ARTE

QUIN ES ESE CHICO?

Por Federico Lisica

Del Insituto Di Tella al sello Mandioca; de La Opinión de Timerman a la Playboy española; de Disney a Madonna. Las varias vidas de Daniel Melgarejo terminaron demasiado temprano: murió de SIDA justo cuando su trabajo comenzaba a despegar internacionalmente. Aquí, su historia.

 

Son los últimos meses de 1989. Tengo once años y con mi hermana mayor acompañamos a mi mamá hasta el 9 piso C del edificio donde vivimos en Constitución. Nos abre la dueña del departamento, miembro del consorcio como mi madre. Es una señora de más de setenta años que juega al tenis todos los días y fuma Marlboro Lights. Nos invita a pasar, nos sirve Tang de naranja y se sienta en el living a charlar sobre la administración con mamá. Hay un televisor prendido contra la ventana pero con mi hermana nos quedamos mirando una mesita ratona con un florero desnudo que sostiene unas filminas. Ya ni bebemos el jugo y hay un motivo: esos cuadraditos de plástico transparentes contienen dibujos de Madonna. Que quede claro: no se trata de Maria Louise Ciccone sino de una Madonna animada al estilo Betty Boop. Es Nikki Fin, su álter ego en ¿Quién es esa chica?, la misma que bailó en el videoclip de la canción y en la secuencia de títulos de la película que habíamos visto el año anterior. Nikki sobrevuela un burbujeo multicolor, anguloso, xerográfico, propio de vieja escuela de animación, y en el que como buena mujercita fatal genera quilombo a su paso. Dicen que el animador Bill Plympton estuvo a punto de diseñar esa apertura. Pero escogieron a otro sujeto. De todo ello me enteraría después. Mucho después. Pero de lo que nos enteraríamos a poco de salir de ese departamento, era que el florero, en realidad, era una urna con las cenizas de Daniel Melgarejo, el autor de esa versión de la diva del pop. El dibujante había fallecido algunos meses antes, más precisamente el 8 de julio de 1989 a los 43 años, en el hospital Roosevelt de Nueva York, por las complicaciones derivadas del VIH/SIDA. El mismo día a ocho mil quinientos kilómetros de allí, Carlos Saúl Menem se paseaba con Zulema Yoma en un descapotable tras haber recibido el bastón y la banda presidencial de manos de Raúl Alfonsín.

 

 

 

Melgarejo en Bujolandia

Daniel Melgarejo fue un ilustrador, historietista, vestuarista, escenógrafo, amante de la animación, que recaló sin tapujos en el universo publicitario y demás variantes del arte visual durante tres décadas de trabajo. Además de su obra hay que seguir su estela por diversas camadas: del Di Tella en los 60 a la revista de cómics El Víbora -uno de los estandartes del postfranquismo en los 70-; así entre un sinfín de nombres, períodos e historias que se agolpan unas con otras. Un errante que dibujaba todo el tiempo. Hasta en las paper bags de los delis neoyorquinos de los 80.

Daniel murió justo a punto de despegar. Cuando llamaste para la entrevista dije que sí por algo. Suelen preguntarme por el pasado y eso no me gusta tanto, ya no quiero volver a visitar lo que hice, pero con Daniel es distinto: siento que le debo algo. Quien habla es Juan Orestes Gatti, el tipo que creó la tapa-estrella de Artaud de Pescado Rabioso, el traductor visual de varios de los pósters de las películas de Pedro Almodóvar, por mencionar dos de sus trabajos. Melgarejo fue un referente para muchos de su generación que, es cierto, lo trascendieron. Así parecen más nítidas las frases de otros de sus colegas como Hermenegildo Sábat, con quien trabajó en el mítico diario La Opinión (vivió los dibujos animados como si él fuera de celuloide) y de Oscar Grillo que, para simplificar la cuestión, lo consideraba un genio (Podía dibujar con ambas manos y a menudo sobre dos dibujos diferentes al mismo tiempo). Y entonces sí, la imagen sigue tomando forma, un movimiento más amplio, como en el final de ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, hacia la Bujolandia de Melgarejo.

Mami, cumplí el sueño de mi vida

Pasaron más de dieciocho años hasta que volví a entrar a ese departamento. María Teresa Melgarejo ha dejado de fumar (no hace mucho), de tanto en tanto juega al tenis, y ha transformado el living en un altar dedicado a la obra de su hijo. Donde uno mire hay un trabajo suyo: un dibujo de un Pato Donald en diamantes; tres señoras con las piernas entreabiertas parloteando en un sillón como en un cuento que Manuel Puig nunca escribió; su misma madre hecha en marcador de punta fina leyendo un libro y, justo al lado de una ventana, un diablo anguloso que se parece mucho a David Byrne cantando poseído.

María Teresa preparó milanesas y ensalada para recibirme. Me habla largo y tendido de su hijo, de su infancia en los 40, de las tardes en Plaza San Martín donde dibujaba con un palito en el arenero. Me muestra tizas en las que Daniel esculpió figurines. Me confía textos que publicaron sobre su hijo, algunos circulan en la web y ella misma los imprimió. Me pasa contactos telefónicos. Me habla de cómo conoció a Lacan durante un viaje a Barcelona mientras Daniel vivía como freelance para agencias publicitarias, el diario La Vanguardia y la Playboy española. También de Paloma Picasso (una de las mejores amigas de Melgarejo y mayores coleccionistas de su obra) visitando el mismo departamento de Constitución donde ahora María Teresa me ofrece unas frutillas con crema. Me olvido de preguntarle si es cierto que su hijo anduvo de juerga con Marguerite Duras. Me previene de ciertas amistades de Daniel: Creo que mi hijo era gay, susurra y me entrega una suerte de hagiografía singular, escrita desde el cariño y lo microscópico, donde se lee: Daniel dibujaba en diagonal los dibujos de la película que había visto en los rollos de la calculadora, que luego en un proyector también obsequio de su papá- proyectaba sobre una sábana. Le toca el servicio militar. Cuando dibuja el test del árbol en el Ejército, lo ayudan a vestirse y lo acompañan hasta la puerta. En su taller de la calle Moreno y Bolívar, recibió a Jorge Álvarez, Billy Bond, Javier Martínez, Pappo y Spinetta. En ese pequeño lugar se concretaron las ilustraciones que Daniel realizó para ellos. Estaba harto de las razias, de que te metieran preso sin motivo. Saliendo de retirar su DNI lo detuvieron por averiguación de antecedentes. Fueron las sabias palabras de Hermenegildo Sábat que ante su queja le dijo: Pibe, tenés demasiado talento, mandate a mudar de este país. En Barcelona vivía en un edificio tan viejo que ni siquiera tenía ducha. Esta vez una avión lo llevó a Nueva York () un amigo le acerca el diario con un aviso de Disney pidiendo dibujantes. Pedían volver a la fuente, a los dibujos creados por el hermano de Walt, Roy Disney. En el suelo de la iglesia de San Patricio hizo los dibujos de Mickey. Me llamó a la noche por teléfono: Mami, cumplí el sueño de mi vida: me contrataron en Disney; te hablo de un teléfono pinchado así que si se corta no te aflijas. Su padre muere el 18/12/88 a las 6:15. Tres días después fallece Federico Moura, cantante de Virus para quien había realizado la tapa Superficies de Placer un año antes. Volvió a Nueva York con muy bajas temperaturas y nievese engripó. Traje sus cenizas en una mochila en mi espalda. Este es mi primer escrito en la computadora que me obsequió la Sra. Beatriz Schafino. Gracias.

 

 

 

¿Di Tella boy?

Hacia 1967, a sus 20 años, Melgarejo había sido convocado por Jorge Álvarez para encargarse de la parte visual del sello Mandioca, donde cada carátula seguía los patrones del arte pop. Confeccionó pósters, simples (Manal, Miguel Abuelo, Cristina Plate), LPs (Pidamos Peras a Mandioca) hasta pasarle la posta a Juan Gatti, quien se sumó al proyecto y en algunos de sus trabajos conservó el estilo animado patentado por Melgarejo: el mejor ejemplo de esa influencia es la tapa de Pappos Blues Volumen II. Muy al estilo de los cortometrajes Silly Symphonies de Disney, con dos animales tocando un violín y un arpa, y que el Carpo describiría siempre como el disco de los ratoncitos.

Melgarejo estaba en el momento y lugar exactos para ser un chico del Di Tella aunque fuera uno singular. Amaba a Eric Satie, los boleros y a Cole Porter, más que el rock y no podía componer como Jorge de la Vega. Demasiado convencional para ser hippie. Demasiado flower para cuadrar en una agencia de publicidad como su madre. Algo pudoroso como para convertirse él en un cartel de autopromoción como hicieran Dalila Puzzovio, Edgardo Giménez y Carlos Squirru. Eso sí, gracias a Rosa Bailón, metió un pleno en el casino de esa generación: Melgarejo se encargó de la fachada del local Madame Frou Frou, en la legendaria Galería del Este. Antes de partir para Barcelona fue parte del staff de La Opinión de Jacobo Timerman. Ese diario sería recordado justamente porque no había casi nada de imágenes que acompañaran a los textos. Los contados dibujos eran de Melgarejo y Sábat. Daniel ilustraba la sección de Felisa Pinto dedicada a la vida cotidiana. Era genial pero me enfrentaba diariamente a un gran problema: lograr que sus trabajos llegaran al diario antes de la hora del cierre.

El avión ya despegó

Tras su paso por España, Melgarejo volvió a la Argentina entre el final de 1979 y los primeros berridos de la nueva década. Fue casi una escala antes de emigrar, y mutar de nuevo, esta vez en los Estados Unidos, en marzo de 1981, porque no pudo amoldarse a los tiempos y formas de la sede porteña de la publicitaria Walter Thompson. Su mayor aporte artístico durante esos meses no sería uno visual, sino funcionar como nexo entre Federico Moura y Roberto Jacoby. Si bien ya se conocían de años y rondas, fue Melgarejo el que le aconsejó al primero de que llamara al sociólogo y artista para que se sumara como letrista de Virus. Para la banda platense, Melgarejo haría las tapas de Locura, Vivo y Superficies de Placer con chicas que se besaban al espejo, siluetas distorsionadas y culos.

Se acercaba el final. Por entonces, Melgarejo llevaba un cuaderno con notas de sus sueños. En uno de ellos se imaginó hablando con el mismísimo Walt Disney sobre cigarrillos europeos. Aunque sus días en Nueva York no fueron tan ensoñadores como podrían parecer. En Disney, según Juan Gatti, lo desaprovechaban consignándolo a la parte de licencias y merchandising. Del talento que tenía dejó poco, le faltó hacer una película de animación, era hacia donde él iba; cuando veo lo que hizo Grillo con Linda McCartney, me da un poco de bronca, ¿entendés?, porque creo que eso lo tendría que haber hecho Daniel.

Los Estados Unidos fueron arduos con su visa de residencia y, tras obtenerla, la agencia impositiva lo puso en rojo por sus deudas. Por ese motivo no aparece en los créditos de la película de Madonna. Fue una pequeña maniobra para evadir al fisco. Eso sí, se aseguró una broma reservándose una aparición en el corto que abría Whos That Girl.

Quizá por eso Roberto Jacoby, uno de los mayores encargados de difundir post mortem la obra de Melgarejo, lo definió como genio secreto, emblema y contraseña para una suerte de aristocracia internacional del humor de la inteligencia. La última vez que se vieron fue en Plaza San Martín en 1988 y de ese encuentro final saldría el título para la biografía que Melgarejo proyectaba de sí: Alma Zen.

Como se sabe, esa escuela filosófica oriental promulga el equilibrio entre el cuerpo y la mente. Y, como en una cinta de Moebius, el logo de Daniel Melgarejo es un angelito que dibuja un diablo y acaba donde el diablito comienza a dibujar al ángel. Oscar Grillo lo ha descrito como un ángel en la tierraun ángel real, lo que digo es, tenía sus vicios y virtudes. Tenía el underground en los genes, ¿sabés que te digo? retoma Gatti. Había una cosa suya que lo atraía del trash, me acuerdo de una serie que había hecho de baños públicos que no sé a dónde habrá ido a parar. Pero eran unos dibujos de un realismo impresionante, una cosa media social, con unos viejos desdentados, desnudos de pitos enormes, y después te hacía un cisne y unos angelitos llevando flores. De hecho, ilustró con querubines un artículo sobre Charles Bukowski para la Playboy española. Neil Martinson, su asistente durante la realización para ¿Quién es esa chica?, dijo: Nunca conocí a una persona que manejara con tanta facilidad su talento. Yo podía pedirle que hiciera un dibujo de Minnie Mouse teniendo sexo oral con Donald Trump en un bar. ¡Y en 45 segundos tenías el mejor dibujo posible!.