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PARTE DE LA RELIGIN

Por Toms Rodrguez Ansorena

The Young Pope, del italiano Paolo Sorrentino, merece toda nuestra atención.

 

En La muralla y los libros, un ensayo incluido en Otras inquisiciones (1952), Borges reflexiona en torno de Shih Huang Ti (o Qin Shi Huang), el primer emperador de la China unificada, que borró el feudalismo, construyó la Gran Muralla para contener la invasión bárbara y dispuso quemar todos los libros anteriores a él. Quiso, en otras palabras, abolir la historia.

Su argumentación, con datos necesariamente borrosos, concluye con la inferencia de que todas las formas tienen virtud en sí mismas y no en un contenido conjetural: en este caso, solo en la oposición de construir (la muralla) y destruir (las bibliotecas). Algo que concuerda con la aspiración de todas las artes: la condición de la música, que no es otra cosa que forma. Y sigue, con su célebre definición: La música, los estados de la felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético.

La serieque estrenó HBO en diciembre en Estados Unidos y Europa y que el 13 de marzo estrenará Fox Premium en Argentina admite esa catalogación. Quizás sean los planos pictóricos, quizás su aura shakesperiana, quizás sus escenografías y vestuarios tan elegantes como pomposos, quizás la brillante actuación de Jude Law, su modo de caminar, su cándida brutalidad; quizás porque la política de Dios contiene, además de su práctica terrenal, el misterio de la fe. The Young Pope está por decirnos algo, está a punto de develarnos algo que es la verdad. Y no por su contenido. Aquí no opera la premisa que comanda House of Cards, a través de la cual debería poner en escena las bambalinas maquiavélicas del Vaticano. No, aquello está en segundo plano.

 

 

 

Su director, Paolo Sorrentino (ganador del Oscar a la mejor película extranjera en 2013 por la magnífica La Grande Bellezza), ha hecho de la estetización un estilo. La espectacularidad y el contraste (Jude Law se prueba su vestuario papal al ritmo electrónico de Im sexy and I know it de LMFAO) subrayan la idea que no estamos en presencia de una fotografía de la realidad sino de su absoluta manipulación.

El joven Papa se llama Lenny Belardo (Law), tiene 47 años y es el primer Sumo Pontífice norteamericano en la historia de la iglesia católica. Ha sido elegido en el cónclave fruto de un error de cálculo de su mentor, el cardenal Spencer (James Cromwell en su mejor versión), el más papable de los candidatos. Quienes conspiraban contra aquella predecible elección supusieron que la juventud de Lenny sería equivalente a su ductilidad. Pero pecaron de crédulos. Como le dice Spencer al monje negro de la política vaticana, el Cardenal Secretario de Estado de la Santa Sede Angelo Voiello (personificado por el italiano Silvio Orlando), olvidaste la más obvia de las verdades: los jóvenes son más extremos que los viejos. Y Lenny es, claro, un extremo. Eligió el nombre de Pío XIII (Pío XI y su sucesor, Pío XII, fueron los conductores de la iglesia durante el régimen fascista) para un papado ocultista, ultraconservador, que no admitirá medias tintas en la devoción a Dios y a su vicario principal: él mismo.

De niño, Belardo fue abandonado por sus padres y se crió en un orfanato bajo el ala de la Hermana María (la extraordinaria Diane Keaton), personaje central en la incipiente consolidación de su poder dentro de las claustrofóbicas paredes de la Santa Sede. Esa condición huérfana marcará la relación de Belardo con el mundo, con sus semejantes, con Dios y, desde que es Papa, con la feligresía. En una entrevista reciente, Sorrentino afirmaba que había querido evitar hacer una serie que le guiñara confortablemente un ojo a un público ateo si no que, al contrario, indagara en el fondo de la fe. ¿Y cómo es el peso de Dios?, pregunta retóricamente el Cardenal Caltanissetta: frágil.

Lenny oscila entre la más fría y hábil calculación y la inocencia más sensiblera, caprichosa. Y es difícil discernir cuándo se trata de una u otra. Lenny es inestable, vanidoso y aniñado, a la vez que determinado y sagaz. Lenny duda de Dios. Y para erradicar esa duda no ha encontrado mejor solución que imponer su dogma sin miramientos, lo cual despertará el horror de los cardenales. Desde que comenzó con el proyecto, alrededor de 2013, Sorrentino detectó que el mayor miedo de la iglesia contemporánea era el descenso en el número de fieles. Por eso, quizás, es que el perfil de Bergoglio sea tan dialoguista. ¿Por qué no inventamos un Papa que sea diametralmente opuesto en todo sentido a Francisco?, se preguntó Sorrentino. Después de todo, no hay razón para suponer que en el futuro, quizás como un quiebre con su predecesor, no exista un Papa menos progresista y ecuménico que el que tenemos hoy (). Lenny es la semilla de un fundamentalismo católico que descartamos categóricamente, tanto como lo hubiéramos hecho 50 años antes con el fundamentalismo islámico. Esa teoría del péndulo (tan cara a los argentinos) le proveyó a la serie un condimento especial: ¿qué otra nación con peso mundial cambió un líder moderado, carismático y esperanzador por uno retrógrado, reaccionario, impiadoso, incongruente, caprichoso e incomprendido? ¿Les suena familiar?

Sí, desde su aparición en el Festival de Venecia en septiembre de 2016, quedó claro que este joven Papa se parecía bastante menos a Bergoglio que a Donald Trump. Sorrentino aclara en todas sus intervenciones que aquella no fue una intención pero que, sí, el sueño de la razón produce monstruos y los tiempos que corren también. Para Sorrentino, el gran tema de la serie es la soledad, el punto crucial de la condición humana. Incluso el Evangelio, cuando llega al clímax de su relato, cuando quiere demostrar que Dios realmente se ha convertido en hombre, deja solo a Jesús en la cruz, y hace sentir la soledad en ese grito desgarrador: Mi Dios, ¿por qué me has abandonado?. Los sacerdotes de The Young Pope son hombres abandonados, dejados a la buena de Dios (¿acaso no lo son todos los hombres?). Enfrentan un destino marcado menos por la duda de si Dios existe o no que por su necesidad, de la cual ellos, encima, son su garante. A fin de cuentas, dice Sorrentino, refiriéndose al personaje de Voiello, napolitano como él, que solo permaneciendo atados a la realidad de la vida humana -un gol de Maradona o la inteligencia de un chico discapacitado- es que ese destino puede ser vivible.

Franois Truffaut dijo que el cine antibélico era prácticamente imposible dado que la esencia de la guerra es intrínsecamente cinematográfica. Quizás valga lo mismo para la iglesia. Desde su fundación ha sido, entre otras cosas, la escenificación de una verdad misteriosa y redentora; inalcanzable; la puerta de una revelación. Como el muro de Shih Huang Ti, una iglesia amurallada para sus fanáticos es fascinante en la pantalla de televisión; como el de Trump, peligrosa.