LIBROS

LA DROGA NAZI

Por Michael Hafford

El escritor alemán Norman Ohler reventó las librerías de su país con Blitzed, la extraordinaria, terrorífica y secreta historia de las drogas en el Tercer Reich. Allí se destacó el Pervitin, un antecedente de la metanfetamina que se vendía como Redoxon y que un ejército estimulado hasta la manija llevaba en sus alforjas. Paralelamente, la pregunta incómoda: ¿estuvo Hitler influido por alguna sustancia?

 

Antes que nada, Norman Ohler me roba la birome. Estamos sentados en una esquina a la sombra del soleado Chateau Marmont, y sus anteojos de sol Maui Jim no revelan nada. Yo sí, en cambio. Cada tanto toma notas de nuestra conversación en un cuaderno forrado en cuero con el membrete de un resort en las Maldivas sobre el cual está escribiendo. Es casi como si no pensara. Escribe: Club de fans de Theodor Morell y el comienzo de un hashtag, y luego me pregunta si uso Twitter. Cuando Ohler escucha con atención, su labio inferior sobresale como una luz rosada brillante que dice grabando. Estoy preocupado porque mi grabador no capture su habla, que apenas se eleva por sobre un suspiro.

La última vez que estuvo en el Chateau fue con Dennis Hopper. Ohler vivió con el actor (y director, artista, fotógrafo, personaje) durante dos meses, cuando colaboraban en un guión, todavía sin producir, que seguía la vida de un kilo de cocaína mientras se internaba en Estados Unidos.

Bueno, vivía en una construcción de Gehry; una casa hermosa, cool, dice Ohler. Y estaba llena de arte. Creo que tenía una de las mayores colecciones privadas de arte de los Estados Unidos. Y por las noches, él se ponía el pijama y mirábamos películas. Y él solo tomaba té y fumaba marihuana. Y la marihuana solo afuera, cerca de la pileta, nunca en la casa. Me parecía bastante gracioso que este tipo rebelde no tuviera permitido fumar marihuana en su propia casa.

Norman Ohler es el autor de Blitzed, un bestseller internacional que cuenta la historia secreta de las drogas que fueron el combustible para el esfuerzo bélico Nazi. El libro no es precisamente gracioso, pero tiene titulares del tipo High Hitler (Hitler drogado) y Sieg High! (Victoria a la droga). Uno intuye dónde se está metiendo.

Hay dos tramas que recorren el libro. La primera es la omnipresencia de las drogas Pervitin y Eukodal, y cómo su uso y abuso creó y destruyó la maquinaria de guerra Nazi. La segunda se refiere a la relación entre el Doctor Theodor Morell y el hombre a quien llamaba Paciente A: Adolf Hitler.

El libro comienza con el desarrollo de Pervitin, la así llamada Volksdroge (droga del pueblo) que fue ampliamente distribuida tanto a soldados como a civiles en la Alemania Nazi. Contra las influencias corruptoras (por no decir judías) del alcohol, la heroína inventada por los alemanes y la cocaína preferida durante los últimos días de la República de Weimar, el Pervitin -descrito por The Atlantic como la primera versión de lo que hoy conocemos como metanfetamina en cristal- era considerado tan sano que se disolvía en el agua como sustituto del café.

Ohler le atribuye al Pervitin, en algún grado, la velocidad y eficacia de la Blitzkrieg (guerra relámpago, en alemán), la táctica por la cual las tropas alemanas atravesaron la línea Maginot de Francia y chocaron contra una fuerza supuestamente superior para forzarla rápidamente a rendirse. En la preparación para el ataque, la fábrica Temmler produjo 833.000 pastillas al día para cumplir con un pedido de 35 millones de pastillas por parte de la Wehrmacht (Fuerzas Armadas) para el ejército y la Fuerza Aérea. El plan era usar tanques para atacar un solo punto y abrumar a las fuerzas francesas y británicas con velocidad y audacia. Y funcionó.

En menos de cien horas, los alemanes ganaron más terreno que en cuatro años durante la Primera Guerra Mundial, escribe Ohler. Entre otros elementos, le atribuye el éxito alemán a la combinación de Pervitin y la droga elegida por los franceses para la batalla: el vino tinto.

No lo escribí en Blitzed, pero 3.500 camiones llenos de vino tinto abandonaron la región francesa productora de vino el día que los alemanes atacaron y llegaron a las tropas francesas al norte de Bélgica, me dice Ohler. Tenían una botella de vino por hombre por día. Redactaron un reporte después de la derrota y una de las cosas que examinaron fue el vino tinto. Dijeron que entregarlo a los soldados era pernicioso porque les daba sueño.

La Blitzkrieg fue más efectiva de lo que Hitler o sus comandantes pudieron haber previsto, mientras generales como Erwin Rommel aprovechaban su libertad para destruir el campo francés. Los triunfos fueron tales que Hitler pensó que sus generales debían estar equivocados respecto de qué ciudades estaban capturando; no era posible que llegaran tan lejos, tan rápido. Los avances también dispararon la ansiedad de Hitler, lo cual lo llevó a ordenar a los tanques que se detuvieran en Dunkirk para que su mano derecha, el comandante Herman Gring, pudiera aniquilar desde el aire a los franceses y británicos en retirada (como anota Ohler, a Gring le decían Mring por su copioso consumo de morfina). Así, Hitler intentaba recuperar la gloria para sí y dar a conocer que él era el responsable por la victoria. También así lograron escapar los aliados a través del canal de la Mancha, como dará cuenta Christopher Nolan en su próxima película Dunkirk, a estrenarse en julio de este año.

Aún cuando sea solo un incidente, es microscópico con respecto a otros que aparecen en el libro, mientras Hitler cada vez más aislado y delirante intentaba controlar el campo de batalla desde su cuartel de campaña, lejos de la acción.

Llame al doctor Morell

El hombre responsable por mantener a Hitler con buena salud, aislado y tomando un cocktail de drogas cada vez más elaborado y loco, era el ya mencionado Theodor Morell. Morell comenzó a involucrarse con el partido Nazi después de que alguien pintara judío en la pared exterior de su oficina. Aunque no era judío, vio la pintada en la pared y decidió acabar con cualquier eventual problema: se unió al partido Nazi.

Te unías y florecías fue la lección que Morell nunca olvidaría, ni siquiera al final, escribe Ohler.

Su habilidad dando inyecciones le proporcionó una reputación considerable y una serie de casualidades lo convirtieron en el doctor personal de Hitler, con todos los beneficios e inconvenientes que eso implica. Un hombre extremadamente vanidoso, Morell diseñó su propio uniforme, incluyendo una runa de la SS que fue obligado a quitarse cuando la verdadera SS señaló que él no era uno de ellos. Morell empezó inyectándole a Hitler un preparado llamado Mutaflor, para combatir una supuesta infección bacterial. Una relación personal cercana se desarrolló rápidamente.

Aunque Morell nunca inyectara a Hitler con Pervitin, le aumentó las dosis de vitaminas y otras drogas hasta que se topó con Eukodal, un analgésico y supresor de la tos que tenía Oxicodona como ingrediente activo.

Eukodal es como una combinación de basura y cocaína, dijo el extraordinario usuario de drogas William Burroughs una vez. Confiá en que los alemanes pueden mezclar unas mierdas realmente terribles.

En 1943, Hitler recibió Eukodal por primera vez y rápidamente se hizo dependiente de múltiples inyecciones diarias de la droga. Se hizo dependiente también de la presencia constante de Morell a su lado, a cualquier hora del día o de la noche. Morell, escribe Ohler, era indispensable para el esfuerzo bélico Nazi, cuando empezó a decaer y fallar.

Morell mismo fue extremadamente exitoso: produjo la barra de caramelo Vitamultin en cantidades enormes y la vendió tanto a las tropas como a los civiles alemanes. También dominaba el mercado de Eukodal, compraba un volumen gigante para que el Paciente A nunca se quedara sin.

Durante su investigación, Ohler encontró hasta cartas de amor a Morell. No sabe quién las envió, solo que no era Leni Riefenstahl ni Eva Braun. Braun, la amante de Hitler durante mucho tiempo, está en el centro de una anécdota entretenida entre Morell y Hitler. Después de pasar la noche con Braun, Hitler no le permitía a Morell que revisara sus antebrazos para darle inyecciones. Ohler sospecha que el doctor no podía ver los antebrazos de Hitler por los profundos rasguños que Braun le había dejado.

Si estaban juntos en serio, es un poco raro, dice Ohler. ¿Querrá decir que él era como un masoquista o...?.

Ohler se enciende y me cuenta de una visita a Berghof, una de las residencias de Hitler que ahora es un hotel. Estaba a punto de dejar la habitación cuando el hotelero lo invitó a él y a su acompañante, un escritor israelí que entonces era su pareja, a quedarse una noche más en una estructura diseñada por el arquitecto Nazi Albert Speer.

Nos quedamos en la habitación de huéspedes y había esposas sobre la cama. Creo que pueden haber sido las mismas que hicieron esas marcas, sonríe.

Si todo eso suena novelesco, es por una buena razón. Ohler escribió tres otras novelas y originalmente planeaba convertir este libro en una novela después de que su amigo, el DJ berlinés Alexander Krmer, le dijera que los Nazis tomaban un montón de drogas. Decidió que la relación entre Hitler y Morell era suficientemente extraña y que no quedaba nada para agregar. Pero tiene la mayor parte de su próximo libro ya escrita. Es sobre un joven que se muda del campo a la ciudad y se encuentra cercanamente vinculado a la producción de Pervitin.

Cuando nuestro tiempo se termina, Ohler empieza a jugar con su teléfono. Está tratando de coordinar que lo busquen, ya sea una mujer que conoce en el pueblo, o su acompañante profesional. ¿Conocés Titos? me pregunta. Quiere encontrarse con Henry Hopper, el hijo de Dennis, para la cena. A la salida me dice que le parece gracioso ser entrevistado para Playboy.