SER PADRES HOY

LUCIANA MAM

Por Micaela Ortelli | Ilustracin Alejandro Galliano

La maternidad de Luciana Salazar es el caso de subrogación de vientre más discutido en la Argentina desde que se tenga memoria. La reproducción de los propios genes se paga en dólares y se mira por TV. Pero, ¿por qué hace tanto ruido en Luciana? ¿Alguien por favor quiere pensar en los niños?

 

Luciana Salazar cruzó el umbral de la familia Ortega y en 2003 debutó en televisión en Poné a Francella. El sketch se llamaba No es lo que parece, y ella interpretaba a Campanita, la vecina de una pareja de gays. Guille, por su parte, era el amigo instalado en el departamento de Gabriel Goity y Manuel Wirtz porque su mujer lo había echado de la casa. Pero cuando conoce a Campanita abre la puerta y la ve como una aparición, con un cielo de fondo y sonando Muchacha ojos de dapel, se hace pasar por gay para resultarle inofensivo y poder tenerla cerca. Al final de ese mismo año tuvieron lugar los Premios MTV que condujo el actor mexicano Diego Luna, donde Luciana se abrió el vestido para mostrar el logo del canal en los pezones. Después hizo lo mismo para Marcelo Tinelli, con el logo de VideoMatch. Tenía 23 años y las siliconas pectorales eran todavía su única cirugía.

 

Durante 2004 fue vedette de Jorge Guinzburg y Miguel Ángel Cherutti en el music hall La era del Pingino. Hizo una actuación especial en Los Roldán como amante de Goity aquel empresario que reprimía su amor por Flor de la V, y protagonizó las cámaras ocultas de VideoMatch, donde seducía a obreros que iban a su casa a hacer distintos tipos de arreglos. En 2006, llegaron Bailando por un Sueño y el debut en cine con Bañeros 3: Todopoderosos. Ese mismo año, también el especial para Playboy TV, Luli in Love. En 2008, ya más rubia, con los labios rellenos de colágeno y la nariz remodelada, fue la chica de Brigada explosiva: Misión Pirata; y otra vez vedette, para Gasalla, Artaza y Cacho Castaña, en Cristina en el País de las Maravillas.

 

Sus rasgos naturales habían desaparecido en 2011, cuando presentó su proyecto musical Luli Pop. El estiramiento facial y la dentadura laminada detrás de más colágeno le hicieron un rostro nuevo. Por eso quién puede decir, ahora que fue madre a través de un vientre subrogado, que Luciana Salazar no pone el cuerpo. Por lo que contó, también quiso embarazarlo y no lo consiguió. Sus comentarios en entrevistas hacían creer que con Martín Redrado su único novio oficial hasta la fecha tenía buena piel. Que el economista no haya aportado el esperma que produjo a la bebé es asunto de la pareja él pedía tiempo, ella no quería esperar más, pero el método que hizo madre a Luciana, finalmente, resultó coherente en una mujer con un cuerpo completamente planificado, que se reconoce control freak y obsesiva de la limpieza, y que basó su personaje en el exhibicionismo, pero nunca representó concretamente sexo.

 

 

 

Mamás del corazón 

 

Bueno, las embarazadas son así, dijo Susana Giménez en su más reciente momento ¿¡vivo!?. En julio del año pasado, Luciana se disculpaba por haber postergado la visita al living debido a su estado de extrema sensibilidad: Lloro todo el tiempo, decía mientras su subrogante atravesaba en Miami el cuarto mes de embarazo. Leah Martínez, de 38 años, saltó a la luz pública vernácula por error de Luciana, que no recortó la imagen de la ecografía que publicó en Instagram. Los casos de celebrities son especiales, pero gestar un hijo para otros no es ninguna confidencialidad, hoy que ya se habla de un baby boom a través de este método, también llamado reproducción colaborativa (¿la uberización de los vientres?). Con los hashtags #surrogatemom, #proudsurrogate, #surrogacyjourney, entre otros, hay mujeres que documentan sus embarazos como si los bebés por nacer fueran propios.

 

Un babysitting prolongado, le llaman ellas informalmente al trabajo, por el que cobran un promedio de 40 mil dólares (en Estados Unidos, claro, el epicentro). Y así también se refirió Luciana a Leah, cuando contó que la mujer le pidió que su marido estuviera en el parto: Cómo le voy a negar eso a la mujer que me cuidó a mi bebé durante nueve meses, le dijo a Susana. Y entre lágrimas aseguró entonces que Leah y su hija es condición haber dado a luz al menos a un hijo sano para ser subrogante iban a ser siempre la mamá y la hermanita del corazón de su hija. Algo tuvo que haber cambiado para que en febrero, en su última entrevista en Caras, Luciana dijera a su manera, que es, básicamente, la elusión que el vínculo con la mujer se había terminado: No fue fácil, no la pasé bien durante todo el proceso desde que se gestó, así que hay cosas que prefiero borrar de mi cabeza. Desde el día que me entregaron a mi hija, fue 'chau, pasado'.

 

Matilda Salazar nació en la madrugada del 15 de diciembre en el hospital Sarasota Memorial de Miami, del embrión creado entre un óvulo de Luciana congelado en 2016, y el espermatozoide de un donante de 26 años, rubio de ojos claros. Ella dice que buscó un parecido con su familia, y que terminó de elegir al chico por su sonrisa: La vi proyectada en la carita de mi hija. No dio información sobre la elección de Leah, pero el contacto suele hacerse a través de agencias, y se supone que la subrogante también elige trabajar con la o las personas que la contratan. Aparentemente, la mayoría prefiere a las parejas de hombres gays: Las mujeres infértiles a veces desarrollan sentimientos de celos y pérdida, dijo en el New York Times Darlene Pinkerton, la dueña de la agencia A Perfect Match de San Diego.

 

La reproducción colaborativa 

 

La primera fue Mary Beth Whitehead, que en 1985 respondió al aviso de una clínica de infertilidad de Nueva York. Un bioquímico y una pediatra de Nueva Jersey Bill y Elizabeth Stern, diagnosticada con esclerosis múltiple no podían concebir de modo natural, y Whitehead, de 30 años, aceptó bajo contrato cobrar diez mil dólares a cambio de gestar un embrión fertilizado con el esperma de Stern. Pero en el transcurso del embarazo, se apegó al bebé su hijo biológico, en definitiva, y al nacer la niña, no quiso entregarla ni cobrar el dinero. Escapó con ella, el marido y sus otros dos hijos a Florida, donde los detuvieron. El proceso judicial por Baby M (Melissa) terminó con fallo a favor de los Stern, con visitas extensivas para Whitehead, quien escribió un libro y habló cuanto pudo del tema. Cuando crezca quiero que sepa que hice todo lo que pude, dijo en 1986.

 

Fue un caso largo y famoso, que llevó a la prohibición, en 1992, de la subrogación comercial en el estado de Nueva York. Hoy solo se admite allí la llamada subrogación altruista, por la cual una mujer se ofrece a gestar por otros sin recibir dinero a cambio. En Argentina, la práctica está ausente del Código Civil, pero se ha dictado sentencia favorable en al menos 20 casos judicializados durante el embarazo o luego del nacimiento del niño. Como, según la ley, madre es quien da a luz, el proceso consiste en demostrar que el bebé gestado no tiene el ADN de la subrogante para ser inscrito como hijo natural de su(s) padre(s) y/o madre(s). En todas esas sentencias debió probarse una relación previa con la subrogante, como en el caso de Sandra Carballo, la mujer de 50 años que dio a luz a su nieto habiendo gestado los gametos de su hija y su yerno.

Algunas legislaciones, como las de Canadá, el Reino Unido y Australia, entienden que la altruista es la única forma ética de subrogación (aunque suele decirse que los australianos son los principales clientes del ya llamado turismo de reproducción). Ahora, en Nueva York la ciudad donde abrió el primer banco de esperma, en 1971, quien milita la ampliación de la ley es el senador Brad Hoylman, casado con un cineasta, con quien se convirtió en padre en California a través de la agencia A Perfect Match, un caso en el que los dos aportaron semen y decidieron no enterarse de cuál prevaleció.

 

El desarrollo de la técnica de fertilización in vitro durante los 90 solucionó el problema del lazo genético entre la gestadora y el bebé. A ese tipo de subrogación ahora se la llama tradicional. En adelante fue posible implantar en la gestadora un embrión creado con el óvulo de otra mujer: la misma madre intencional la que contrata el servicio y por alguna razón no puede llevar al hijo en la panza, o una donante de óvulos en casos de infertilidad, parejas de hombres u hombres solteros. Hoy en día, una donante de óvulos puede cobrar entre ocho y diez mil dólares, mucho más que un donante de esperma porque implica inyección de hormonas.

 

El progreso de la subrogación tradicional hacia la gestacional hizo posible en Estados Unidos una industria que, aún con los estados que la prohiben, genera tres mil quinientos millones de dólares al año, según el Centro de Cultura y Bioética (cbc-network.org), el equivalente a unos 2800 bebés, según las cifras de 2015 de la Sociedad de Tecnología para la Reproducción Asistida (sart.org).

 

Algunos lo hacen solo por el dinero, pero para mí es militancia. Cuando tuve a mis hijos, entendí lo que debe ser para los que no pueden, dice una subrogante de California de 36 años, que conoció el método en la novela Days of our Lives. Nosotros no somos gente rica, nunca vamos a poder donarle un tomógrafo a un hospital, pero es una forma en la que nuestra familia puede devolver algo grande. Sin nuestra ayuda habría menos niños en el mundo, dice otra de 32 años, de Texas, antes de dar a luz a su cuarto #surrogatebaby. Estas embarazadas no se acarician la panza ni le hablan al bebé: El lazo que queremos que se produzca no es con el bebé sino con los padres, dice Diane Hinson, abogada especialista y dueña de la compañía Creative Family Connections de Maryland: Esa es la clave. El bebé es de otros. Estas mujeres te renuevan la fe en el género femenino.

 

El perfeccionamiento de la técnica, sin embargo, no impide que surjan situaciones escandalosas y legalmente complejas, como la de Jessica Allen, de 31 años, que gestó mellizos para una pareja de China, pero uno de ellos era hijo biológico suyo y de su esposo (un caso extrañísimo de superfetación). Harold Cassidy, el abogado de la primera subrogante Mary Beth Whitehead, ahora es defensor de una mujer que pide la custodia de los trillizos que dio a luz, porque el hombre que la contrató un empleado de correo de 50 años, que vive con los padres quería que abortara uno porque no podía mantener a los tres. Hay que googlear también el caso Baby Gammy: una pareja de australianos que abandonaron en Tailandia al mellizo con síndrome de down y se llevaron al otro.

 

Ser incubadora hoy 

 

Un proceso de subrogación, aún en su versión más simple (la de Kim Kardashian y Kanye West: una pareja heterosexual fértil que por cuestiones de salud recurre al método), abre toda una trama burocrática de la que participan médicos, psicólogos y abogados, además de los implicados con sus circunstancias: contratantes, donante de óvulo y/o esperma, y mujer gestante. Tenés que firmar un testamento más o menos, dijo Luciana Salazar, que tuvo la asistencia legal de la reconocida Ana Rosenfeld (madrina de Matilda). En California, el Estado americano con mejor tecnología y legislación acorde, el paquete para un local, que no tiene extras de logística puede superar los 200 mil dólares. Desde luego, son más los que desean ser padres y no pueden de forma natural, que los que cuentan con ese dinero.

 

En 2001, India legalizó la subrogación comercial, y hasta 2015, cuando se ajustaron las leyes, fue el principal centro alternativo de subrogación para extranjeros, que viajan con sus embriones congelados desde Estados Unidos, Australia, Sudáfrica y Japón, principalmente (buscar en YouTube el documental Google Baby). Se estima que hay unas 3.000 clínicas de fertilidad en el país. En las ciudades más organizadas, una gestadora puede ganar alrededor de 500 mil rupias (7.700 dólares), y con ese dinero costear una casa o la educación de sus hijos verdaderos. En las menos, la explotación de mujeres, en general analfabetas, está servida. Peor desde que se ciñó la ley con los gays primero y se empezó a enviar a las mujeres a parir a zonas liberadas.

 

Desde principios de los 90, la maternidad por subrogación generó un movimiento en contra inédito, que alinea a católicos con feministas. Durante siglos el patriarcado intentó reducir a la mujer a la condición de reproductora; esto es lo mismo pero más extremo, dice la escritora italiana Marina Terragni, autora del libro Madre Temporaria. La resistencia más dura está en el centro de Europa occidental: Francia, España e Italia, donde además es ilegal cualquier tipo de subrogación. Los opositores consideran la práctica degradante para la mujer, además de peligrosa para su salud y también la del bebé. Sus razones se leen en español en el sitio Stopsurrogacynow.com.

 

Un modelo 

 

Es así que subrogar un vientre es asunto un tanto más complejo que la definición de Luciana Salazar en el programa Luciana Mamá, como una técnica muy aceptada en el primer mundo pero nueva en Argentina. El especial de real life emitido por Canal 13 en enero, se promocionó con una gráfica que emulaba la valija Juliana, el viejo juguete para que las nenas imaginen que son doctoras, veterinarias, coquetas, y también mamás. Una idea interesante, viniendo de la televisión, por lo directa y honesta en su representación de la maternidad como algo que se puede ir a comprar y traer de vuelta.

Más allá de lo guionado y las performances acartonadas, el programa fue auténtico al mostrar una preparación para la llegada de un hijo bajo el reverso de lo bien visto. Bien podría Luciana haber evitado hablar de su aprehensión por los olores o remarcar su delgadez durante la producción para la revista Hola, sabiendo que son datos que la muestran frívola y sería usado para poner en duda su instinto maternal las Amalia Granatas del mundo (la original, ex de Redrado, también).

 

Allí tampoco Luciana cuenta concretamente por qué recurrió a la subrogación. Su médico, el especialista en infertilidad radicado en Miami Fernando Akerman, dijo en un principio que se le indicó porque tiene trombofilia, la propensión a desarrollar coágulos sanguíneos (aunque se sabe que esta condición no sería impedimento final para quedar embarazada). Ella asegura que subrogar fue una decisión difícil, y en el living de Susana generalizó con la frase: Miedos por cosas que me pasaron, que prefiero olvidar. Pero Su parecía más interesada en su rutina de gimnasia que en la llegada de Matilda. En un momento, sí, preguntó por qué, si había congelado óvulos, quiso ser madre ahora. Y Luciana contestó algo muy llamativo: Estoy perdiendo el tiempo de mis papás como abuelos.

 

La previa a la maternidad que mostró Luciana Mamá involucró compras, babyshower, visita al médico, pero no una situación de pareja. Candidatos sobran, el teléfono no para de sonar, hace saber Luciana desde el deck de un yate, dando a entender que sigue disponible en el mercado sexual de alta gama, pero no está buscando un padre para Matilda. Va a estar rodeada de amor porque tengo tantos amigos, dice. Ella misma se exhibe ahora como una especie de nuevo producto: la mamá de una hija libre de asociaciones, desligada de un pasado amoroso, con un apellido a la vez célebre e impoluto. Luciana una vez más puso en escena la artificialidad de un vínculo, desmontando la materialidad concreta del mercado de símbolos que se conoce como maternidad. La exageración de Luciana (y la impugnación recibida) pone al descubierto más de lo que parece.

 

La nueva Luciana mamá va a dejar un poquito de lado su costado sexy, dice Luciana, pero posa en Instagram con Matilda agarrada con un solo brazo como las madres cancheras, apenas de costado, para lucir del otro la abertura del vestido, el sobresaliente del pecho que la hizo famosa a principios de siglo.