LIBROS

TODOS SOMOS SETENTISTAS

Por Toms Rodrguez Ansorena | Fotos Gabriel Piko y Alejandra Lpez

En Primavera Sangrienta, Marcelo Larraquy describe a un país a punto de estallar entre 1970 y 1973. En un clima que grita no volver al pasado, parece mentira que se sigan agitando los fantasmas de la violencia política. ¿Qué hay de nuevo en la discusión sobre la gran tragedia nacional?

En el año 2000, Marcelo Larraquy publicó, junto a Roberto Caballero, un libro central para la historia de los 70 argentinos: Galimberti. De Perón a Susana. De Montoneros a la CIA. La historia cinematográfica de un joven católico nacionalista que luego de crear una agrupación de perfil emancipatorio se convirtió en representante de la JP ante Perón en Madrid, luego condujo la columna norte de Montoneros y con sus subordinados liquidados por la dictadura giró como exiliado por Brasil, España y México. Luego de criticar la contraofensiva de sus pares de la conducción de Montoneros, estuvo en el Líbano donde participó de acciones armadas de la OLP, la Organización de Liberación Palestina. Una vez vuelto al país e indultado, se convirtió en empresario de la mano de Jorge Born, a quien había secuestrado en 1975. Con él se asocio a Jorge Corcho Rodríguez en la empresa Hard Communication para gestionar los sorteos del programa de la novia del último, Susana Giménez. El fin benéfico que le habían dado a esos sorteos quedó desnudo cuando el padre Julio Grassi denunció que no le entregaban los fondos prometidos para la Fundación Felices los Niños. Los últimos años de Galimberti (fallecido en 2002), lo tuvieron en la mira pública por otros negocios cuestionables, la sospecha de ser colaborador de la CIA y su papel en Montoneros durante los años 70, esa década sobre la que tanto nos cuesta hablar.

A Larraquy, sin embargo, no. Periodista e historiador, entre 2003 y 2013 escribió 5 libros más sobre el tema, entre ellos una biografía de José López Rega y una historia sobre la contraofensiva titulada Fuimos soldados. Luego publicó dos libros sobre el Papa Francisco y el volumen kilométrico Argentina. Un siglo de violencia política. Su último libro se titula Primavera sangrienta. Argentina 1970-1973. Guerrilla, presos políticos y represión ilegal y allí reconstruye a través de testimonios de militantes de las organizaciones armadas ERP, FAP, FAL y Montoneros el camino desde el secuestro y muerte del General Aramburu hasta el Devotazo, la liberación de los presos políticos de la dictadura de Lanusse a cargo del gobierno de Héctor J. Cámpora.

 

Encaminados a un nuevo aniversario del 24 de marzo, el tema de los 70 está en la voz de los argentinos de una forma renovada. El Macri () sos la dictadura que se escucha desde ciertos sectores contrasta con los fantasmas del terrorismo y la violencia política que asoman en palabras de periodistas, intelectuales y funcionarios, agitadas por los casos de Santiago Maldonado, el mapuche Rafael Nahuel y las protestas callejeras de fines de año pasado durante la reforma del sistema previsional.

Frente a tal contexto, la historia periodística que ejerce Larraquy sobre los 70, apegada a los hechos, documentada y despojada de romanticismo (aunque no de ritmo) o velo condenatorio, aporta cierta sensatez. Como él bromea, a mí me felicitan de los dos lados. Sus libros pusieron en cuestión ciertos parámetros de lo decible durante el kirchnerismo y ahora parece suceder algo parecido con el macrismo.

Los 70 son el gran tema de tu obra. ¿Qué es lo que te motiva internamente a seguir descubriendo y buscando explicaciones a todo lo que pasó? 

No tengo hechos en el pasado personales que hayan ameritado algo que diga: Yo me voy a dedicar a esto. Lo mío fue totalmente casual. Ya era bastante grande, tenía 32 años cuando me dieron una nota sobre Galimberti. Yo sabía poco o nada prácticamente; estudiaba Historia, pero no era un tipo que supiera, o que hubiese leído mucho sobre los 70. Acompañaba como periodista, como cualquier persona en realidad, todo el conocimiento de la época, pero más que los hechos de los 70, lo que marcó a mi generación fueron los Juicios a las Juntas Militares. Yo trabajaba en la Revista Noticias y justo ahora se cumplen 20 años de cuando me llama mi editor, Gustavo González, para decirme: Mirá, acá está este tema, Galimberti se reunió con Born para hacer una empresa con el novio de Susana Giménez. Yo empecé la nota en ese enero del 98 como cualquier otra. Había hecho otras notas así, que me habían motivado para algún libro, pero no me había animado. Este era un territorio fértil para investigar, si bien muy arenoso, muy complejo, que requería muchas lecturas y muchas horas de investigación; pero, bueno, había un universo de gente a la que se podía entrevistar y empezar a conversar.

Imagino que descubrís patrones comunes entre los militantes, ¿qué es lo que quedó de esa generación de gente que optó por la lucha armada y luego fue derrotada? 

Son personas comunes atravesadas por la tragedia. Gente de setenta años largos que algunos te pueden recibir en chancletas en su casa, otros vienen con un bastón a la estación de micros, y otros caminan por el pueblo donde viven como un vecino más. Después, sí, generalmente los funcionarios, o los que fueron funcionarios o diputados, por ahí te reciben en su estudio de Recoleta, lo cual en general también es una muestra de los que participaron del hecho armado, y los que no. Todas las personas que entrevisté para este libro, estuvieron ocho o diez años presos, sufrieron torturas. Con esto no los estoy poniendo en víctimas, sino estoy marcando que ellos hicieron acciones armadas y que también estuvieron en prisión. A esta altura, creo que sienten la necesidad de hablar públicamente sobre su historia. Quizás ese tiempo de escucha haya terminado porque ese tema entra en un debate político que tiene menos de reflexión que de editorialización condenatoria. Eso anula la posibilidad de una reflexión profunda. A decir verdad, yo tampoco busco una reflexión, no es mi estilo.

No, es una narración vertiginosa, casi un libro de acción. 

Es una narración en donde cada uno lee lo que puede leer y lo que le interesa leer y es la manera más cómoda para mí de abordar un tema. Yo describo, lo mismo con la represión ilegal. No la juzgo; la que la juzga es la Justicia o la sociedad misma que la vivió. En el libro sobre López Rega no pongo un solo adjetivo. Si vos estás narrando un hecho (que ya implica una posición sobre la realidad), dejá que el lector evalúe por su cuenta.

Tu libro termina en el 73 con ese gran evento que fue el Devotazo, que algunas teorías respecto de los 70 marcan como el gran error del peronismo que terminó desatando la violencia que llevó al Golpe. Una postura que está en los libros sobre los 70 de Juan Bautista Yofre, por ejemplo. ¿Qué tenés para decir sobre eso? 

A mí me parece que la violencia ya estaba instalada. Y agregaría que esos presos políticos, guerrilleros, estudiantes, militantes, obreros, todos los que salieron, habían sido mal detenidos también. Habían sido detenidos en una ficción de justicia que había creado Lanusse. Liberar a los presos después del triunfo de Cámpora era en una promesa electoral, y además la amnistía la votó todo el Parlamento, todas las fuerzas políticas, fue una sanción de consenso. Después, la mirada histórica puede ser más interpretativa, pero a mí en ese momento no me parece que eso hubiera sido generado algo así como "la prueba de la continuidad guerrillera", o que esto genera el Golpe de Estado. Yo creo que era imposible que no salieran con un triunfo de Cámpora. Eran detenidos de una dictadura militar.

En los últimos treinta años hubo abordajes distintos sobre la violencia en los 70 y en los últimos dos años parece haber un modo distinto 

Yo creo que se levantan de manera espasmódica, por alguna fecha. Se dijo que el último 24 de marzo apareció una bandera de Montoneros, y se discutió acerca del documento que se leyó en la plaza, que si vos leés dice "recordamos", no "reivindicamos" a las organizaciones armadas. Hubo varios cambios en estos años de democracia. Antes estaba la negativa de considerar a un desaparecido como un combatiente, no a todos obviamente, pero excluir completamente a los que habían tomado las armas. Ahora, al recordarlos, es como que se los habilita y se los reincorpora como parte de todo este proceso, pero me parece que es espasmódico y que tiene que ver con las necesidades del presente político de urgencia. Me parece importante resaltar que los 70 no pueden volver así en un período democrático; la guerrilla surge en un contexto de dictadura militar.

Lo que sucede también tiene que ver con que Macri no da una posición sobre la dictadura, no tiene una posición clara. La última sentencia por la causa ESMA (en noviembre de 2017) pasó sin ningún comentario oficial y cuando el presidente fue al Parque de la Memoria el 24 de marzo pasado, pareció forzado por Obama. Después, recibió a Estela de Carlotto cuando se enteró de que el embajador francés en los actos de su asunción había pedido una audiencia con ella. Son temas que no están en este gobierno, me parece que porque no vienen de la cultura política de los ochenta. Piensan el país desde otros lugares.

 

Durante todo el año pasado se habló de violencia política y terrorismo. ¿Qué opinás vos? ¿Te parece que hay focos de violencia política en la Argentina? 

No, focos así mencionados como focos no. Yo vi violencia callejera frente a una ley friccionada que salió con muy poco consenso social. Obviamente, la violencia termina deslegitimando el reclamo. Ahora, el gobierno toma ese tipo de violencia callejera como para profundizar la participación de las fuerzas de seguridad en cualquier reclamo, como diciendo: Bueno, en el espacio público mejor no te metas para protestar. Se están rompiendo algunos consensos, me parece. Hay grupos más radicalizados que emplean esa violencia callejera, pero cuando las fuerzas de seguridad matan por la espada a un chico mapuche, con un arma, o cuando pisa a un cartonero con la moto, o cuando les tiran a los periodistas con balas de goma, ahí también se está rompiendo un consenso. Entonces, yo creo que las manifestaciones deberían ser pacíficas, y cuando son pacíficas, hay gente que por lo general quiere romperlas. El gobierno no se hubiera bancado una manifestación de medio millón de personas contra esta ley. Hasta te diría que va más con su discurso que hubiera violencia.

Fue totalmente funcional en ese caso. 

Claro, y ahí está siempre la sospecha. El hecho de dejar un grupito de policías adelante también fue raro, ¿no?, como pasibles de un castigo. Pero, bueno, son tiempos complicados. Esto también crea un discurso autoritario, que al tipo que tiene un arma se siente también con aval de decir: bueno, me están apedreando, yo tiro.

Entonces, ¿hay algún tipo de comparación posible con los 70? 

No, yo lo veo más parecido a los 90. En términos de protesta social, digo. En los 70 había bandas armadas, organizaciones clandestinas, desapariciones por parte del Estado, la comparación es muy distante a la actualidad. Yo creo que hay un interés en agitar este tema, lo cual lo vuelve peligroso. También es cierto que hay un fermento del treinta por ciento de pobreza y muchas banditas, como en el fútbol, donde la relación entre violencia y política es histórica. Y si vos mirás bien los hechos del Congreso, parecía una pelea en una cancha de fútbol. Es preocupante que en los partidos políticos haya gente que participe de manera violenta en una manifestación. Y eso a uno le cuesta entenderlo porque también había un consenso de que en la violencia siempre pierden los civiles y no las fuerzas del Estado.

En tu libro parece contradecirse algo sobre lo que en la actualidad se hace quizás demasiado énfasis: que la sociedad estaba en contra de la lucha armada en los 70. 

No sé si es que no querían la violencia, pero cuando fusilaron a 17 guerrilleros en Trelew, ahí había un clima que era de respuesta. Y que los militares se tenían que ir del modo que fuese. Las tapas de las revistas eran "Perón o guerra civil", era una cosa así. Volviendo al punto, me parece que los que agitan los 70, lo hacen con mucha irresponsabilidad, porque me parece que con esas cosas no hay que jugar.

¿Cómo ves esa relación entre pobreza y violencia? Si la pobreza determinara directamente la violencia, esta sociedad debería ser más violenta que la de casi pleno empleo en los 70. Se ponen en juego dos posiciones maniqueas en ese punto, una que dice que los desposeídos se enfrentaron al aparato represivo y, otra, que eran todos chetos de Barrio Norte que jugaron a las armas. 

A ver, acá venía Serrat y hacía una canción para Montoneros. Era una manera de mirar el mundo frente a la injusticia. Es cierto que había profesionales, intelectuales, gente de clase media alta apoyando este tipo de procesos, pero también había, sobre todo en el ERP, mucho predominio en fábricas. Esto lo ves en Córdoba, en Rosario, y también de barriadas, de villa, con una concientización también motorizada por la militancia, es cierto. Lo que pasa, creo, es que ahí también las Fuerzas Armadas se unificaron como el enemigo a vencer. Todo confluyó en ver a las FF. AA. como el enemigo, algunos desde la guerrilla, algunos desde el arte, otros a través de las protestas obreras y sociales. Y, entre ellos, Perón, que es quien cataliza todo este proceso en 1972-73. A partir de ahí, el peronismo no tiene un relato histórico del 73-76 unificado y cualquier relato es punto de discordia. Y es más, lo negó durante veinte años. Cuando publiqué López Rega en el año 2004, dije "che, era todo el peronismo". Nadie me daba bola.

¿Qué opinás sobre la discusión sobre los 30 mil desaparecidos? 

A mí me gustaría saber por qué se los discute. Por qué, con qué finalidad se discute la cifra. ¿Qué quieren decir con eso?

¿Qué creés vos? 

No, es que no lo explicitan, dicen "no son 30 mil, son nueve mil". Ok, ponele que son 9 mil, ¿y? ¿qué hay que decir con eso? Pero, además, otra cosa más importante todavía: quienes tienen que dar el número son los victimarios, no las víctimas, es decir, el victimario es el que tiene que decir "tenemos acá la planilla, los hicimos mierda a este, este y este; acá están". Digo, eso es lo que les piden a las víctimas. Entonces, ¿por qué lo hacen? Ése es el punto que no se explicita: ¿qué quieren decir? Porque vos se lo preguntás y dicen: "No, porque no están diciendo la verdad". Bueno, yo no estoy diciendo que no hay que decir la verdad, pero en este caso importa cuál es la valoración posterior al número. 30 mil es un número frente a las tinieblas, porque no se sabía. Le pusieron un número y ellos no pueden decir "por ahora vamos 9.533". Yo no sé qué quieren decir con todo eso.