LIBROS

LA FBULA DEL VOYEUR Y EL PERIODISTA

Por Pablo Corso

El maestro del nuevo periodismo, Gay Talese, se guardó un secreto durante más de 30 años y recién ahora ha podido escribirlo.

El 7 de enero de 1980, Gay Talese recibió una carta. Un hombre de la ciudad de Aurora, en el centro de Estados Unidos, necesitaba compartir un secreto que quemaba. Había comprado un hotel de 21 habitaciones para satisfacer mis necesidades de voyeur y mi ilimitada curiosidad acerca de la gente. Su proyecto excedía la fantasía onanista. Gerald Foos quería ser parte de algo grande. Acaso complementar los estudios de los institutos Kinsey y Masters Johnson, que estaban revolucionando la forma de entender la sexualidad.

El remitente sabía que Talese (Nueva Jersey, 1932) estaba por publicar La mujer de tu prójimo, una investigación sobre la cultura del amor libre que lo había llevado a involucrarse en un salón de masajes y en una comunidad swinger. Foos, un hombre vigoroso de 45 años, le contó cómo había abierto agujeros de 35 centímetros por 15 en los techos de doce habitaciones, que cubrió con rejillas para disfrazar de conductos de ventilación. Después del check in, subía a un desván alfombrado y espiaba a los huéspedes. Era una sensación de tremendo poder y euforia.

Después de algunas dudas, Talese -padre fundador del nuevo periodismo, un talento riguroso- aceptó la invitación a pasar unos días en el Manor House. La primera noche vio a una atractiva pareja desnuda tumbada en la cama y practicando sexo oral. Quedó tan absorto que su corbata se deslizó por la rejilla; estuvo a punto de arruinar vida y obra de su anfitrión. Volvió al desván unas cuantas veces, pero se fue seguro de que no volvería. No iba a publicar la historia bajo el anonimato que imponía Foos.

Ya en su casa de Nueva York, empezó a recibir los diarios del voyeur, un registro de pesos, alturas, razas y posiciones que arrancaba en 1966. Las entregas se fueron complementando con cartas y llamados. Talese cayó en la red. No podía escribir y no podía dejar de leer. Todos los hombres son voyeurs hasta cierto grado, y lo demostrarán si se les concede la oportunidad, escribió el dueño del hotel, que operaba bajo una moral singular: mientras no lo descubrieran, lo que hacía estaba bien.

Foos había empezado de chico, espiando a su voluptuosa tía Katheryn. No tuvo sexo en el secundario pero se desquitó en la Marina, donde pasó cuatro años entre bares y prostíbulos. Donna, su primera esposa, resultó la compañera ideal: una enfermera, por definición difícil de escandalizar, que disfrutaba con él de las excursiones al desván del hotel. Foos vio incestos y violaciones. Vio a dos hombres disfrazados de oveja y a un señor haciéndole el amor a un osito de peluche. Era un observador participante. Se metía en las habitaciones para comprobar talles de corpiños, dejaba consoladores y revistas porno para testear a sus criaturas (la mitad los usaron, entre ellas una monja).

Una de aquellas intervenciones, escribió el voyeur, terminó en tragedia. El 10 de noviembre de 1977 un dealer golpeó y estranguló a su mujer en la habitación 10. La acusaba de haberle robado marihuana y pastillas, pero el propio Foos se había metido en el cuarto para tirarlas por el inodoro. Cuando dejó de observar la escena, la mujer todavía respiraba. Pero al día siguiente estaba muerta. Talese lo supo seis años después. Se escandalizó y pasó noches sin dormir, pero optó por proteger a su fuente y no hacer la denuncia.

En los 80 y 90, Foos siguió enviando sus cartas y Talese atendiendo sus llamados. Salvo algunas buenas noticias (más encuentros interraciales, la persistencia de las lesbianas en los orgasmos mutuos), el voyeur creía que las parejas tenían cada vez menos sexo y más discusiones. La gente es básicamente deshonesta y sucia, se quejaba. Lo enfurecía que fumaran -el humo le subía a la cara- y que se limpiaran las manos grasientas con las sábanas, pero, sobre todo, la hipocresía entre lo que aparentaban y lo que hacían. Se volvió un antisocial y se recluyó en la vida familiar.

Asediado por la artritis, tapó los agujeros y vendió el hotel en 1995. En 2013, ya con 78 años, llamó a Talese: creía que sus delitos habían prescripto y estaba listo para que la historia se hiciera pública. Un mes después se encontraron en Denver. Mientras Foos se quejaba de que ahora había cámaras en todas partes, el periodista le avisó que ni la policía, ni los forenses ni los diarios locales habían podido confirmarle el asesinato de 1977. No era el único punto ciego del relato.

Cuando El motel del voyeur ya estaba en imprenta, The Washington Post reveló que Foos no había sido el dueño de Manor House entre 1980 (después de la visita de Talese) y 1988. Enterado del desliz, el escritor se angustió y dijo que no promocionaría la obra. Había perdido la confianza en su hombre, que cobró por la publicación de los diarios. En un comunicado posterior, aclaró que no desautorizaba el trabajo y que estaba dispuesto a corregir nuevas ediciones. Foos era un narrador inexacto y poco fiable, reconoce al final del libro. Pero sin duda fue un voyeur épico. El protagonista, como plantearon las críticas más benignas, de una historia demasiado buena como para no ser contada.