COMER

SIN VUELTAS

Por Valentina Ruderman | Fotos KOI

Siguiendo la tendencia monoproducto, en Buenos Aires han proliferado los bares y restaurantes con cartas reducidas. Una o dos opciones, cortito y al pie.

 

Las cartas de bodegón, con folios y más de dos páginas para detallar salsas, pueden ser encantadoras, sí. Pero como la casa kitsch de una abuela, de ninguna manera podrían replicarse hoy. En un mundo lleno de opciones, queremos que nos guíen buenas manos hacia lo que mejor saben hacer. Para nuestra alegría, últimamente empezaron a aparecer en Buenos Aires restaurantes que tienen menos de diez platos en el menú (si es que se le puede decir así a lo que aparece dibujado en una pizarra).

La lista de Fukuro (Costa Rica 5514, Palermo) parece larga, pero lo que sirve es un solo plato en decenas de versiones. Si querés comer ramen (una típica sopa japonesa espesa con vegetales, fideos gruesos y carne), sabés adonde ir. Picante, con caldo de cerdo o vegetariano, la opción va a estar. Hay algunas entradas orientales que se cuentan con los dedos de una mano, pero la idea es ir a sumergirse directo en un plato de noodles por menos de $ 200 por persona. El plus es el salón con lucecitas que cubren el techo y la barra que recorre todas las paredes para sentarse en banquetas altas Tokyo style.

Otro asiático de un solo plato en mil colores es Tori Tori (Ecuador 1175, Once) con sus brochettes al carbón. Abrió en junio en un salón minúsculo a pasos de Pueyrredón y Santa Fe, que se llena gracias al boca en boca. Sirven los clásicos de pollo, bien adobados, aunque también hay de albóndigas, de cerdo y de vegetales entre hongos shiitake y choclo crocante. De postre: flan de matcha (un té verde en polvo que es un hit), elixir que no se consigue en ningún otro lugar de la ciudad.

Del ritual japonés saltamos a la impronta cowboy de El Tejano (Honduras 4416, Palermo), que en sus paredes advierte: No hay ensalada, no hay pan y el menú cambia. Lo que hay seguro es carne, en forma de ribs, alitas picantes o sándwich de brisket (tapa de asado con mucho tiempo de cocción). Sea el corte que sea, sale tiernísimo y ensalsado como cualquier barbacoa yankee que se precie de tal. Se come en tablones gigantes y un salón ruidoso para el que es casi obligatorio hacer una reserva, a menos que se visite al mediodía. El gol es su degustación, que combina cuatro cortes para meter tenedor entre por lo menos tres comensales. La cuenta ronda los $ 300 por cabeza.

No sabíamos que necesitábamos un local de choripán gourmet hasta que nació Chori (Thames 1653, Palermo) hace un par de meses. Entre vermuth tirado, gin tonics y batatas fritas, prepara ocho tipos de chorizos que vienen cada uno con sus acompañamientos estratégicos por menos de $ 100 el sándwich. Dos preferidos: el de cordero con cebolla roja, yogur, pepino, remolacha y batata; y el de la carnicería Amics con panceta, repollo, maní y zanahoria. El lugar está muy bien puesto, con luces de neón y heladeras vidriadas en las que se puede admirar cómo cuelgan los embutidos, pero está pensado para pedir en la barra, esperar el pedido, comer y huir, dejándole espacio al que sigue.

En el otro Palermo, justo enfrente del clásico Olsen, está Meme (Gorriti 5881). Quizás el restaurante más extraño de la zona en lo que a su propuesta gastronómica respecta. De día, hay wraps y sopas. De noche, pizzas a la Nueva York: extra grandes y finitas. Básicos que de tan sencillos tienen que estar hechos a la perfección. Para sumarle tensión al desafío, en Meme la cocina está pegada a las seis mesitas dobles que pueblan el salón. El resultado es un éxito desde el precio (al mediodía, el combo con limonada, roll y sopa cuesta $ 95) hasta el sabor. Imperdible su pizza de pepperoni y su borsch frío (sopa violácea por su alto contenido de remolacha).

De la mano de esta tímida tendencia llegan bares que se animan a servir más que papas con Cheddar, sin irse demasiado por las ramas. Además de Nola (Gorriti 4389, Palermo) con su pollo frito, su guiso de Nueva Orleans y sus porotos que colman la vereda a cuesta de los vecinos, también sobre Gorriti (4758) está Blue Dog: otra cervecería que recibe halagos por todos lados gracias a su Camembert relleno de verduras y frutos secos, seguido por su Bratwurst (salchichas bien alemanas) que hasta lleva IPA en la mayonesa. Además de eso sirve papas bravas, nachos y un sándwich. Fin. Con una pinta, la comida no supera los $ 200. Por último, la verdadera novedad del barrio es Koi (Carranza 1591), de apertura inminente, que se jacta de ser el primer rincón de fast food oriental de la ciudad. La propuesta muy neoyorquina consiste, básicamente, en dumplings (empanaditas chinas al vapor) y cerveza. Se completa con unos pocos baos y buns, pancitos también al vapor rellenos que pueden venir cerrados o abiertos como sándwiches. Todos vienen en combos de seis por $ 80 y en variedad de sabores. Los dumplings pueden ser de cerdo, cordero, vegetales, hongos y langostinos, y no faltarán mesas al aire libre para estrenarlo como se debe.