PLAYBOY

LA MARCHA DE LAS CONEJITAS

Por Patty Farmer y Will Friedwald | Fotos por Tom Keller y Bill Frantz

Elpolémico conflicto sindicalqueinventó Playboy: un pliego decondiciones para evolucionar. 

Un miércoles soleado en junio de 1975, los habitantes de Chicago se encontraron con un espectáculo singular: 10 conejitas Playboy desfilaban por laMichigan Avenue, frente al Club Playboy, alzando carteles de protesta con slogans como: La política de Playboy es injusta para las conejitas y Liberen a las conejitas. Nadie había visto nada igual: por empezar, las conejitas tenían prohibido usar su uniforme fuera del club. La protesta atrajo atención inmediata al detener el tránsito y cortar la calle. A los peatones curiosos pronto se sumaron periodistas, fotógrafos y camarógrafos de noticieros, mientras unos pocos polícias sin ningún entusiasmo intentaban contener a las conejitas.

En su huelga, liderada por Sharon Gwin y Laura Lyons, las conejitas pedían cambios importantes en las reglas estrictas que desde hacía largo tiempo gobernaban su lugar de trabajo. Querían estar habilitadas a usar sus nombres completos y poder tener citas con miembros del club; también reclamaban la posibilidad de obtener membresías para poder disfrutar de las instalaciones en su tiempo de esparcimiento. Era 1975 y el movimiento de liberación femenina parecía haber aterrizado en la puerta del club de Hugh Hefner.

Sin embargo, la marcha más hermosa del mundo, como luego llamó Playboy al evento, no era exactamente lo que parecía.

Las reglas contra las que luchaban las conejitas habían sido instauradas antes de la inauguración del primer club en 1960, en Chicago. Hefner sentía que Playboy estaba en la lista de enemigos de la Iglesia Católica. Y no se equivocaba. En 1959, la Iglesia había logrado convencer al gobierno de cancelar el festival de jazz de Playboy, que iba a realizarse en una propiedad estatal (Soldier Field) durante tres días. En aquellos días, las cosas eran diferentesespecialmente en Chicago, sostiene Pete Couvall, quien manejó el club en los años setenta. Al alcalde [Richard J.] Daley nunca le gustó que el Club Playboy estuviera en Chicago, para ser sinceros. Incluso antes de que el club abriera sus puertas, parecía que el alcalde, la Iglesia y otros vigilantes de la moral estuvieran esperando que Playboy cometiera un error. Hef y Victor Lownes, director de publicidad que fue elemental en desarrollar la idea del club, temían que si un solo cliente se fuera a su casa con una conejita, el club fuera allanado en una causa por prostitución y luego fuera clausurado.

Así las cosas, se establecieron regulaciones bastante duras para los empleados. Las conejitas debían ser amigables pero no podían fraternizar con los clientes. Tenían prohibido dar su número de teléfono y usar sus apellidos. Además, el tiempo que pasaban a solas con los miembros del club era monitoreado de cerca. Te despedían si salías con un cliente, recuerda Gwin. Si conocías a alguien de afuera que resultaba ser un miembro del club, tenías que decirle para que escribiera una nota, asegurando que no estabas teninedo citas a escondidas.

Hefner puso a su hermano, Keith, a cargo del reclutamiento y entrenamiento de las conejitas. Para demostrar que hablaban en serio, Lownes y Keith Hefner solían contratar a detectives encubiertos para que visitaran los clubs y comprobaran la integridad de las empleadas. Queríamos detectar problemas y corregirlos si era necesario, antes de que nadie más se diera cuenta, contó Lownes.Lisa Aromi, quien trabajó en el club de Nueva York en los 60 y 70, recuerda a una sola conejita cayendo en la trampa de la gerencia. Siempre nos dábamos cuenta de quiénes eran los detectives. Eran extremadamente atractivos, lo que considerábamos bastante injusto. Las reglas fueron un éxito: los clubs se mantuvieron abiertos sin ninguna interferencia de la policía real o moral.

Para 1975, la cultura cambió. La música disco estaba alcanzando su auge y, sólo dos años después, Studio 54 abriría sus puertas en Nueva York. Las mujeres iban a las pistas de baile en ropa mucho más reveladora que los trajes de las conejitas. Y, sobre todo, la segunda ola de feminismo estaba ganando fuerza. Las reglas de los clubs eran cada vez más anticuadas.

Eran días en los que la liberación de las mujeres estaba alcanzando su punto máximo asegura Couvall-. Muchas conejitas se quejaban. Querían ir al club después de hora para pasarla bien. Nos protegían, pero nosotras éramos adultas, agrega Lyons.

Lownes reconoció el problema y tuvo una idea que podría modernizar las condiciones del club, a la vez de atraer mucha atención a la compañía. Playboy siempre estuvo involucrado en temas sociales explica Couvall-. Un día recibí un llamado de Vic Lownes para citarme y decirme: ¿Qué tal si montamos una huelga o una marcha? Íbamos a obtener una buena publicidad de eso, y encajaría en el marco del movimiento de liberación también.

El concepto bajó desde la administración, pero Lyons dice que tanto ella como sus compañeras estaban ansiosas por el cambio. Sabían que un evento mediático llevaría a mejoras en los clubs. Las conejitas notificaron a la prensa sobre su piquete y, como dice Couvall, el resto es historia.

A los manifestantes usuales, las conejitas les parecían inusualmente felices. Lyons declaró a Los Angeles Times: "No estamos mal con Playboy; no estamos mal con Hefner". Mientras las conejitas hacían su performance, la prensa parecía demasiado encantada con la historia como para cuestionarla.

Como parte del plan, enviaron una carta pública a Hefner, que decía algo así: "Nos encanta ser conejitas Playboy y la mayor parte del tiempo te queremos, pero a veces pensamos que sos un conejo chauvinista (). Fuiste, sin duda, el líder de la liberación sexual, pero estás llevando la causa de las conejitas diez años atrás. Nuestras vidas privadas deberían ser nuestras. Tenemos la intención de contarle al mundo exterior que no estamos contentas. No tenemos nada que perder, excepto nuestras colas y orejas".

Hefner, que en ese momento trabajaba en Los Ángeles, esperó unos días antes de publicar una respuesta, afirmando que estaba "afligido" y que pensaba "que algunas de las normas y reglamentos que instituimos a principios de la década de 1960 no tienen sentido en 1975". Luego, accedió a todas las demandas. El delay de Hefner para responder la carta fue una estrategia que generó una segunda tanda de cobertura, con titulares como "Hugh pierde la batalla", "Las conejitas saltan enojadas por las reglas de Hef" y "Las colas de algodón están revueltas".

Couvall se sorprendió por el extenso interés de los medios: "Nunca recibí tantas llamadas telefónicas en mi vida, de todo el mundo, todas por entrevistas sobre la huelga". La historia apareció en todos los diarios del país y en tierras lejanas como Japón. También se difundió ampliamente en la televisión. Incluso el serio New York Times publicó un párrafo sobre la huelga, al igual que la revista Time, acompañado de una gran foto de las conejitas piqueteras.

Por supuesto, un detalle esencial quedó afuera en la avalancha de la prensa. Era todo una promoción para volver al club más contemporáneo, escribió Hef en su anotador de junio de 1975. Eventualmente, un periodista entendió que la marcha no era más que un truco publicitario bien ejecutado. Casi tres semanas después, el columnista de Chicago Daily News, Mike Royko, citó a una conejita anónima que, fuera de su horario de trabajo, había asegurado: Todo fue montado.

Es cierto que la famosa protesta no era una manifestación orgánica del descontento de las conejitas, como sus jefes quisieron hacer creer a la audiencia, pero la necesidad de un cambio era auténtica. Las nuevas normas se mantuvieron hasta que el último de los clubs originales cerró en 1991 (hoy, los clubs están experimentando unrevival, con uno activo en Londres y uno pronto a inaugurarse en Nueva York). La revolución del ambiente de trabajo tuvo un efecto importante en al menos una conejita Laura Lyons-, que se casó con un miembro del club. Las Playboy Bunnies estaban más que listas para saltar al futuro.

 

 

Días después del piquete, las conejitas celebran los cambios en la normativa del club. 

 

 

Lyons y una de sus compañeras abrazan a Victor Lownes. 

 

 

El vicepresidente ejecutivo de Playboy, Robert Preuss, posa con una conejita.