INFORME

UN TELO PARA MI PAS

POR PAZ AZCRATE | FOTOS IGNACIO SNCHEZ

La revolución sexual, que había sido el principal catalizador del negocio, se convirtió en su peor enemigo: la progresiva liberalización de los espacios domésticos ha hecho que parejas estables y ocasionales acudan cada vez menos a los hoteles alojamiento. Sin embargo, la industria resiste y se reconfigura para hacer del telo un lugar agradable y provechoso.

 

Los argentinos adoran navegar en internet, comprar barato y comer pollo asado. Sin embargo, nada bueno deparó el destino para los emprendedores que un día decidieron invertir en cibercafés, locales Todo x 2 pesos y parripollos. A mediados de la década del sesenta, los albergues transitorios protagonizaron su propio boom y desde entonces han surfeado las olas del tumultuoso comportamiento sexual de los nativos para satisfacer a una demanda inestable. Y desde hace algunos años, se plantean cambios profundos para reformular su oferta y evitar seguir los pasos de esos tres negocios redentores que se hundieron con mayor o menor velocidad. Según la Federación Argentina de Alojamientos Por Hora (FADAPH), dos fenómenos los vienen sacudiendo de un tiempo a esta parte: la temible combinación de padres modernos que replegaron su autoridad desde el zaguán hasta el interior de las habitaciones de sus hijos y un vaivén económico que posterga servicios de segunda necesidad, devolviendo a las parejas estables a sus rutinas amatorias tradicionales, mientras las de ocasión optan por las interminables sucursales de Villa Cariño. Por eso, los telos replantean sus estrategias para fidelizar clientela y captar nuevos públicos. ¿Qué buscan hoy los argentinos en estos cuartos? ¿Cuáles son los desafíos del rubro para no perder vigencia? Con leyes que limitan su promoción y que desconocen nuevas y múltiples formas de relacionarse, cabe preguntarse si el ritual de los hoteles alojamiento se reformulará o, si bien, para tristeza de los pernoctámbulos, está en la ducha y listo para partir.

Como la historia de la Argentina, la de los albergues transitorios se sacudió al ritmo de los resortes del colchón de la política nacional, que a veces hamaca con placentero optimismo y a veces, raja la tela y te pincha en una nalga. Hay que ir hasta 1936, cuando se prohibieron los prostíbulos, para ver el florecimiento de toda clase de antros donde los caballeros y señoritas pudieran juntar los ombligos. De esa prohibición nacieron los bulines cuartitos para jugar cartas y beber con otros hombres, para después invitarlos a retirarse y esperar a una dama-; las pensiones donde se ofrecía una C que no era ni casa ni comida atendidas por sus dueñas y alguna empleada, frecuentadas por estudiantes del interior-; y las posadas que funcionaban como hoteles familiares y en momentos de bajas reservas fraccionaban el alquiler por turno para revolcones-. Por ese entonces se trataba de lugares donde los hombres tenían encuentros, la mayoría de las veces con prostitutas, mientras sus novias reservaban su virginidad para el casamiento. Hacia el 50, los hoteles de viajeros improvisaban con biombos y tabiques habitaciones con lo justo y necesario para alquilarles a las parejas, que en el mejor de los casos tenían cama y mesa de luz. En Telos. Mapa de la sexualidad porteña, el historiador y periodista Juan Pablo Casas cuenta que los espejos, los juguetes y los jacuzzis todavía estaban lejos de la pretensión de esta clientela. Lo que se ofrecía, en realidad, eran espacios para concretar lo que el autor define como un acto sexual meramente genital, que dejaba afuera el placer que provocaban otros sentidos y percepciones. Pero esa función originaria de proporcionar intimidad para el encuentro sexual, hoy parece obsoleta para los más jóvenes, que hasta hace no mucho eran la principal clientela de los telos.

 

El cambio rotundo fue cuando, en el 62, se reglamentó la actividad, y estos hoteles se erigieron como el negocio pujante que serían durante largo tiempo. Cinco años después de abrazar la completa legalidad y con una clase media con creciente poder adquisitivo, en la Ciudad de Buenos Aires se contaban 769 telos, mientras que hoy, la porteña Cámara de Propietarios de Alojamientos (CAPRAL) cuenta unos 180. Por ese entonces, al factor económico se sumó lo que Casas llama una revolución sexual indiscreta: la virginidad femenina dejó de ser un tesoro a entregar en la noche de bodas la pastilla anticonceptiva colaboró en el asunto- y el placer se amplió más allá del coito. Así, los hoteles alojamiento acompañaron cada capítulo del manual de historia argentina con una nueva comodidad o función: en el 74, cuando el auto se vuelve un bien posible de adquirir para la clase media, los telos incorporaron cocheras; en el 76, gracias al anonimato que permitía la estadía, fueron los refugios de los que se sabían en listas negras de la dictadura militar, y en el 78, luego de que comenzara el mundial, la televisión se consolidó en el interior de sus cuartos. Más tarde, esas pantallas proyectarían las películas de Olmedo y Porcel, que aunque hoy se ven desteñidas por canales de cable, por ese entonces alimentaban fantasías y provocaban bramidos dentro de las habitaciones. La picardía de ver un pezón en TV equivalía al porno más hardcore del siglo XXI, pero la temática se había consolidado a tal punto en el cine argentino que constituyó un subgénero cinematográfico: la picaresca de hotel. Tanto como Expertos en pinchazos o El rey de los exhortos, los hoteles con TV o ambientados en un calabozo, ya parecen demodé. Esa magia había empezado su declive entre los 80 y 90, gracias a factores diversos. Por un lado, explica Casas, la incertidumbre frente a las formas de contagio y prevención del VIH habían hecho descender los encuentros ocasionales. A la par, señalaban los especialistas en ese entonces, el coito semanal de las parejas estables descendía de dos o tres por semana en 1987 a uno cada siete días en 1995. Los años noventa escribe el periodista- marcaron el regreso de la masturbación y el autoerotismo, así como la sexualidad sin contacto genital.

Hay cosas que ya no son tabúes en la familia, sentencia Néstor Casaprima, presidente de la FADAPH, refiriéndose a la clave del nacimiento de los telos. A esto hay que sumar un panorama diferente en la cuestión habitacional, que aunque sigue teniendo sus conflictos no es la misma que en los años 60. En esa época, lo más tradicional era que de la casa de tus padres te mudaras con tu esposo u esposa, hoy se mudan solos o comparten departamento con amigos. En este panorama, admite, son muchos menos los jóvenes que optan por el hotel alojamiento. En cambio, los más veteranos, que vivieron los años mozos del telo, que experimentaron el furor de la dupla de Olmedo y Porcel, que entraban con inocente picardía y timidez a enredarse las piernas con sus parejas, le siguen encontrando su atractivo. Para el sexólogo y psiquiatra Enrique De Rosa, igual que la pastilla anticonceptiva colaboró en que hombres y, en particular, mujeres desvincularan su sexualidad de las meras funciones reproductivas, el viagra hizo un buen trabajo en sostener esta clientela.

 

En este proceso que puede leerse como crisis o reformulación, los telos aúnan esfuerzos por interpelar a los más jóvenes. Con ese propósito se lanzó ReservaTelo, una aplicación que te permite reservar un cuarto en tiempo real y evita una gira más irritante que mágica y misteriosa para encontrar una habitación disponible. Pensando en usuarios que van desde los 25 a los 45, la app busca dar una mano en ese proceso de reconversión que atraviesan hoy los hoteles alojamiento. Un camino para que los telos dejen de ser algo viejo para los jóvenes es la comunicación digital, explica Victoria Ortiz, socia fundadora de ReservaTelo, aunque aclara que además está acompañada de una modernización de los cuartos que muchos hoteles están encarando. ¿En qué consiste esta modernización? Según Ortiz, se trata de ofrecer una experiencia, que va más allá del lugar que alquilás para resolver la tensión sexual: Además de la previa y el durante, apuntan a ofrecen comodidades para el después, para que vayas a tener sexo, obvio, pero también pases un buen rato por fuera de eso.

José es dueño y encargado de un hotel alojamiento en Belgrano. En esa recepción, cuenta José, la pregunta que más se hace es si pueden ingresar tres personas o dos parejas. La respuesta, muy a su pesar, es que no pueden: hoy la ley no se los permite. Uno sabe que lo que brinda es un servicio a la sociedad admite el comerciante-, pero la norma está muy desactualizada respecto a las fantasías que muchas personas quieren concretar. Sin dudas desearíamos que se aggiornara. Esta prohibición es hoy la deuda más grande en la oferta de los telos, si se tiene en cuenta que estudios del 2015 de la agencia de marketing Becom1 arrojan que la principal fantasía perseguida por hombres y mujeres argentinos es el sexo múltiple (27 por ciento de las consultadas y 47 por ciento de los consultados así lo afirmaron). Con tanto tiempo en el rubro, a José le preguntan mucho qué es lo más raro que ha visto. Vio demasiado, responde, pero mantiene estricto el secreto profesional. Pero de esa pila de anécdotas salidas de una comedia de situación, lo que le resulta más sorprendente son las parejas de adultos que vuelven a lo largo de los años, que se dedican con insistencia a regar una planta en el desierto de la monogamia. Para Paola Kullock, asesora en juegos eróticos y confesa fanática de los telos, esta es hoy una función importantísima del telo: ser condimento de matrimonios. Según la fundadora de la primera escuela de sexo de la Argentina, en un albergue transitorio uno está más y mejor dispuesto para el placer, se permite jugar distinto, gritar más fuerte, salir de lo que se hace siempre. El telo muestra una versión mejorada de nosotros mismos, resume Kullock, que también lo recomienda para encuentros casuales: a algunos les da más seguridad un espacio neutral para tener sexo con un desconocido, y si la cita es un bodrio es más fácil tirar la bomba de humo.

Con un público mayor que es clientela fiel; con las bondades comprobadas y argumentadas que traen a parejas estables y ocasionales; y con una audiencia más joven en pleno proceso de recapturación, los telos parecen tener clientela asegurada para un buen rato. Lo que está en juego en pleno 2017 es hacer volver su furor, un escenario en que todos los fines de semana sea 4 de septiembre: Día de la Secretaria, cuando se registra la mayor concurrencia a telos de todo el año. Para volver a esa época dorada, receta el sexólogo De Rosa: Los telos deberán recuperar su carácter transgresor y moverse en pos de tener una norma que permita ofrecer lo que nadie ofrece: volver a ser el lugar donde los argentinos podían hacer lo que no podían hacer en la casa.

 

No tan distintos

Lejos de ser un invento argentino, los telos existen en todo el mundo, aunque con recorridos dispares y con clientelas diversas. En Inglaterra son sobrios pero exitosos y tienen una doble función: el alquiler por hora de cuartos sirve tanto para encuentros sexuales como para lugar de reuniones o descanso en un viaje laboral. En Nueva Zelanda y en Australia existen desde 2011 y apuntan a una clientela específica: las parejas que se conocen por internet. En Japón los llaman Love Hotels y su industria se encuentra mega consolidada gracias los problemas habitacionales que padece la isla y una cierta cultura que los aprecia incluso como atractivo turístico. Igual que en Japón, en Madrid los llaman Hoteles del amor y existen desde 2005, mientras que en Barcelona se los conoce como meublé y solo hay 8 de ellos en toda la ciudad. En Estados Unidos los más frecuentados para estos fines son los hoteles de ruta, con fama de ser el lugar donde se planean o concretan actividades delictivas. Los albergues transitorios, conocidos como Hoteles de sábana caliente no tienen mejor prensa: en general, se los asocia exclusivamente con la prostitución y no han conseguido interpelar a los jóvenes de clase media o alta, que encuentran mejor espacio en los campus universitarios. Más cerca, en Brasil, la industria surgió en la década del 70 y todavía goza de cierta prosperidad, a tal punto que hasta los perros tienen sus propios hoteles alojamiento.

 

Las fotos fueron tomadas en el hotel Caravelle, Cnel. Niceto Vega 5395, CABA.