COMER

NOBODY CALLS ME CHICKEN

Por Abril Correa Leveratto

De la mano de los estadounidenses Justin Clouden y Timmy Jackson, Buenos Aires tiene un nuevo reducto ideal para expats, pero también para argentinos que quieran probar auténiticas alitas de pollo y más: Chicken Bros es un templo del picante y también el lugar para experimentar un brunch neoyorquino con todas las letras.

 

La historia empieza más o menos así: Justin Clouden, de 28 años, llegó a Buenos Aires desde Atlanta, Estados Unidos, con trabajo en una empresa multinacional para nada vinculada al rubro gastronómico; Timmy Jackson, de 31, vino a nuestros pagos en la misma época, pero desde Washington DC y con experiencia trabajando en algunos restaurantes y bares norteamericanos. Se conocieron acá, una noche fortuita, en una suerte de desenlace de comedia de enredos: Timmy terminó en la casa de Justin por error, descubrió que el anfitrión tenía en su cocina Ghost Pepper un ají muy picante que ambos consumían en su patria y en nuestro mercado es una rareza- y enloquecieron. Desde entonces, su amistad (su bromance) fue in crescendo.

De ese momento, pasaron cinco años. En el medio, cocinaron codo a codo en un Chilli Cookoff, evento gastronómico anual organizado por yanquis y para yanquis; participaron de la feria callejera Le Petit Mercado; prepararon banquetes de chicken wings para amigos y conocidos, luego formalizaron esa experiencia en formato de catering y hasta organizaron numerosos eventos por cuenta propia. Paralelamente, entablaron relación con los propietarios de Magdalenas Party, restaurante cerrado hace poco en el exacto lugar donde hoy está Chicken Bros (Thames 1795), nuevo emprendimiento del dúo dinámico. Magdalenas Party fue por casi una década punto de reunión de expats estadounidenses, clientela para la que Timmy y Justin también tuvieron oportunidad de cocinar: todos los lunes durante un año y medio, en Magdalenas les cedieron los fuegos para poner a prueba su capacidad como restaurateurs y como chefs, y para que ensayaran el servicio a un salón lleno. Cuando llegó la noticia de la partida de los dueños, también llegó la epifanía: tenían que dejar la vida como la conocían y abrir, finalmente, su propio restaurante.

Sexy Sunday Brunch

En Chicken Bros, inaugurado en marzo post remodelación, la propuesta es cortita y al pie: hay siete platos fijos, entre papas fritas, nachos, alitas de pollo (con salsas a elección), Polloclo (pechuga en bolitas, rebozada, frita, con salsas), una hamburguesa (la Big Bird, de pollo molido con chutney de panceta ahumada y cebolla, provolone, rúcula y tomate) y un hit instantáneo de postre, las Oreos fritas; básicamente, son galletitas Oreo sumergidas en panqueque, fritas, con cobertura de salsa de dulce de leche y whiskey, nueces azucaradas y helado de crema. Todo parece una bomba pero no es tan grave, las porciones son modestas (precio acorde), la comida no es chatarra y se puede acompañar con cerveza artesanal tirada (marcas como La Aldea), tragos clásicos y Jack Ginger (Jack Daniels con Ginger Ale de Pulpo Blanco). Así y todo, lo más relevante que sale de la cocina son las salsas caseras, que es lo que termina diferenciando a un buen plato de alitas de uno malo y es lo que más cuesta encontrar en Argentina: en Chicken Bros importan ingredientes de Estados Unidos y de Asia para preparar recetas picantes en serio. Tienen el famoso Ghost Pepper, tienen el chile Carolina Reaper, tienen la pasta gochujang (coreana y muy hot) y la lista sigue. A la materia prima le suman la tradición culinaria de Estados Unidos y el resultado son intensos condimentos artesanales, sin que falte nunca la clásica e imbatible salsa Buffalo (jalapeños, manteca) y su versión extrapicante, Blazin Buffalo.

Más allá de la carta disponible todos los días (excepto los miércoles, que está cerrado) a la que se añaden platos ocasionales (Mac and Cheese, curry de pollo tailandés, Buffalo Chicken Sándwich), quizás lo mejor de todo lo que comprende el universo de Justin y Timmy es su pulsión por ofrecer experiencias integrales, que excedan al espacio de la mesa. Los sábados tienen el Saturday Remix, desde las 17 horas y hasta eso de las 21, con DJs y músicos en vivo hay desde electrónica hasta funky brasilero- y happy hour en birra y tragos. Y los domingos, en su flamante Sexy Sunday Brunch (de 12 a 18 horas), logran recrear el espíritu de un brunch neoyorquino posta posta. En un horario extendido de ambiente fiestero, más que infusiones se beben Mimosas, Bloody Marys y sangrías. De la musicalización se ocupa SWRV, un colectivo de DJs que ponen el acento en el RB, en el hip hop y en future beats, siempre en frecuencia under, y que cada mes componen un mixtape que se llevan las primeras 20 personas que asistan al brunch. ¿De comer? Chicken Waffles, típicos del sur de Estados Unidos, entre dulces y salados; biscuits, similares a scones pero más esponjosos y mantecosos, con pechuga de pollo frita en forma de sándwich o con huevo, queso y panceta, y Eggs Benedict, con base de biscuit, huevos y la emblemática salsa holandesa en versión Buffalo. Para los más tranquilos, hay granola con frutas y café, claro, pero servido en french press, para compartir.