BEBER

LA REVOLUCIN DEL GALN

Por Abril Correa Leveratto

Como un spin-off de la creciente (y casi insoportable) movida artesanal que invade Buenos Aires y, en menor medida, el resto del país, la birra tirada ya no se toma solo en bares: la posta ahora son los growlers.

No existe una estadística oficial que lo confirme. Algunos dicen que abrió un bar cervecero cada dos días; otros, más precisos -es el caso del portal Aires de Bares-, aseguran que el conteo de microcervecerías y bares abiertos al público en 2016 se eleva a 64 locales (uno cada cinco días, aproximadamente). Y esto solo en Buenos Aires. En provincias como Córdoba y Rosario, la tendencia se reproduce: en la ciudad santafesina, de hecho, la prensa vernácula sostiene que inauguraron 22 bares dedicados a la cerveza artesanal en el último año, una cifra equivalente a dos cervecerías por mes. El fenómeno ya es innegable: los argentinos estamos tomando birra de pequeños y medianos productores como nunca antes.

Según datos de la Cámara de la Industria Cervecera Argentina (que nuclea a los principales productores industriales, como Quilmes, Isenbeck, CCU y otros), en nuestro país se bebían 43 litros per cápita al año, representando el 50% del total de bebidas alcohólicas consumidas, hasta 2015, cuando disminuyó a 40 litros. Pero, paralelamente, se duplicó el volumen de cerveza artesanal producida por más de 500 emprendimientos distribuidos en el territorio nacional. Desde entonces, el mercado sigue siendo prometedor y el crecimiento se sostiene en un 40% (según dicen los cerveceros de Mar del Plata, la región productora más importante de Buenos Aires y donde, dicho sea de paso, se va a celebrar el primer Congreso Argentino de Cerveza Artesanal, el próximo 4 y 5 de agosto). Con la leve disminución del consumo de marcas industrializadas y la feroz imposición de las artesanales en los bares, las grandes compañías responden como pueden: incorporan a sus porfolios y a las góndolas marcas premium e importadas. También existen casos aislados como el de Heineken, que tuvo un bar pop-up dentro de otro (Festival, en Palermo), y el de Cerveza Patagonia: en una agresiva acción a escala nacional, la marca industrial más cercana al segmento artesanal abrió ¡22! locales propios, casi simultáneamente, a los que ha resuelto llamar Refugios y se ubican en CABA, Nordelta, Maschwitz, Mar del Plata, Cariló, Pinamar, La Plata, City Bell y en tres localidades de Córdoba.

Del barril a la mesa

Sin servicio de mesa, sin carta de platos, sin tragos de autor, con poco espacio para sentarse y con una permanente turba de gente en la vereda: la postal de este tipo de negocio es, a esta altura, arquetípica en barrios como Palermo, Villa Crespo o San Telmo, dentro de lo que es CABA. Lo que antes era una propuesta inusual -juntarse cada tanto en alguna sucursal de Antares, marca pionera en el rubro-, hoy es ritual millennial: una, dos, tres veces por semana o más, la Generación Y se da cita en lugares incómodos y superpoblados para tomar una IPA recién tirada y comer, con suerte, una buena hamburguesa o un snack contundente. Un bar tras otro intenta redoblar la apuesta. Van de la singularidad de la producción propia (Breoghan y Jerome, por citar solo dos ejemplos) a la oferta de canillas récord -multicanillas con diez, quince o veinte estilos elaborados por microcervecerías-, pasando por cervezas curiosas, propuestas gastronómicas más atractivas y la gran nueva explosión: los growlers.

En los últimos años, se empezó a ver más frecuentemente este envase, exhibido al lado de las canillas en cervecerías de todo el país, ya que es un formato económico que transporta a donde vayas casi dos litros del producto que las microcervecerías artesanales solo pueden embarrilar, explica Santiago Mateo, responsable de marketing de la cadena Cervelar, sobre los jarrones de vidrio (marrón oscuro, para filtrar los rayos UV) que permiten llevar cerveza del bar al hogar, tirada, fresca y a un precio bastante más conveniente que el de la pinta promedio. Tienen capacidad para 1.9 litros, respondiendo a la medida original, en galones (1 galón es 3.8 litros y medio galón -un growler-, la mitad). En Cervelar, con nueve sucursales a lo largo y ancho de la Capital, el botellón cuesta $209 y su recarga, de cualquiera de las birras disponibles, tiene un costo de $200. Es decir: un 60% menos de su equivalente en pintas, que sería $320 (en un growler entran cuatro y vale $80 cada una). La única condición es que sí o sí debe llevarse para tomar en casa, por razones lógicas. Una maravilla de la comunidad cervecera: el refill de tu growler, aunque tenga la estampa de un bar en particular, lo podés hacer en cualquier cervecería que te guste, previa limpieza a fondo del envase. Está creciendo tanto el auge que estamos cortos de stock y ya pedimos 1000 más. Esperamos que eso nos dure seis meses. La gente lleva cada vez más para su casa y es usual que tengan dos: así se llevan dos estilos distintos una vez por semana para asados o cenas, asegura Mateo.

Como Cervelar, hay muchos: Antares fue el primero en sumar esta modalidad en 2013 y la conserva hasta hoy ($210 la recarga); On Tap ($210) y el recién remodelado Buller ($200) también se sumaron a la ola growlera. Incluso los Refugios de Cerveza Patagonia ostentan growlers entre sus opciones. No tardó en llegar, tampoco, un lugar especializado en este formato. Se llama Burton Estación de Cerveza, abrió a fines de enero en una pequeña propiedad en Laprida 1770 (Recoleta), ofrece a $100 el botellón y cuesta $160 el refill de siete tipos de cerveza.

Pero, tal vez, el que mejor encarna la identidad del movimiento es Growlers, bar homónimo y una de las aperturas más resonantes de 2016, con domicilio en Gurruchaga 1450, Palermo. El concepto de nuestra cervecería se inspira en el mismo significado de la palabra growler: como medio de transporte de la cerveza artesanal -dice Manuel Migaraya quien, además de socio y sommelier, es chef del lugar-. Destaca el medio que hace llegar la cerveza desde los productores hasta el consumidor, en un entorno y con complementos de producto que determinan la experiencia. Además, es un nombre en el cual la tradición tiene un papel muy importante: podemos ver growlers desde las vasijas de los monjes de la abadía, característicos de cervezas tan vigentes como la Tripel. En nuestro local, esa tradición es fundamental. En una esquina de dos pisos, con las ineludibles mesas altas en la vereda y una terraza siempre desbordada, Growlers cumple al pie de la letra con su intención: sus botellones ($200 para la compra y $200 para la recarga) se pueden colmar con 20 estilos de cerveza artesanal proveniente de productores conocidos -y no tanto- de la escena local. Gambrinus, Kraken, Antares, Berlina, Nuevo Origen, Dust, Cork, Finn, Pacheco, Crafter; IPA, APA, Honey, de trigo, Stout, Barley Wine: estos son algunos de los estilos y marcas que dicen presente en su barra y se pueden pedir para llevar. Por la rotación de gran variedad de cervezas, Growlers es una vidriera de este producto que hace años viene mejorando, aumentando en cantidad y en calidad, y que es netamente nuestro: argentino.