CRNICA

LA ORGA PERPETUA

Por Paula Puebla

Una excursión al punto neurálgico de la comunidad swinger porteña.

 

Hemos asimilado la tecnología como parte constitutiva de nuestro presente. En los últimos lustros, incorporamos internet y nos acostumbramos a utilizarla en nuestro favor, como vehículo facilitante de herramientas, como explorador del mundo. Nuestra vida diaria se ha simplificado en muchos sentidos y, sin embargo, el propio devenir tecnológico nos ha llevado a que restrinjamos al máximo el contacto entre nosotros. Tanto las redes sociales de amplio espectro como Facebook, Twitter e Instagram, como las tan populares aplicaciones abocadas a conocer gente como Badoo, Tinder y Happn, están signadas ni más ni menos que por el lenguaje algorítmico. En internet, dejamos de ser sujetos para convertirnos en un cúmulo de información: somos la oferta de aéreos que buscamos en Google, la promoción del hotel en Nueva York, el Me gusta que le ponemos a la hamburguesería a la que fuimos el sábado, las palabras ya sin privacidad que intercambiamos en nuestro Gmail. Esos datos -esos comportamientos que definen quiénes somos- son utilizados para cruzarse con otros, afines, que muy posiblemente serán de nuestro interés y estarán dentro de la zona de confort que nos da todo aquello que no es distinto. Y es en este punto donde la tecnología traza una gran paradoja: tendemos a expandir nuestros niveles de conexión, pero no somos conscientes de que están acotados a réplicas de nosotros mismos. Es decir, que la amplitud de posibilidades no es precisamente amplia sino que ha restringido, a su manera, el contacto aleatorio real, sin el tamiz del cálculo. Por eso, la tecnología nos sirve como trinchera: nos da la oportunidad de lanzarnos pero también nos garantiza estar a salvo. Si se nos presenta un riesgo o si algo interfiere en nuestro sistema de convicciones y creencias, siempre estaremos a tiempo de presionar off -o sus hermanos menores: bloquear, mutear o dejar de seguir- para continuar con nuestra vida analógica. Este paradigma logró moldear a su medida nuestros gustos, nuestro carácter y nuestras ganas, nuestra intimidad y tolerancia. Y, por supuesto, nuestras relaciones.

Pese a este escenario de alienación, a Santiago lo conocí hace unos años a través de las redes sociales. Nos vimos en persona y nos llevamos bien, tuvimos química instantánea y nos empezamos a querer. Compartimos tiempo juntos, con amigos, después con nuestras familias. Descubrimos muchos gustos e intereses en común. Entre ellos, la literatura. Por trabajo, él lee mucho sobre tecnología; yo, sobre género y sexualidad. Hacemos buena pareja hasta por la manera en la que leemos y porque necesitamos tratar de entender qué tipo de mundo habitamos. Tenemos discusiones interesantes sobre las relaciones sentimentales y sobre la nuestra en particular. A veces fantaseamos con lo que hubiera sido de nosotros si Twitter no nos hubiera sugerido seguirnos, hacemos relatos hipotéticos de un futuro que no vivimos, agradecidos de que nuestros paquetes de datos hayan sido analizados como compatibles. Pero como muchas parejas, nos enfrentamos a la bestia de la rutina y el aburrimiento. Y para evitarla -o, al menos, esquivar sus golpes más duros- con Santiago nos propusimos tener nuevas experiencias, desconectarnos de la desidia en la que nos sumerge Netflix noche tras noche y despegarnos de lo que dice la big data acerca de nosotros. Conectarnos, sí, pero con la ciudad.

Un tiempo atrás, investigando sobre nudismo, había leído un artículo sobre la comunidad swinger. Se lo comenté a Santiago y decidimos interiorizarnos un poco más, porque no sabíamos lo suficiente y porque la construcción de imágenes alrededor del intercambio de parejas -como modo de sexualidad no convencional- sigue estando rodeada de dobleces tenebrosos. ¿Qué postales se nos vienen a la cabeza cuando pensamos en los swingers? Imaginamos espacios turbios, orgías irrestrictas, mujeres desbordadas y hombres feos que desacatan todo límite y regla, voyeuristas y onanistas, sátiros y perversos. Imaginamos que ahí no hay espacio para el amor, que el respeto es apenas un enunciado y los celos, un lastre conservador. Pensamos en películas como Calígula y Ojos Bien Cerrados, pensamos en las fiestas bacanales, en el shunga japonés, en los círculos del infierno de Dante Alighieri. Pero sobre todo nos conduce a cuestionamos nuestra moral, la ética de nuestras relaciones, nuestros prejuicios. Santiago y yo estábamos en un buen momento, de mucha comunicación, sexualmente satisfechos y, aún así, había preguntas que resonaban. ¿Estábamos en condiciones de explorar los límites de la pareja? ¿Éramos capaces de arriesgarnos a conocer esa geografía del placer? Teníamos dos opciones: o quedarnos con la fantasmática y mirar la experiencia swinger licuada a través de un documental, o animarnos y verlo con nuestros propios ojos, ser parte, por un rato, de una de las comunidades más intrigantes que podíamos conocer.

Closer

Hermano menor del mítico y hoy cerrado Anchorena Swinger, fuimos a Sweet por referencias de una conocida nudista. Nos había recomendado ir un sábado porque son las noches más concurridas: asisten al club alrededor de 200 parejas dispuestas a pagar los 550 pesos del valor de la entrada. Cuando bajamos del taxi -a tan solo cuatro cuadras de la Casa Rosada-, no vimos mucho más que una marquesina con luz azul. Con Santiago tuvimos un último instante de duda y nos miramos con la sonrisa de los cómplices: ¿qué hacemos acá? Entramos de la mano y del otro lado de las puertas de vidrio no nos esperaba la pradera de lujuria que habíamos imaginado. En su lugar, encontramos un recibidor con sillones y mesas bajas, bañado en luces de colores tenues que le daban a la arquitectura esa pizca semioscura de erotismo tan asociada al diseño de los telos. Algunas parejas tomaban algo ahí y conversaban, esperaban el momento para avanzar hacia el siguiente paso. Había, también, unos pocos hombres solos. Nos sentamos en la barra y pedimos dos cervezas, necesitábamos ir de a poco, hacernos de valor. El barman saludaba con entusiasmo a quienes con Santiago catalogamos de habitués. Experto en detectar primerizos, mientras preparaba Gin Tonics, Garibaldis y servía whisky con energizantes enlatados, se mostró especialmente diligente y amable con nosotros. Algo nos delataba. El espacio estaba decorado con esculturas de ángeles, macetas con luz y unos grandes espejos irregulares de marcos expresionistas sobre las paredes blancas. La atmósfera general era invitante y me recordó a Closer, la película de Mike Nichols: si Natalie Portman se aparecía gateando sobre la barra con su peluca rosa, no hubiera sido en absoluto un gesto fuera de lugar. Al final del salón, se abría un espacio amplio y elegante. Era el área del restaurante temático donde varias parejas cenaban y bebían en compañía de un DJ que musicalizaba en vivo y los ayudaba a ponerse a tono. Lo no dicho se respiraba en el aire. Los observábamos a ellos, ellos a nosotros, y pese a que conformábamos un grupo muy heterogéneo -los más jóvenes estábamos en los treintas, los más grandes en los sesentas-, el factor común era evidente: ninguno de nosotros estaba en condiciones de arrojar la primera piedra. Terminamos las cervezas y seguimos al resto de las parejas que ya habían comenzado a migrar hacia el primer piso.

El mapa y el territorio

Escaleras arriba, dejar la cartera y el abrigo en el guardarropas es obligatorio para todos y no por cuestiones de comodidad. En el club swinger las restricciones sobre la privacidad son muy estrictas y hacen a la cuestión. La tecnología no solo no es bienvenida sino que atenta contra los principios mismos de la comunidad que necesita de un tipo de hermetismo o intimidad para subsistir en la era del hiper-registro y la sobreexposición fotográfica. Dejamos nuestras cosas, pasamos el control y avanzamos. A nuestra izquierda, nos encontramos con un pequeño sex shop con toda la gama de productos y gadgets de la frondosa industria sexual: ropa interior, fustas, zapatos de dominatrix, vibradores, consoladores, lubricantes, rosarios, antifaces. Un chico joven se nos presentó como coordinador y nos dio la bienvenida. Como era nuestra primera vez, se ofreció a mostrarnos el resto del club y a contarnos las reglas básicas del swinger. Además de los espacios comunes, esos que hay en cualquier otro boliche, nos explicó que los lugares donde se permite tener sexo son tres y que están bien señalados para garantizarles a todos una experiencia cómoda y sin sorpresas. Hay una zona donde solo se permite el ingreso de parejas -solas o en múltiplos-; otra donde pueden ingresar parejas o tríos concertados de antemano y un último sector donde los solos y las solas también pueden sumarse, donde vale todo. Le pregunté a nuestro guía si había un código especial para abordar a otra pareja; si, para estar a tono, debíamos aprender a leer alguna señal. Nos dijo que, además de una invitación verbal, lo más común es un roce deliberado en los brazos, en la espalda o en el hombro, que con esos gestos era suficiente para darse por aludido. Nos transmitió tranquilidad y nos dijo que si había algo que podía decirse de los swingers, es que son una comunidad muy respetuosa: el no significa no, la negativa se acata incluso mejor que en cualquier otro boliche, sin reproches, reiteraciones o insistencias. Si acceden a un intercambio o deciden sumar a alguien, las condiciones de cómo y hasta dónde las ponen ustedes, nos dijo y se alejó, no sin antes decirnos que él o sus compañeros coordinadores estaban ahí toda la noche para orientarnos o evacuar nuestras dudas.

La música era de lo más variada, desde versiones bailables de temas de rock nacional hasta Felices los cuatro, de Maluma o el infaltable Despacito de Luis Fonsi y Daddy Yankee. Las parejas bebían y conversaban, cruzaban miradas y recorrían el lugar. Todas a gusto y expectantes, jóvenes, maduras y mayores, buscando diversión un sábado a la noche y, sin dudas, buscándole otra vuelta al modo monogámico de amarse. No advertimos la presencia de ninguna mujer sin compañía, pero sí de hombres solos que merodeaban dejándose ver. De camisas oscuras o remeras al cuerpo, chupines o pantalón de vestir, todos estaban prolijos y perfumados, dando la versión más seductora de sí mismos, buscando su oportunidad, esperando una invitación. Con Santiago decidimos quedarnos un rato en la zona de la pista y tomar algo más. La bebida es accesible y no hay demasiada estrategia de marketing detrás de esa decisión: el alcohol colabora en la tarea de dejar atrás nuestros tabúes. Él pidió un whisky y yo, una copa de champagne. Teníamos mucha información que asimilar y además, supongo, estábamos procrastinando enfrentarnos a la experiencia. Con risas nerviosas y besos nos volvimos a preguntar: ¿qué hacemos acá?

En este lugar puede presenciar escenas que afecten su moral y buenas costumbres

Nos adentramos por el pasillo oscuro que distribuye los diferentes cuartos. En todos ellos, apostado en las puertas, hay personal de seguridad. Se aseguran de que el ingreso de personas al sector se limite a lo que indica el cartel y controlan que en el interior todo suceda de modo armonioso. Atravesamos la cortina de la habitación destinada solo a parejas. El espacio era amplio y sin decoración: sillones, un tacho de basura, un dispenser de alcohol en gel y otro de papel tissue. En uno de los sillones de cuerina negra, y bajo el manto de una penumbra rojiza, un hombre penetraba a una mujer acaloradamente. Gemían y no parecieron advertir nuestra presencia. Un hombre le practicaba sexo oral a una mujer que, recostada boca arriba en uno de los sillones blancos, se masajeaba las tetas y miraba cómo cogían los otros. Otra pareja estaba de pie: ella apoyada de cara a la pared con la cola erguida y la pollera levantada; él la cogía por detrás con los jeans a media asta. Ambos nos miraron casi al mismo tiempo, pero en ningún momento interrumpieron el acto ni sus sonidos, que se mezclaban con los de los otros en un acorde sostenido de placer. Le dije a Santiago al oído que era la primera vez que veía a otras personas tener sexo delante mío. ¿De verdad? Mirás porno todo el tiempo, ¿esto te parece mucho?, preguntó y se rió con un poco de sarcasmo. Nos quedamos mirando, entre el asombro y la curiosidad, intentando entender si lo que sentíamos era excitación sexual u otra cosa. ¿Nos calentaba estar ahí viendo absolutamente todo? ¿Eran esas parejas reales o se habían reconfigurado temporalmente en un intercambio in situ? Se nos acercó una pareja y ella me tocó el brazo. Se había bajado el escote del vestido y tenía los pechos al aire. El approach nos tomó por sorpresa y les dijimos cordialmente que no, estamos mirando. Sin más, se dieron media vuelta y pasaron a los siguientes. En ese instante nos dimos cuenta de que no habíamos considerado la posibilidad real de practicar swinger, que estábamos ahí apenas reconociendo el terreno, tratando de entender la paradoja que asoma detrás de los muros cada vez menos pudorosos de la intimidad.

Cuando nos metimos en el sector apto para tríos, pudimos observar que las variantes del swinger no son siempre las mismas. Una pareja que nos habíamos cruzado en la pista había incluido a un tercero. Ella se había desnudado por completo y se mecía sobre la falda del hombre en cuestión. Su marido miraba la escena de cerca y se masturbaba, le metía un dedo dentro de la boca a su mujer para que ella se lo chupara. Era imposible sacarle los ojos de encima a una mujer exultante y tan hermosa. Y al mismo tiempo era cada vez más evidente que todas aquellas transgresiones no operaban en contra del amor sino más bien al contrario. El swinger altera una serie de reglas para imponer otras, que permiten la experimentación pero que no atentan contra la pareja. En ese sentido, los swingers alimentan el paradigma conservador de una pareja de dos.

Interrumpíamos nuestro recorrido con visitas a la barra, tomábamos algo, bailábamos un poco, veíamos cómo se sucedían los levantes a nuestro alrededor. Una mujer y un hombre hicieron sobre el escenario un striptease que incuyó sexo oral y penetración con preservativo. Era una representación actoral de lo que ocurría a pocos metros de ahí, tal vez una invitación adicional para los que todavía no nos animábamos. Pero todavía nos faltaba algo por ver. La escena anterior nos había calentado y aún así con Santiago no habíamos pasado a la acción. Estábamos sobreestimulados, incluso inhibidos. En el último cuarto, el tenor y el volumen de intercambios era mayor. Había mucha gente y la oscuridad era casi completa. Se hacía difícil ver las caras o distinguir entre las siluetas porque además había ensambles sexuales de más personas. Eran masas gimientes semidesnudas inmersas en lo más profundo de la lujuria. Se lamían, se masturbaban y se penetraban sin preocupaciones profilácticas ni sanitarias sobre grandes sillones de cuerina circulares, bancos alargados o simplemente contra la pared. Todo ocurría ahí, donde un gesto adecuado era señal suficiente para comenzar a participar, donde la tentación y la cercanía se fundían en una misma cosa.

Sentirse deseable y deseado, saberse mirado y escuchado, expuesto pero protegido, partícipe de una película porno, chusma o voyeur. De todos los placeres que podemos ir a buscar a lugares swinger como Sweet, hay uno que prevalece: no queda nervio en nuestro sistema de creencias sin tocar. Con Santi retiramos nuestras cosas del guardarropas, nos abrigamos y caminamos hacia la esquina. Nos subimos a un taxi, donde cada uno se metió de lleno a revisar los posteos de la noche a través de su celular. Todo parecía aburrido e insulso, falto de espesor y de vitalidad, casi inocente. Algo había cambiado. Recorrimos las veinte cuadras hasta casa en completo silencio. La única certeza era que definitivamente íbamos a volver.