INVESTIGACIN

UNA CRISIS ES UNA OPORTUNIDAD, EXCEPTO LA DEL 2001

Por Fernando Villa | Fotos Ignacio Snchez

De Ciudadela a Fujián, nos pasamos seis meses buscando a Wang Zhao He, el ciudadano chino a quien, el 19 de diciembre del año del big bang, le saquearon el supermercado. Crónica de una investigación milenaria.

Pesquera absuelto llevaba en tapa el Diario Popular, en su edición del 19 de diciembre de 2001. A la distancia, la sensación es que no debía haber demasiado lugar para noticias como esas en aquellos días de descomposición nacional, pero la suerte del presunto asesino del Potro Rodrigo seguía generando impacto. Incluso el país mediatizado seguía funcionando con algún grado de normalidad, pese al corralito, pese al recorte a los jubilados, pese al riesgo país, a la desocupación, pese a la Violencia por alimentos en el conurbano, otro de los títulos de aquella edición del Diario Popular: Anoche se produjeron incidentes en zonas carenciadas de Moreno, San Martín y San Miguel. Fueron saqueados varios negocios de comida.

Son las 8 de la mañana y en Ciudadaela hace un calor insoportable. Una turba nerviosa, caóticamente organizada, arrasa con el mayorista Maxiconsumo, en la Avenida Gaona al 4600. Pocos minutos después, la policía dispersa a unas cuantas personas y la situación se desmadra: a pocos metros de ahí, un supermercado chino se convierte en el nuevo foco de aprovisionamiento. Las puertas del local vuelan por los aires y el saqueo es masivo. En el medio de la multitud apurada, las cámaras de televisión toman a un chino inundado en llanto, que pide en una lengua inentendible que nose le lleven todo, o vaya a saber qué pide. El chino mastica el desconsuelo y observa cómo dos pibes con las remeras sobre sus cabezas se llevan el árbol de navidad que adornaba su negocio.

Una señora se solidariza y le pone la mano sobre el logo de Lácteos Verónica que porta en su espalda, mientras le pasan como flechas los diferentes pedazos de sus góndolas, un pack de Pritty limón, un changuito cargado de aceite Marolio, un manojo de escobas. Las cámaras también toman a un hombre de unos 40 años, vestido con remera a rayas y pantaloncitos de fútbol: Tengo hijos, estoy sin trabajo y no tengo qué darles de comer. ¿Sabés qué pasa, hermano? Esto ya no da para más y, un día, me voy a levantar y voy a ver por la televisión a Bush levantando la bandera de Estados Unidos en Argentina.

 


Desde aquel día, en Gaona 4602, esquina Acosta, no hay nada. Dos tablones gigantes ofician de puerta y avisan que en Gaona 1915 funciona el nuevo local. Son 300 metros, nada más. La Avenida República, además de separar al Partido de Tres de Febrero de Ramos Mejía, marca el cambio en la numeración. En esa dirección funciona el tradicional negocio de El Rey del Carbón, quien pese a su reinado no ha podido hacer nada con esa esquina donde quedan poquísimos rastros de lo que hubo. A través de un vidrio roto se puede descifrar el Bienvenidos fileteado de la entrada y un cartel que promocionaba una oferta por el ridículo precio de $ 2.45, que hoy no servirían para comprar ni dos de las galletitas Oreo -que ahora vienen con más relleno- publicitadas en un cartel sobre la pared lateral del ex súper.

Justo enfrente, la Línea de colectivos 166, que transporta diariamente a miles de trabajadores que regresan a sus casas desde la capital hacia el oeste, tiene una parada. Y a menos de cien metros, un importante predio de canchas de fútbol se muestra como el principal divertimento de jóvenes y adultos. El chino más cercano se llama Argenchino y funciona en esa misma cuadra, enfrente del lugar del hecho, desde el 2003. Los chinos que atienden el súper tienen la deferencia de invitar a retirarse respetuosamente a cualquiera que intentara curiosear sobre ciertos temas. La desconfianza es un rasgo distintivo de la comunidad, sobre todo en territorios donde los policías no se molestan en tener buenos modales y algunos pobladores tienen el berretín de jugar a la mancha con los aviones.

El paisaje lo completan un kiosco y una agencia de lotería -con sus respectivos y parpadeantes carteles led-, y, separado de la estética comercial, un taller. Allí, un mecánico con la cara engrasada y los dedos duros, tampoco tiene ganas de que le pregunten por ese chino al que saquearon en 2001: Wang Zhao He. Para los vecinos, sin embargo, es Juan. ¿Quién?, ¿Juan?, pregunta un kiosquero, que lo recuerda con una sonrisa amarga. Así es como habían rebautizado a este ciudadano oriental proveniente de la provincia de Fujián, que atendía el negocio junto a sus cuñados, Lijian y Liu. El llanto de Juan, ese del 19 de diciembre, es una imagen que aún hoy recuerdan y que desearían que nunca hubiera ocurrido. Respecto de lo que pasó después, todo es mucho más confuso: Volvió a China; se fue y, ahora, trabaja en Capital Federal; anda por el interior; volvió a su pueblo y después regresó; al poco tiempo del incidente, el pobre se murió de tristeza. Demasiados finales para el destino de un mismo hombre.

Seis mil años no es nada

Un hombre a 19 mil kilómetros de distancia sale a buscar la dicha y la prosperidad que le han adjudicado a futuro las galletas de la fortuna; arma las valijas, compra un boleto de avión y se dispone a llegar a la Argentina.

Según la Dirección Nacional de Migraciones, poco más de 120 mil chinos viven hoy en el país, 80% de los cuales están en la Capital Federal y Gran Buenos Aires y, el resto, diseminados en La Plata, Rosario y Córdoba. El 90% de ellos han emigrado desde Fujián, el lugar de origen de nuestro Juan. Ubicada sobre la costa este de China y enfrentada geográficamente a la isla de Taiwán, Fuyién (cómo suelen pronunciarla los expertos) es territorio agreste: las montañas predominan sobre el paisaje y los espacios de tierra fértil, para poder cultivar y criar ganado, no son abundantes. Pero allí, en el campo, vivió siempre la población de Fujián. Por lo menos hasta hace unos diez años, cuando el boom chino le deparó a la región una importante inyección de capitales privados (especialmente taiwaneses) con el objetivo de transformarla y urbanizarla. Pero hasta entonces, comerciante o trabajador rural era la alternativa en Fujián.

En el momento en el que saquearon su supermercado, Wang tenía cuarenta años. El hombre había nacido en 1961, a tan sólo cinco años del proceso conocido como Revolución Cultural, bajo el gobierno de Mao. En ese entonces funcionaba en todo el país el sistema Hukou, un programa del régimen comunista que tenía por objetivo distinguir a la población rural de la urbana y así controlar el flujo de migraciones dentro del territorio chino. En pocas palabras, y para comprender mejor, quien nacía en una provincia estaba sentenciado a quedarse en ella de por vida. Algunos sostienen que este tipo de controles no eran del todo arbitrarios y caprichosos: el Hukou sirvió para administrar los niveles de recursos naturales, alimentos y población de uno de los países más grandes y habitados del mundo. De hecho, las cifras marcan que en el año 1978 el nivel de urbanización del territorio era del orden del 18 por ciento y que, en esas migraciones informales de fines los 70, fueron unos 200 millones de chinos los que se trasladaron ilegalmente desde el campo hacia las ciudades.

En la China de estos días, muchas cosas han cambiado. El Hukou está a punto de ser derogado, al igual que lo fue la ley que imponía el límite de un hijo por pareja. Los cambios son necesariamente lentos: cualquier modificación en su sistema legislativo no sólo podría ocasionar algunos desajustes en China, sino en el mundo entero. Albergar a la quinta parte de la población mundial, obliga a otros recaudos. Basta tener en cuenta que para producir 80 mil millones de los palitos chinos descartables que consumen los chinos en un año, se talan más de 20 millones de árboles por temporada.

El Hukou explica buena parte del éxodo chino en los 70 y 80. Por esos años llegó el primer grupo de taiwaneses, que se establecieron en el barrio porteño de Belgrano y que crearon lo que actualmente se conoce como Barrio Chino o Chinatown. Para fines de los 90, un último e importante flujo de inmigrantes orientales estableció la última gran oleada de visitantes. La Licenciada en estudios orientales y experta en extremo oriente, María del Valle Guerra, explica que en los tiempos de relaciones carnales con los Estados Unidos, cuando no necesitábamos visa para llegar a Miami, los chinos venían a la Argentina para poder emigrar nuevamente hacia la capital mundial del capitalismo. Hasta fines de los 90, eso de venir para poder emigrar a norteamérica dejó de ser una realidad. Hoy, vienen a establecerse y uno de los principales atractivos que les ofrece esta nación es la gratuidad en el sistema universitario.

El flujo de inmigración de chinos de Fujián disminuyó considerablemente en 2005, en paralelo al desarrollo de la región. Pero los ya establecidos, seguieron trayendo a sus familiares para trabajar en equipo, como dicta la milenaria tradición del clan. Ya en 1871, el atropólogo estadouinidense Lewis Henry Morgan había identificado este sistema de linaje familiar que aglutina incluso a aquellos parientes que los occidentales consideramos lejanos. Aquellos inmigrantes de Fujián se volcaron a desarrollar despensas de barrio, reconfigurando para siempre el comercio minorista metropolitano argentino. Si Quino hubiera escrito Mafalda en los años 2000, Manolito el hijo del almacenero gallego-, no se hubiera podido llamar así. Manolito, desde hace 20 años, se llama Feng.

 

Vuelva pronto

A principios de los 80, el desembarco de una importante cadena francesa de supermercados instaló fuertemente el concepto del autoservicio explica Miguel Calvete, Director Ejecutivo de la Federación de Supermercados y Asociaciones Chinas (FESACH). En ese tiempo, a los taiwaneses que habían venido les voló la cabeza este tipo de modalidad y compraron los fondos de comercio de los viejos almacenes para transformarlos en los actuales supermercados de barrio. Más en profundidad, Calvete explica que esos taiwaneses les alquilaron los negocios a sus paisanos provenientes de Fujián y que, para fines de los 90, una ley que se conoció como Re-agrupamiento familiar, les sirvió para que estos últimos pudieran traer a estas tierras a sus familias completas.

Wang Zhao He, nuestro Juan, había llegado a la Argentina en ese proceso, a probar la suerte de sus cuñados. Calvete, por supuesto, sabe de él. Wang, ¿cómo no tenerlo presente después de todo lo que pasó? Sí, después de aquel 19 de diciembre regresó a China y estuvo dos años allí. Volvió en el 2004, se instaló en Barrio Norte, pasó por Villa Urquiza y ahora está en Mar del Plata. Es increíble, pero a pesar de haber perdido todo, volvió y apostó nuevamente por el país, cuenta el Director de la FESACH. Y agrega: Él no quiere prensa. Lo han buscado infinidad de veces, pero cultiva profundamente el bajo perfil; hoy, disfruta de su presente frente al mar, con dos supermercados propios y la posibilidad de abrir un tercero. Pero te digo una cosa, no lo vas a encontrar; no quiere saber nada con nadie. Suerte en la búsqueda.

Se dice que por cada chino con documentacion legal en la Argentina, existen otros seis en situación irregular. En ese contexto paece razonable que la mayoría de los supermercadistas chinos a quienes se les consulta por sus negocios, su vida cotidiana o su relación con la Argentina, no tengan demasiadas ganas de hablar. Tampoco, lo diremos ahora, les agrada conversar sobre la historia de Juan quien, pese al dato de Calvete, tampoco aparece en Mar del Plata.

Pablo Calvo, del diario Clarín, fue el último periodista que mantuvo contacto con él. La charla se publicó el 19 de diciembre de 2006 y, a cinco años de la fatídica jornada, Juan hablaba con entusiasmo de su segunda oportunidad en el país. Incluso analizaba la posibilidad de traer, esta vez sí, a su esposa y a su hijo, con el propósito de establecerse con un supermercado propio. Desde hacía unos meses, estaba trabajando en otro, en la calle Laprida al 900, en pleno Barrio Norte.

El año pasado, en medio de la campaña para las elecciones, la figura de Wang fue una de las más codiciadas por los políticos argentinos. A 14 años de la crisis, y con el grabador apagado, muchos cuentan que los asesores del ex campeón de Motonaútica y candidato a presidente, Daniel Scioli, intentó conseguir la foto del millón de yuanes. Lo que más quiero es ser argentino, había dicho en 2006, apostando al país en crecimiento. Juan pudo ser un gran spot de campaña.

Esto está muy Shanghai

El autoservicio de la calle Laprida en Barrio Norte se llama Hua Sheng y allí fue que Juan recompuso sus sueños de prosperidad. No trabaja más hace ocho años en este lugar, afirma Susi, una china con rostro amable que atiende la caja del supermercado, pero que no hace el más mínimo esfuerzo en seguir la conversación, ni siquiera amagar con bajarle el volumen al K-pop que inunda todo el local. El tema no le interesa en lo más mínimo.

Lyn, un hombre rígido e imperturbable, se hace cargo de la situación y confirma que no le interesa la conversación sobre Juan, que no sabe qué fue de él, y ni siquiera confirma aquel dato de Mar del Plata.

Vine en 1995 y nunca más me fui de acá. Me encanta el lugar, los argentinos son buenos, pícaros pero buenos. Este es un lindo lugar para vivir, afirma Sha, un supermercadista de El Palomar, ubicado en el oeste del Gran Buenos Aires, que supo vivir en Checoslovaquia y que no piensa en volver a cambiar el asado por el arroz. Hsiao Pei Chin, una mujer que vive en el Chinatown de Belgrano, explica que vino a los ocho años y que nunca pensó en volver a su patria.

Es curioso saber que no quieran volver, sabiendo que los chinos se consideran chinos estén donde estén. No importa si son de ultramar o no (así se autodenominan los que se encuentran fuera de su país), vayan a donde vayan llevan sus costumbres y tradiciones. Tanto es así que cuando tienen a sus hijos, los envían junto con sus abuelos a estudiar a su casa matriz. Allí maman sus tradiciones y su religión desde pequeños (sean budistas, confucianos, cristianos ó tengan inclinaciones por el Falun Dafa un culto que combina el budismo y el confucionismo-).

En Mar del Plata, existen en la actualidad 120 supermercados de la colectividad. El número no sorprende, a menos que se contemple que en el año 2003 eran tres los autoservicios orientales y, dos años más tarde, la cifra aumentaba en tan sólo dos puntos. Paula Urcioli, la encargada de nuclearlos y organizarlos en La Feliz, arriesga que la elección de la costa tal vez tenga que ver con algunas similitudes con Fujián, pero principalmente se debe a la preferencia por un ritmo de vida más placentero y menos exigente. Urcioli se encarga de remarcar el estilo de vida y hasta se sonríe cuando cuenta que se cruza a algunos de ellos los domingos en la playa.

Diciembre de 2013 fue un cierre de año muy difícil. Por culpa de los saqueos, tres supermercados cerraron en un día y no pudieron volver a abrir, a uno de ellos se le llevaron hasta la cama, cuenta la delegada de la comunidad marplatense visiblemente dolida al recordar esos días. Nunca se investigó nada ni hubo condenas. También, se supo que hubo algo político detrás, que hubo una camioneta blanca que merodeó la zona unas horas antes y que se produjo toda una movida rara alrededor del hecho. Otra vez los saqueos a supermercados, otra vez Wang en el medio del caos.

La pregunta es inevitable y Urcioli sabe que es así. Explica que durante una década le consultaron si sabía dónde estaba Wang, algunos para verlo, otros para conversar con él, pero que nunca pudo tener trato directo con el icónico personaje. Los conozco a todos acá, menos a él. Nadie lo conoce, no habla con nadie.

Visitar los supermercados de la zona con una foto en la pantalla del hombre en cuestión, no hace más que despertar sospechas entre los chinos que tranquilamente podrían confundir una búsqueda periodística con un ajuste de cuentas. Wang no está en las góndolas ni en la agenda del señor Mario Chen. En perfecto español explica que no conoce ese nombre y que sí conoce a todos sus paisanos por ser su principal distribuidor de bebidas.

Toda esperanza de encontrar al protagonista empieza a diluirse hasta que dos mensajes clarifican un poco la situación. Ese hombre se suicidó, dice un texto en WhatsApp, enviado de parte de una de las familias con mayor peso dentro de la comunidad china en Mar del Plata. Pocos días después, otro mensaje disipa cualquier duda: A Wang no lo vas a encontrar porque volvió a China y no sabemos cuándo va a volver.

O bien Wang no está en Mar del Plata o bien aquella advertencia, no lo vas a encontrar, había resultado certera. Como sea, Wang no aparece. Algunos hombres han vivido así, desapercibidos, durante toda su vida. Y es probable que el destino de nuestro Juan habría sido ese si no se hubiera topado con semejante crisis en una tierra que todavía desconocía, en un idioma que no manejaba y con una dosis de impersonalidad demasiado grande para un país tan chico. En la búsqueda frenética por los supermercados chinos de Mar del Plata, el rostro de Juan se filtra entre las sonrisas cortas, los gestos bruscos y el aire desanimado de sus compatriotas orientales. A lo mejor ha podido olvidarse de su excepcionalidad, ese tipo de cosas que se esfuman como una oferta a $ 2.45.