DEPORTES

PA FRENCHI

Por Manuel Eliabe

Llegó sin nada a Brasil a los 20 años y vendió cerveza en la playa para financiar a duras penas el sueño de ser un luchador de artes marciales mixtas. Hoy es el único argentino que pelea en UFC y se acaba de meter en el top 15 de su categoría. Hombres como Santiago Ponzinibbio no se encuentran en todos lados y más te vale que no sea en el octógono.

 

Hace tiempo que no vuelve a su casa y hoy está cansado como la Pantera Rosa en ese capítulo del reloj Cucú. Un golpe en el pómulo derecho es la secuela más visible del combate que mantuvo hace unos días en una nueva jornada de UFC (Ultimate Fighting Championship) en Canadá frente al francés Nordine Taleb. La parva de jabs (golpe directo del boxeo) que le tiró en la cara y en el lomo decidieron la victoria por unanimidad del argentino, que además dominó el suelo con llaves y codazos certeros. La cara cortajeada de Taleb no impidió el abrazo que se dieron al final: en esas manos y en esos ojos estuvo la violencia más extrema. En ese abrazo y en el café que se toma para esta entrevista, está la paz. No por nada le dicen gente boa en Brasil.

Vale todo

Nacido en la ciudad de La Plata el 26 de septiembre de 1986, Santiago Ponzinibbio fue siempre un amante de los deportes. Practiqué muchos, pero en el que más me quedé fue el rugby. Jugué casi 6 años en La Plata Rugby Club en el puesto de ala, hasta que me topé con el kick boxing cuando hacía pesas en un gimnasio.

A los 18 años ya se había dado cuenta de que su camino iba a ser distinto. En ese tiempo yo era un buscavidas, trabajaba en kioscos 24 horas; fui seguridad en boliches y en recitales del Indio Solari y La Renga; vendía panchos en una plaza y muchas cosas más. Daba clases de kick boxing y entrenaba con un amigo que venía del boxeo tradicional. Pero se realizaron un par de eventos de Vale Tudo (arte marcial donde literalmente vale todo) y ver la jaula cerrada y las reglas, despertó mucha curiosidad en mí.

Inmediatamente se puso a entrenar otras destrezas mezclando su bagaje del kickboxing con el de amigos que practicaban lucha grecorromana en el CENARD, otros que hacían jiu-jitsu y algunos boxeadores. Me anoté para pelear y me fue muy bien: peleé en Rosario y gané por knock out, nos fajamos de lo lindo, subraya con una sonrisa picarona.

Esa curiosidad se convirtió en motivación y pronto quiso trascender el bajo techo de la Argentina en el deporte. Todos me decían que cómo iba a ir a Brasil, que allá son monstruos. Todo ese mito que se generaba acá, porque UFC fue creado por brasileros y los argentinos que iban allá siempre perdían. El deporte más popular en Brasil después del fútbol, es el MMA (Artes Marciales Mixtas) y es el que más creció a nivel mundial.

Los hermanos Carlos y Hélio Gracie comenzaron con esta actividad en los años 20. Habían sido formados por un maestro japonés y terminaron desarrollando su propia disciplina, el Jiu-Jitsu brasileño, de la que presumían que era el arte marcial total, capaz de vencer a cualquiera otra. Así nacieron los desafíos Gracie, donde peleaban con boxeadores, karatekas y todo el que rayara. En los años 90, el hijo mayor de Helio, Rorion Gracie, fundó, en los Estados Unidos, UFC, la mayor empresa de artes marciales mixtas (MMA) del mundo. Ponzinibbio conocía esa historia y sabía que su destino era Brasil.

Santa Catarina

Con solo 20 años y un amigo de toda la vida que se iba de vacaciones, partió en micro hacia Florianópolis. No sabía si era Norte de Brasil o Sur, dormíamos en un camping y lo primero que hice fue buscar en la playa a alguna persona con una camiseta que diga brazilian jiu-jitsu, que es el arte marcial más temida en el mundo del combate por su agresividad y finalización, explica Ponzinibbio.

Al principio algunos le tomaron el pelo hasta que encontró a un entrenador en Lagoa de Conceicao que tenía un tatami que miraba al mar. Era un lugar increíble, entrábamos por una laguna y el nivel era altísimo. Me enamoré del lugar y dije: acá me quedó. Me cobraba un precio razonable por clase y vivía en un camping, pero un día me quedé sin un mango. No tenía permiso para trabajar y entonces armé una carpa en la playa para hacer masajes. Cuando se me rompió la carpa, empecé a hacer sándwiches de milanesa y, en carnaval, vendía cerveza.

De tanto buscar y esforzarse se topó con un experto en Muay Thai (boxeo tailandés), disciplina tremendamente respetada por su eficiencia para derribar rivales con los pies, codos y manos. Y después conoció un luchador de UFC llamado Thiago Tavares, que había comprado un gimnasio en la zona y tenía buenos contactos. La verdad, tuve mucha suerte, fui uno en un millón. En el sur de Brasil no hay un buen nivel de MMA, pero Thiago me dijo que si quería unirme al equipo tenía que entrenar todos los días. Entonces entrenaba de 8 a 15 haciendo musculación y tomando clases de Muay Thai, Jiu-Jitsu y MMA. A las 16 me iba a trabajar de mozo hasta las 2 o 3 de la mañana, una locura. Yo cometí muchos errores para la condición técnica que hoy tengo, pero mi convicción y mis ganas hicieron la diferencia. En aquel entonces no estaba creciendo técnicamente, no comía bien, no tenía suplementos, no dormía bien, pero estaba conquistando mi espacio y estaba mostrando las ganas que tenía, me estaba desafiando a mí mismo. Capaz que hice millones de entrenamientos al pedo, pero no tenía a nadie que me cuide o que me guíe.

Bautismo de fuego

Cuando entré por primera vez al gimnasio tenía rastas, no tenía un mango y era argentino. Cuando me vieron, hicieron una reunión y dijeron Pao no gato que significa vamos a cagarlo a trompadas. Me cagaron a palos los primeros entrenamientos, salía con dolor de cabeza de las piñas que me daban, el nivel técnico era altísimo. Conmigo limpiaban el piso, se pensaron que me iba a ir. Nunca me fui y se cansaron de pegarme, dijeron basta, este argentino es durísimo, vamos a enseñarle. Y después de un año estaba pegándoles yo a todos, cuenta con orgullo.

Todos esos escollos formaron su carácter y siempre estaba al acecho esperando una oportunidad. Y llegó, frente a Iuri Terrorista Fraga. El problema es que la pelea era de visitante en Belém do Pará (cerca del Amazonas) y al estilo Copa Libertadores, a Ponzinibbio le hicieron las mil y una en su excursión. Vuelos demorados, dormimos en el piso de un aeropuerto y no había agua en el hotel. Parecía todo orquestado para perder, había 5 mil personas en el estadio. Cuando entré al octágono el piso estaba lleno de sangre y me gritaban de todo, pero por suerte gané la pelea por decisión unánime.

La realidad

Cuando contaba un récord de 18/1 (una derrota que todavía hoy considera robada), apareció The Ultimate Fighter, un reality show donde 16 atletas convivían en una casa en San Pablo. El premio, un contrato con UFC. Eran 15 brasileros y yo, nadie me quería ahí adentro. Me apodaron Gente Boa porque yo decía argentino es gente buena. Gané las dos primeras peleas por knock out y la tercera por decisión unánime. En semifinales me enfrenté a Leonardo Santos, el favorito de la casa, y a los 2 minutos me rompo el brazo. Le termino ganando por decisión unánime con un brazo solo, ya que me había fracturado el radio en 10 partes. Pero me perdí la final.

Una performance impecable durante todo el show y un bonus por el mejor kock out (con una patada voladora) le merecieron el respeto de todo Brasil. Me hicieron contrato igual, me volví muy popular porque el reality era transmitido por OGlobo y me mudé a Rio de Janeiro de la mano de Rodrigo Minotauro, una leyenda en MMA.

La primera pelea oficial en UFC se llevó a cabo en Goiania y perdió por decisión unánime ante el norteamericano Ryan La Flare. Recién a finales del 2014 tuvo su segunda pelea en Brasilia, en lo que sería una suerte de revancha y una inyección anímica para resucitar en su hasta ese entonces escaso camino en UFC. El rival era brasilero y se llamaba Wendell de Oliveira, un gigante. Yo nuevamente estaba muy bajo, muy desorganizado y no llegaba bien. Encima, la noche anterior a la pelea me intoxiqué con una comida y estuve horas con suero, dormí solo dos horas. Estaba flaquito, débil y mis piernas temblaban por la fiebre. Comenzó la pelea y a los 60 segundos le meto 13 golpes y lo noqueo. Ahí sí me saqué un peso de encima y ya agarré una racha venciendo en Porto Alegre al norteamericano Sean Strickland que estaba con un récord de 15/0 para luego competir en Miami, Las Vegas y Hollywood.

La racha ganadora que atraviesa últimamente lo ha dejado en el Top 15 de la categoría Wélter, por debajo de los 77 kg, algo inédito para un argentino. Hoy día en el mundo UFC me respetan muchísimo, en el American Top Team todos me ayudan. Tengo a los mejores entrenadores y hasta comento peleas en habla hispana desde Los Ángeles, dice hoy en City Bell, mientras cuenta haber visto en las peleas a gente como Madonna, Mike Tyson, Shaquille ONeal y Anthony Kiedis. Su nombre es Santiago Ponzinibbio, le dicen Rasta y va al frente como reja negra.