MSICA

LA LTIMA COPA DE IKUO ABO

Por Eduardo Minutella

En la prolífica relación de Japón con la música porteña, no hay ninguna historia que se compare con la del Samurái del tango.

 

El fervor de los japoneses por el tango tiene su prehistoria en la primera mitad del siglo pasado, cuando el barón Tsunayoshi Megata viajó a París para tratarse una enfermedad de la piel y descubrió a los músicos rioplatenses que por entonces triunfaban en Europa. Gracias a Megata, el público oriental aprendió a conocer la música de Buenos Aires, e incluso a estudiarla. La prohibición del jazz estadounidense durante la Segunda Guerra contribuyó a la difusión de los tangos y las milongas, y en los años cincuenta ya había orquestas y tanguerías en el Pacífico. Una década después, los músicos argentinos viajaban recurrentemente hacia el país asiático, donde las figuras de Salgán, Pugliese y Piazzolla fueron conocidas y reverenciadas. Sin embargo, antes de la conquista del Oriente, la montaña vino a Mahoma. A partir de la década de 1950, algunos músicos e intérpretes japoneses comenzaron a desembarcar tímidamente en Buenos Aires. Ranko Fujizawa, la figura más conocida de aquel grupo, llegó a cantar acompañada por Aníbal Troilo y Roberto Grela, y hasta fue aplaudida por Perón. Entre los pioneros se encontraba un japonés bajito y de rostro inexpresivo que tenía un lunar sobre la boca, en el mismo lugar que Marilyn. Se llamaba Ikuo Abo. No entendía el español y tampoco conocía mucho sobre Argentina, pero fue el mejor de todos.

Detrás del secreto del cantor de Hirosaki se esconde una historia más triste. Sus comienzos con el tango fueron resultado de una parálisis facial que lo aquejó en su temprana juventud. Mientras sus compañeros se adentraban en los laberintos de la conquista amorosa, Ikuo luchaba contra el rictus impertérrito al que estaba condenado. No es otra la causa de la ausencia de fotografías de su primera época; el japonés era coqueto. Sin embargo, no estaba dispuesto a rendirse, y viajó a Tokio en busca de un especialista que tratara su problema. No lo encontró, pero en cambio descubrió el tango, una tarde lluviosa en la que decidió refugiarse en una cafetería en la que sonaba la música de Buenos Aires. Pronto comenzó a tomar clases con Ricardo Francia, un cellista y arreglador porteño afincado en el país oriental. Francia, que por entonces trabajaba para la orquesta Yumiuri, solo enseñaba Nostalgias, porque consideraba que si un cantor podía con ese tango, podía con cualquier otro. Huelga decirlo: Ikuo pudo. Pero además, el estudio del canto rioplatense lo ayudó a recuperar buena parte de la movilidad de sus músculos faciales. A sus indudables méritos estéticos, el clásico de Cobián y Cadícamo yuxtaponía una inesperada funcionalidad kinesiológica.

A comienzos de los sesenta, el milagro japonés de posguerra coincidía con el personal del flamante cantor, que comenzó a destacarse con la orquesta de Shinpei Hayakawa, esposo de Ranko Fujizawa y director de la Típica Tokio. Por entonces, la reindustrialización del país oriental y el desarrollo de un próspero mercado de consumo beneficiaban a la industria del entretenimiento. Convertido en la segunda potencia industrial del mundo capitalista, la prosperidad del recuperado país incluso permitía que florecieran las grandes orquestas de música popular, mientras languidecían sus pares en la Argentina o en los Estados Unidos. Finalmente, luego de girar por su país, Ikuo tuvo su prueba de fuego y en 1964 cantó en Buenos Aires.

Luego de su primera visita, en la que realizó algunas presentaciones y grabó Rie, Payaso y La última copa, Ikuo emprendió una gira latinoamericana y paseó por el continente sus dotes de cantor inigualable, aunque todavía de fama modesta. Su gran salto adelante se produjo en 1965, cuando volvió a la Argentina para actuar en el programa de Nicolás Mancera. El showman televisivo del momento lo había convocado para cantar en Sábados Circulares, el programa ómnibus pionero de la televisión argentina. La emisión era la gran vidriera del espectáculo nacional. Combinaba la presentación de artistas internacionales ya consagrados, como Charles Aznavour, con la promoción de figuras ascendentes, como Sandro, Palito Ortega o Leonardo Favio. En una televisión en la que todavía estaba todo por hacerse, cualquier ardid parecía válido para ganarse a las audiencias: cámaras sorpresa, transmisiones desde las cloacas de la avenida Juan B. Justo o desde los casamientos de los famosos (Palito y Evangelina, por ejemplo), e incluso la realización de pruebas que involucraban un riesgo para la salud del propio conductor, quien no dudaba en tirarse encadenado al Río de la Plata o en chocar un automóvil en vivo para probar la eficiencia del todavía novedoso cinturón de seguridad. Quizás haya sido aquel espíritu de kermese el que atrajera a los productores del programa hacia la figura del buen Ikuo, ataviado con el kimono de rigor y presentado como el samurái del tango. Sin embargo, quienes buscaban exotismo encontraron arte. La voz abaritonada y la justeza de la entonación del oriental neutralizaron la mirada curiosa y la inminencia de la gastada en pocos segundos. En las casas, en los cafés, en los televisores de las vidrieras comerciales de la Avenida Santa Fe, las audiencias se rendían ante lo evidente: el japonés era cosa seria.

 

 

 

El éxito de la legión japonesa se tradujo en nuevos contratos, que permitieron que Ikuo, Fujisawa y la Típica Tokio giraran por todo el mundo y fueran convocados para participar en Viaje de una noche de verano, una película musical caleidoscópica y despareja conformada por varios episodios. Al frente de cada número había directores tan heterogéneos como Rodolfo Khun, autor de la premiada Los jóvenes viejos, y Carlos Rinaldi, un cineasta ligero que en los sesenta firmó títulos como Pimienta y Pimentón, Al diablo con ese cura y El desastrólogo. El film incluía escenas protagonizadas por Atahualpa Yupanqui, Ramona Galarza y los arribeños, pero también números dedicados al ascendente Juan Ramón, y coreografías camp en el estilo de El Club del Clan. En el número que precede a la presentación de los tangueros japoneses, una Claudia Mores á go-go cantaba: Antón pirulero, me gusta el twist y el tango ligero, antes de subirse a un descapotable que ingresaba al estudio en el que se montaba el acto. Con ese antecedente, el número de Ikuo presagiaba lo peor. Se lo mostraba inicialmente entre sombras, al interior de una pagoda de cartón piedra. Mientras sonaba La última copa, la figura enkimonada del oriental emergía entre un enramado de bambú. Sin embargo, cuando empezaba a cantar los demonios del kitsch se rendían nuevamente ante sus pies. Eche, mozo, más champán, que todo mi dolor bebiendo lo he de ahogar, ordena el cantor. Y todos le creemos. Ikuo se toca el pecho, estira las consonantes, ralentiza los tiempos. Quizás no entienda del todo lo que canta, pero es un virtuoso y para él no hay obstáculos. Jaque mate.

En los años siguientes, Ikuo desarrolló una carrera que incluyó giras, grabaciones con músicos argentinos y un paciente y autodidacta estudio del español, que le permitió entender un poco más aquello que cantaba. Su versión de En esta tarde gris, filmada para la televisión española y disponible en YouTube, da cuenta de la calidad de sus primeros registros. Sin embargo, con el paso del tiempo, incurrió en ciertos manierismos, los mismos que aquejaron a muchos intérpretes a partir de los años sesenta, y que tanto contribuyeron a alejar del género al público más joven. A finales de los noventa, la carrera de Ikuo tuvo un breve renacimiento, especialmente a partir de la grabación de Mañana zarpa un barco, el clásico de Manzi y Demare. Pero el éxito esta vez fue efímero: a comienzos del nuevo siglo, un ACV se ensañó nuevamente con su musculación facial e incluso con parte de su cuerpo. Contra el destino nadie la talla.

A sus ochenta años, el cantor de Hirosaki vive casi recluido y depende de la ayuda permanente de su mujer. Paradójicamente, sus últimos años confluyeron con una creciente circulación mundial de la música de Buenos Aires. A nivel internacional, hoy el tango es casi una marca, una oferta económica tentadora para cualquier músico argentino con determinados conocimientos y dotes técnicas. Suecia, Finlandia, Francia, Holanda y Alemania son plazas fuertes. Y en el extremo asiático, donde los intérpretes tienen hasta clubes de fans, los coleccionistas disponen de discografías más completas que las que pueden encontrarse en Buenos Aires. Cada año, decenas de músicos y bailarines visitan aquel país en busca del reconocimiento y la retribución que muchas veces les falta localmente. A la fecha, miles de argentinos se han presentado en teatros, locales y tanguerías de todo el Japón. Solo un puñado de ellos, muy pocos, han pasado a tomarse una última copa con Ikuo Abo.