas internos de nuestra sociedad?, se preguntaba entonces.

 

 

 

Juntos pero no revueltos

Las piezas de este rompecabezas que es la sociedad israelí no terminan de encajar. La comunidad ultraortodoxa que representa el 10 por ciento de los 8,6 millones que viven en Israel, por ejemplo, es cuestionada por los laicos debido a su oposición a servir en el ejército y a la exención impositiva que les garantiza el gobierno. Varios de ellos viven en la ciudad de Elad, fundada a finales de los noventa para ser habitada exclusivamente por judíos ultraortodoxos. Las casas, los colegios y los templos están construidos en piedra de Jerusalén, esos grandes bloques calizos de color arena, como para confirmar que se está en Tierra Santa. En las calles de Elad predominan los hombres barbudos que visten de negro y las mujeres con polleras largas que empujan cochecitos con los brazos cubiertos hasta las muñecas, seguidas por no menos de cinco niños. Con una población joven que registra un crecimiento vertiginoso (1.600 nacimientos al año en un municipio que contabiliza 48 mil habitantes), lo urgente pasa por edificar escuelas y viviendas. Las niñas crecerán pronto, se casarán jóvenes con un hombre que conocerán poco antes de la boda y tendrán hijos. Muchos hijos. Hay que poblar el mundo. Hay que poblar Elad.

Pero si bien Israel es un Estado que se autodefine como judío, el único del mundo, cerca del 20 por ciento de su población, dos millones de personas, es de origen palestino. Son los que lograron quedarse tras la creación del estado de Israel. En Taibe, una ciudad de casas bajas, los minaretes de las mezquitas sobresalen en el horizonte, entre carteles escritos en árabe, y el hiyab es la prenda obligatoria de las mujeres. Aquí viven los que trabajan en la construcción o limpiando baños en ciudades vecinas. La sede de la intendencia es un edificio que busca conjugar sin éxito el modernismo con el estilo islámico. Shua Mansour Masarwa, el alcalde, es un respetado abogado formado en Italia cuya obsesión es sacar del atraso a esta comunidad, una de las más pobres del país. Por razones presupuestarias, el municipio mantiene buenas relaciones con el gobierno central, aunque ello no impida decir las cosas como son.

Somos una minoría que nació y creció en Israel. Somos palestinos y así educamos a nuestros hijos, dispara Mansour Masarwa, y reafirma que los residentes de Taibe van a quedarse en la ciudad gobierne quien gobierne. En un hipotético acuerdo de paz, la ciudad podría pasar a manos palestinas.

El problema es que los israelíes no se ponen de acuerdo sobre los límites geográficos. La izquierda y los pacifistas quieren retrotraer las fronteras a las de junio de 1967. Para la derecha y los ultranacionalistas religiosos se trata de recrear el Gran Israel, un concepto de origen bíblico que incluye Cisjordania, o Judea y Samaria, como la llaman los colonos israelíes asentados allí, que suman cerca de medio millón. Los acuerdos de paz de 1993 dividieron el territorio de Cisjordania en tres zonas: la A, en manos palestinas; la B, que permanece bajo control civil palestino y militar israelí; y la C, administrada en su totalidad por el gobierno de Israel, que alienta a sus ciudadanos a construir asentamientos incluso donde viven los palestinos desde hace varias generaciones. Una política que atenta contra la solución de dos Estados para dos pueblos.

Los colonos: la nueva vanguardia israelí

Miri Maoz Ovadia está parada en el mirador Paduel, en Cisjordania, desde donde se puede ver buena parte de Israel. Si el día acompaña, como hoy, se percibe con nitidez la llanura costera con sus ciudades. Al dar la vuelta, todo lo que hay es una cerca con alambre de púas. Más allá de ella, calles limpias, cómodos chalets, caminos que bordean valles idílicos, el sol que hace brillar aún más los tejados color ladrillo.

Miri, que aterrizó desde Gran Bretaña junto a sus padres en 1987, es portavoz para el consejo regional de Binyamin, que agrupa a más de 40 colonias del centro de Cisjordania, y una férrea defensora de la presencia judía en estas tierras. Está embarazada y recoge su pelo albino con un pañuelo, como usan las mujeres religiosas. Reconoce que el gobierno central asigna un mayor presupuesto a los asentamientos para cubrir temas de seguridad. Esto es: los contribuyentes israelíes financian con su trabajo la protección de los colonos. No es relevante la idea de dos Estados para dos pueblos. Para nosotros todo es Israel y para los palestinos todo es Palestina, no solo Cisjordania. Los pueblos no son lo suficientemente maduros para negociar y producir cambios importantes, sostiene.

Ido Meushar, alcalde del asentamiento de Eli, irá más lejos que Miri. En un edificio que se asemeja a una galería comercial con estacionamiento incluido, a pasos de un parque donde juegan unos pocos niños, Meushar hace esfuerzos por mantener las formas. Pero su discurso carece de grises. El gobierno israelí creó la Autoridad Nacional Palestina. Aquí no había gobierno palestino ni palestinos hace 50 años, lanza el alcalde.

Para los ortodoxos, el judaísmo equivale al cumplimiento de los preceptos divinos. En cambio, los religiosos ultranacionalistas como Miri y Meushar consideran la posesión de esta tierra ancestral una cuestión prioritaria.

 

 

 

Ensayando la paz

Aunque pocas y minoritarias, van surgiendo voces que buscan acercar a las partes. En Gush Etzion, un conjunto de asentamientos cercano a Jerusalén, en un pequeño predio a medio construir, funciona la sede de la ONG Roots. Primero hay que pasar frente a un perro atado que ladra enloquecido antes de encontrar al rabino Hanan Shlezinger y a su compañero Khaled Abu Awad, palestino. La organización realiza reuniones cada semana para que árabes y judíos se conozcan y conversen en una zona que es noticia por los sangrientos ataques que ocurren a menudo.

Yo quería tirar a todos los judíos al mar y devolverlos al lugar de donde vinieron, confiesa Khaled, un cincuentón corpulento y viril. Las reuniones, dice, fueron la única forma de darle la vuelta a una situación trabada y cada vez más violenta. Kalhed y su hermano se enfrentaron en el primer levantamiento palestino (intifada) contra el ejército israelí. Estuvo preso siete años. Al poco tiempo de salir, otro de sus hermanos fue asesinado por soldados israelíes. En ese momento apareció Roots.

Hanan cambió Brooklyn por Cisjordania y hasta que aceptó una invitación para participar de un encuentro con palestinos nunca había tenido contacto con uno. Tuvieron que pasar más de 30 años. Para mí los palestinos eran transparentes, no los veía, reconoce Hanan, tan diminuto al lado de Khaled. Recuerda que tras esas primeras reuniones volvía enojado a su casa. Le costaba aceptar que otras personas también sintieran esa tierra como propia.

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Alejada de todo conflicto está Tel Aviv. Con un ritmo marcado por el Mediterráneo, da la sensación de estar en una ciudad balnearia en temporada de verano. Basta sentarse en uno de los cafés del bulevar Rothschild para ver a la gente pasear en rollers y a parejas de chicos tomados de la mano, como sacados de una guía de turismo gay.

Etgar Keret espera en una mesa del café Mijal, ubicado en la céntrica calle Dizengoff. Este escritor nacido pocos meses después de finalizada la Guerra de los Seis Días, es el israelí más leído dentro y fuera de estas fronteras. Es optimista respecto al futuro. A la manera israelí.

Creo en la bondad de las personas y en la solución de tres Estados, suelta antes de terminar su Coca Light. Uno judío, otro palestino y un tercero para las personas de ambos países que se quieran matar entre sí.