ENTREVISTA

MARLEY

Por ALEJANDRO SESELOVSKY | Fotos por IGNACIO SNCHEZ

Una amable conversación con el hombre que nunca no está conduciendo un programa, sobre su niñez, su torpe y eficaz espontaneidad, su gusto por la soledad y su enigmática vida privada.

La casa de un entrevistado dice, tantas veces, lo que un entrevistado no dice de sí mismo. El piso de Ricardo Fort sobre la calle Sucre en el barrio de Belgrano era frío, con muebles cromados y siempre estaba repleto de gente, la mayoría paga. El departamento de Gerardo Sofovich arriba del Museo Renault tenía las paredes cubiertas de fotos en marco dorado y en todas estaba Gerardo Sofovich. Wanda Nara me recibió una vez en su palacete del barrio privado Santa Bárbara vestida de jogging y zapatillas, me dijo que ella vivía así nomás, pero de golpe tocó unos botones y una pared ventanal se levantó y la piscina quedó incorporada al living. En la cocina había utensilios de diseño sin estrenar. Podés mirar la casa de alguien, o podés escucharla. Son las tres de la tarde de un día de semana. Y Alejandro Wiebe, mejor conocido como Marley, nos recibe en su casa.

La llegada es confusa. Pasamos el portón de este country de Don Torcuato y el seguridad de la puerta nos dice: Es acá al lado, la casa que está ahí. Pero la indicación es imprecisa y la casa que está ahí son dos casas bastante cercanas una de la otra: Marley podría vivir en cualquiera de las dos. Una es... no diría que lujosa, pero sí bien presentada, con ladrillo a la vista, muy preocupada por verse bien desde afuera. La otra tiene la fachada mustia del Hospital de Clínicas, un cuadrado de granito con apenas unas ventanas en formación. Avanzamos, con toda lógica, hacia la casa más bonita pero un chistido del seguridad nos hace dar vuelta. Ahora sí sus señas son claras: con los brazos en alto y los dedos en dirección, nos está diciendo que es la otra. Cambiamos de rumbo, tocamos un timbre y Marley nos abre. Adentro todo florece. La casa de Marley, bien escuchada, dice: no quiero que nadie sepa cómo son las cosas al otro lado de la intimidad. Es una casa planeada para el resguardo. Alguien le dijo al arquitecto: que no se note. La casa de al lado está preocupada por mostrarse. Esta casa está ocupada en que nadie se entere. Seguramente, en la casa de al lado, vive un cardiocirujano, el dueño de una cadena de hoteles, alguien que también ha hecho buen dinero pero que no está desde hace 27 años en las pantallas de todos los televisores de todas las casas. Y no tiene la necesidad de refugiarse de la mirada del mundo. Bien escuchada, la casa de Marley dice: no, aquí no vive ningún Marley.

PLAYBOY: Otra casa, por dentro, tu casa.

MARLEY: Sí, prefiero que sea así.

PLAYBOY: ¿Te resguarda?

MARLEY: Algo así.

PLAYBOY: A esta casa llegaste, pero ¿de qué casa venís?

MARLEY: Vivíamos en un departamento, éramos clase media. La plata alcanzaba hasta ahí nomás. Mi viejo, alemán.

PLAYBOY: El señor Wiebe.

MARLEY: Sí, se pronuncia vive.

PLAYBOY: Nadie te lo pronuncia así.

MARLEY: Nadie, por eso me llamo Marley.

PLAYBOY: ¿Y tu tu papá nació en Alemania o era hijo de alemanes?

MARLEY: Nació en Alemania, vino a la Argentina con su familia escapando de la guerra.

PLAYBOY: ¿En qué ciudad de Alemania nació?

MARLEY: En una que un día pertenecía a Alemania y al día siguiente a Rusia y así. Los Wiebe vinieron en el 45, o sea que mi viejo vivió toda la guerra estando allá.

PLAYBOY: ¿Vino con tu abuelo?

MARLEY: No, mi abuelo ya había muerto. Mi papá quedó entonces a cargo de sus cinco hermanos y de su mamá. Pasaron hambre. Mucha. Le costaba hablar de aquellos años en Alemania, pero algunas cosas me contó.

PLAYBOY: ¿Como qué?

MARLEY: Estaba toda la familia muerta de hambre y un día salió a buscar comida, lo que fuera. Estaba robando una papa y de repente sintió algo en la cabeza. Era un soldado nazi que lo apuntaba con su arma. Mi papá se quedó quieto y el soldado le hizo ruleta rusa. Le dijo: Vamos a ver cuál es tu destino. Cuando gatilló, el arma no disparó, entonces lo dejó ir. En ese momento, mi papá era un chico de 15 años.

PLAYBOY: ¿Cómo sigue la vida después de eso?

MARLEY: Y... sigue. Cuando mi papá estaba en la mesa, había que comer hasta el último bocado. Durante toda su vida estuvo obsesionado con que no dejáramos comida en el plato.

PLAYBOY: ¿Cómo fue que los Wiebe llegaron a la Argentina?

MARLEY: La muerte de mi abuelo lo habilitó a mi papá para meter a toda la familia en un barco. Cuando llegaron, la Argentina acababa de cerrar el ingreso a los inmigrantes, así que tuvieron que irse al Paraguay.

PLAYBOY: ¿Cómo se llamaba tu papá?

MARLEY: Jack, le decían. Traducido del alemán, su nombre era Jacobo. Toda mi familia tenía nombres bíblicos.

PLAYBOY: ¿Protestantes?

MARLEY: No, católicos.

PLAYBOY: ¿Y cómo siguió la vida en Paraguay?

MARLEY: Mi viejo trabajó de lo que pudo. Su madre murió y él se hizo cargo de todos los hermanos, eran seis en total. Los hizo estudiar, los fue sacando adelante. Y después cada uno fue encontrando su vida. Una hermana se fue a Estados Unidos. La otra se fue a Canadá. Y mi viejo se vino a la Argentina, que es donde había querido vivir desde un principio.

PLAYBOY: ¿Conociste a esas tías desperdigadas?

MARLEY: Sí. La que vivía en Canadá, Helene, se ganó un millón de dólares en el Loto. Y nos invitó a todos a su casa para agradecerle a mi papá todo lo que había hecho por ella. Fue mi primer viaje en avión.

PLAYBOY: De todos los que vendrían, mirá. ¿Qué recordás de ese vuelo?

MARLEY: Estaba seguro de que iba a ser el único avión que me iba a tomar en mi vida, así que me guardé las servilletas que te daban las azafatas. Yo tenía 15 años.

PLAYBOY: Con esa edad, a tu viejo le tocó vivir el terror de un corchazo que no salió. ¿Qué te tocó a vos, además de un primer viaje en avión?

MARLEY: No puedo decir que haya sufrido nada parecido, ni de cerca. Tuve una familia que me quiso mucho, que me cuidó mucho.

PLAYBOY: ¿Tu mamá?

MARLEY: Ana María Henrichmann, también hija de alemanes. Era institutriz de los Anchorena. Cuidaba a los hijos de esa familia, los formaba. Era la novicia rebelde.

PLAYBOY: Contame de ella.

MARLEY: Nació en Santa Fe, fue criada en el campo, pero vino a Buenos Aires a trabajar en la casa que los Anchorena tenían en Recoleta. Una vez me llevó de chiquito a conocerlos, me prestaron un tren para jugar, pero a mí no me caían bien porque esos chicos la trataban a ella de mamá, igual que yo. Me daba celos, no entendía por qué semejante cariño. Era MI vieja, no era la de ellos.

PLAYBOY: ¿Cuánto tiempo trabajó ahí tu madre?

MARLEY: Hasta que conoció a mi papá en una baile de la colectividad alemana y se casaron. Ahí renunció y no trabajó más.

PLAYBOY: Y armaron la casa en la que vos creciste, tu mundo.

MARLEY: Sí, absolutamente. Vivíamos en Villa Adelina y después nos mudamos a Carapachay.

PLAYBOY: ¿Sos de Carapa? Al final, sos un chico de barrio.

MARLEY: Sí, en Carapa me conocen todos. Yo salía mucho a pasear a mi perro. Después empecé a salir en la tele y seguía paseando al perro. Un día empecé a notar que me saludaba todo el barrio. Viví 30 años ahí.

PLAYBOY: ¿Cómo fueron?

MARLEY: Muy felices. Como mi viejo no había podido estudiar estaba muy preocupado porque nosotros sí lo hiciéramos. Él trabajaba duro como técnico de aires acondicionados y calefacción en empresas y siempre nos pagó el Instituto Ballester, donde aprendí bien el inglés y el alemán.

PLAYBOY: Es una escuela muy reconocida, y cara.

MARLEY: Bueno, hubo momentos donde no alcanzó la guita y tuvimos que pedir media beca para mí y para mi hermano.

PLAYBOY: ¿Eras buen alumno?

MARLEY: Repetí.

PLAYBOY: ¿Tenés un repetido?

MARLEY: Sí, segundo año. Pero porque en el Ballester no te podías llevar materias. Y si te llevabas algunas, se discutía si pasabas o no. Como yo me había salteado séptimo grado, porque había rendido libre y con once años ya estaba en primer año de secundaria, me dijeron que repetir en realidad me iba a acomodar con la edad. Igual el momento fue duro.

PLAYBOY: ¿Cómo fue?

MARLEY: En mi casa no teníamos ni teléfono. Todavía vivíamos en Villa Adelina. Me acuerdo bien, era un sábado. Vino la vecina y le dijo a mi vieja: Ana María, la están llamando de la escuela. Y yo dije: Ay, no, si llaman es porque no pasé. Me fui a mi cuarto. Estaba acostado cuando escucho que mi vieja le dice a mi hermano: Repitió. Me hice el dormido todo lo que pude. Me levanté a la una de la tarde. Sabía que había perdido a todos mis compañeros, pero lo peor era la culpa porque a mis viejos no les alcanzaba la plata y eso yo no me lo podía perdonar.

PLAYBOY: Te odiaste.

MARLEY: Es que mi viejo era un tipo al que le pasaba de todo. Una vez, nos levantamos a la mañana para tomarnos el 252 para ir a la escuela, salimos a la puerta y le habían robado el auto, un Chevy viejo, con palanca al volante, era un camión.

PLAYBOY: ¿Qué chico eras dentro del Ballester?

MARLEY: Era el amigo de todos. Estaba todo muy dividido entre los nerds y los populares. Bueno, yo me llevaba bien con todos.

PLAYBOY: ¿Que pasó cuando te levantaste esa tarde, a la una, y tuviste que enfrenatr a tu familia sabiendo que habías repetido?

MARLEY: Me bancaron. Mucho. No me retaron ni nada. A la noche llegó mi viejo, mi mamá le contó, y también. Mi familia siempre fue muy bancadora. Al principio me dio todavía más culpa. Yo pensaba: si por lo menos me castigaran un poco.

PLAYBOY: ¿Qué castigo te hubieras puesto?

MARLEY: Prohibirme la televisión. Siempre fui un fanático de la televisión.

PLAYBOY: ¿Qué mirabas?

MARLEY: Familia Ingalls, Mesa de Noticias. Mi juego favorito era armarme mi propia grilla de programación con los programas de todos los canales.

PLAYBOY: Ya eras gerente de programación, a los...

MARLEY: Doce, trece, catorce. Me gustaba un programa de un canal y otro de otro, y les organizaba horarios y armaba mi grilla. Me quedaba contentísimo con mi televisión perfecta. Era mi mezcla ideal de todos lo canales.

 

La televisión, al menos hasta la aparición de internet (y es una batalla que continúa), fue la criatura desbocada de nuestra época, la gran bestia pop, King Kong bajando del Empire State y quedándose con toda la ciudad, reinándola, volviéndolos a todos monos de su misma especie. No miramos televisión, fuimos mirados por ella, somos mirados por ella. La televisión ha triunfado por sobre el resto de los canales de comunicación masiva porque no exige credenciales o las que exige son mínimas, están apenas por encima de la alfabetización elemental. Cualquiera puede mirar televisión. En cualquier parte se puede mirar televisión. Su formidable poder para distribuir discurso, personajes, narrativas, en definitiva, símbolos, es incomparable con ningún otro soporte. Y, sobre todo, ser alguien en televisión es serlo en todas partes. Marley debutó en Fax, junto a Nicolás Repetto, en 1990: van 27 años de presencia ininterrumpida en pantalla. La cara y la voz de Marley han sido hiperdistribuidas por este aparato drástico cuyo radio de presencia social es absoluto, omnisciente. La televisión habita la vida de todos. Y para Marley, la televisión es su elemento.

PLAYBOY: ¿Qué personajes te fascinaban?

MARLEY: Me gustaba mucho Tato Bores, pero no lo entendía tanto.

PLAYBOY: ¿Y qué te gustaba de eso que no entendías?

MARLEY: Y... creo que la forma en la que hablaba, la velocidad que tenía.

PLAYBOY: Claro, para un tipo locuaz como vos debe haber sido una forma de encontrarse, una referencia. Te debe haber pasado lo mismo la primera vez que escuchaste a Enrique Pinti.

MARLEY: Bueno, claro, sí, por supuesto. Después, cuando terminé trabajando con él en Tu cara me suena, fue completamente inesperado.

PLAYBOY: Héroes de la infancia que un día terminan siendo compañeros de trabajo. Como Maradona, que en Fiorito pegaba los pósters de Bochini y después Bochini fue su suplente.

MARLEY: Bueno, para mí ese lugar lo ocupó Susana. Los miércoles era el único día que no tenía clases a la tarde en el Ballester. Entonces volvía a casa y la encontraba a mi vieja llamando para jugar con Susana.

PLAYBOY: Girás el dedo en el aire...

MARLEY: Sí, teníamos teléfono de disco. No había redial, era llamar y llamar a puro dedo. Era el mediodía de Canal 7 y cuando mi mamá me veía entrar, me decía: ¿Me ayudás a llamar a Susana?. Así que yo me sentaba con ella a que me diera ocupado todo el tiempo. Yo pensaba: Algún día lo voy a lograr. Después terminé siendo su amigo. Vino a comer a esta casa y el día que ella no pudo, conduje su programa.

PLAYBOY: Muchas veces se habló de quién era la heredera de Susana. Rial quiso sostener a Andrea Frigerio en ese lugar, pero ella no era. Se habló de Flor Peña, también, y tampoco. De Flor de la V. Alguien que heredara en pantalla esa formidable vocación para el estrellato. Pero, al final, el conductor que más se parece a Susana sos vos.

MARLEY: Tenemos cosas muy parecidas, sí, pero también otras muy distintas.

PLAYBOY: El primer emparentamiento es la torpeza, que si querés lo podemos llamar frescura, o espontaneidad, como prefieras, pero yo te recuerdo yendo a una tanda diciendo: Ya volvemos por la pantalla de Canal 13 y estabas en un programa de Telefe, del mismo modo que todos la recuerdan a Susana preguntando por los dinosaurios vivos. En Victoria Xipolitakis, el error parece fabricado, como si ella lo trabajara. En vos y en Susana, el error parece real.

MARLEY: Yo creo que me trabaja la lengua más rápido que la cabeza. Te juro que no me doy ni cuenta. Por lo demás, no creo en las herencias, no creo que nadie vaya nunca a heredar a nadie porque cada conductor es único en su estilo. Y Susana lo es especialmente. Ella está sola ahí arriba, no hay nadie como ella.

PLAYBOY: ¿Qué la vuelve invencible?

MARLEY: Muy poca gente logra estar en televisión y que parezca que estás en tu casa. Ese es su fuerte, la espontaneidad.

PLAYBOY: ¿Podríamos decir lo mismo de Marcelo?

MARLEY: Tinelli es más un showman.

PLAYBOY: Y también es más, no sé cómo decirlo, varonero, futbolero, sin entrar en la carátula sexual: es más hétero.

MARLEY: Puede ser, sí.

PLAYBOY: ¿Siempre supiste quién ibas a ser?

MARLEY: Mirá, estudié de todo. Trabajé como cajero en un supermercado, me gustaba bajarles el precio del pollo a las abuelas y cobrarles más a caro a los tipos que me hablaban mal. Después estudié turismo y entré en la radio, fui traductor en empresas, pero siempre supe que iba a trabajar en televisión. Desde el primer momento, si es que hay algún primer momento.

PLAYBOY: ¿Cómo fue el camino antes de llegar a Fax?

MARLEY: Mi vieja me llevó a un casting para entrar a Pelito. Cuando llegó la prueba de cámara me agarró terror, hice todo mal y no quedé.

PLAYBOY: ¿No quedaste en Pelito? ¿Quedó Adrián Suar y no quedaste vos? Toda tu carrera es una revancha de que no quedaste en Pelito, capaz.

MARLEY: Puede ser. Yo tenía una vecina, Laura. Me acuerdo que yo la iba a buscar y le decía: ¿Jugamos a la televisión?. Pobre, no le interesaba en lo más mínimo. Yo armaba todo para que fuéramos Mónica y César. Buscaba noticias, las redactaba y cada once minutos grababa una tanda. Yo dejaba espacios vacíos en un cassette y cuando veía que el contador llegaba a once cero cero, decía: ¡Nos tenemos que ir a una tanda, ya venimos!. Y ahí entraba el corte que yo tenía grabado.

PLAYBOY: Ah, un loco. Y Laura, tu Sancho Panza.

MARLEY: Sí, era la única del barrio que se copaba.

PLAYBOY: Sos una persona muy conocida. Diría, más que un famoso. Una celebridad.

MARLEY: Sí, hace tantos años que estoy, ya soy Pinky.

PLAYBOY: ¿Cómo hace alguien como vos para resguardar su vida, además de pedirle al arquitecto que te haga una fachada como esta?

Marley piensa. El reconocimiento popular tiene sus estadios, sus fases, que son cuatro. La primera es ser conocido: un invitado recurrente que va a la tele a hablar de algo, por ejemplo, y lo cruzás en el zapping ocasional y después lo ves en un restaurante y no sabés cómo se llama pero sabés que ahí está ese de la tele. Después viene el famoso, que ya tiene un nombre y un apellido capaces de ser recordados, pero que puede desaparecer en cualquier momento. La tercera es la celebridad, que es un famoso que no ha desaparecido nunca, que ha vencido la fama circunstancial y ya se instala como una presencia invencible porque ha sido elegido definitivamente por las multitudes. Y, finalmente, el divo, la diva, que es cuando perdés el apellido y pasás a llamarte solamente Mirtha, Susana, Marcelo, te volvés el oxímoron de un familiar inalcanzable. A los 46, Marley es una celebrity, pero está muy lejos de agotar su carrera. Ahora bien, en esa escala, con ese nivel de exposición y con la histeria colectiva que despierta la popularidad y sus consumos, en algún lugar hay que refugiar la vida privada. Marley se queda pensando en la pregunta. Y dentro de la pregunta, en la idea del resguardo. Después responde:

Yo elijo el misterio. Creo que el artista, si querés llamarlo el famoso, tiene derecho a un poco de misterio. No hace falta exponerlo todo todo el tiempo. Yo hubiera querido nacer en los años treinta, cuarenta, la época en la que el cine pasa de mudo a sonoro, porque ese misterio es bien de ese momento.

PLAYBOY: Vos cultivás ese misterio.

MARLEY: Sí, pero porque se fue dando. Tampoco me senté a pensar un plan maestro. Siempre existió el chisme, pero antes se sabía algo de alguien, no todo de alguien. Nadie sabía tanto de la vida de Greta Garbo, de la vida de James Dean.

PLAYBOY: Bueno, en la Argentina el gran cultor del misterio del personaje fue Sandro y ese muro de Banfield que disparó las fantasías de todos con respecto a qué había del otro lado.

MARLEY: Sandro, exactamente. Hoy eso se perdió. Con las redes sociales, más aún.

PLAYBOY: ¿Y vos encontraste tu balance en ese hoy?

MARLEY: Creo que sí. Porque hablo mucho de mi vida pero a su vez tengo un montón que está guardado para mí. Y yo soy bastante solitario, en realidad. Esta casa es el lugar donde estoy generalmente solo. La verdad, me gusta mucho estar solo. La paso muy bien solo.

PLAYBOY: ¿Sentís la presión de los públicos, de los medios, de todo el mercado de la celebridad y la información que buscan la prenda de un título?

MARLEY: No, me pasa lejos todo eso.

PLAYBOY: El misterio te refugia, entonces.

MARLEY: Sí, pero no es solo eso. También me gusta desconcertar. A veces estoy en un boliche y viene alguien a hablarme y no sabe bien nada, se descolocan, no saben por dónde encararme. Me miran y... pero vos... ¿cómo es?... Entonces todos me conocen, pero nadie sabe bien nada. Me encanta esa combinación. No hay mucha gente que tenga el placer y la suerte de tenerla. Yo, sí. Así que no la pienso dinamitar.

PLAYBOY: ¿Pensás que tu vida ya es así y seguirá siendo así? ¿En algún momento cambiará ese formato de la celebridad que guarda sus cofres?

MARLEY: Y, sí, creo que en algún momento va a cambiar. Pero no todavía.

PLAYBOY: Hablemos de ese todavía.

MARLEY: Todo lo que pueda estirarlo, lo voy a estirar.

PLAYBOY: ¿Cuánto te queda?

MARLEY: No sé, pero queda.

PLAYBOY: ¿Vas a seguir disfrutando de qué, mientras?

MARLEY: Me gusta mucho escuchar las teorías de la gente sobre mí. Me han dicho cosas que yo no puedo creer que piensen. Con esas fantasías sí me divierto mucho. Es más, personas que están segurísimas de que estuve relacionado con gente que ni siquiera conozco.

PLAYBOY: Bueno, los públicos proyectan.

MARLEY: Yo nunca me comí el qué dirán. Nunca me importó demasiado.

PLAYBOY: ¿Nunca te sentiste herido?

MARLEY: ¿Sabés que no? Me pasó un día, lo recuerdo bien, Mario Pergolini en CQC me agredió de una manera muy fuerte. Yo recién me había mudado a esta casa. Estaba solo. Fue una agresión con mucho odio. Yo estaba subiendo esa escalera y justo lo escucho. Me senté en la escalera y él no paraba, no paraba. Y me quedé ahí sentado esperando que sonara el teléfono, que me llamaran para contestarle. Pero no sonó. Y de golpe dije: Bueno, ya pasó. Y un día me lo cruzo a él en la playa y yo estaba con mi papá y mi mamá. Me acuerdo que viene Mario, me saluda, saluda a mis viejos. Y entonces le digo: Che, ¿qué pasó ese día que me dijiste tal y tal cosa? Y Mario: Nooo, perdoname, se me escapó, que no sé qué, que esto, que lo otro. Como que enseguida se calmó y desapareció y me di cuenta de que nada de lo que dijo había quedado en el público. Para mí es por ahí. A mi me dolió, pero me levanté y seguí subiendo mi escalera. Sin desearle el mal. Yo nunca le deseo el mal a nadie.

 

La puerta de Estudio Mayor, sobre la calle Ravignani, es una terminación nerviosa de la televisión argentina. Marley la cruza con soltura, cuando llega a las nueve y media de la noche para conducir Despedida de solteros, un reality de parejas que todavía creen en el matrimonio. En este lugar muestra otra determinación, Marley, o eso parece. La forma en que saluda en recepción, la forma en la que desanda el pasillo. Esta no es su casa. Es su campo de batalla.

El camarín tiene un gran sillón rojo furia, un espejo obligatorio y no mucho más. Parece algo desprovisto, pero Marley lo completa con su metro noventa y uno que lleva años manejando con soltura. En un rato va a tener nueve puntos de rating sobre la cabeza, casi un millón de personas al otro lado de la lente que lo poncha. Marley viene de unos días de fiebre y antibióticos, pero para él este es solo otro día de trabajo.

PLAYBOY: La sensación es que nunca no hay un programa que estés conduciendo. ¿No te agotás?

MARLEY: Me gusta mucho lo que hago. Pero es cierto, termino este programa y 24 horas después me voy a Colombia a grabar La ciencia de lo absurdo.

PLAYBOY: ¿Veinticuatro horas es literal?

MARLEY: Literal.

PLAYBOY: No sos de los que se toma un tiempo y vuelve. ¿Te da miedo salir de la pantalla?

MARLEY: No sé si es miedo, realmente disfruto esto. Tampoco me está ayudando mucho la salud.

PLAYBOY: Bueno, la salud tiene todo que ver con la fatiga.

MARLEY: Ni este programa. Los participantes son muy duros entre ellos. Menos mal que lo conduzco con Carina Zampini que los contiene bastante; si no, ya habría explotado, yo.

PLAYBOY: ¿El tono crispado del programa no es una proyección del tono crispado del país?

MARLEY: Sí, es una relación directa.

PLAYBOY: Tenemos las televisiones que somos.

MARLEY: Definitivamente. Yo miro mucha televisión de otros países y no podés creer las diferencias.

PLAYBOY: A ver...

MARLEY: En Estados Unidos hacen veinte años el mismo programa y siempre lo hacen igual, con el mismo tono, mismo conductor, misma puesta. No necesitan romper todo tan seguido. No hay peleas, no hay nada y la gente lo sigue mirando de la misma manera en la que lo miró siempre.

PLAYBOY: ¿Por qué pasa eso? ¿En dónde se forma esa rutina que acá, nunca?

MARLEY: Yo creo que la gente en Estados Unidos es más costumbrista: me levanto, voy, trabajo, vuelvo a mi casa, miro mi programa de televisión, me acuesto, me levanto, voy, trabajo y así.

PLAYBOY: Entonces esas sociedades tienen programas que se les parecen.

MARLEY: Son más autómatas. Y acá de todo nos cansamos enseguida. Nos encanta un programa, nos fascina. Al año siguiente, ya fue.

PLAYBOY: Pero, entonces, ¿qué tenés vos que en esta televisión tan esquizofrénica te volviste una línea de flotación recurrente? La televisión argentina se convulsiona para todos lados y vos siempre estás ahí. La pregunta sería: ¿con qué parte de nuestra cultura te entendés bien?

MARLEY: Yo, dentro de mis posibilidades, me reinvento. Me muevo mucho de un programa a otro.

PLAYBOY: Tal vez lo argentino de tu formato de conducción sea eso, la capacidad que tenés para moverte y saltar. Ese toc tan nuestro, tan nacional, de sobrevivir a todo como sea.

MARLEY: ¿Vos decís la adaptación?

PLAYBOY: Gracias.

MARLEY: Trato de probar distintos tonos de conducción. El año pasado estaba haciendo un programa de biografías, y ahora este reality de parejas y uno de ciencia para National Geographic.

PLAYBOY: Pura versatilidad argentina, ok. ¿Cómo sigue?

MARLEY: ¿Qué cosa?

PLAYBOY: Tu televisión, tu vida.

MARLEY: Quisiera programar.

PLAYBOY: Ah, esta vez sería de verdad y no el juego de un nene de diez años con una vecinita que lo aguanta.

MARLEY: Claro, me han ofrecido ya, pero es una decisión que todavía tiene que madurar.

PLAYBOY: ¿Y fuera de la televisión?

MARLEY: ¿Qué sería?

PLAYBOY: No sé, vos decime. ¿Te gustaría tener hijos, por ejemplo?

MARLEY: Sí.

PLAYBOY: Algunos sí salen como flechas. ¿Te corre el tiempo? ¿Te apura?

MARLEY: Y, sí. Siempre tuve el sueño de tener un hijo a los treinta años, a los treinta y dos. Y después llegaron los cuarenta. Y ahora los cuarenta y seis. La otra es tener nietos directamente.

PLAYBOY: Claro, te salteás una generación y listo.

MARLEY: Sí, pero en serio, me encantaría ser papá.

PLAYBOY: ¿Lo sos con alguien?

MARLEY: Hay unos chicos en el barrio donde vivo que siempre vienen y me tocan el timbre. Saben que les doy chupetines o les regalo autitos. Hay uno que el otro día estaba andando en bici, se cayó y se lastimó. Entonces vino a que yo lo curara. Me dijo que si yo no lo ayudaba, la mamá lo iba a retar. Así que busqué una gasa, le limpié un poco la herida y le puse una curita. Me gusta porque me vienen a buscar como alguien que les puede dar una solución.

PLAYBOY: Sí, se llama ser papá. Como tu viejo cuando salía a robar papas porque había que solucionar el hambre de la familia. ¿Vas a tener hijos, entonces?

MARLEY: Sí. Estoy convencido.

PLAYBOY: ¿Te imaginás solo o teniéndolos con alguien?

MARLEY: Podría ser padre soltero. A mi me cuesta mucho la convivencia en pareja.

PLAYBOY: Ah, sos medio saltimbanqui.

MARLEY: Es que me gusta mucho la independencia.

PLAYBOY: ¿Qué más te cuesta?

MARLEY: Enamorarme.

PLAYBOY: Ah, mirá.

MARLEY: Y me cuesta mucho confiar.

PLAYBOY: Te lastimaron.

MARLEY: No sé si me lastimaron...

PLAYBOY: No era una pregunta, era una afirmación. Disculpá, pero es una cuenta lógica: si te cuesta confiar, alguna herida llevás encima.

MARLEY: ¿Sabés qué pasa? Yo tengo todo muy en claro en mi carrera y en mi vida. Y una vez, hace como quince años atrás, me dolió mucho.

PLAYBOY: ¿Qué cosa? ¿Un amor?

MARLEY: Sí, que me dejaran. A partir de ahí, nunca más me enganché con nadie. No me volví a dejar lastimar.

Cuando se apaga el grabador algo se relaja en el aire: debe ser como salir de cámara. Y entonces todos nos saludamos y nos decimos gracias por la charla. Marley entonces desliza que escribe. Cuentos, escribe. A mano, sobre una hoja de cuaderno, con una lapícera, y lo hace desde sus 17 años. Le pido si puedo leer uno. Me dice que mañana me lo manda. Al día siguiente, me entra por WhatsApp la foto de un papel arrugado, arrancado del grupo de papeles que lo contenía, con una letra apretada, en cursiva, en birome azul. Es un cuento de Alejandro Wiebe que dice: Ahora, recién ahora, que mis manos rodean mundanamente tu cuello impidiéndote respirar, me aseguro de transcribir a la práctica todo lo que para mí era simple teoría. Así empieza. Cómo termina es otro de sus misterios.