VIAJES

UN PLANETA

Por Florencia Pessarini | Fotos por Nicols Pili

Lava, hielo, géiseres, viento, cascadas, noches que duran un día o días sin noche, Islandia parece otro mundo. Recorré a bordo de un motorhome esta isla poblada por gigantes rubios y caballos con melena.

 

 

 

Nos encontrábamos a 120 metros sobre el nivel de un mar oscuro y agitado, acercándonos al acantilado con timidez. Queríamos ver la playa de arena negra, y el famoso arco de piedra de Dyrhólaey, pero el viento nos hacía vacilar. Eran casi las nueve de la noche pero al día todavía le quedaba un cuarto de hora y aún estábamos en abril, aunque en Islandia acaba de celebrarse el inicio del verano.

Es menos confuso de lo que parece: en la isla nórdica el verano no inicia el 21 de junio como en el resto de los países del hemisferio norte, sino el jueves siguiente al 18 de abril. Ese día no hay colegios, ni bancos, ni comercios, ni fábricas de pescado pero sí regalos para los más chicos, y los días comienzan a alargarse irremediablemente hasta alcanzar el solsticio de verano, época en la que el sol alumbra las 24 horas.

Por eso todavía estábamos ahí, en las costas de Vík í Mrdal, robándole horas a la noche, intentando ver el arco de piedra de Dyrhólaey a pesar de la luz gris y el mar bravo. A lo lejos, veíamos el motorhome en el que habíamos llegado hasta allí balanceándose de un lado a otro, mientras nos protegíamos de las piedras que el viento proyectaba hacia nosotros. No sabíamos que nunca hubiésemos podido ver el arco, porque nos encontrábamos exactamente encima de él.

El arco de Dyrhólaey es una impresionante estructura de piedra que nace en el acantilado y se apoya en el mar. Está ubicado en la localidad más al sur de la isla y se aprecia mejor -supimos después- desde la playa. Con los pies semienterrados en la arena volcánica, negra y brillante, nos detuvimos a observar el paisaje que lo rodea. Era panorámico y tridimensional, y para procesarlo tuvimos que utilizar un sistema de capas. En el fondo, casi desdibujado, el casquete del glaciar Mrdalsjkull. Delimitando la playa, una pared de columnas de basalto, un material volcánico cuyo mayor atributo es el de solidificarse en forma de prismas hexagonales. Clavadas en el mar, a pocos metros de la costa, tres rocas monolíticas de más de 60 metros de altura y las olas dibujando miles de figuras al romper sobre ellas: tres trolls convertidos en piedra según la tradición nórdica. Esa fue la primera vez que tuvimos la sensación de estar en un lugar que nada tenía que ver con el planeta Tierra pero, en lo que duraría el viaje, no sería la última.

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Islandia es, literalmente, la tierra del hielo y el fuego que vemos en Game Of Thrones: está hecha de volcanes activos y glaciares, y es la locación preferida de los productores de la serie de HBO. Estábamos buscando la gruta de Grjotagja, la cueva de aguas turquesas a 45C en la que Jon Snow perdió la virginidad, cuando vimos una humareda gigante. Era efímera, traslúcida y fue motivo suficiente para desviarnos de la ruta siguiendo su rastro. Estacionamos y vimos un paisaje lunar. Recorrimos el terreno, una paleta de tonos ocres, esquivando cráteres burbujeantes que respiraban azul índigo. Todo olía a huevo podrido.

Estábamos en Hverir, una enorme zona de depósitos de azufre cercana a la laguna de Myvatn, y la oscuridad nos agarró dentro de una vasta pileta de barro, humo, y agua celeste pastel.

Eran las diez y el reloj digital de la pileta del complejo Myvatn Nature Bath anunciaba el cierre de sus puertas.

Esa noche paramos en un camping sin empleados ni turistas y desde el motorhome vimos un resplandor verde que llamó nuestra atención. Sin terminar de vestirnos abandonamos el vehículo y nos adentramos en un descampado oscuro. Sobre nuestras cabezas, halos de luz verde se desplazaban lateralmente, se esfumaban y volvían a formarse en otro punto del cielo sin luna. La temporada de auroras boreales ya se había terminado, pero Islandia nos estaba regalando algunas.

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El primer vikingo que pisó tierra islandesa acataba las reglas de los suyos: nombrar las cosas por lo primero que veía. En 870, el noruego Ingólfur Arnarson vió humo y dijo Reykja (humeante) vík (bahía). Así, entre baños geotermales todavía no explotados, se fundó la que sería, un siglo más tarde, la capital del país. Islandia es, a pesar de su luteranismo en los papeles, un país esencialmente pagano. Las reacciones químicas del magma, el basalto y el azufre fueron explicadas tradicionalmente por la presencia de trolls, elfos y otras criaturas mágicas. Hoy, esa singularidad de su naturaleza ha convertido a Islandia en una potencia mundial de las energías renovables gracias al desarrollo de la energía geotérmica. El movimiento magmático del terreno provee la totalidad del suministro eléctrico del país.

Reikiavik hospeda a un tercio de los 340 mil habitantes de Islandia. Llegamos a la capital el séptimo día del viaje, saltándonos algunas paradas. Necesitábamos ver gente, escuchar música fuerte. Sabíamos que era una ciudad famosa por su noche y queríamos probarla.

Arrancamos el tour etílico a las nueve de la noche en Laugavegur, la calle que hospeda la mayoría de los bares de moda. Tomamos cerveza artesanal (pocas, porque costaban diez euros cada una), escuchamos hip hop en vivo y bailamos música electrónica hasta las cuatro de la mañana. En los bares de Reikiavik, los turistas se distinguen fácilmente: son aquellos que miran desde abajo a las chicas rubias, altas, vestidas con tapados de piel y zapatos altos.

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Al día siguiente pusimos nuestra resaca en manos de un islandés de tamaños exhuberantes guía de un típico tour gratuito a pie; aspirante a comediante- que nos contó dos cosas delirantes que habían sucedido en el país en 2015: la derogación de una ley de 1615 que avalaba matar vascos (nadie se había acordado de hacerlo antes) y el desarrollo de una aplicación móvil para no encamarte con un pariente, ya que el sistema de apellidos arcaíco nórdico (hijo de) no permite rastrear el linaje histórico de los nombres.

Es un país extraño, pero tiene cosas verdaderamente simples y una de ellas es la forma de recorrerlo. Existe una ruta que rodea los 103 kilómetros cuadrados de superficie de la Isla (la mitad de la Provincia de Buenos Aires). Se la conoce como Ring Road y en su circularidad condensa campos de lava cubiertos de musgo, fiordos con pueblos acurrucados en sus extremos, cataratas que caen en cámara lenta entre columnas de basalto y lagos glaciares, entre otros fenómenos naturales totalmente disruptivos.

Una buena forma de avanzar por la Ruta 1 es arriba de un motorhome. Los hay de varios tipos y se alquilan dentro del país por un precio razonable para tratarse de un vehículo que también oficia de vivienda. Y aunque a partir de una modificación de la legislación en 2013 ya no se pueda estacionar libremente en cualquier punto de la ruta -por ejemplo, frente a una catarata o junto a un baño termal-, hay campings por doquier, abiertos de mayo a enero. Y aquí de nuevo Islandia con sus peculiaridades: aunque fuera de la temporada alta los campings permanecen cerrados, se puede acceder a ellos sin problemas. En la mayoría de los casos, se trata de autogestionarse los servicios (duchas, gas, electricidad para el motorhome o una zona de descarga de aguas grises) y dejar el monto correspondiente a la tarifa de la noche en una caja de honestidad.

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Recorrimos la isla en el sentido contrario a las agujas del reloj durante cinco días y al sexto, todo comenzó a volverse aplastante. Los paisajes intimidantes; la quietud desoladora. En la laguna glaciar de Jkulsárlón conocimos el silencio más penetrante que jamás hayamos oído. Cerca de la orilla, sobre un espejo de agua que copia siempre el color del cielo, enormes bloques de hielo formaban una necrópolis flotante. A lo lejos, una lengua glaciar que descendía hasta la laguna, por la que de vez en cuando se deslizan los bloques sobre los que ahora hacíamos equilibrio. Otra vez la luz azul de las nueve de la noche y ni un signo de vida, a excepción de algunos fotógrafos tan estáticos como el paisaje.

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Es un país silencioso: hay pocos animales y pocas personas. Son apenas 300 mil habitantes y el 97 % de ellos se considera de clase media. La tasa de criminalidad una de las menores del mundo- es consecuente: los policías no van armados, y el sistema penitenciario tiene solo 153 plazas.

Un día tuvimos la suerte de compartir un baño termal con una islandesa. Pertenecía, obvio, a ese 97 %. Era muy blanca, casi transparente. Los cabellos platinados. Estaba sumergida hasta los hombros junto a su novio serbio en una de las tres piletas termales del improvisado complejo gratuito.

-¿Cómo es vivir en Islandia? -le preguntamos.

- Aburrido.

Ese día no tenía que atender la barra del único bar de Hofn, un pueblo pesquero del sur de la isla y su novio no tenía que fichar en la fábrica de pescado en la que trabajaba. Era 20 de abril y en Islandia había comenzado el verano.