#MIAMOR

ROCK AND ROLL YO.

Por Alejandro Seselovsky

Un chico de once años se escabulle del living donde sus mayores miran televisión y entra sigilosamente en el cuarto de su madre. Enciende el televisor pequeño que está sobre la cómoda y pone Canal 9. El cuarto está oscuro y la cara se le llena con la luz de la pantalla. El cuerpo del chico se enciende de varias cosas: de miedo, porque el cuarto está sin llave y cualquiera puede entrar en cualquier momento, y también de una electricidad todavía nueva, vergonzante, inconfesable y maravillosa. El miedo desaparece del todo cuando la fanfarria inusitada de un escote gana el ancho de las catorce pulgadas y se queda con el chico entero y sus sentidos: la mirada, el tacto. Es viernes, son recién pasadas las nueve de la noche. Yo fui ese chico. El Club Privado de Moria fue ese programa.

 

Treinta años después estoy en el departamento de Dani Umpi, barrio de la Ciudad Vieja, Montevideo. Umpi es un artista icónico del pop contracultural y hablamos de sus discos, de su próxima novela. Acabamos de comer su caserísimo pastel de carne y entonces le pido que ponga algo de música. Umpi abre Youtube y pone una vieja entrevista a Moria Casán. Me desconcierta un poco. Tal vez quiera hacerme escuchar alguna declaración o mostrarme cómo se advierte la toxina mediática desde el otro lado del Río de la Plata. Pero no, pone la entrevista a Moria, un móvil en Intrusos, y ahí la deja sonando, llenando con la voz de Moria el aire de su casa. Lo miro, me mira. Yo la escucho como música, me aclara. Y después agrega: Me encanta que se asuma como mujer-puto. Que reivindique la próstata como zona de placer. Que hable de drogas. Que arrincone a los mediáticos y después se amigue, que le de visibilidad al acting aclarando que es humor y entretenimiento. Tiene una impunidad verbal interesante que ustedes los argentinos le dan sólo a ella. Estoy en un grupo de Facebook en el que sólo hablamos de Moria Casán. Me voy de la casa de Umpi sabiendo que Moria cuenta como tracklist, que finalmente Moria es rock.

 

La pregunta entonces podría ser: qué rock es ese, decime Moria cuál es tu rock. La respuesta es abierta y frondosa: el rock de la infancia peronista, el rock de tener un tío guardaespaldas de Perón y una tía que te lleva a los festivales de los sindicatos y te hace bailar delante de todos y vos bailás como la que nació para hacerlo y salta la púa del disco y te quedás en silencio frente a un gentío de hombres con sombrero y sus mujeres y bailás igual, seguís bailando sin detenerte y te das cuenta, a los seis años, de que la música sos vos y de que de así va a ser el rock del resto de tu vida. El rock del padre militar con abono en el Colón, el rock del melónamo señor Casanova que no mira la danza con buenos ojos porque no te paga las clases de piano y de solfeo para que bailes sino porque papá te quiera pianista, pero vos le escribís el rock de la vedette, el rock del putón patrio, el rock de la revista porteña y de la teta hiperbólica y de los brishos y las luces; el rock de la calle Corrientes, el rock de Hugo y de Gerardo; el hardrock de un conchero bien puesto, el rock de las plumas y de aprender a bajar la escalera: una vedette no mira los escalones, una vedette que rockea mira hacia el horizonte de su platea y los escalones los lleva en la memoria del rock del cuerpo. Ése es tu primer rock público, el rock del mujerón y el de la morocha estandarte; el rock de reeditar la gran conjunción adversativa del varón argentino que enfrenta en su cabeza rubias con morochas y que la tuvo a la Sarli versus la Leblanc en el round de los sesentas, y que las tendrá a la Brodsky y a la Romero en el de los ochentas, pero en el medio, el rock de la rubia y la morocha de los años setentas lo tocaron vos y Susana, y tal vez lo hayan seguido tocando para siempre, hasta el día de hoy. Y qué duro el rock de los setentas, qué rock pesado: fue mejor que te agarrara afuera, viendo cómo ponerte en bolas en la Plaza del Callao, en la Madrid del franquismo, que te encontraras allá con la noticia del rock del Golpe y del rock de la Junta y que, para cuando volvieras, el milico argentino te adorara, te fuera a ver al Maipo, al escenario de la leyenda, a verte tocar el rock de compartir cartel con Tato Bores y Carlos Perciavalle en Esmeraldas y brillantes, y volverte de golpe el emblema de la mujer amante, la iconización de la otra: porque el varón de los setentas tiene esposa, familia, hijos y amante, tiene el rock de ponerle departamento a la amante, es el rock del milico autosuficiente convencido por el whisky de que le sobra pija para tener bien atendidas a las dos hasta que una guerra lo cape y lo hunda, pero eso a vos no podría afectarte. A vos, la década que viene te espera para hacerte vibrar con el rock de la televisión, el rock de Monumental Moria, de formatear la revista y el Café Concert para que te entre en el estudio de Canal 9, de Canal 11, el rock de ponerle Las tretas de Moria a tu programa y de seguir dándole rosca a la retórica preporno de la televisión que vendrá. La cumbia de Rita Turdero, la cumbia de la pantera de mataderos, el rock de meter cumbia y adelantar la cultura, predecirla, tocar antes que nadie una cumbia que es un rock de los pobres entre guinches y carniceros. Y el rock del Tabarís, de El Nacional, el de los elencos de hombres y de mujeres. El rock de Mario Castiglione, el rock de los hombres que al lado tuyo tienen que medir o desaparecer, y el rock nuevo, el increíble rock de tener una hija y de que todos te veamos ser Madre Moria, Madre Ana María Casanova.

 

En cambio, el rock de la cocaína es otra cosa, otro rock. El rock de que te guste la fiesta con gustito; el rock de ir y volver entera y resplandeciente para contarlo y no quedar turula de un acevé; el rock de saber cómo devorar por la nariz el lagarto blanco para que no te devore de un mandibulazo él a vos. De tu autobiografía, página 97, el rock de leerte: Ingresarte un toquecito de cocaína era igual a tomarte una copita de champán. Yo nunca pasé de eso, pero como no tomo alcohol, a veces venía bien. En el teatro, la cocaína funcionaba como interruptor: en la revista, todos los sábados venía un chabón a traerla para los capocómicos. Era de la buena. Sin milonguita no pasaba nada. Y el rock de tu remate: Nunca fui una adicta. Mi droga soy yo misma.

 

Tu rock de los noventas consistió, Brujas mediante, en incorporar el teatro a tu paleta de actriz que triunfa sobre la plataforma que sea, excepto en el cargo electivo de la política, ésa sí que no fue tu arena, ni fue tu rock. La década se fue en meterle rock al borderaux y también fue el rock de playa Franca y del corte de corpiños, el rock aprendido de la provocación y sus gimnasias. Y desde el nuevo siglo para acá sos el rock de tener tu propio rock, la parodia de la parodia, una mujer desvaneciendo la línea de frontera que separa la vida pública de la vida privada: el rock de que ya ninguna sea del todo ninguna de las dos. El rock de la lengua karateca, el rock de la declaración y la contradeclaración, el rock de salir a cruzarla a Mirtha porque usa joyas compradas en La Salada después de que la mucama le robara las posta; el rock de ir a lo de Susana con novios, ex novios, novios otra vez y siempre sacudirlos y pelearse en vivo con ellos como se pelean las parejitas en la parada del 140; el rock de trabajar con Marcelo y de ser como Mirtha, como Susana, como Marcelo: el rock de los que no necesitan apellido. El rock de Sofía Gala Porro y el rock del escándalo, el formidable rock del escándalo y el rock de la cárcel: the paraguaian jail rock. Acá, mientras vos te selfiabas desde la celda, todos rockeaban tu nombre, el gay festivo y bullyado que sufría en los recreos y ahora va al obelisco y pide #FreeMo; y su amiga emo soltera que también: #FreeMo. Y la divorciada sub40 que mira mucha tele y un día pide salir antes de la oficina porque hoy con las chicas de Feis van a pedir #FreeMo. El rock de seducir a un país porque después de todo nos hacés soñar, y nos divertís. El rock de tener show encima: el rock de ser el show.

 

Once y media de la noche del sábado 23 de abril del año 2016. Moria Casán está de pie sobre el escenario del teatro Maipo y por el cuello le camina una rata viva. Es una rata absolutamente real, bastante grande, con su pelambre gris y su larga cola de piel desnuda, parece que bien amaestrada. Moria y la rata viven un romance de ficción mientras todos miramos sentados en la butacas lo que ocurre sobre el escenario de la leyenda. Moria en vivo es una experiencia más bien física: la cara estallada por la batalla del tiempo, la voz más áspera, más quebrada y su paquete de símbolos ahora condensado en un rata que bien podría ser la muerte, o esta Argentina nuestra, o sólo un chiste de este cabaret que se parece tanto al burlesque de su vida o de lo que ella nos ha dejado ver como su vida. Tal vez la rata sea ella misma, tal vez la rata sea su último rock. Hay tipos que terminan en la cima y no se bajan hasta que la muerte los baja. Sofovich se retiró con una perfo soberbia en Los 8 escalones. Y a Julio Grondona lo tuvieron que sacar muerto del trono del poder. Para el cierre del show de Moria falta mucho. Pero ya se deja ver que cuando le toque hacer sonar el último acorde del último compás, Moria hará lo de siempre, tocará el único rock que ha tocado toda su vida: su loco, su tremendo rock del yo.