MSICA

LA ESPERANZA DE ENCONTRAR UN SONIDO

Por Micaela Ortelli | Fotos por Ignacio Snchez

A sus 64 años y parado sobre una de las carreras más destacadas de la historia del rock nacional, David Lebón acaba de sacar un disco nuevo. Se llama Encuentro supremo y en sus canciones sobrevive la espiritualidad de su voz, de sus letras, de su guitarra.

 

Villa Devoto, en un conocido restaurante montado en dos vagones de un tren antiguo. David Lebón entra y pregunta: ¿A dónde vamos?. Antes de salir volando, el chiste le dibuja la sonrisa. La misma de ribetes pronunciados que tiene en las fotos de Serú Girán de fines de los 70, cuando estaba por cumplir 30 años. El autor de Parado en el medio de la vida camina entre las paredes de madera con apliques de bronce, que iluminan tenue el pasillo del ancho de un cuerpo. Trae un look exactamente neutro, de saco y camisa, campera de buzo y jeans: Me gusta vestirme bien. No sé si vos me ves bien. Ha desaparecido la cabellera castaña que lleva suave y desfachatada en Rock hasta que se ponga el sol, la película del BARock 72, donde camina por la calle junto a Spinetta y sus compañeros de Pescado Rabioso y recibe un disparo en el estómago. Taradito le dice en el sketch a su atacante de ¿la Triple A? ¿De Montoneros? En el plano siguiente, la banda está en el escenario, Spinetta deambula con una sirena sobre la espalda y Lebón canta y toca en el bajo Ya despiértate nena, con una remera ajustada y algo que parece un vestido debajo de sus largos cabellos: esos que peinó con brushing como un príncipe en la portada de su álbum debut solista del año siguiente. Ese pelo no ha caído: está corto y compartido con una barba, todo entrecano y recién visitado por alguna tijera experta y amable. Las argollas en las orejas son los puntos de las íes de la palabra prolijidad. Luego, cuando Lebón ya se ha sentado del lado de la ventanilla, escapa por abajo de la manga una joya gruesa como la muñequera de un tenista, de esfera negra y correa verde militar. El autor de El tiempo es veloz tiene locura por los relojes.

Lebón está en temporada de prensa porque lanzó un nuevo disco, el décimo cuarto de su carrera personal. Lo llamó nada más y nada menos que Encuentro supremo. Lo acompaña hoy su pareja y manager Patricia Oviedo, la persona a la que se contacta, con la que se coordina y confirma, que acaba de clausurar el viejo coche para esta entrevista. La conoció a través de Marcela Morelo a la vuelta de su estadía de doce años en Mendoza. Después de su álbum anterior Déjà vu (2009) y la anecdótica relación con Hilda Lizarazu.

Patricia es la mujer con la que compartió los últimos cinco años de su vida, una vida limpia de alcohol y, como dice él, un poquito de cocaína. Nos vamos a casar, pero estamos haciendo todo con calma dice. Es la edad. Ya pasó la seducción, ahora es una cosa más real: el amor, ir adelante, cuidar la familia grande que tenemos. Él, cinco hijos de tres mujeres y siete nietos; ella, una hija de 20 que lo adora y lo llama Peter Pan. Lebón se ensombrece cuando menciona a una de las suyas, que le está haciendo una especie de vacío por celos. Fijate si editás esto un poquito. No quiero parecer... Pasa que me llamó mi hijo de Estados Unidos y, bueno, yo tenía otro plan y cambiaron los planes. Los hijos están primero. ¿Vos tenés hijos? Aguantá. Porque son hermosos, pero no sé si traerlos a este mundo ya.

La tarde de David Lebón seguirá en Puerto Madero, donde lo espera un muestrario de guitarras Gibson. Está buscando un modelo que tenía y le regaló hace un tiempo a un amigo en agradecimiento por un favor: el adelanto de un dinero que usó para comprar la Mac del momento. Aunque Lebón apenas usa la computadora: nunca viró su obsesión por la televisión (es sabido que se llevaba una a los ensayos de Pescado). ¿Cuántas guitarras tiene la rítmica del Volumen 4 de Pappos Blues, el pulmón izquierdo de Autos, Jets, Aviones, Barcos, Seminare, Encuentro con el Diablo? No muchas. En este momento tengo una, dos, tres, cuatro, cinco seis. Y me falta la que voy a ver hoy. Para los fans del instrumento, Encuentro supremo es una fiesta desde la apertura con Último Viaje, un rock animado con todas sus formas donde aparece bien definida la tarea compartida con el ex Ratones Paranoicos Gustavo Lozano. Conozco casi todo y la belleza adonde voy. Conversaciones largas, bien adentro yo sé quién soy, canta Lebón en uno de los temas nuevos de un disco que rescata los que compuso en la temporada 1987-1992 en Miami, donde surgió la idea de reunir a Serú. Recuerda un día estando allá en que un amigo el productor del regreso le hizo la prueba de hablarle mientras él tejía notas con la eléctrica: Yo seguía tocando y le respondía sin darme cuenta. Obviamente adentro tuyo hay alguien que sabe más que vos, me dijo. Yo siempre pienso en el solo. La canción tiene que tener en alguna parte un solo y ahí yo me voy, ahí desaparezco completamente, estoy como si fuese en meditación con mucho ruido.

Se lo paladea enseguida en la segunda canción, llamada igual que el disco. Dice Lebón: Encuentro supremo habla de encontrarme con el maestro. Cuando encontrás lo que buscaste, algo que en realidad nunca perdiste porque está adentro tuyo, no viene de afuera. Es como el premio final: encontrarte con vos mismo y poder sentir amor igual sin necesidad de tener hijos ni mujer ni guitarras al lado. En el tema, sin embargo, le pide a alguien: Abrazame fuerte, fuerte. David Lebón necesitó muy pronto formar familia: a los 19 tuvo a su primer hijo, Tayda, con Liliana Lagardé, la mujer que, cuenta la leyenda, provocó su separación de Luis Alberto Spinetta. En ese tiempo hermoso, los dos músicos compartían un departamento de la familia Lebón en Belgrano, además de varias experiencias, visiones del mundo y otros saberes: David suele decir que Spinetta le enseñó a componer, pero él le enseñó a vestirse. La leyenda también dice que Liliana era la Nena boba del famoso tema de Pescado, que se separó en cuestión de meses. Estaba desesperado, se confiesa, entrecortado, Lebón. Me encantaba, quería tener Porque mi familia fue un quilombo. Mi hermana es austríaca, mi mamá nació en China, mi abuela es rusa, un quilombo. Entonces yo quería tener Pero ya no es así.

Llevo siglos esperando nacer

Track 6 de Encuentro supremo: Qué hermoso que era jugar con vos. Si estaba triste, me dabas tu amor. Un amor distinto a todos, era el amor de un perro negro. Lebón le dedica la canción más emotiva del disco al pastor belga de su viejo amigo Raúl Fernandez, integrante de La Banda del Paraíso de Piero. El perro se había enamorado de mí y yo de él. Se llamaba igual que el guitarrista de AC/DC, Angus. Ya era grande, estaba cansado. Un día me llama Marta llorando; había fallecido. Yo lloré mucho también, sentí que se había ido un gran amigo. Incluso en mi computadora aparece la foto de él y yo le escribí arriba: Trátenlo a David como él me trató a mí. La canción número 10, que canta en compañía de Marcela Morelo, la escribió para Cuba y los grandes recuerdos de un viaje junto a Lito Vitale hace una década. Su voz de bolero recuerda a Spinetta, y la instrumentación piano, percusión adusta es el respiro latino del álbum, cuyo último tema es una versión de Laura va, de Almendra, que siempre quiso grabar profesionalmente y acá enalteció con un fino arreglo de cuerdas. Yo sé que Luis es un santo que está conmigo constantemente. Lo extraño mucho, mucho, mucho. Físicamente lo extraño, como a mi mamá. Pienso tres o cuatro veces al día en él, no puedo evitarlo. Pero está en mi corazón: existe. Yo pensaba que no existía, pero existe. Luego de aquel desencuentro con Spinetta, su entrañable relación terminó de recomponerse cuando su hija Nayla sufrió un accidente doméstico con quemaduras que la dejaron un año en terapia intensiva. La mayoría de los que iban a ver a mi hija se desmayaban, cuenta Lebón. A ella no se la veía pero había muchos en el pabellón de quemados. Yo entiendo lo difícil que es ir a un hospital, sin juzgar a nadie lo digo, pero el único que me vino a ver en ese momento fue Luis. Oh, mi amor, pensaba que no te iba a ver jamás canta en Tema de Nayla, el anteúltimo track de Bicicleta, tercer álbum de Serú Girán, de 1980, mismo año en que se editó el segundo álbum solista de Lebón: Nayla.

Una vez, su maestro Prem Rawat (el famoso gurú Maharaji, que conoció en los 70 introducido por el periodista Pipo Lernoud) le pidió que piense en esto: cuando muera no irá al cielo ni al infierno, sino a un lugar intermedio donde una chica le traerá un daiquiri y un enorme libro en blanco. En ese libro tendrá que escribir su historia entera, con lo bueno, lo malo y lo aburrido, para leerla durante toda la eternidad. Yo leería mil veces una vida como la mía porque me cago de la risa. Entonces, eso sería el cielo según él. Leer eternamente tu libro escrito por vos. Qué hiciste para llegar adonde llegaste. Va a haber momentos de llorar, de reír, momentos de tortura, porque pasó de todo. Y yo me entregué a eso, no me escondí, no me fui. Yo dejo que las cosas vengan. Ahora me mantengo porque creo absolutamente en la vida y en lo que viene. Y cuando llegue el día de dejar mi cuerpo, quiero estar lúcido, quiero estar bien, quiero ver, quiero sentir. Va a ser un viaje increíble. Mi maestro muchas veces insistió en eso. Esto no se termina acá. Acá es donde venís a aprender. Y no hay ningún mapa: vos solo tenés que aprender esta misión de llegar al final.

De niño, en la época en que su abuela le pasaba alcohol etílico por el cuerpo para que no tuviera frío, David Lebón tenía miedo de dormirse porque no entendía a dónde se iba y quién respiraba por él en esas horas. A los ocho años desarrolló asma y, por consejo médico, la madre, Alexandra, debía llevarlo a vivir a un lugar de aire puro. Se fueron a Miami, donde ella, que había trabajado de espía durante la Segunda Guerra extrayendo información a los nazis, enseñó paracaidismo a los soldados que iban a Vietnam. Un día no soportó más la energía de la guerra y se hizo manicura: Falleció agotada, tranquila en su sillón. Me llamó un cubano y dijo oye, ha fallecido tu madre. Hace poco, hará treinta años. En aquel tiempo se hizo monaguillo (porque un día vi la luna y pregunté ¿qué es eso ahí colgando sin hilo?) pero a la vez vio a los Beatles en el Shea Stadium de Nueva York y pronto quiso hacerse rockero. El primer instrumento que tocó en el colegio fue la batería. Después, Alexandra vendió una joya y le compró una guitarra. La promesa suya fue hacerse famoso.

Al tiempo de curarse del asma, Lebón desarrolló claustrofobia, trastorno que le ha impedido hacer varias giras por el pánico a volar, pero en su momento lo salvó del Servicio Militar: Venía de un show de Pescado con el pelo por acá, plumas colgadas... Me agarraron dos y me dijeron: Uhh, cómo te vamos a pelar. Por suerte, nunca llegó ese momento. Cuando me revisa el médico, me termina de mirar el culo y todo eso, me acordé de decirle que era claustrofóbico. Me mandó al psiquiatra y cuando entré, lo primero que agarré se me cayó. Y el tipo se dio cuenta de que yo estaba completamente nervioso y que iba a decir la verdad. Y le dije: Mire, acabo de entrar en una banda que es el sueño de mi vida. Si usted me mete acá un año, me muero. Además yo agarro un rifle y veo que viene uno y lo tiro a la mierda y salgo corriendo. Soy claustrofóbico, ¿usted se imagina yo con mochila y todo eso puesto? ¡No! Me saco todo y salgo en bolas. Me dice: No, pibe, esto no es para vos. Salí llorando.

-Te salvaste por sincero.

Sí. Pero por eso no me salvé de la picana. Me preguntaron: ¿Sufrís del corazón?. Tendría que haber dicho que sí. Yo no sabía lo que era la picana. La picana de la época de mi vieja era quemarte los pezones con el cigarrillo, no lo que me pusieron en los testículos: vi más luz que en todo lo que medité en mi vida. Ahora miro para atrás y sé que esa gente que decía que era la Triple A eran los tres chiflados. Porque realmente eran unos tarados mentales. Encontraron dos walkie talkies de mis hijos y pensaron que era Montonero.

Finalmente, cuando se le pregunta por qué hace lo que hace, por qué sigue lanzando discos después de 45 años, a la espera de un descargo largo, romántico, existencialista, místico, David Lebón responde lo más concreto posible: Es mi laburo, no sé hacer otra cosa. Menos mal. Si no, estaría muerto de hambre. Controla la claustrofobia con Clonazepam y volar ya dejó de ser un tema. Parado en el medio de 2017, año de presentación de su álbum número 14, del número 13 de Charly y del regreso anunciado del mítico BARock, el autor de Mundo Agradable dice: Yo, lo mejor que estoy es conmigo. Soy mi mejor amigo, me quiero, me perdono. Entiendo que soy un boludo, intento otra vez. Desde los 19 que estoy tratando de entender lo inentendible, de encontrar lo que nunca perdí, por eso lo buscaba por todos lados. Como hoy que me voy a comprar una viola. La viola no es lo que me va a dar la felicidad. La viola es un puente que me va a llevar a hacer una canción y esa canción va a ir adentro mío, y cuando la sienta adentro mío, eso fue la función de la guitarra: darme amor.